Chapter 13
Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne, traducido por Vicente Guimera. Esta es una grabación de LibriVox. Todas las grabaciones de LibriVox están en el dominio público. Grabado por Víctor Villarraza. Capítulo 13. Algunos guarismos. Un instante después nos hallábamos sentados en un diván del salón fumando un cigarro.
El capitán presentó a mi vista un dibujo donde se podía observar el plano, corte y elevación del nautilus. Después comenzó su disertación en estos términos. He aquí, señor Arornax, las dimensiones del buque en que vamos navegando. Es un cilindro muy prolongado, de extremos cónicos. Semeja sensiblemente a un cigarro en su forma, que ha sido ya adoptada en Londres en algunas construcciones del mismo género.
La longitud de este cilindro, de extremo a extremo, es exactamente de 70 metros. Y su diámetro, en su mayor anchura, es de 8 metros. No está, pues, construido como vuestros vapores de marcha rápida, pero sus líneas son suficientemente largas y su calado bastante prolongado para que el agua desplazada se escape perfectamente y no ponga obstáculo alguno a su marcha.
Estas dos dimensiones permiten obtener por un solo cálculo el conocimiento de la superficie y del volumen del nautilus. Su superficie comprende 1.011 metros cuadrados y 45 centésimas. Su volumen, 1.500 metros cúbicos y 2 décimas. Lo que quiere decir que, enteramente sumergido, desplaza o pesa 1.500 metros cúbicos o toneladas. Cuando hice los planos de este navío destinado a la navegación submarina,
quise que, en equilibrio dentro del agua, sumergiece 9 décimas partes y que dejase visible un décimo solamente. Por consecuencia, en estas condiciones, no debía desplazar más que las 9 décimas partes de su volumen, o sea, 1.356 metros cúbicos y 48 centésimos. Es decir, que no debía pesar más que este número de toneladas. He tenido, pues, que señirme a que no pasara de este peso, construyéndole según las dimensiones susodichas.
El nautilus se compone de dos departamentos cerrados, uno interior, otro exterior, reunidos entre sí por hierros en T, que dan a este aparato una extrema rigidez. Efectivamente, en virtud de esta disposición celular, resiste como una masa maciza. Sus bordes no pueden ceder, pues se adhieren por sí mismos, no por las tablas que sujetas con clavazón le rodean, y la homogeneidad de su construcción, debida a la perfecta colocación de los materiales,
le permite desafiar los mares más violentos y encrespados. Estos dos departamentos están construidos de acero en placas, cuya densidad, con relación al agua, es de 7 ocho décimos. El primero no tiene menos de 5 centímetros de espesor y pesa 394 toneladas 96 centésimas. El segundo, la quilla, alta de 50 centímetros y ancha de 25, que pesa por sí sola 62 toneladas. La máquina, el lastre, los diversos accesorios y mueblaje, los tabiques de madera y los apoyos de las vergas interiores,
pesan 961 toneladas 62 centésimas, que, agregadas a las otras, forman el total exigido de 1.356 toneladas 48 centésimas. ¿Lo habéis entendido? Sí, quedo enterado, respondí. Así pues, repuso el capitán, cuando el Nautilus se haya aflote en condiciones tales, tiene en seco una décima parte de su superficie. Y si yo he hallado medio de disponer receptáculos de una capacidad igual a esa décima parte,
o sea, de una cabida de 150 toneladas y 52 centésimas, llenándolas de agua, el buque, desplazará 1507 toneladas o las pesará y quedará completamente sumergido. He aquí lo que sucede, señor profesor. Esos receptáculos existen en la parte inferior del Nautilus y por medio de llaves se cierran, sumergiéndose el barco que queda entre dos aguas. Está bien, capitán, pero aquí llegamos a la verdadera dificultad. Que podáis quedar bajo la superficie del océano, lo comprendo, pero más abajo, descendiendo algunos metros de esa superficie,
no va a vuestro aparato submarino a encontrar una presión y a sufrir por esto mismo un empuje de abajo arriba que debe evaluarse en una atmósfera por 30 pies de agua, sea aproximadamente un kilogramo por cada centímetro cuadrado. Exactamente, caballero. Luego, a menos que no llenéis el Nautilus por completo convirtiéndole en un sólido, no veo cómo vais a conseguir a arrastrarle al seno de las masas líquidas. Señor profesor, respondió el capitán Nemo, conviene no confundir la estática con la dinámica, pues pudiera uno incurrir en errores muy graves. Se necesita gastar muy poco trabajo para llegar a las bajas regiones del océano, porque los cuerpos tienen una tendencia a dejar de ser flotantes.
Seguid mi razonamiento con cuidado y atención. Ya os escucho, capitán. Cuando he querido determinar el aumento de peso que es preciso dar al Nautilus para mantenerle en inmersión, solo he tenido que ocuparme de la reducción del volumen que el agua del mar experimenta a medida que sus capas llegan a estar más y más profundas. Eso es evidente, repuse. Luego, si el agua no puede decirse que sea absolutamente incomprensible, la verdad es que es muy poco comprensible.
Y efectivamente, según los cálculos más recientes, esa deducción es solo de 436 10 millonésimas por atmósfera o por cada 30 pies de profundidad. Se trata de ir a 1000 metros. Tomo en cuenta entonces la reducción del volumen bajo una presión equivalente a la de una columna de agua de 1000 metros, es decir, bajo una presión de 100 atmósferas. Esta deducción será entonces de 436 100 milésimas. Tendría pues que aumentar el peso de modo que pesara 1513 toneladas 77 centésimas en vez de 1507 toneladas y dos décimas.
El aumento será pues 6 toneladas 57 centésimas. ¿Solo eso? Eso solo, señora Ronax. Y el cálculo es muy fácil de hacer. Tengo también receptáculos suplementarios capaces de embarcar 100 toneladas y puedo bajar a profundidades considerables. Cuando quiero volver a la superficie y ponerme a flor de agua, me basta vaciar estos receptáculos y si lo hago por completo, quedará el nautilus con la décima parte de su capacidad docal en descubierto.
A estos razonamientos, apoyados por los números, nada tenía que objetar, pero le respondí buscando soluciones satisfactorias. Admito vuestros cálculos, capitán, y haría muy mal en negarlos, puesto que la experiencia y la práctica le dan la razón diariamente. Pero presiento ahora una dificultad formal. ¿Qué dificultad, caballero? Cuando os halláis a mil metros de profundidad, las paredes del nautilus sufren una presión de 100 atmósferas y si en este momento queréis vaciar los receptáculos suplementarios para aligerar vuestro buque y volver a la superficie,
será preciso que las bombas venzan esa presión de 100 atmósferas equivalente a 100 kilogramos por centímetro cuadrado. De aquí pues, una potencia que la electricidad solo puede proporcionarme, se apresuró a decir el capitán Memo. Os repito, amigo mío, que el poder dinámico de mis máquinas es casi infinito. Las bombas del nautilus tienen una fuerza prodigiosa, y ya habéis debido observarlo cuando sus columnas de agua se han precipitado como un torrente sobre el Abraham Lincoln. Por otra parte, solo me sirvo de los receptáculos suplementarios para descender a profundidades medias de 1500 a 2000 metros, y eso con el objeto de no malgastar mis aparatos.
También, cuando tengo capricho de visitar las profundidades del océano, a dos o tres leguas de la superficie empleo maniobras más largas, pero no menos infalibles. ¿Y qué maniobras son, capitán? Pregunté. Esto me lleva naturalmente a explicaros las maniobras del nautilus. Grande es mi impaciencia por saberlo. Para dirigir este buque a estribor, a babor, para hacer evoluciones en una palabra, siguiendo un plano horizontal, me sirvo de un timón ordinario de ancha extremidad, fijo en la parte de atrás movido por una rueda y unas palancas. Pero puedo también mover el nautilus de abajo arriba y de arriba abajo en un plano vertical por medio de dos planos inclinados, unidos a sus costados sobre su centro de flotación.
Planos móviles que pueden tomar todas las posiciones y que se manejan desde el interior por medio de poderosas palancas. Estos planos quedan paralelos al buque. Este se mueve horizontalmente y si se inclinan, el nautilus, siguiendo la disposición de esta inclinación y empujado por su hélice, o se sumerge siguiendo una diagonal tan prolongada como me conviene, o se remonta siguiendo esa misma diagonal. Si quiero volver más rápidamente a la superficie, sujeto la hélice y la presión de las aguas hace subir verticalmente el nautilus, como un globo que, enchido de hidrógeno, se eleva rápidamente en la atmósfera. ¡Bravo, capitán! exclamé. Pero ¿cómo puede seguir el timonel el camino que le marcáis en medio de las aguas? Se haya colocado en una jaula de cristal que sobresale en la parte superior del departamento del nautilus y que está guarnecida de cristales lenticulares.
¿Cristales capaces de resistir a tales presiones? Ya lo creo. El cristal, tan frágil cuando recibe golpes, ofrece con todo una resistencia considerable. Y en los experimentos de pesca con luz eléctrica, hechos en 1861 en los mares del norte, se han observado placas de esta materia que, teniendo el espesor de 7 milímetros solamente, resistían a la presión de 16 atmósferas. Dejando paso a poderosos rayos caloríficos que repartían desigualmente el calor. Ahora bien, los cristales de que yo me sirvo no tienen menos de 21 centímetros en su centro, es decir, 30 veces el espesor de aquellos.
Todo eso está bien, capitán Nemo, pero para ver se necesita que la luz disipe las tinieblas y yo me devano los sesos sin atinar como en medio de la oscuridad de las aguas detrás de la jaula del timonel se haya colocado un poderoso reflector eléctrico cuyos rayos iluminan el mar a media milla de distancia. ¡Ah! Bravo, bravísimo capitán. Ahora me explico esa fosforescencia del pretendido Narval que tanto ha dado que pensar a los sabios. Y a propósito, quiero preguntaros si el choque del Nautilus y de la Escotia que tanto ruido metió ha sido el resultado de un encuentro casual. Puramente fortuito caballero, navegaba a dos metros bajo la superficie cuando el choque y vi por fortuna que no había tenido resultado alguno de importancia. Es verdad, ninguno, pero en cuanto al encuentro con el Abraham Lincoln...
Señor profesor, mucho lo siento porque es uno de los mejores navíos de esa valiente marina americana, pero me atacaban y he tenido que defenderme. A pesar de esto, me he limitado a dejar la fragata en estado de no poderme perjudicar, pero hallará medio de reparar con facilidad sus averías en el puerto más próximo. ¡Ay! Comandante, exclamé con entusiasmo. Ciertamente que es un maravilloso buque vuestro Nautilus. Sí, señor profesor, respondió con verdadera emoción el capitán Nemo. Y le amo como a la carne de mi carne. Si cuando se encierra uno en vuestros navíos sometidos a los azares del océano, comprende uno el peligro en que se encuentra,
si en este mar la primera impresión es el sentimiento del abismo, como lo ha expresado también el holandés Jansen, más abajo y a bordo del Nautilus, el corazón del hombre nada tiene que temer. No hay deformación posible porque el doble casco de este buque tiene la rigidez del hierro. Ninguna de esas maniobras que tan necesarias se hacen y que tanto fatigan por la agitación de las aguas y el balanceo de los vientos. No hay velas que puedan hacer sozobrar la nave. No hay calderas que puedan estallar.
No hay incendios que temer, puesto que el aparato está hecho de láminas de acero y no de madera. No hay carbón que se agote, puesto que la electricidad es un agente mecánico. No tiene que temer choques, pues es el único que navega en las aguas profundas. No arrostra las tempestades, puesto que descendiendo algunos metros, haya allí la calma y la tranquilidad más profunda. He aquí, amigo, he aquí el navío por excelencia.
Y si es cierto que el ingeniero tiene ordinariamente más confianza en los buques que el constructor, y que el constructor tiene más que el capitán, comprenderéis perfectamente qué confianza tendré yo en el Nautilus, siendo a la vez ingeniero, constructor y capitán. El capitán Nemo hablaba con tal elocuencia y había en su mirada tal fuego y en su fisonomía tal pasión que atraía y convencía, al mismo tiempo que le daban un aspecto deslumbrador.
Sí, amaba a su buque como un padre ama a su hijo. Pero una pregunta indiscreta quizá se planteaba naturalmente y no pude contenerme. ¿Soy sacaso ingeniero, capitán Nemo? Sí, señor profesor, he estudiado en Londres, en París, en New York, en aquellos tiempos en que era habitante de los continentes de la Tierra. Pero ¿cómo habéis podido construir en secreto este admirable Nautilus?
Cada uno de sus trozos, amigo Aaron Nax, ha llegado con destino a mí desde un punto distinto del globo, y bajo una denominación disfrazada. Su quilla ha sido forjada en Crusot, Francia. Su árbol de la hélice en la casa de Penn y Compañía, en Londres. Las planchas de acero de su casco en casa de Laird, de Liverpool.
Su hélice en casa de Scott, de Glasgow. Sus receptáculos han sido fabricados por Cahill y Compañía, de París. La máquina por Crap, en Prusia. Su espolón en los talleres de Motala, en Suecia. Sus instrumentos de precisión en casa de Art, Hermanos, en New York, etc.
Y cada uno de estos señores ha recibido mis planos bajo diversos nombres. Pero, repuse, esos trozos así fabricados no servían agiladamente. Era preciso montarlos y unirlos, señor profesor. Había establecido mis talleres en un islote desierto en pleno océano. Allí, mis obreros, es decir, mis valerosos compañeros,
a quienes había instruido y educado al efecto, han acabado bajo mi dirección este nautilus, que debía servirnos de morada. Terminada la operación, el fuego ha destruido toda huella de nuestro paso por aquel islote, que hubiese hecho volar de buena gana, si hubiese podido. Construido de esa manera, habrá sido muy excesivo el precio de este buque, señor Aron Nax.
Un avío de hierro viene a costar 1.125 francos por tonelada. Y en la utilus, apenas si pasa de 1.500. Su valor total son 2 millones, comprendiendo el mueblaje, y de 4 a 5 millones con la obra de arte y colecciones que encierra. Aún debo preguntar otra cosa, capitán Nemo, si no me creéis impertinente.
Decid, señor profesor, seréis muy rico, infinitamente rico, y sin mucha molestia podría pagar los 12.000 millones de francos que debe la Francia. Quedé aturdido y absorto mirando con fideza al extravagante personaje que me hablaba en tales términos. Abusaba de mi credulidad. El porveniro debía explicarme satisfactoriamente lo que entonces no comprendía,
y responder a esta duda que se levantaba en mi ánimo. Fin del capítulo 13. Subtítulos realizados por la comunidad de Amara.org