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Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne, traducido por Vicente Guimará. Esta es una grabación de LibriVox. Todas las grabaciones de LibriVox están en el dominio público. Grabado por Víctor Villarraza. Capítulo vigésimo. El estrecho de Torres.

Durante la noche del 27 al 28 de diciembre, el Nautilus abandonó los parajes de Bannicoro con una velocidad excesiva. Su dirección era al suroeste, y en tres días recorrió las 750 leguas que separan el grupo de la Perúz de la punta sureste de la Papuacia. El primero de enero de 1863, muy de madrugada, Consejo se reunió conmigo en la plataforma. ¿Me permitirá el señor que le felicite como primer día del año que es hoy? ¿Con que te acuerdas de felicitarme exactamente como si estuviéramos en París, en el Jardín de Plantas?

Acepto tus votos y te los agradezco. Solamente tengo que hacerte una observación, y es que me digas lo que entiendes por felicitación en las circunstancias que nos rodean. ¿Será este el año que pondrá fin a nuestro cautiverio o seguiremos tan extraño viaje? ¿A fe mía? respondió Consejo. Yo no sé qué decir al señor.

Tales son las cosas curiosas que vemos que no hemos tenido tiempo de engendrar tedio desde hace dos meses. La última maravilla siempre es la más admirable, y si esta progresión continúa no acierto a comprender cuándo acabará. Me parece que nunca volveremos a tener semejante ocasión. Nunca. Además, el señor Nemo, que justifica muy bien su nombre latino, no es nada modesto para nosotros.

Así es lo cierto, Consejo. Creo, pues, y no se disguste el señor, que un buen año sería el que nos permitiese verlo todo. Verlo todo... quizá sería algo largo. Pero, ¿qué opina Nedland? Nedland piensa precisamente lo contrario, respondió Consejo.

Es un ente positivo y un estómago imperioso. No le basta estar siempre viendo peces y no comer otra cosa. La falta de vino, de pan de carne, no conviene a un sajón. Para quien son familiares los beefsteaks y a quien no asustan ni el brandy ni el gin, tomados en cantidad moderada. Por lo que a mí toca, Consejo, no es eso lo que me inquieta.

Y me va muy bien con el régimen de bordo. Lo mismo me pasa a mí, respondió Consejo. Por eso, igual me da que darme que a Nedland escaparse. Por consiguiente, si el año que empieza no es bueno para mí, lo será para él irreciprocamente. De esta suerte, siempre habrá alguno que salga satisfecho.

Y por último, para concluir, deseo lo que al Señor más le plazca. Gracias, Consejo, pero aplazaremos para otra ocasión la cuestión de Aguinaldo. Y la sustituiremos provisionalmente con un apretón de manos, pues de otra cosa no dispongo. Nunca ha sido el Señor tan generoso, respondió Consejo. Y después de decir esto, el buen muchacho se retiró.

El 2 de enero habíamos andado 11.340 millas, sean 5.250 leguas, desde nuestro punto de partida en los mares del Japón. Ante el espolón del Nautilus se extendían los peligrosos parajes del Mar de Coral, en la costa nordeste de la Australia. Nuestro barco bordeaba a distancia de algunas millas aquel temible banco

en donde los buques de Cook estuvieron a punto de perderse el 10 de junio de 1770. El bajel montado por Cook dio en la peña, y si no fue a pique, consistió en que el trozo de coral desprendido por el choque quedó empotrado en la fractura del casco. Mucho hubiera yo deseado visitar aquel arrecife, que tenía 360 leguas, y contra el cual la mar, siempre gruesa, se quebraba con formidable intensidad,

semejante al estrépito del trueno. Pero en este momento los planos inclinados del Nautilus nos llevaban a gran profundidad, y nada pude ver de aquellas elevadas murallas coralígenas, debiendo satisfacerme con el espectáculo de algunos peces traídos por nuestras redes. Entre otros, observé unos germones, especies de escombros grandes como atunes,

de costados azulados y rayados con listas transversales, que desaparecen con la vida del animal. Estos peces nos acompañaban por bandadas, y dieron en nuestra mesa una carne excesivamente delicada. Se cogieron también muchos esparos vertores, largos de medio decímetro, con sabor de dorado, y pirápedos volantes, verdaderas golondrinas submarinas, que en las noches oscuras rayan alternativamente los aires y las aguas con brillos fosfóricos.

Entre los moluscos y zoófitos salieron enredados en las mallas de la barredera diferentes especies de alcionarias, ursinas, martillos, espuelas, cuadrantes, ceritas y alas. La flora estaba representada por bellísimas algas flotantes, flaminarias y macrocisteas, impregnadas con el musílago desprendido de sus poros, y entre las cuales recogí una admirable nemastona geliniaroide,

que fue clasificada con las curiosidades naturales del museo. Dos días después de haber atravesado el mar de Coral, el 4 de enero, dimos vista a las costas de la Papuacia. Entonces, el capitán Nemo me comunicó su intento de llegar al océano índico por el Estrecho de Torres, sin añadir más, lo cual complació a Nedland porque este rumbo nos acercaba a los mares europeos.

El Estrecho de Torres es considerado como no menos peligroso por los escollos de que está erizado, que por los salvajes naturales que frecuentan sus costas. Se haya situado entre la Nueva Holanda y la grande isla de la Papuacia, llamada también Nueva Guinea. La Papuacia tiene 400 leguas de longitud por 130 de anchura, y una superficie de 40.000 leguas geográficas.

Se encuentra entre los 0°19' y 10°2' de latitud meridional, y entre los 128°23' y 146°15' de longitud. A las 12, mientras que el segundo tomaba la altura del sol, divisé los montes Arfalques, elevados por planos y terminados por picos agudos. Esta tierra, descubierta en 1511 por el portugués Francisco Serrano,

fue visitada sucesivamente por don José de Meneces en 1526, por Grijalva en 1527, por Álvar de Saavedra en 1528, por Íñigo Ortiz en 1545, por el holandés Jouten en 1616, por Nicolás Zrich en 1753, por Tasman, Dampier, Fumel, Carterit, Edwards, Bougainville, Cook, Forrest, Macdlouer, Entrecastó en 1792,

por Duperey en 1823 y por Dumont Durbil en 1827. Es el foco de los negros que ocupan toda la Malasia, ha dicho Rienzi, y no había yo sospechado que los azares de nuestra navegación me iban a poner en presencia de los temibles andamenos. El Nautilus se presentó pues a la entrada del estrecho más peligroso del mundo,

de aquel que los navegantes más atrevidos se arriesgan apenas a pasar, estrecho que Luis Paz de Torres afrontó al regresar de los mares del sur en la Melanesia, y en el cual en 1840 las corbetas varadas de Dumont Durbil estuvieron a punto de perderse por completo. El mismo Nautilus, superior a todos los peligros del mar, iba a ponerse en contacto con los arrecifes coralíferos. El estrecho de Torres tiene unas 34 leguas de ancho,

pero está obstruido por una cantidad innumerable de islas, islotes, rompientes, peñas, que casi imposibilitan su navegación. En consecuencia, el capitán Nemo tomó todas las precauciones exigidas para atravesarlo. El Nautilus, flotando a flor de agua, avanzaba con moderado andar. Su hélice batía con lentitud cual una cola de cetáceo aquellas peligrosas aguas.

Aprovechando la situación, mis dos compañeros y yo habíamos subido a la plataforma, siempre desierta. Delante de nosotros se elevaba la camareta o tambucho del Timonel, y si no me engaño, allí debía estar el capitán Nemo dirigiendo por sí mismo su embarcación. Tenía yo a la vista los excelentes mapas del estrecho de Torres, trazados por el ingeniero hidrógrafo Vincent D'Hombre du Moulin,

y por el alferes de navío Coupbain de Bois, hoy almirante, que formaban parte del Estado Mayor de Dumont-du-Rville durante su último viaje de circunnavigación. Estos mapas y los del capitán King son los mejores que pueden servir para desentrañar el intrincado laberinto de aquel angosto pasaje, y yo los consultaba con escrupulosa atención.

Alrededor del Nautilus el mar bullía con furia. La corriente de oleadas que venía del sureste al noroeste con una velocidad de dos millas y media, se quebraba sobre los corales que asomaban por diferentes puntos. ¡Qué mar tan encrespado! Dijo Nedland.

Detestable en efecto, respondí. Y por cierto, que no puede convenir a un barco como el Nautilus. ¡Preciso es! repuso el arponero. Que ese condenado de capitán esté bien seguro de su derrotero, porque veo por ahí unas masas de corales que despedazarían este buque,

aun cuando no hiciera más que rosarlos. En efecto, la situación era peligrosa, pero el Nautilus parecía deslizarse como por encanto en medio de aquellos furiosos escollos. No siguió exactamente el camino del astrolavio y de la celosa, que fueron tan fatales a Dumont-Durville.

Tomó más al norte, bordeó la isla Murray y volvió al sudeste, hacia el paso de Cumberland. Yo creí que iba a avarar, cuando remontándose por el noroeste, se dirigió por entre una gran cantidad de islas e islotes poco conocidos, hacia la isla Tund y el canal Malo. Estábame ocurriendo si el capitán Nemo, imprudente hasta la demencia,

quería empeñar su buque en aquel canalijo donde tocaron las dos corbetas de Dumont-Durville, cuando, modificando por segunda vez su dirección y cortando recto al oeste, se encaminó hacia la isla Géboroir. Eran las tres de la tarde, el oleaje se quebrantaba sobre las peñas, estando las aguas casi en pleamar. El Nautilus se acercó a la isla, que todavía se me representa a la imaginación con su franja de péndanos.

La estábamos bordeando a menos de dos millas. De repente un choque me derribó. El Nautilus acababa de tocar en un escoyo y se quedó parado, dando una ligera saborda sobre babor. Cuando me levanté, divisé sobre la plataforma al capitán Nemo y a su segundo. Estaban examinando la situación del buque, mientras hablaban algunas palabras en su lengua incomprensible.

La situación era la siguiente. A dos millas, por Estribor, aparecía la isla Géboroir, cuya costa se redondeaba del norte al oeste como un inmenso brazo. Por el sur y el este, asomaban algunas cabezas de corales que el reflujo dejaban descubiertos. Habíamos varado en pleamar y en uno de esos parajes donde las mareas son medianas, circunstancia perjudicial para ponerse a flote, pero el buque no había tenido avería alguna.

Gracias a la solidez de su casco. Sin embargo, aunque no podía irse a pique ni abrirse, corría mucho riesgo de quedar para siempre preso entre aquellos escoyos. Y entonces acabóse el aparato submarino del capitán Nemo. Yo me entregaba a esta meditación cuando el capitán, frío y sereno, siempre dueño de sí mismo, no pareciendo ni conmovido ni contrariado, se acercó.

Y le dije, ¿un accidente? No, un incidente, me respondió. Pero un incidente, repliqué, que os obligará tal vez a habitar de nuevo las tierras de donde huís. El capitán Nemo me miró con aire singular e hizo un ademán negativo, significándome con bastante claridad que nada habría que le hiciera volver a poner los pies en un continente.

Después dijo, Por otra parte, señor Aaron Nax, el Nautilus no está perdido. Os llevará todavía en medio de las maravillas del océano. Nuestro viaje principia ahora y no deseo privarme tan pronto del honor de vuestra compañía. Sin embargo, capitán Nemo exclamé sin dar importancia al giro irónico de esa frase,

El Nautilus ha varado en el momento de pleamar. Ahora bien, las mareas no son pronunciadas en el Pacífico, y si no podéis aligerar el Nautilus, lo cual me parece imposible, no consigo cómo lo sacaréis a flote. Las mareas no son muy pronunciadas en el Pacífico, tenéis razón, señor profesor, respondió el capitán Nemo. Pero en el estrecho de torres hay todavía una diferencia de metro y medio entre el nivel de las altas y bajas mareas.

Hoy estamos a 4 de enero y dentro de 5 días será luna llena. Mucho me sorprendería que este complaciente satélite no levantase lo suficiente estas masas de agua y no me prestase un servicio que a él solo quiero deber. Dicho esto, el capitán Nemo, seguido de su segundo, bajó al interior del Nautilus. En cuanto a este, ya no se movía, permanecía quieto como si los pólipos coralígenos le hubiesen ya incrustado entre su indestructible cemento.

Y bien, señor profesor, me dijo Nedland que vino hacia mí después de haberse marchado el capitán. Aguardaremos, amigo Ned, con tranquilidad la marea del nueve, pues parece que la luna tendrá la complacencia de ponernos a flote. Nada más que eso. Nada más que eso. Y ese capitán no tiende sus anclas mar afuera, ni prepara su máquina, ni hace nada para expiarse.

Puesto que la marea bastará, respondió sencillamente Consejo. El Canadiense miró a Consejo y luego se encogió de hombros. Ned se expresaba como marino y añadió, Podéis creerme cuando os digo que este pedazo de hierro ya no navegará ni encima ni debajo de las aguas. Ya no sirve más que para vendido al peso.

Y creo que ha llegado el momento de abandonar la compañía del capitán Nemo. Respondí, no desespero como vos de este valiente Nautilus. Y dentro de cuatro días sabremos a qué atenernos sobre las mareas del Pacífico. Por otra parte, el consejo de huir podría ser oportuno si estuviésemos a la vista de las costas de Inglaterra o de la Provenza. Pero en los parajes de la Papuacia es otra cosa.

Y siempre estaremos a tiempo de acudir a este extremo si el Nautilus no llega a salvarse, lo cual consideraría yo como un acontecimiento grave. Pero no podríamos al menos palpar ese terreno, repuso Nedland. Ahí tenemos una isla. En esa isla hay árboles.

Debajo de esos árboles existen animales terrestres, portadores de chuletas y Rossbiff, a los cuales daría gustoso alguna dentellada. Tiene razón el amigo Ned, dijo consejo. Y soy de su parecer. No podría el señor obtener de su amigo el capitán Nemo que nos trasladase a tierra, aunque solo fuera para no perder la costumbre de pisar con el pie las partes sólidas de nuestro planeta.

Puedo preguntárselo, pero se negará. Arriesgue el señor la pregunta, dijo consejo, y sabremos a qué atenernos acerca de la amabilidad del capitán. Con sorpresa mía, el capitán Nemo me concedió el permiso que le solicité, y hasta lo hizo con mucha gracia y resolución, sin haberme exigido la promesa de volver a bordo. Pero una fuga por las tierras de la Nueva Guinea hubiera sido peligrosísima,

y nunca hubiera yo aconsejado a Nedland que lo intentase. Valía más ser prisionero a bordo del Nautilus que caer en manos de los naturales de la Papoácea. El bote fue puesto a nuestra disposición para la madrugada siguiente. Demasiado sabido era que el capitán Nemo no nos acompañaría, y que no se nos daría un solo marinero, por cuyo motivo tendría que encargarse Nedland de dirigir la embarcación.

Por otra parte, la tierra se hallaba a dos millas todo lo más, y para el canadiense solo era un juego la conducción de tan ligera canoa entre las líneas de arrecifes tan fatales a los grandes bajenes. Al día siguiente, 5 de enero, el bote fue sacado de su albéolo y echado al mar desde lo alto de la plataforma, bastando dos hombres para la operación.

Los remos estaban listos y solo restaba embarcarnos. A las 8, armados con escopetas eléctricas y con hachas, nos separábamos del Nautilus. Estaba el mar bastante bonansible y la tierra nos enviaba una ligera brisa. Concejo y yo, asidos de los remos, bogábamos vigorosamente, y Ned era quien manejaba el timón, dirigiéndonos por las angostas canalijas que existían entre las peñas.

El esquife se gobernaba bien y corría con rapidez hacia la tierra. Nedland no podía contener su alegría. Era un preso escapado de la cárcel, sin acordarse que debía volver a ella. ¡Carne! repetía. ¡Vamos a comer carne!

¡Y qué carne! ¡Casa limpia! ¡Nada de pan! No digo que el pescado sea malo, pero no hay que abusar de él y un trozo de caza fresca, asado sobre ascuas, variará admirablemente nuestro trato ordinario. Goloso, respondía Consejo.

La boca se me hace agua. Falta saber, dije, si en esos bosques hay caza, y si habiéndola no sea de tal naturaleza que se convierta en cazadora y persiga al cazador. ¡Aún así, señor Aron Nax! respondió el canadiense, cuyas muelas parecían abusarse cual el filo de un hacha.

¡Comeré tigre, solomillo de tigre, si no hay otro cuadrúpedo en la isla! ¡Qué obstinado! dijo Consejo. Sea cual fuere, repuso Nedland. Todo animal de cuatro patas sin plumas, o de dos patas con plumas, recibirá el saludo de mi primer tiro.

Bueno, exclamé yo, ya principian de nuevo las imprudencias de Maese Land. No tengáis cuidado, señor Aron Nax, respondió el canadiense. Y remada prisa, no pido ni veinticinco minutos para ofreceros un plato preparado por mí. A las ocho y media el bote del Nautilus arribó suavemente sobre una playa de arena, después de haber atravesado con felicidad el anillo coralígeno que cercaba la isla de Gevoroar.

Fin del capítulo vigésimo.

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