Chapter 17
Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne, traducido por Vicente Guimera. Esta es una grabación de LibriVox. Todas las grabaciones de LibriVox están en el dominio público. Grabado por Víctor Villarraza. Capítulo 17.
Una selva submarina. Habíamos llegado por fin a los lindes de aquella selva. Una de las más bellas, sin duda, del inmenso dominio del capitán Nemo. La consideraba como suya, atribuyéndose sobre ella los mismos derechos que los primeros hombres tuvieron durante la época primitiva del mundo. ¿Quién le hubiera disputado por otra parte la posesión de aquella propiedad submarina?
¿Quién otro, más audaz que él, hubiera venido con hacha en mano a desmontar aquellas umbrosas espesuras? Componía se la selva de grandes plantas arborescentes. Y tan luego como hubimos penetrado entre ellas, llamó la atención de mis miradas una singular disposición de las ramificaciones. Disposición que yo no había observado hasta entonces. Ninguna de las hierbas que alfombraban el suelo, ninguna de las ramas que brotaban de los arbustos, se enredaba ni se encorbaba, ni se extendía en sentido horizontal.
Todas subían hacia la superficie del océano. No había filamentos ni hojas a manera de cinta, por delgadas que fuesen, que no se mantuviesen en posición derecha, como varillas de hierro. Los fucos y los vejucos se desarrollaban en línea rígida y perpendicular, determinada por la densidad del elemento donde habían nacido. Inmóviles, por otra parte, aquellas plantas, cuando yo las apartaba con la mano, recobraban enseguida su posición primera. Aquel era el reino de la verticalidad.
No tardé en acostumbrarme a tan extraña disposición, así como a la oscuridad relativa que nos envolvía. El suelo de la selva estaba sembrado de cantos agudos, difíciles de evitar. La flora submarina me pareció bastante completa y más rica todavía que lo hubiera sido bajo las zonas árticas o tropicales, donde sus productos son menos numerosos. Pero durante algunos minutos confundí involuntariamente los reinos entre sí, equivocando los zoófitos con las hidrófitas y los animales con las plantas. Y quién no se hubiera engañado. La fauna y la flora se tocan tan de cerca en el mundo submarino.
Observé que todas aquellas producciones del reino vegetal no estaban adheridas al suelo, sino por una especie de basamento superficial. Desprovistas de raíces, indiferentes a todo cuerpo sólido, arena, concha o guijarro que las sostiene, le piden tan solo un punto de apoyo, pero ninguna vitalidad. Estas plantas no proceden sino de sí mismas, y el principio de su existencia está en el agua que las mantiene y nutre. La mayor parte tenían, en vez de hojas, unas tiras de formas caprichosas, circuncritas en una corta gradación de colores. El rosado, el carmín, el verde, el aceitunado y el pardo.
Volví a ver, pero no ya de secadas como las muestras del Nautilus, las padinas o colas de pavo desplegadas en abanico que parecían solicitar la brisa, las eramias de color escarlata, las laminarias alargando sus tiernos retoños comestibles, las nereos cisteas filiformes y fluxuosas que se abrían a una altura de 15 metros, ramilletes de acetábulos cuyos tallos crecen por el vértice y muchas otras plantas pelagianas, todas desprovistas de flores. Curiosa anomalía, extraño elemento, ha dicho un ingenioso naturalista, donde el reino animal florece y donde el vegetal no produce flores. Entre aquellos diferentes arbustos, grandes como los árboles de nuestras zonas templadas y bajo su húmeda sombra, se agrupaban verdaderos arsales de flores vivas,
cetos de zoófitos sobre los cuales se abrían las meandrinas listadas de surcos sinuosos, las cariofilias amarillentas de tentáculos diáfanos, las aglomeraciones de zoantarios asemejando al césped y para completar la ilusión, los peces mosca revoloteaban de rama en rama como un enjambre de colibrís, mientras que los amarillos lepizacantos de mandíbula erizada y escamas agudas, los dactilóteros y los monocentros se levantaban bajo nuestros pasos como un tropel de gallinetas. Hacia la una, el capitán Nemo dio la señal de alto, lo cual me satisfizo bastante, y nos tendimos bajo un docel de alarias, cuyas largas tirillas adelgazadas se levantaban como saetas. Me pareció delicioso ese instante de reposo, no faltándonos más que el encanto de la conversación, pero era imposible hablar ni responder.
Me limité tan solo a acercar mi gran cabeza de latón a la de consejo, y vi los ojos de este buen muchacho brillar de contento. En señal de satisfacción se agitó en su capacete del modo más cómico del mundo. Después de cuatro horas de semejante paseo, me sorprendió mucho el no sentir una violenta ganas de comer. Yo no puedo decir en qué consistía esta disposición del estómago, pero en cambio, experimentaba un insuperable deseo de dormir, como suele suceder con todos los buzos. Por eso, mis ojos se cerraron muy pronto bajo su espeso cristal, y caí en una invencible soñolencia que solo el movimiento de la marcha había podido contener hasta entonces.
El capitán Nemo y su robusto compañero, extendidos en medio de aquella agua cristalina, nos daban el ejemplo para dormir. No me es posible calcular el tiempo que estuve sumido en aquel profundo sopor, pero cuando me desperté, me pareció que el sol descendía hacia el horizonte. El capitán Nemo estaba ya despierto, y comencé a desperezarme cuando una aparición inesperada me hizo poner súbitamente de pie. A algunos pasos, una monstruosa araña de mar alta de un metro me miraba con sus ojos atravesados, pronta a arrojarse sobre mí. Aunque mi escafandra fuese bastante gruesa para defenderme de las mordeduras del animal, no pude reprimir un movimiento de horror.
Consejo y el capitán del Nautilus se despertaron entonces. El capitán Nemo enseñó el asqueroso animal a su compañero, quien le asestó con la escopeta un violento culatazo, y pronto vi las horribles patas del monstruo retorcerse en convulsiones terribles. Este encuentro me hizo pensar que otros animales más temibles debían frecuentar aquellos fondos oscuros, y que mi escafandra no me protegería contra sus ataques. No me había ocurrido esto hasta entonces, y resolví estar con cuidado. Suponía yo, además, que aquel descanso indicaba el término de nuestro paseo, pero me equivocaba, porque al contrario, en vez de regresar al Nautilus, el capitán Nemo prosiguió su atrevida expedición.
El suelo seguía deprimiéndose y su pendiente, siendo cada vez más pronunciada, nos condujo a mayores profundidades. Debían ser próximamente las tres, cuando llegamos a un estrecho valle, abierto entre altas paredes verticales, y situado a 150 metros de fondo. Gracias a la perfección de nuestros aparatos, sobrepujábamos en 90 metros el límite que la naturaleza había impuesto hasta entonces a las excursiones submarinas del hombre. Digo 150 metros, aunque ningún instrumento me permitía evaluar esta distancia, pero yo sabía que, aún en los mares más límpidos, los rayos solares no pueden penetrar más allá. Y precisamente la oscuridad se hizo profunda, no siendo visible a diez pasos objeto alguno.
Yo andaba a tientas, cuando vi brillar de repente una luz blanca y bastante viva. El capitán Nemo acababa de poner en actividad su aparato eléctrico, imitándole luego su compañero. Consejo y yo seguimos este ejemplo, para lo cual establecí por medio de un tornillo la comunicación entre la bobina y el serpentín de cristal. El mar entonces, alumbrado por nuestras cuatro linternas, se iluminó en un radio de 25 metros. El capitán Nemo continuó penetrando en las oscuras profundidades de la selva, cuyos arbustos se iban aclarando cada vez más.
Observé que la vida vegetal desaparecía más pronto que la animal. Las plantas pelagianas abandonaban aquel suelo, que para ellas se tornaba árido, en tanto que pululaba todavía por allí un número prodigioso de animales, zoófitos, articulados, moluscos y peces. Mientras seguíamos andando, me ocurrió que la luz de nuestros aparatos Runkor debía atraer necesariamente a algunos habitantes de aquellas capas sombrías, pero no se acercaban a bastante distancia para el alcance de unos cazadores.
Varias veces se detuvo el capitán Nemo para echarse la escopeta a la cara, pero después de estar apuntando durante algunos momentos, la recogía para continuar su marcha. Por último, esta maravillosa excursión concluyó hacia las cuatro, viéndonos detenidos por un muro de soberbios peñascos, masa imponente, amontonamiento de gigantescas rocas, enorme acantilado de granito, lleno de grutas oscuras, pero no ofrecían ninguna subida practicable. Eran los cantiles de la isla Crespo. Era la tierra.
Detúbose de pronto el capitán Nemo, dándonos la señal de alto, y por más deseos que tuviera yo de trepar por aquella muralla, no pude hacer otra cosa que pararme. Allí terminaban los dominios de nuestro jefe, no quería trasponerlos. Más allá, existía esa porción del globo que no debía volver a pisar con su planta. Nuestro regreso comenzó. El capitán Nemo se había puesto de nuevo al frente de su pequeña comitiva, dirigiéndose siempre sin vacilar. Me pareció que no seguíamos el mismo rumbo para volver al Nautilus. El nuevo camino, muy pendiente y por consiguiente penosísimo,
nos acercó con rapidez a la superficie del mar. Sin embargo, este regreso a las capas superiores no fue tan súbito que pudiera causar un decrecimiento de presión demasiado pronto, porque esto hubiera podido ocasionar desórdenes graves en nuestro organismo, determinando ciertas lesiones internas que tan fatales son para los buzos. Muy luego, reapareció y creció la luz del día, y como el sol estaba ya bajo, en el horizonte, la refracción volvió a teñir con irisado anillo los contornos de los objetos. A 10 metros de profundidad caminábamos entre un enjambre de pecesitos de toda especie, más numerosos que las aves en el aire, más ágiles también,
pero ninguna casa acuática digna de recibir un tiro se había ofrecido aún a nuestra vista. En aquel momento noté que el capitán Nemo seguía con la escopeta apuntada a algún objeto que se movía entre los arzales. El tiro salió, escuché un débil silbido y un animal cayó herido de muerte a algunos pasos. Era una magnífica nutria de mar, único cuadrúpedo que sea exclusivamente marino. Tenía metro y medio de longitud y debía ser de gran precio porque su piel, de color pardo castaño por el lomo y plateada por debajo,
constituye una de esas pellejas tan solicitadas en los mercados rusos y chinos, asegurándole lo lustroso y delicado de su pelo un valor por lo menos de 2.000 pesetas. Mucho admiré aquel curioso mamífero de cabeza redondeada, orejas cortas, ojos circulares, bigotes blancos y semejantes a los del gato, pies palmeados y con uñas y rabo peludo. Este precioso carnívoro, cazado y perseguido por los pescadores, es cada día más raro, habiéndose refugiado principalmente en las porciones boreales del Pacífico, donde probablemente no tardará en extinguirse su especie. El compañero del capitán Nemo cargó la nutria sobre sus hombros y volvimos a emprender nuestro camino. Durante una hora se desarrolló bajo nuestras plantas una llanura arenisca, cuyo suelo se elevaba con frecuencia a menos de 2 metros de la superficie del mar.
Entonces vi nuestras imágenes, claramente reflejadas sobre esta superficie cual en un espejo aparecer en sentido inverso, reproduciendo nuestros movimientos y nuestros ademanes con toda identidad, pero con la diferencia de andar con la cabeza hacia abajo y los pies hacia arriba. El espesor variable de las grandes olas de fondo causaba sobre la misma superficie otro efecto muy notable, a saber la apariencia de espesas nubes que se formaban y desvanecían rápidamente, advirtiéndose hasta el espumoso y blanco cabrilleo que al quebrarse producían. También se divisaba el paso veloz de las sombras que las grandes aves proyectaban en las aguas al pasar sobre nosotros. En esta estación fui testigo de uno de los mejores tiros que hayan podido conmover las fibras de un cazador. Un ave corpulenta de alas anchurosas, perfectamente visible, se acercaba cerniéndose hasta que llegada a algunos metros sobre las aguas, el compañero del capitán Nemo le apuntó y disparó.
Cayó el animal herido de muerte, viniendo a parar en su descenso al alcance del diestro cazador. Era un albatros de la más bella especie, admirable ejemplar de las aves pelagianas. Nuestra marcha no se interrumpió con este incidente y por espacio de dos horas estuvimos recorriendo, hora unas llanuras areniscas, hora unas praderas de fucos de muy penoso andar. Francamente ya no podía conmigo cuando advertí que cierto brillo interrumpía la oscuridad de las aguas a media milla de distancia. Era el fanal del Nautilus.
Antes de 20 minutos debíamos estar a bordo para respirar con holgura, porque parecíame ya que mi receptáculo no suministraba más que un aire muy pobre de oxígeno. Pero yo no contaba con un encuentro que atrasó algún tanto a nuestro regreso. Me había quedado rezagado a unos 20 pasos cuando vi que el capitán Nemo volvía bruscamente hacia mí. Con mano vigorosa me echó al suelo, mientras que su compañero hacía otro tanto respecto de consejo. No supe qué pensar de pronto ante tan inesperada acometida, pero me tranquilicé al observar que el capitán se echaba también cerca de mí y se mantenía quieto.
Me hallaba pues echado sobre el fondo y abrigado precisamente por una zarza de fucos cuando, al levantar la cabeza, divisé unas enormes masas que pasaban ruidosamente despidiendo resplandores foforescentes. Mi sangre se heló en las venas. Había reconocido que nos veíamos amenazados por unos formidables escualos. Era un par de tintorias, terribles tiburones, de cola enorme, mirada apagada y vidriosa, que destilan cierta materia fosfórica por unos orificios que tienen alrededor de los hicos. Aquellos animales son unas fieras monstruosas que trituran a un hombre entero entre sus mandíbulas de hierro. Yo no sé si Consejo se entretenía en clasificarlos, más por lo que a mí tocaba, el plateado abdomen y la formidable boca erizada de dientes de tan temible especies fueron para mí observados bajo un punto de vista bien poco científico y más bien como víctima que como naturalista.
Afortunadamente estos voraces animales tienen poca vista y pasaron sin apercibirnos, rozándonos con sus nadaderas parduscas y escapando así nosotros como por milagro de aquel peligro, mayor seguramente que el encuentro del tigre en medio de una selva. Media hora después, guiados por la ráfaga eléctrica, alcanzamos el Nautilus. La puerta exterior había quedado abierta y el capitán Nemo la cerró tan pronto como estuvimos en la primera celda. Después apretó un botón, sentí maniobrar las bombas dentro del barco y disminuir el agua alrededor de mí. En algunos instantes quedó vaciada aquella cámara, se abrió la puerta interior y entramos en el vestuario.
Aquí nos despojamos, no sin trabajo, de nuestras escafandras y muy molido yo y rendido de hambre y de sueño, me dirigí a mi cámara, aunque maravillado todavía de aquella sorprendente excursión al fondo de los mares. Fin del capítulo 17.