Chapter 14
20.000 leguas de viaje submarino de Julio Verne traducido por Vicente Guimará. Esta es una grabación de LibriVox. Todas las grabaciones de LibriVox están en el dominio público. Grabado por Víctor Villarraza. Capítulo 14. El río Negro. La porción del globo terrestre ocupada por las aguas puede evaluarse en 3.832.558 milímetros cuadrados.
O sea, más de 38 millones de hectáreas. Esta masa líquida comprende 2.250 millones de millas cúbicas y formaría una esfera de un diámetro de 60 leguas, cuyo peso vendría a ser 3 quintillones de toneladas. Y para formar idea de lo que es esa cantidad, se necesita decir que el quintillon es al millón lo que el millar a la unidad. Es decir, que hay tantos millares en un quintillon como unidades en un millar.
Luego, esta masa líquida viene a ser casi la cantidad de agua que podrían verter todos los ríos de la tierra por espacio de 40.000 años. Durante las épocas geológicas, al período del fuego sucedió el período del agua. El océano fue al principio universal. Después, poco a poco, en los tiempos silureos, aparecieron las cimas de las montañas. Quedaron en seco algunas islas, desaparecieron bajo diluvios parciales, volvieron a presentarse de nuevo,
se soldaron, formaron continentes y últimamente se fijaron las tierras tales como las vemos hoy. Los sólidos había conquistado sobre lo líquido 37.657 millas cuadradas, o sea 12.916 millones de hectáreas. La configuración de los continentes permite dividir las aguas en cinco partes. El océano glacial ártico, el océano glacial antártico, el océano índico, el océano atlántico y el océano pacífico. El océano pacífico se extiende del norte al sur entre los dos círculos polares y del oeste al este entre Asia y América,
en una extensión de 145 grados en longitud. Es el más tranquilo de los mares, sus corrientes son anchas y lentas, sus mareas no muy fuertes, sus lluvias abundantes. Tal era el océano que mi destino me llamaba a recorrer, desde luego en las condiciones más extrañas. Señor profesor, me dijo el capitán Nemo, vamos, si queréis, a fijar exactamente nuestra posición y el punto de partida de este viaje. Son las 12 menos cuarto, vamos a subir a la superficie.
El capitán comprimió tres veces un timbre eléctrico, las bombas empezaron a echar el agua de sus receptáculos. La aguja del manómetro señaló, según las diferentes presiones, el movimiento ascensional del Nautilus. Por fin se detuvo. El capitán, que había observado atentamente, dijo, hemos llegado, por fin. Me dirigí entonces a la escalera central que iba a terminar en la plataforma.
Subí los escalones de metal y abiertas las escotillas llegué a la parte superior del Nautilus. Había solo descubiertos en la plataforma 80 centímetros. La proa y la popa del Nautilus presentaban esa disposición fusiforme que precisamente le hacía comparable a un cigarro muy prolongado. Pude notar entonces que sus planchas de acero perfectamente dispuestas tenían mucho parecido con las escamas que revisten el cuerpo de los grandes reptiles terrestres. Así es como pude naturalmente explicarme que, a pesar de los mejores anteojos, hubiera sido siempre considerado aquel buque y confundido con un animal marino.
Hacia la mitad de la plataforma, la canoa, sujeta al casco del navío, formaba una ligera excresencia. A proa y a popa podían observarse dos especies de jaulas de mediana altura, de paredes inclinadas y cerradas casi por espesos cristales lenticulares. Una destinada al timón que dirigía al Nautilus, encerraba la otra un poderoso fanal eléctrico que iluminaba su camino. Magnífico estaba el mar y el cielo radiante. Apenas si el prolongado vehículo daba muestras de sentir las ondulaciones del océano, una ligera brisa del este hacía arriesarse apenas la superficie de las aguas.
El horizonte, limpio de las brumas, dejaba ocasión para hacer observaciones. Pero no teníamos a la vista cosa alguna, ni un escoyo, ni un islote, ni el Abraham Lincoln siquiera. La inmensidad desierta. El capitán Memo, provisto de su sextante, tomó la altura del sol para averiguar la latitud. Esperó durante algunos minutos para que el astro viniese a buscar el nivel con el borde del horizonte.
Y mientras que hacía estas observaciones, ninguno de sus músculos se estremecía y el instrumento seguramente no hubiera estado más inmóvil en una mano de mármol. Son las doce, dijo, señor profesor, y cuando queráis... Dirigí una última mirada a aquel mar, bastante amarillento por las inmediaciones de las tierras japonesas, y volví a bajar al salón. Una vez allí, el capitán hizo sus cálculos para fijar cronométricamente su longitud, comparándola con precedentes observaciones de ángulos horarios. Después me dijo, señor Arornax, nos encontramos a 137 grados y 15 minutos de longitud al oeste.
¿De qué meridiano? pregunté vivamente, esperando que la respuesta del capitán me indicaría su nacionalidad. Caballero, me respondió, tengo diferentes cronómetros, arreglados a los meridianos de París, de Greenwich y de Washington. Pero haciéndoos todos los honores, me voy a servir del meridiano de París. Esta respuesta no venía a enseñarme nada realmente. Me callé, pues, y el comandante continuó. 37 grados de longitud al oeste del meridiano de París y 30 grados 7 minutos de latitud norte, es decir, a 300 millas próximamente de las costas del Japón.
Hoy estamos a 8 de noviembre, es mediodía y comienza nuestro viaje de exploración submarina. Guárdenos Dios, exclamé. Y ahora, señor profesor, añadió el capitán. Os dejo entregado a vuestros estudios. Hacemos ruta al este nordeste y nos hallamos a 50 metros de profundidad. He aquí mapas perfectamente dispuestos, donde podréis seguir la marcha.
Queda el salón a vuestra disposición y os pido permiso para retirarme. El capitán Nemo me saludó y me quedé solo, abismado en mis pensamientos, que recaían todos sobre aquel comandante del Nautilus. ¿Podría llegar a descubrir alguna vez a qué nacionalidad estaba unido aquel ser extraño que se jactaba de ser cosmopolita y no depender de ninguna? ¿Qué causas habían provocado y quién podía ser objeto de aquel odio que él manifestaba a la humanidad? ¿De aquel rencor que buscaba acaso terribles y sangrientas venganzas?
¿Podía ser alguno de esos sabios desconocidos, uno de esos genios a quienes se desprecia y califica de locos, según la expresión de Conceille? ¿Algún Galileo moderno? ¿O quizá alguno de esos hombres científicos como el americano Maury, cuya carrera ha sido detenida y destrozada por las revoluciones políticas? Aún no podía decir nada. Me acogía con frialdad, aunque con mucha cortesía, y dándome un buen trato cuando la casualidad acababa de arrojarme a bordo de su buque y me hallaba a merced suya.
No había querido siquiera alargar su mano para estrechar la que yo le tendía, y por su parte no se había dignado tenderme la suya. Permanecí durante más de una hora abrumado con estas reflexiones, procurando penetrar aquel misterio que tanto me interesaba. Fijé después mis miradas en un inmenso planiferio extendido sobre la mesa, y coloqué el dedo en el punto de partida donde se cruzaban la longitud y la latitud observadas. El mar tiene sus ríos, como los continentes, porque así pueden considerarse esas corrientes especiales que se dan a conocer por su temperatura o por su color. Y una de las más notables es la que se designa con el nombre de corriente de Gulf Stream.
La ciencia ha determinado en el globo la dirección de cinco principales corrientes. Una en el Atlántico Norte, la segunda en el Atlántico Sur, la tercera en el Pacífico Norte, la cuarta en el Pacífico Sur y la quinta en el Océano Índico Sur. Es muy probable que existiera una sexta corriente en el Océano Índico Norte, cuando los mares Caspio y de Arel, reunidos a los grandes lagos del Asia, formaban una sola y vasta extensión de agua. Pues bien, en el punto indicado en el planiferio se desarrollaba una de esas corrientes, el Curosillo de los japoneses, el río negro, que, saliendo del golfo de Bengala, donde le calientan los rayos perpendiculares del sol de los trópicos, atraviesa el estrecho de Malaca prolongándose por la costa de Asia, da vuelta en el Pacífico Norte hasta las islas aleutianas,
arrastrando troncos de alcantor y otros productos indígenas y cortando con el puro índigo de sus calientes aguas las olas del océano. Esa era la corriente a que el Nautilus iba a abandonarse para recorrerla. Seguí a leyó con la mirada, viendo cómo se perdía en la inmensidad del Pacífico y me sentía a arrastrar con él, cuando Nevland y Consejo se presentaron a la puerta del salón. Mis dos bravos compañeros se quedaron asombrados al divisar las maravillas con tal profusión y con tal orden amontonadas ante sus ojos. El Canadiense exclamó, ¿Dónde nos encontramos? ¿Dónde hemos venido a parar? ¿Al Museo de Quebec?
¡Parece, eh! Dijo Consejo, que podemos decir con más propiedad que estamos en el Palacio de Sommarart. Amigos míos, respondí, haciéndoles señas para que pasaran adelante. Ni estáis en el Canadá ni en Francia. Os halláis a gordo del Nautilus y a cincuenta metros bajo el nivel del mar. Esta es la pura realidad. Preciso será creeros, puesto que tan formalmente lo afirmáis, replicó Consejo.
Mas con todo eso, francamente, este salón es muy propio y muy digno para causar extrañeza y asombro aún a los tranquilos flamencos como yo. Asómbrate, amigo mío, y examina con atención, porque para un clasificador de tu fuerza y de tu temple hay aquí mucho que admirar. Y puede hallarse bastante trabajo para distraer la atención y ocuparla. No tenía necesidad de gran esfuerzo para alentar a Consejo. El buen muchacho, examinando los estantes, murmuraba ya palabras propias de los naturalistas.
Clase de los gastropodos, familia de los bucinoideos, género de las porcelanas, especie de los ciprae madagascarriensis, etc. Durante ese tiempo, Ned Land, muy poco afecto a los estudios de las conchas, me dirigía a algunas preguntas relativas a mi entrevista con el capitán Nemo. Deseaba saber si había yo descubierto quién era, de dónde venía, a dónde iba y a qué profundidades nos arrastraba, con otras mil preguntas a que yo no podía responder. Indiqué entonces a mis compañeros lo que había podido averiguar, o más bien, que nada sabía, preguntándole a mi vez lo que por su parte había visto u oído. Nada he visto, nada he oído, respondió el canadiense. Ni aún he logrado divisar a ningún miembro de la tripulación del buque. ¿Serán acaso eléctricos también estos tripulantes?
¿Eléctricos? A fe mía, qué bien puede uno figurárselo. Es cierto eso, señor Aronnax. Preguntó entonces Ned Land, que conservaba siempre su primitiva idea. ¿Y no podéis decirnos tampoco cuántos hombres habrá a bordo? ¿Serán 10, 20, 50 o 100? No puedo absolutamente deciros nada, señor Land. Además, creedme, es preciso abandonar por ahora la idea que acariciáis y renunciar a apoderarnos del Nautilus o a escaparnos.
Este barco es una de las obras maestras de la industria moderna y tendría un verdadero remordimiento de no haberle visto y examinado. Muchas personas conozco yo que aceptarían con gusto nuestra situación a trueque de poder pasearse por entre todas estas maravillas que ha reunido aquí el constructor del Nautilus. Por esto os ruego que os mantengáis tranquilos y que procuremos ver y examinar atentamente lo que pasa alrededor nuestro, sin comprometer nuestra situación, que es harto difícil. Ver, exclamó el arponero, pero si aquí no se ve nada, ni se verá nunca cosa de provecho en esta extraña cárcel de acero. Nos movemos y vamos navegando como ciegos.
Apenas acababa de pronunciar Ned Land estas palabras cuando quedamos repentinamente en tinieblas profundas. En una oscuridad absoluta la antorcha luminosa se extinguió, pero tan rápidamente que mis ojos sintieron una impresión dolorosa, análoga a la que se produce cuando de las tinieblas más espesas se pasa repentinamente a una luz brillante y deslumbradora. Nos quedamos mudos y en el mayor estupor, sin saber si debíamos esperar una sorpresa agradable o desagradable. Parecía como si nos deslizásemos por una pendiente rápida.
Oímos un rechinamiento y se hubiera dicho que las paredes se desbarataban y abrían en los costados del Nautilus. Hemos llegado al fin de lo último, dijo Ned Land. Orden de las hidromedusas, murmuró Consejo. Nuevamente se hizo la luz y distinguimos gran claridad en ambos lados del salón. A través de dos ventanas oblongas, las masas líquidas aparecieron iluminadas por los effluvios eléctricos.
Dos láminas de cristal nos separaban del mar. Y al principio sentí un estremecimiento al recordar que aquel frágil tabique podía destrozarse, aunque sostenido por fuertes armaduras de cobre, presentaba una resistencia casi infinita. Distinguíase perfectamente el mar en un radio de media milla alrededor del Nautilus. ¡Qué espectáculo!
¿Cómo podría describirse la belleza de aquella inmensidad? ¿Quién podría pintar los efectos de la luz a través de aquellas masas transparentes y la suavidad de aquellas degradaciones sucesivas hasta las capas inferiores y superiores del océano? Todo el mundo conoce la diafanidad del mar. Es sabido que su limpidez es superior a la del agua de roca.
Hasta las sustancias minerales y orgánicas que tienen suspensión contribuyen a aumentar esa transparencia. En algunas partes del océano, en las Antillas, puede distinguirse a través de 145 metros de agua el lecho de arena con sorprendente claridad. Y la fuerza de penetración de los rayos solares no parece terminar hasta la profundidad de 300 metros. En aquella masa fluida que recorría el Nautilus, el resplandor, el brillo eléctrico,
se producía en el seno mismo de las ondas. Y no era ya agua luminosa, sino más bien luz líquida. Tal era la intensidad de aquel foco ardiente y esplendoroso. Si se ha de admitir la hipótesis de Erhenberg, que cree en una iluminación fosforescente de los fondos submarinos, la naturaleza ha reservado ciertamente para los habitantes del mar uno de sus más prodigiosos espectáculos,
según podía yo juzgarlo al ver los mil juegos y cambiantes de aquella luz. A cada lado había una ventana abierta sobre los abismos desconocidos. La oscuridad del salón hacía valer entonces y daba realce a la claridad exterior. Y nosotros contemplábamos aquello como si tan diáfano cristal hubiera sido la ventana de comunicación con un inmenso acuario. El Nautilus permanecía quieto al parecer y es porque faltaban los puntos de comparación
y a veces, con todo esto, las líneas de agua que el espolón cortaba huían a nuestras miradas con una velocidad excesiva, increíble. Nosotros, maravillados al presenciar aquella metamorfosis, permanecíamos apoyados los codos sobre las ventanas sin atrevernos a pronunciar palabra. Cuando consejo, rompiendo el silencio, dijo, ¿queríais ver, amigo Ned? Pues bien, ahora quedará satisfecha vuestra curiosidad. Curioso, curioso, decía el canadiense, que obviando su cólera y sus proyectos de evasión, experimentaba una atracción irresistible. Y vendrían de muy lejos para admirar este espectáculo.
Ah, exclamé, comprendo la vida de ese hombre. Se ha formado un mundo aparte que le reserva sus más asombrosas maravillas. Y los peces, prosiguió el canadiense, no veo peces. ¿Qué os importa, amigo Ned? respondió consejo. Puesto que no los conocéis. ¿Me decís a mí eso? ¿A mí, pescador? exclamó Nedland.
Y con este motivo se entabló una discusión entre ambos amigos, porque conocían los peces, pero cada uno de una manera muy distinta. Todo el mundo sabe que los peces forman la cuarta y última clase de la ramificación de los vertebrados. Y que se les ha definido con mucha precisión. Vertebrados de doble circulación y de sangre fría, que respiran por branquias y están destinados a vivir en el agua. Forman dos series distintas.
Las series de los peces óseos, de aquellos cuya espina dorsal está formada por vértebras huesosas. Y la de los peces cartilaginosos, que quiere decir aquellos cuya espina dorsal está compuesta de vértebras cartilaginosas. Conocía quizá el canadiense esta distinción, pero consejo lo sabía mucho mejor. Y en buena amistad ahora con Ned, no podía comprender ni admitir que fuese menos instruido que él. Por eso le dijo, amigo Ned, sois un buen arponero, un buen matador de peces, un hábil pescador.
Habéis cogido muchos de esos interesantes animales, pero apostaría cualquier cosa buena a que no sabéis clasificarlos. Sí, respondió muy serio el ballenero. Se los clasifica en peces que se comen y peces que no se comen. He ahí una distinción propia del que está atormentado por la gula, respondió consejo. No sabréis responder, sin embargo, a esta pregunta.
¿Qué diferencia existe entre los peces óseos y los peces cartilaginosos? Tal vez sí, consejo. ¿Y conocéis la subdivisión de estas dos grandes clases? No la sé, respondió el canadiense con la mayor imperturbabilidad. Pues bien, amigo Ned, escuchadme y conservadlo en la memoria.
Los peces óseos se subdividen en seis órdenes. Los acantopterígeos, cuya mandíbula superior es completa, móvil y cuyas branquias afectan la forma de un peine. Este orden comprende 15 familias que componen las tres cuartas partes de los peces conocidos y su tipo es la percha común. Bastante buena para comer, interrumpió Nedlan. Segundo, continuó consejo sin tomar en cuenta la advertencia.
Los abdominales, que tienen las nadaderas ventrales suspendidas bajo el abdomen y detrás de las pectorales, sin que se hallen soldadas a los huesos dorsales. Orden que se divide en cinco familias y que comprende la mayor parte de los peces de agua dulce, teniendo por tipo la carpa y el sollo. Psssshhh Dijo el canadiense con cierto desprecio. Peces de agua dulce.
Tercero, añadió consejo, los subbranquianos, cuyas ventrales están colocadas bajo las pectorales e inmediatamente suspendidas de los huesos del dorso. Este orden contiene cuatro familias, cuyos tipos son las platijas y los lenguados. Sobresaliente, sobresaliente, exclamaba el ballenero que solo quería considerar los peces bajo el punto de vista comestible. Cuarto, interrumpió consejo que estaba decidido a hacer un curso completo de ictiología. Los ápodos de cuerpo prolongado, desprovistos de nadaderas ventrales y revestidos de una piel espesa y muchas veces gracienta y escurridiza.
Orden que solo comprende una familia y cuyo tipo es la anguila, el gimnoto. Eso es, mediano, mediano, replicó Nedlán. Quinto, dijo consejo, los lofobranquios, que tienen las mandíbulas completas y libres, cuyas branquias están formadas de pequeños flecos dispuesto por pares a lo largo de los arcos branquiales. Este orden tampoco tiene más que una familia y su tipo los hipocampos, los pegazos dragones.
Malo, malo, dijo meneando la cabeza el arponero. Sexto y último, dijo consejo, los plectognatos, cuyo hueso maxilar está fijamente soldado sobre el lado del intermaxilar que forma la mandíbula y cuyo arco palatino se engrana por sutura con el cráneo, lo cual le deja inmóvil. Orden que carece de verdaderos ventrales y que se compone de dos familias, cuyos tipos son los tetrodontes y los peces luna. Que son a propósito para deshonrar una caldera, respondió el canadiense.
¿Habéis comprendido bien, amigo Ned, mis explicaciones? preguntó con cierto orgullo el sabio consejo. Absolutamente ni una palabra, amigo mío, repuso el ballenero. Pero seguid, seguid en vuestra tarea, porque me va pareciendo interesante. En cuanto a los peces cartilaginosos, volvió a proseguir con su natural impasibilidad consejo. Solo comprenden tres órdenes.
Tanto mejor, dijo Ned. Ciertamente muy estimable y estimada. Pero cuya mandíbula inferior es móvil. Este orden, el más importante de la clase, comprende dos familias, cuyos tipos son las rayas y los tiburones. ¿Cómo? exclamó Ned.
¿Las rayas y los tiburones en el mismo orden? Pues bien, amigo consejo, por interés y compasión a las rayas, os aconsejo que no los pongáis nunca juntos en el mismo estanque. Tercero, los esturionianos, cuyas branquias, como de ordinario, están abiertas por una sola hendidura terminada por una válvula. Este orden comprende cuatro géneros, cuyo tipo es el esturión. Hola, amigo consejo, habéis guardado lo mejor para lo último, al menos a mi parecer.
¿Y eso es todo lo que sabéis? Sí, mi buen Ned, pero debéis tener presente que cuando uno sabe todo esto, no sabe nada aún. Porque las familias se dividen en géneros, en subgéneros, en especies, en variedades. Pues bien, querido consejo, dijo el ballenero, inclinándose hacia el cristal que había en el tabique. Observad ahí las variedades que pasan.
Es verdad, peces, exclamó consejo. ¿Creería uno hallarse delante de un acuario? No, respondí yo interviniendo en el debate, porque el acuario es una jaula y estos peces están aquí libres, como el pájaro en el aire. Pues bien, decía Nedland, nombradlos, especificadlos bien, amigo consejo. Yo, respondió consejo, no soy capaz de hacer tal cosa.
Esto le corresponde a mi amo. Y efectivamente, el buen muchacho, clasificador rabioso, no podía pasar por naturalista. Y no me atrevería a afirmar que hubiese sabido distinguir un atún de un bonito. Era, en una palabra, el reverso de la medalla del canadiense, que nombraba sin titubear todos aquellos peces. Un baliste, dije yo.
Y un baliste chino, respondió Nedland. Género de los balistes, familia de los esclerodermos, orden de los plectognatos, murmuraba consejo. Puede decirse desde luego que entre los dos hubieran formado un naturalista completo. El canadiense no se había engañado. Un tropel de balistes, de cuerpo comprimido, de piel granulada, armados con un aguijón en su dorsal,
jugaban alrededor del nautilus y agitaban las cuatro filas de punzantes espinas que erizan cada lado de su cola. Qué admirable es su vestidura, cenicienta por encima, blanca por abajo, cuyas manchas de oro brillaban chispiantes en el sombrío remujo de las aguas. Ondulaban allí entre ellos las rayas, como una bandera abandonada al viento. Y entre ellas distinguí con gran alegría mía esa raya china amarillenta en su parte superior,
de color rosa abajo en su vientre y provista de tres aguijones en la parte posterior del ojo. Esa especie muy rara y aún dudosa en tiempos de la CEPED, que no consiguió verla más que en una colección de dibujos japoneses. Durante dos horas fue escoltando al nautilus todo un ejército acuático. En medio de sus juegos, de sus saltos y cuando rivalizaban en belleza, en brillo y en velocidad,
pude distinguir al labro verde el salmonete barberino, señalado con una doble raya negra, el gubio eleotro de cola redonda, blanco y con manchas de violeta en el dorso, el escombro japonés de cuerpo azul y plateada cabeza, las brillantes azurores, cuyo solo nombre dispensa de toda descripción, los esparos rallados de nadaderas matizadas de azul y amarillo, los esparos listados con una cinta negra en la cola, los esparos sonéforos elegantemente fajados por sus seis cinturas,
los aulóstonos, verdaderas bocas de flauta que llegan algunas veces a la longitud de un metro, las salamandras del Japón, las murenas equidneas, largas serpientes de seis pies, ojos vivos y muy pequeños con ancha boca, erizada de dientes, etc. Nuestra admiración se mantenía siempre despierta hasta el más alto grado, y no podíamos agotar las interjecciones.
Ned nombraba los peces, Consejo los clasificaba, yo quedaba extasiado ante la vivacidad de sus movimientos y la belleza de sus formas. Nunca había logrado sorprender a los animales del mar vivos y libres en su elemento natural, y esto servía también para mantenerme atónito. Sería muy difuso si hubiese de citar todas las variedades que pasaron ante nuestros ojos desvanecidos, porque es inmensa la colección en los mares del Japón y de la China.
Esos peces acudían más numerosos que las aves que pueblan el espacio, atraídos sin duda por el brillante foco de la luz eléctrica. De repente se alumbró completamente el salón, volvieron a caer las planchas de acero fundido y desapareció la encantadora visión. Durante largo tiempo sin embargo, continué soñando aún hasta que mis miradas se fijaron en los instrumentos suspendidos en las paredes. La brújula señalaba siempre la dirección del nor nordeste. El manómetro indicaba una presión de 5 atmósferas correspondiente a una profundidad de 50 metros,
y el lock eléctrico mostraba una marcha de 15 millas por hora. Esperaba que se presentaría el capitán Nemo, pero no apareció. El reloj señalaba las 5. Ned, Lando y Consejo volvieron a su camarote y yo a mi cuarto. Encontré preparada la comida que se componía de sopa de tortuga hecha con los careis más delicados de un mero de carne blanca,
cuyo hígado preparado aparte tenía un comer delicioso, y filetes de esa carne del holocanto emperador, cuyo sabor me pareció superior con mucho al del salmón. Pasé la noche leyendo, escribiendo y pensando, y después, habiéndome acometido el sueño, me tendí en la cama, quedando profundamente dormido, mientras que el nautilus se deslizaba siguiendo la rápida corriente del río Negro.
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