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Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne, traducido por Vicente Guimera. Esta es una grabación de LibriVox. Todas las grabaciones de LibriVox están en el dominio público. Grabado por Víctor Villarraza. Capítulo vigésimo primero. Algunos días en tierra.

Al tocar en tierra quedé vivamente impresionado, mientras que Ned Land, por su parte, golpea el suelo con el pie. Cual si de él quisiera tomar posesión. No hacía, sin embargo, más que dos meses que éramos, según expresión del capitán Nemo, los pasajeros del Nautilus. Es decir, en realidad, sus prisioneros. En algunos minutos estuvimos a tiro de fusil de la costa.

El suelo era casi exclusivamente madrepórico, pero ciertos causes de torrentes enjutos, sembrados de restos graníticos, demostraban que la isla era debida a una formación primordial. Todo el horizonte estaba velado por una cortina de selvas admirables, con árboles enormes, cuya altura llegaba a veces a 200 pies, y que se enlazaban unos con otros por medio de guirnaldas de vejucos, verdaderas amacas naturales, mesidas por una ligera brisa.

Allí había mimosas, nopales, casuarinas, teques, hibiscos, péndanos, palmeras mezcladas en profusión, y al abrigo de su verde docel y al pie de su gigantesco tallo, crecían las orquídeas, las leguminosas y los helechos. Pero el canadiense, dejando de observar tan bellos ejemplares de la flora papuaciana, abandonó lo agradable por lo útil. Percibió un cocotero, derribó alguno de sus frutos, lo sabrió, bebimos su leche y comimos su almendra

con una satisfacción que protestaba contra el régimen del Nautilus. ¡Excelente! decía Nedland, exquisito, respondía Consejo. Y yo no creo, dijo el arponero, que el capitán Nemo se oponga a que introduzcamos un cargamento de cocos a bordo. No lo creo, respondí, pero no querrá catarlos. Peor para él, dijo Consejo.

Y mejor para nosotros, respondió Nedland. Así tocaremos a más. Solo una palabra, señor Land, dije al arponero, que se disponía a desbastar otro cocotero. El coco es una cosa buena, pero antes de llenar la canoa, me parece prudente reconocer si la isla produce alguna sustancia no menos útil. Las verduras frescas serían bien recibidas en la cocina del Nautilus.

El señor tiene razón, respondió Consejo. Y propongo reservar tres sitios en nuestra embarcación. Uno para las frutas, otro para las verduras y el tercero para la caza, de la cual no he visto aún la menor muestra. Consejo, no debemos desesperar de nada, respondió el canadiense. Continuemos, pues, nuestra excursión, repliqué.

Pero estemos en guardia, porque si bien la isla parece inhabitada, pudiera encerrar algunos individuos menos delicados que nosotros sobre la naturaleza de la caza. ¡Eh, eh! Exclamó Nedland con un movimiento de quijadas muy significativo. ¿Qué os pasa, Ned? Dijo Consejo.

¡A fe mía! Respondió el arponero. Que comienzo a comprender los encantos de la antropofagia. ¡Ned, Ned! ¿Qué decís?

Replicó Consejo. Vos antropófago. Entonces, no estamos seguros. Y yo, que duermo en el mismo camarote, me despertaré un día medio comido. Amigo Consejo, me gustáis mucho, pero no tanto para comeros sin necesidad.

No me fío, respondió Consejo. A cazar, no hay más remedio que hacerlo para satisfacer a este caníbal. Porque si no, la mejor de las mañanas no hallará el señor más que pedazos de criado para servirle. Mientras se seguía esta conversación, penetrábamos bajo las sombrías bóvedas de la selva. Y durante dos horas la recorrimos en todos sentidos.

Quiso la suerte de servirnos a medida de nuestro deseo en esta investigación de vegetales comestibles. Y uno de los productos más útiles de las zonas tropicales nos dio un alimento precioso que faltaba a bordo. Quiero hablar del árbol del pan, abundantísimo en la isla de Guéboroar, donde noté especialmente la variedad desprovista de pepitas llamada rima en lengua maleza. Distinguíase este árbol de los demás por un tronco recto de 40 pies.

Su copa, graciosamente redondeada y formada de hojas grandes, multilobuladas, designaba lo bastante para un naturalista ese harto carpo tan fácilmente aclimatado en las islas Macareñas. De su verde masa vendían unas grandes frutas globulosas de un decímetro de anchura, provistas de rugosidades exteriores dispuestas en hexágonos. Este utilísimo árbol, que ha sido dado por la naturaleza a las regiones donde falta el trigo,

produce frutos durante ocho meses sin exigir cuidado alguno. Nedland conocía muy bien aquella fruta porque ya la había comido durante sus largos viajes y sabía de qué modo se preparaba la sustancia comestible. Por eso su apetito se excitó y sin poder aguantarlo exclamó, Señor profesor, si no pruebo un poco de esa pasta del árbol del pan, me muero.

Probadla amigo Ned, probadla a vuestro placer, estamos aquí para hacer experimentos, pues hagámoslos. No tardaré mucho, añadió el arponero y encendió por medio de un cristal lenticular un montón de leña seca, que chisporroteó alegremente. Entretanto escogíamos, consejo y yo, las mejores frutas del harto carpo. Algunas no estaban aún bastante maduras y su espesa película recubría una pulpa blanca, pero poco fibrosa.

Algunas otras, amarillentas y gelatinosas, solo esperaban el momento de ser cogidas. Esas frutas no tenían hueso, consejo llevó una docena a Nedland que las colocó sobre ascuas, después de haberlas cortado en ronchas gruesas y exclamando al mismo tiempo. Ya veréis señor profesor, que bueno es este pan, sobre todo cuando se ha estado sin él mucho tiempo, dijo consejo. Es mejor que pan, añadió el arponero, es un delicadísimo bollo.

¿No lo habéis comido nunca señor profesor? Nunca amigo mío. Pues bien, preparaos para absorber un suculento bocado, y si no lo secundáis, ya no soy el rey de los arponeros. Al cabo de algunos minutos, la parte de las frutas expuestas al fuego quedó completamente carbonizada. En el interior aparecía una pasta blanca, especie de miga tierna, cuyo sabor era parecido al de la alcachofa.

Debo confesar que aquel pan era excelente, y lo comí con extraordinario gusto. Por desgracia, dije, semejante pasta no puede conservarse fresca, y me parece inútil hacer provisión de ella para bordo. Os equivocáis señor profesor, dijo Nedland. Vos habláis como naturalista, yo obraré como panadero. Consejo, haced una recolección de esas frutas, y las tomaremos a la vuelta.

¿Y cómo las preparáis? pregunté al canadiense. Fabricando con su pulpo a una pasta fermentada, que se guardará indefinidamente, sin corromperse. Cuando la queráis comer, la haré cocer en la cocina de bordo, y a pesar de su sabor algo ácido, os parecerá excelente. Entonces ya veo que nada falta a ese pan. Sí señor, respondió el canadiense.

Ahora faltan para acompañarle algunas frutas, o siquiera algunas legumbres. Busquemos las frutas y las legumbres. Terminada nuestra cosecha, proseguimos la marcha para completar nuestra comida terrestre. No fueron inútiles nuestras investigaciones, pues habíamos hecho una amplia cosecha de plátanos. Este delicioso producto de la zona tórrida madura durante todo el año, y los maleces, que le han dado el nombre de Pissang, lo comen sin hacerlo cocer.

Recojimos además cierta fruta llamada Yak, cuyo sabor es muy pronunciado. Unos mangueis sabrosos y unas piñas de inverosímil magnitud. Pero esta recolección nos ocupó mucho tiempo, si bien no había motivo para condolerse de ello. Consejo observaba a Ned. Este marchaba adelante y, durante su paseo por la selva, recogía con segura mano excelentes frutas que debían completar su provisión.

Acabemos, dijo Consejo. ¿Os falta aún alguna cosa? Mmmmmm, contestó el canadiense. ¿Qué es eso? ¿Todavía os quejáis? Esos vegetales no pueden constituir una comida.

Respondió Ned. Sino los postres, y la sopa, y el asado. En efecto, dije. Ned nos había ofrecido unas chuletas que me parecen muy problemáticas. Señor profesor, repuso el arponero, no tan solo no hemos acabado la caza, sino que todavía está por empezar.

Paciencia, ya encontraremos algún animal de pluma o pelo, si no en un paraje en otro. Y si no lo hallamos hoy, lo buscaremos mañana, añadió Consejo. Porque no debemos alejarnos mucho, propongo que regresemos a la canoa. ¿Cómo? ¿Tan pronto? exclamó Ned. Debemos volver antes de que sea de noche, dije yo.

¿Pero qué hora es? preguntó el canadiense. Las dos, lo menos, respondió Consejo. Que pronto se pasa el tiempo en tierra firme, dijo Nedland con un suspiro pesaroso. En marcha, respondió Consejo. Volvimos pues a atravesar la selva, y completamos nuestra cosecha arramblando con una porción de coles palmistas,

que era menester coger en la copa de los árboles, y recogiendo unas habichuelas que eran las llamadas abru por los maleces y algunas batatas de superior calidad. Cuando llegamos al bote, íbamos muy cargados, pero no estaba todavía satisfecho Nedland, quien por fortuna suya, vio al tiempo de embarcarse unos árboles de 25 a 30 pies, que pertenecían a la especie de las palmeras. Esos árboles, tan preciosos como el harto carpo, figuran con razón entre los más útiles productos de la melanesia. Eran unos saguteros, vegetales que crecen sin cultivo, reproduciéndose como las moreras, por renuevos y por semillas.

Nedland conocía el modo de tratar aquellos árboles. Tomó su hacha y manejándola con extraordinaria fuerza, tendió en el suelo dos o tres árboles, cuya madurez se conocía por el polvillo blanco que tenían sus palmas. Con ojos de naturalista, más bien que como hombre hambriento, miraba le yo trabajar. Comenzó por levantar en cada tronco una tira de corteza, del grueso de una pulgada,

debajo de la cual existía un tejido de fibras prolongadas, formando complicados nudos y masticadas por una especie de harina gomosa. Esta harina era el sagú, sustancia comestible que sirve principalmente para la alimentación de las poblaciones de la melanesia. Nedland se contentó por entonces con cortar los troncos en pedazos, como si se tratase de leña, reservándose extraer más tarde la harina, colarla por un tejido para separar los ligamentos fibrosos, hacer evaporar la humedad al sol y dejarla endurecer en moldes.

Por último, a las cinco de la tarde, cargados con todas aquellas riquezas, abandonábamos la playa y media hora después llegábamos al Nautilus. Nadie salió a nuestro encuentro. El enorme cilindro de hierro parecía desierto. Una vez embarcadas las provisiones, me fui a mi cámara, donde encontré la cena lista, comí y me dormí. Al siguiente día, 6 de enero, nada ocurría de nuevo a bordo.

No se escuchaba el más mínimo ruido en el interior, ni había señal alguna de vida. El bote había permanecido en el sitio mismo donde lo habíamos dejado. Resolvimos volver a la isla de Gheborohar. Nedland esperaba ser más afortunado que la víspera en cuanto a caza y quería visitar otra parte de la selva. Al salir el sol ya estábamos en marcha.

La embarcación impelida por el oleaje alcanzó la isla en pocos instantes. Desembarcamos y creyendo que era mejor guiarnos por el instinto del arponero, seguimos a Nedland cuyas largas piernas amenazaban dejarnos atrás. Nedland siguió la costa hacia el oeste y después, badeando algunos arroyos, alcanzó la alta llanura, embellecida con admirables bosques.

Algunas arvelas del género martín pescador andaban por las orillas de las corrientes, pero no se dejaban acercar. Su circunspección me demostró que aquellos volátiles sabían ya a qué atenerse acerca de los bípedos de nuestra especie, y dedujé que, si la isla no estaba habitada, era frecuentada al menos por seres humanos. Después de haber cruzado una pradera bastante frondosa,

llegamos a la linde de un bosquecillo, animado por el canto y el vuelo de muchos pájaros. Todavía no se ven más que pájaros, dijo Consejo. Pero los hay comestibles, respondió el arponero. No, por cierto, amigo Ned, replicó Consejo, porque yo no veo más que papagayos. Amigo Consejo, respondió gravemente Ned, el papagayo es el fai-san de los que no tienen otra cosa que comer.

Y añadiré, decía yo, que esa ave convenientemente aderezada bien merece un golpe detenedor. En efecto, bajo el frondoso follaje de aquel bosque saltaba de rama en rama todo un mundo de papagayos, que solo esperaban una educación más esmerada para hablar la lengua humana. Por el momento, chacharreaban en compañía de unas cotorras de todos colores y de graves guacamayos, que parecían meditar algún problema filosófico,

mientras que unos loros de color encarnado brillante pasaban cual un trozo de estambre llevados por la brisa. En medio de unos calaos de ruidoso vuelo, unos papúas teñidos con los matices azules más finos, y toda una variedad de volátiles lindísimos, pero generalmente poco comestibles. Sin embargo, faltaba en esta colección un ave peculiar de aquellas tierras, y que nunca ha salido de los límites de las islas de Arru y de la Papuacia.

Pero la suerte había decidido que no tardara en admirarlo. Después de haber atravesado un tallar de mediana frondosidad, habíamos salido a un llano obstruido por zarzales. Entonces, reparé que se levantaban unas aves magníficas, que la disposición de sus plumas obligaba a dirigirse contra el viento. Su vuelo ondulado, la gracia de sus aéreos giros, lo tornazolado de sus colores, atraían y recreaban la vista.

No me costó trabajo reconocerlos. ¡Aves del paraíso! exclamé. ¡Orden de los páseres! ¡Sección de los cristómoros! respondió Consejo. ¡Familia de las perdices! preguntó Nedland. No lo creo, señor Land, pero cuento con vuestra destreza para coger uno de esos encantadores productos de la naturaleza tropical.

Lo intentaré, señor profesor, aunque estoy más acostumbrado al arpón que a la escopeta. Los naturales de aquel país que hacen mucho comercio de estos pájaros con los chinos, tienen para cogerlos diferentes medios que no podíamos emplear. Unas veces disponen lazos en las copas de los árboles elevados, donde las aves del paraíso habitan con preferencia. Otras veces los cogen con una liga tenaz que paraliza sus movimientos.

Hasta suelen envenenar las fuentes donde van a beber. Nosotros, sin embargo, no teníamos más medio que tirarles al vuelo, lo cual daba poca probabilidad de cazarlos. Y en efecto, en vano apuramos una parte de nuestras municiones. Hacia las 11 de la mañana, el primer plano de montañas que forman el centro de la isla estaba ya recorrido, y nada habíamos conseguido matar. El hambre nos aguijoneaba. Los cazadores se habían fiado en el producto de su casa sin razón.

Por fortuna, consejo, con sorpresa suya, hizo un golpe doble y aseguró el almuerzo. Acertó dos palomas, la una común y la otra torcás, las cuales, desplumadas con presteza y ensartadas en un asador improvisado, fueron expuestas al ardor de un fuego encendido con leña seca. Mientras que se asaban tan interesantes aves, Ned preparó las frutas del harto carpo, y luego fueron las palomas devoradas hasta los huesos y declaradas excelentes. Como suelen mantenerse con nuez moscada, su carne constituye un manjar perfumado y delicioso.

Esto es como si las gallinas se mantuviesen con trufas, dijo consejo. —¿Y ahora, Ned, qué os falta? —pregunté al canadiense. —Una caza de cuatro patas, señora Ronnacks, respondió Nedland. —Todas palomas, cesas y pichones, no son más que entremeses y entretenimientos de la boca, y mientras no mate un animal con chuletas, no estaré satisfecho. —Ni yo tampoco, Ned, si no cojo un pájaro del paraíso.

—Prosigamos, pues, la caza, dijo consejo. Pero hagamos por ir regresando hacia el mar, porque hemos llegado a las primeras vertientes de las montañas, y me parece más prudente volver hacia la región de las selvas. Era un dictamen sensato y lo seguimos. Después de una hora de andar, habíamos alcanzado un verdadero bosque de saguteros. Algunas serpientes inofensivas huían ante nosotros. Las aves del paraíso se escondían al acercarnos, y me desesperaba en no alcanzarlas, cuando consejo que iba adelante se bajó súbitamente. Dio un grito de triunfo y volvió hacia mí, trayéndome un magnífico pájaro de esa especie.

—Bravo, consejo, exclamé. —El señor me lisonjea demasiado, respondió consejo. —Pero tu golpe ha sido de maestro. Coger una de esas aves, vivas, y cogerla con la mano. Si el señor quiere examinarla de cerca, verá que no me ha costado mucho trabajo. —¿Y por qué?

—Porque ese pájaro está embriagado. —¿Embriagado? —Sí, señor, ebrio. A causa de las nueces moscadas que se estaba comiendo. Ve, amigo Ned, ve los monstruosos efectos de la intemperancia. —¡Mil diantres! Para el gin que he bebido hace dos meses. No hay motivo para echármelo en cara.

Entretanto, yo examinaba el curioso animal. Consejo no se equivocaba. El pájaro, embriagado por el sumo espirituoso, estaba reducido a la impotencia. No podía volar ni andar apenas, pero esto me daba poco cuidado y le dejé digerir sus moscadas. Pertenecía a la más bella de las ocho especies que hay en la Papuácea y en las islas vecinas. Esto es a la llamada Grande Esmeralda, que es al mismo tiempo una de las más raras.

Su cabeza era relativamente pequeña, sus ojos también pequeños. Se hallaban cerca de la abertura del pico. Ofrecía un admirable conjunto de colores. Siendo amarillo el pico, pardos los pies y las uñas, de matiza bellana las alas con púrpura en las puntas. Amarillo claro en la cabeza y garganta y castaño en el abdomen y pecho. Sobre su cola se levantaban dos filamentos corneos y sedosos, adornados con largas y ligerísimas plumas de admirable finura.

Que completaban el conjunto de tan maravillosa ave, poéticamente llamada por los indígenas, pájaro del sol. Deseaba yo vivamente poder llevar a París aquel magnífico ejemplar del ave del paraíso, a fin de regalarlo al jardín de plantas, que no la posee viva. ¿Con qué es cosa tan rara? preguntó el arponero con acento que revelaba más afición a la caza que al arte. Muy rara mi querido compañero, y sobre todo muy difícil de poseerla con vida. Aún después de muertas, son estas aves objetos de un importante tráfico, tanto que los indígenas han imaginado el medio de fabricarlas, así como se imitan las perlas y los diamantes.

¿Cómo? exclamó Consejo. ¿Se falsifican los pájaros del paraíso? Sí Consejo. ¿Cómo? ¿Conoce el señor el procedimiento de los indígenas? Perfectamente. Las aves del paraíso pierden, cuando sopla el monzón del este, las magníficas plumas de su cola, llamada subalares por los naturalistas. Estas plumas son recogidas por los indígenas, quienes las adaptan con maña a una pobre cotorra mutilada. Después tiñen la sutura, barnizan el pájaro y mandan a los museos o a los aficionados de Europa esos productos de su extraña industria.

¿Quiere decir? expuso Nedland. Que si el pájaro no es de verdad, lo son sus plumas, y como el objeto no está destinado a ser comido, no veo en ello gran perjuicio. Pero si mis deseos estaban satisfechos con la posesión de tan preciosa ave, no así los del canadiense, respecto de su caza. Hasta que por fin, hacia las dos de la tarde, pudo tirar a un cerdo montés de los llamados por los indígenas Barry Autón. Venía aquella res a propósito para proporcionarnos legítima carne de cuadrúpedo, y fue bien recibida.

Nedland se mostró muy envanecido de su tiro. El cerdo, alcanzado por la bala eléctrica, cayó muerto en el acto. El canadiense lo abrió y despojó de las entrañas, sacando media docena de costillas que debían suministrarnos una excelente cena. Después se prosiguió la caza, en la cual todavía debían distinguirse por sus hazañas Nedland y Consejo. En efecto, ambos amigos, batiendo los arzales, hicieron salir un rebaño de canguros, que huyeron brincando sobre sus elásticas piernas, pero no tan a prisa que no les pudiera alcanzar la bala eléctrica.

¡Ah, señor profesor! exclamó Nedland, a quien el entusiasmo de cazador se le subía a la cabeza. ¡Qué caza tan excelente! Sobre todo, estofada. ¡Qué abastecimiento para el Nautilus! ¡Dos, tres, cinco por tierra! Y cuando pienso que nos comeremos toda esa carne, sin que esos necios de bordo la prueben, creo que en el exceso de su alegría el canadiense, a no haber hablado tanto, hubiera acabado con todo el rebaño. Pero se satisficó con una docena de aquellos interesantes marsupiales, que constituyen el primer orden de los mamíferos aplacentarios, según nos dijo Consejo.

Los que nosotros alcanzamos eran pequeños, pertenecientes a la especie denominada canguro conejo, que suele habitar en los troncos huecos de los árboles, y cuya ligereza es extraordinaria, pero cuando son de mediana talla, suministran la carne más preciada. Estábamos muy satisfechos de los resultados de nuestra caza. El alegre Ned se proponía volver al siguiente día para despoblar la isla de todos los cuadrúpedos comestibles,

pero no contaba con los sucesos que habían de sobrevenir. A las seis de la tarde habíamos regresado a la playa, y el bote se encontraba en el mismo sitio, mientras que el nautilus, semejante a un prolongado escoyo, sobresalía de las aguas a unas dos mil millas de la costa. Ned Lann, sin más tardanza, se ocupó de la comida. Era muy entendido en aquella especie de cocina, y las costillas de varia outong, asadas sobre las ascuas,

esparcieron muy pronto un olor delicioso que perfumó la atmósfera. Me dejé vencer entonces por la misma inclinación que el canadiense, y me puse extasiado a contemplar el apetitoso asado de cerdo fresco. Que esto me sea dispensado, como yo, se lo dispensé a Maese Land, y por iguales motivos. Por último, la comida fue excelente, completándola dos pichones torcaces.

La pasta de Zagu, el pan del harto carpo, algunos mangueis, media docena de piñas, y el licor fermentado de ciertas nueces de coco, nos comunicaron risueña alegría. Y hasta creo que las ideas de mis compañeros no eran todo lo lúcidas que fuera de desear. Mejor haríamos en no volver esta noche al Nautilus, dijo Consejo. Mejor haríamos en no volver jamás, añadió Ned Lann.

En aquel momento cayó una piedra a nuestros pies, dejando cortada la proposición del arponero. Fin del capítulo vigésimo primero.

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