chevron_left All chapters 20000 Leguas de Viaje Submarino home Home

menu_book Chapter 15

from 20000 Leguas de Viaje Submarino by Jules Verne — automated transcript, may contain recognition errors.

Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne, traducido por Vicente Guimará. Esta es una grabación de LibriVox. Todas las grabaciones de LibriVox están en el dominio público. Grabado por Víctor Villarraza. Capítulo 15. Una invitación por escrito. Al día siguiente, 9 de noviembre, me desperté muy tarde. Había dormido 12 horas.

Vino consejo, según su costumbre, a saber cómo el señor había pasado la noche y a ofrecerle sus servicios. Había dejado a su amigo el canadiense durmiendo como si no hubiera hecho ni tenido que hacer otra cosa en toda su vida. Dejé que el buen muchacho charlara y se despachase a su gusto, sin responderle casi. Me preocupaba bastante la ausencia del capitán Nemo, que no se había presentado durante nuestra sesión de la víspera. Y tenía esperanza de que no pasaría el día sin volverle a ver.

Me vestí con el traje de viso que se me había proporcionado, el cual, por su naturaleza, dio ocasión a muchas reflexiones del curioso consejo. Le manifesté que estaba fabricado con los filamentos lustrosos y sedosos que sujetan a las rocas las ostras peñas, especies de moluscos muy abundantes en las costas del Mediterráneo. Y con cuyas hebras se construían en otro tiempo hermosas telas, medias, guantes, que eran muy flexibles y proporcionaban mucho calor. Podía, pues, la tripulación del Nautilus vestirse muy barato, sin pedir nada a los algodoneros, ni a los carneros, ni a los gusanos de seda de la tierra.

Cuando me hubo vestido, pasé al gran salón que se hallaba desierto. Allí me dediqué al estudio de aquellos tesoros de conchas, amontonadas en los armarios, y registré también colecciones de hierbas y plantas marinas muy raras, que, aunque secas, conservaban sus admirables y variados colores. Entre aquellas preciosas hidrófitas pude notar perfectamente las cladóstefas verticilias, las padinas o colas de pavo real, las caulerpas de hojas de viña, los calitamos graníferos,

las delicadas ceramias de color escarlata, los agaros en forma de abanico, los acetábulos, semejantes a setas muy deprimidas y que durante mucho tiempo fueron clasificadas entre los zoófitos. En fin, toda una serie de numerosos fucos. Pasó el día entero sin que me viese honrado con la visita del capitán Nemo. Las puertas de comunicación del salón no se abrieron, porque no se quería quizá que nos hastiásemos de observar aquellas inmensas maravillas.

La dirección del Nautilus era entonces al E.S. Nordeste, su velocidad unas 12 millas, la profundidad variaba entre 50 y 60 metros. Al otro día, 10 de noviembre, el mismo abandono, la misma soledad. No vi a nadie de la tripulación, Ined y Consejo pasaron la mayor parte del día a mi lado, asombrándose, como yo, de la inexplicable ausencia del capitán. ¿Estaba enfermo acaso a aquel hombre singular? ¿Quería modificar sus proyectos respecto a nosotros?

Después de todo, según las observaciones de Consejo, gozábamos de una absoluta libertad y se nos alimentaba perfectamente. Nuestro jefe se atenía, pues, a los términos del tratado. Y no pudimos quejarnos, porque la singularidad misma de nuestro destino nos reservaba por otra parte tan hermosas compensaciones que no teníamos ni aún derecho de acusarle. En este día di principio al diario de estas aventuras. Lo que me ha permitido contarlas con la más escrupulosa exactitud.

Y detalle curioso, lo escribí en un papel fabricado con el Sostero Marino. El 11 de noviembre, muy de madrugada, comprendí, por el aire fresco que se había esparcido en el interior del Nautilus, que habíamos vuelto a la superficie del océano para renovar las provisiones de oxígeno. Me dirigí hacia la escalera central y subí a la plataforma. Eran las seis, la atmósfera estaba cubierta, la mar en calma, apenas había oleaje.

¿Vendría allí el capitán Nemo, a quien creía encontrar? Solo pude distinguir al timonel, aprisionado en su jaula de cristal. Sentado en la saliente producida por el casco de la canoa, aspiré por largo rato, con delicia, las emanaciones salinas. Poco a poco se disipó la bruma bajo la acción de los rayos solares, y el astro esplendoroso y radiante asomaba en el horizonte oriental.

El mar se inflamó bajo su mirada como un reguero de pólvora, y las nubes, esparcidas por las alturas, tomaron tonos muy vivos, admirablemente matizados, y por sus formas caprichosas anunciaron viento para todo el día, formando la lengua de gato. ¿Qué importaba el viento al Nautilus si no habían de llegar a él las tempestades? Estaba contemplando con emoción aquella risueña salida del sol, tan alegre, tan vivificante,

cuando oí que subía alguno a la plataforma. Me preparaba a saludar al capitán Nemo, y fue su segundo el que se presentó, adelantándose por la plataforma como si no se apercibiera de mi presencia en ella. Tomando un poderoso anteojo, le dirigió a todos los puntos del horizonte, examinándolos con una extremada atención.

Y hecho este examen, se aproximó a la entrada, pronunciando una frase cuyos términos exactos voy a reproducir. He conseguido recordarla porque todas las mañanas pude oírla en idénticas condiciones. He aquí la frase. Nautron respoc lornivirch.

¿Qué es lo que significaba? No podría decirlo. Pronunciadas estas palabras, volvió a bajar el segundo, y yo, calculando que el Nautilus iba a emprender su navegación submarina, volvía a penetrar en las entrañas del monstruo, y me dirigía a mi habitación. Transcurrieron cinco días sin que se modificase la situación,

y todas las mañanas subía a la plataforma, oía pronunciar la misma frase, que con tono solemne decía el mismo individuo, y el capitán Nemo no aparecía por ninguna parte. Me había yo resignado a la conformidad de no verle ya, cuando el 16 de noviembre, al entrar en mi cuarto con Ned y consejo,

hallé sobre la mesa una esquela dirigida a mí. La abrí con impaciencia, estaba escrita con una letra clara, pero algún tanto gótica, y que recordaba los tipos alemanes. La esquela estaba concebida en estos términos. Señor profesor Aaron Nax, a bordo del Nautilus, 16 de noviembre de 1867.

El capitán Nemo invita al señor profesor Aaron Nax a una partida de casa, que tendrá lugar mañana por la mañana en sus bosques de la isla Crespo. Espera que no habrá nada que le impida asistir, y vería con mucho gusto que concurrieran también sus compañeros.

El comandante del Nautilus, capitán Nemo. ¡Una casa! exclamó Ned, y en sus bosques de la isla Crespo, añadió consejo. ¿Irá acaso a tierra este caballero particular? repuso Nedland.

Así aparece claramente indicado, dije leyendo otra vez la carta. Es preciso aceptar, replicó el canadiense. Una vez colocados en tierra firme, ya trataremos de tomar nuestro partido. Además, que no me incomodaría si pudiese comer algunos trozos de casa fresca. Sin tratar de conciliar lo que había de contradictorio entre el horror

manifestado por el capitán Nemo hacia los continentes y las islas, y la invitación que nos dirigía para cazar en el bosque, me limité a responder, veamos primero dónde está y lo que es esa isla de Crespo. Entonces consulté el planisferio,

y por los 32 grados, 40 minutos de latitud norte, y los 167 grados, 50 minutos de longitud oeste, pude hallar un islote que fue reconocido en 1801 por el capitán Crespo, y que los antiguos mapas españoles designaban con el nombre de Roca de la Plata. Nos hallábamos pues a unas 1800 millas próximamente del punto de partida,

y la dirección, algún tanto modificada del Nautilus, lo llevaba en dirección del sudeste. Les enseñé a mis compañeros aquella pequeña roca perdida en medio del Pacífico Norte. Si el capitán Nemo va algunas veces a tierra, les dije, por lo menos escoge islas absolutamente desiertas.

Ned Lann se encogió de hombros sin responder, y después Consejo y él me abandonaron. Sirvieronme la cena con el mismo ceremonial y el mismo silencio de siempre, y me dormí profundamente afectada. Al día siguiente, 17 de noviembre, cuando desperté,

pude notar que el Nautilus estaba absolutamente inmóvil. Me vestí muy deprisa y pasé al gran salón. Ya estaba allí el capitán Nemo, que me esperaba. Se levantó, me hizo un saludo afectuoso, y me preguntó si nos convenía acompañarle.

Como no hizo por su parte alusión alguna a su ausencia durante aquellos ocho días, me abstuve de hablarle de ella, y respondí sencillamente que mis compañeros y yo estábamos dispuestos a seguirle. Luego añadí, me permitiré dirigiros una pregunta. Decid, señor Aaron Nax, y si puedo responder a ella, lo haré con mucho gusto.

Pues bien, capitán, ¿a qué debe atribuirse que vos, que habéis roto toda relación con la Tierra, os hayas en posesión de bosques en la isla Crepo? Señor profesor, me respondió el capitán, los bosques que poseo no piden al sol ni su luz ni su calor,

ni los leones, ni los tigres, ni las panteras, ni ningún otro cuadrúpedo los frecuentan. Nadie los conoce más que yo, y su vegetación solo para mí crece y fructifica. No son bosques terrestres, son bosques submarinos. ¿Bosques submarinos? exclamé. Sí, señor profesor.

¿Y me ofrecéis guiarme hasta ellos? Precisamente. ¿A pie? Y a pie en junto. ¿Casando?

Casando, sí. ¿Y con la escopeta en la mano? Con la escopeta en la mano. Miré al comandante del Nautilus con un aspecto que nada tenía de lisonjero para su persona. Decididamente, pensaba yo, tiene enfermo el cerebro.

Habrá tenido un acceso que ha durado ocho días y continúa aún. Es lastimoso. Preferiría que fuese un hombre estrafalario a vermelas con un loco. Tan bien se manifestaba este pensamiento y se reflejaba tan claro sobre mi rostro, que el capitán Nemo debió comprenderlo.

Se limitó a indicarme que le siguiera, y lo hice, como hombre resignado a todo. Llegamos al comedor, donde estaba servido el desayuno, y el capitán me dijo, Señor Aronnax, le suplico que sin ceremonia alguna partamos mi desayuno, y mientras comemos podremos hablar. Porque si os he prometido un paseo por el bosque,

no puedo, aunque quisiera, comprometerme a haceros encontrar allí un restaurante. Almorzad, pues, como hombre que probablemente va a comer muy tarde. Hice, efectivamente, honor al almuerzo, que se componía de diversos peces y de tajadas de oloturias, excelentes zoófitos, principios de algas muy apetitivas, tales como porfiria laciniata y la laurentia primafétida.

Componíase la bebida de agua cristalina, a la cual, siguiendo el ejemplo del capitán, añadía algunas gotas de un licor fermentado, extraído a usanza canchatiana del alga conocida con el nombre de Rodomenia palmeada. El capitán Nemo también comió con apetito, y sin pronunciar una sola palabra durante algún tiempo. Después me dijo, Señor profesor, cuando os he propuesto que vinieseis a cazar a mis bosques de Crespo,

habéis llegado a suponer que estaba yo en contradicción conmigo mismo. Y cuando os manifesté que se trataba de bosques submarinos, llegasteis a juzgar que os la sabíais con un loco. Pues bien, señor profesor, no conviene juzgar jamás a los hombres con esa ligereza. Pero capitán, creed que, si me escucháis un momento,

podréis convenceros de que no se me puede acusar de locura ni de contradicción. Os escucho. Sabéis tan perfectamente como yo, señor profesor, que el hombre puede vivir debajo del agua a condición de llevar consigo una provisión de aire respirable. En los trabajos submarinos, el obrero, vestido con un traje impermeable y aprisionada la cabeza en una cápsula de metal,

recibe aire del exterior por medio de bombas impelentes y de reguladores especiales. Ese es el aparato de las escafandras, dije. Así es la verdad. Pero en condiciones tales, el hombre no es libre. Está esclavizado por la bomba que le envía aire por medio de un tubo de goma elástica, verdadera cadena que le amarra a la tierra.

Y si nos halláramos sujetos también al nautilus, poca sería la distancia que podríamos recorrer. ¿Y qué medios halláis para quedar libre? Pregunté. Emplear el aparato Rokey Arol de Nayrus, inventado por dos de vuestros compatriotas, que he conseguido perfeccionar para mi uso y que, como vais a observar, os permitirá actuar sin riesgo de que vuestros órganos sufran en esas nuevas condiciones fisiológicas.

Compónese de un receptáculo formado por una espesa lámina de hierro en el cual almaceno aire a una presión de 50 atmósferas. Este receptáculo se fija en la espalda por medio de tirantes como una mochila. Su parte superior forma una caja y en ella el aire mantenido por un mecanismo de fuelle solo puede escaparse según su tensión normal. En el aparato Rokey Arol, tal como se ha empleado, dos tubos de goma que parten de esta caja desembocan en una especie de pabellón que aprisionan la nariz y la boca del operador,

sirviendo el uno para la introducción del aire que se ha de respirar, la otra para la salida del aire respirado, y la lengua cierra este o aquel según las necesidades de la respiración. Yo, que tengo necesidad de sufrir presiones considerables en el fondo del mar, he tenido que encerrar mi cabeza como la de las escafandras, en una esfera de cobre, y a esta esfera es a donde van a parar los dos tubos inspirador y expirador.

Perfectamente, Capitán Nemo, sin embargo, el aire que lleváis debe consumirse muy deprisa y cuando ya solo contiene 15% de oxígeno llega a hacerse irrespirable. Sin duda alguna, pero como os he dicho, señor Aaron Nax, las bombas del Nautilus me permiten almacenarlo bajo una considerable presión, y en tales condiciones el receptáculo del aparato suministra aire respirable durante 9 o 10 horas.

Ya no tengo objeciones que haceros. Respondí. Os preguntaré solamente cómo podéis alumbrar el camino y guiar vuestros pasos en el fondo del océano. Con el aparato Rumpchorf, señor Aaron Nax. El primero se lleva a la espalda, como os he dicho, y el segundo se sujeta a la cintura.

Se compone de una pila de Bunsen que pongo en actividad, no con bicromato de potasa que difícilmente podría proporcionarme, sino con sodio de que el mar está completamente saturado. Una bobina de inducción recoge la electricidad producida dirigiéndola hacia una linterna de disposición particular. En esa linterna hay una serpentina de cristal que solo contiene un residuo de gas carbónico.

Cuando el aparato funciona, este gas se hace luminoso y da una luz blanquisca y permanente. Así, provisto de todas estas cosas, respiro y veo. Capitán Nemo, dais tan satisfactorias respuestas a todas las objeciones que os presento que no me atrevo ya a dudar. Vuestros aparatos Ruckiayrol y Rumpchorf son seguramente buenos. Respecto a la escopeta con que queréis armarme, pareceme que ha de ser difícil el manejo.

No creáis que en esa escopeta sea necesaria la pólvora, respondió el capitán. ¿Será un arma de viento? Sin duda alguna. ¿Cómo queríais que fabricase pólvora a bordo, no teniendo salitre, azufre ni carbón? Además, dije, para poder tirar con utilidad bajo el agua, en este medio, 855 veces más denso que el aire, sería preciso vencer una resistencia considerable.

Lo que no sería una razón de peso, pues existen ciertos cañones, perfeccionados después de Fulton por los ingleses Felipe Coles y Barley, por el francés Furey y por el italiano Landy, provistos de un sistema particular de cierre con los cuales puede tirarse en estas condiciones. Os repito, sin embargo, que no teniendo pólvora la he reemplazado por aire a alta presión, que las bombas del Nautilus me suministran en abundancia, y que debe gastarse con bastante rapidez. Hasta para evitar eso o usar del que llevo en mi receptáculo Rock Air Roll, que en caso necesario me lo suministra por medio de una llave expresamente adaptada allí. Y ya veréis también, señor Aronnax, que no se hacen grandes gastos de aire ni de balas en estas casas submarinas.

Me parece que en esta semioscuridad y en medio de líquido tan denso con relación a la atmósfera, no podrán tener mucha fuerza las balas y sean difícilmente mortales. Sucede precisamente lo contrario, todos los golpes son mortales y desde el momento en que toca la bala un animal cae como herido del rayo. ¿Por qué? Porque no son balas ordinarias las que lanza esta escopeta, sino pequeñas cápsulas de cristal inventadas por el químico austríaco Lenie Breck, de las cuales he hecho una gran provisión. Estas cápsulas de cristal, cubiertas de una armadura de acero y que llevan un apéndice de plomo para que tengan peso, son verdaderas botellas de Leyden, en las cuales está forzada la electricidad a muy alta tensión. Al más leve choque se descargan y por poderoso que sea el animal cae muerto.

Debo añadir que estas cápsulas son del número 4 y que la carga de un fusil ordinario puede contener 10. Ya no quiero discutir más, respondí levantándome de la mesa, y voy a tomar desde luego mi escopeta. Además, donde vos vayáis, ¿por qué no había de ir yo? El capitán me condujo hacia la popa del Nautilus, y al pasar delante del camarote de Ned y de consejo, llamé a mis compañeros, que se nos vinieron a unir inmediatamente. Llegamos a una salita situada cerca del cuarto de las máquinas, y nos detuvimos allí para tomar nuestros trajes de paseo.

Fin del capítulo 15.

CAPTIONS
Loading...