Chapter 22
Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne, traducido por Vicente Guimará. Esta es una grabación de LibriVox. Todas las grabaciones de LibriVox están en el dominio público. Grabado por Víctor Villarraza. Capítulo 22. Los rayos del capitán Nemo. Volvimos la vista hacia el bosque sin levantarnos, quedando mi mano parada en su movimiento hacia la boca,
aunque no la de Ned Land que terminó su evolución. Una piedra no cae del cielo, dijo Consejo, porque entonces merecería el nombre de Aerolito. Otra piedra redondeada que se llevó de entre las manos de Consejo una sabrosa pierna de Pichón, corroboró todavía más sus observaciones. Levantados los tres con la escopeta al hombro, estábamos dispuestos a repeler todo ataque.
Son monos, preguntó Ned Land. Casi lo mismo, respondió Consejo, porque son salvajes. Al bote, dije encaminándome hacia el mar. No había más remedio que emprender la retirada, porque unos 20 indígenas, armados con arcos y flechas, aparecían sobre el lindero de un tallar que a los 100 pasos nos ocultaba el horizonte de la derecha.
Nuestra canoa estaba a 10 toezas de nosotros. Los salvajes se aproximaban sin correr, pero prodigaban las más hostiles demostraciones, enviándonos una lluvia de piedras y de flechas. Ned Land no había querido abandonar sus provisiones, y a pesar de la inminencia del peligro, tirando del cerdo por un lado y de sus canguros por el otro,
escapaba con la posible celeridad. En dos minutos estuvimos sobre el bote, cargar los víveres, echarle mar afuera, armar los remos, cosa fue de un momento. No habíamos ganado dos cables de distancia cuando 100 salvajes, aullando y gesticulando, entraron en el agua hasta la cintura.
Yo miré si su aparición atraería a la plataforma del Nautilus algunos hombres, pero no. El enorme mecanismo permanecía absolutamente desierto. Veinte minutos más tarde subíamos a bordo. Las escotillas estaban abiertas. Después de haber amarrado el bote, entramos en el interior del Nautilus.
Descendía el salón, donde se oían algunos preludios armónicos. Allí estaba el Capitán Nemo, delante de su órgano, sumido en un éxtasis musical. Capitán, le dije. No me oyó. Capitán, repetí tocándole con la mano. Se estremeció y exclamó volviéndose.
¡Ah! Sois vos, señor profesor. Y bien, ¿habéis hecho buena caza? ¿Habéis herborizado con suerte? Sí, Capitán, respondí. Mas, por desgracia, hemos atraído una tropa de bípedos, cuya vecindad me parecía peligrosa. ¿Qué bípedos? Unos salvajes.
¿Salvajes? Dijo el Capitán con acento irónico. ¿Y os asombráis de hallar salvajes en esa tierra donde habéis puesto el pie? ¿Y dónde no los hay? ¿Y son peores que los otros esos a quienes habéis encontrado? Pero, Capitán, yo los he visto en todas partes, señor profesor.
Pues bien, si no los queréis ver a bordo del Nautilus, haréis perfectamente en tomar algunas precauciones. Tranquilizados, señor profesor. No hay motivo de preocupación. Pero esos indígenas son numerosos. ¿Cuántos habéis contado? Lo menos ciento. Señor Arornax, respondió el Capitán Nemo, cuyos dedos se aplicaron de nuevo sobre el teclado.
Aun cuando todos los salvajes de la Papuasia estuviesen reunidos en esa playa, nada tendría que recelar de ellos el Nautilus. Los dedos del Capitán recorrían entonces sobre el teclado, y reparé que sólo tocaba sobre las teclas negras, lo cual daba a sus melodías un colorido esencialmente escocés. Olvidó luego mi presencia y quedó sumido en una meditación que no traté de disipar. Volví a la plataforma, era ya de noche, porque en aquella latitud el sol se pone rápidamente y sin crepúsculo.
La isla de Geboruar ya no se divisaba sino confusamente, pero numerosas hogueras encendidas en la playa atestiguaban que los indígenas no trataban de abandonarla. Durante algunas horas estuve solo, ahora pensando en aquellos salvajes sin temerlos, porque participaba de la confianza del impertérrito Capitán, ahora olvidándolos para admirar los esplendores de aquella noche tropical. Mis recuerdos iban hacia la Francia, siguiendo las estrellas zodiacales que dentro de algunas horas debían alcanzar sus horizontes. La luna resplandecía en medio de las constelaciones del Cénit.
Recordé entonces que este fiel y complaciente satélite debía volver dos días después para levantar las aguas y sacar el nautilus de su engarse de coral. A media noche, viendo que todo estaba quieto, lo mismo sobre las aguas sombrías que bajo los árboles de la playa, entré en mi camarote y me dormí apaciblemente. Pasó la noche sin novedad. Los salvajes se espantaban sin duda ante la vista sola del monstruo varado en la bahía, porque si no, las escotillas que estaban abiertas hubieran podido proporcionarles fácil entrada. A las seis de la mañana, ocho de enero, subí a la plataforma. Las sombras de la noche eran disipadas por los albores de la mañana.
La isla ostentó luego entre las disipadas brumas primero sus playas y sus cumbres después. Los indígenas seguían permaneciendo allí más numerosos que la víspera, unos 500 a 600, y aprovechándose algunos de la marea baja, se habían adelantado por los arrecifes a menos de dos cables del nautilus. Yo los distinguía fácilmente. Eran positivamente verdaderos papúas, de atlética estatura, hombres de bella raza, de frente ancha y elevada, nariz gruesa, pero no aplastada, y dientes blancos.
Su crespa cabellera, teñida de rojo, se destacaba sobre un cuerpo negro y brillante como el de los nubienses. Entre ellos, observé algunas mujeres vestidas desde las caderas a las rodillas con una especie de miriñaque de hierbas sostenido por una cintura vegetal. Ciertos jefes habían adornado su cuello con una media luna y con collares de cuentas de vidrios encarnadas y blancas. Casi todos, armados con arcos, flechas y broqueles, llevaban a la espalda una especie de red, donde guardaban los cantos rodados, que con tanta destreza sabían disparar por medio de sus ondas.
Uno de los jefes, bastante inmediato al nautilus, lo examinaba con atención. Debía ser un mado de alto rango, porque estaba envuelto en una especie de esterilla tejida con hojas de plátano, dentada en sus bordes y teñida con colores muy subidos. Hubiera podido fácilmente derribar a aquel indígena que estaba a corto alcance, pero pensé que valía más aguardar demostraciones verdaderamente hostiles.
Entre europeos y salvajes, conviene que aquellos respondan y no ataquen. Durante todo el tiempo de la baja marea, aquellos indígenas estuvieron rondando alrededor del nautilus, pero sin manifestarse tumultuosos. Yo les oía repetir con frecuencia la palabra asay, y por sus ademanes comprendí que me invitaban a ir a tierra, invitación que creí deber declinar.
Por consiguiente, aquel día el bote no se movió, con profundo pesar de maécelam, que no pudo completar sus provisiones. El mañoso canadiense empleó su tiempo en preparar las viandas y harinas que había traído de la isla de Geborohar. En cuanto a los salvajes, volvieron a tierra hacia las 11 de la mañana, tan luego como las crestas de coral comenzaron a desaparecer bajo las aguas de la marea creciente. Pero observé que su número crecía considerablemente en la playa,
siendo probable que acudiesen de las islas vecinas o de la Papuacia propiamente dicha. Sin embargo, no había visto piragua alguna indígena. No teniendo cosa mejor en que ocuparme, me ocurrió explorar el fondo de aquellas límpidas aguas, que dejaban ver una profusión de conchas, zoófitos y plantas pelagianas. Era, por otro lado, el último día que el Nautilus iba a pasar en aquellos parajes,
en el caso de que saliese a flote, como lo había prometido el capitán Nemo. Llamé a Consejo, que me trajo una draga pequeña y ligera, casi semejante a las que sirven para arrancar las ostras en sus bancos. Y esos salvajes, me preguntó Consejo, que no siente mal mi opinión al Señor, pero no me parecen muy malos. Sin embargo, son antropófagos. Bien puede uno ser antropófago y honrado, así como goloso y hombre de bien. No excluye lo uno a lo otro.
Corriente, concedo que sean honrados antropófagos y que devoren a sus prisioneros honradamente. Pero, como no tengo empeño en ser comido ni aún honradamente, estaré en guardia, porque el capitán Nemo no toma precaución alguna. Ahora, manos a la obra. Estuvimos pescando con actividad durante dos horas, sin obtener nada de importancia.
La draga nos traía arpas, orejas de midas, melañas y especialmente los martillos más bellos que hasta aquel día hubiese yo visto. Cogimos también algunas holoturias y una docena de tortugas pequeñas, que fueron apartadas para la cocina de bordo. Pero en el momento en que menos lo esperaba, puse la mano sobre una maravilla, o por mejor decir, una deformidad natural, muy difícil de encontrar. Consejo acababa de dar un golpe de draga y su aparato subía cargado con diferentes conchas bastante comunes, cuando de repente me vio meter con presteza la mano en la red para coger una de ellas,
prorrumpiendo en gritos de naturalista. Esto es, los más penetrantes que dar pueda a la garganta humana. ¿Qué le pasa, señor? preguntó Consejo muy sorprendido. ¿Le ha mordido algún bicho? No, muchacho, pero tampoco hubiera tenido inconveniente en pagar mi descubrimiento con un dedo.
¿Qué descubrimiento? Esa concha, dije yo, enseñando el objeto de mi triunfo. Pero no es más que una simple oliva pórfido. Género oliva, orden de los pectinibranquios, clase de los gastropodos, ramificación de los moluscos. Sí, Consejo, pero en lugar de tener las vueltas de derecha a izquierda, las ostenta de izquierda a derecha.
Es posible, exclamó Consejo. Sí, muchacho, es una concha siniestra. ¿Una concha siniestra? repetía Consejo, palpitándole el corazón. Contempla esa espira.
Créamelo, el señor, dijo Consejo. Tomando la preciosa concha con trémula mano. Nunca he experimentado sensación semejante. Y ciertamente que había motivo para estar conmovido, porque sabido es, según lo han observado los naturalistas, que la dirección diestra es una ley de la naturaleza.
El hombre emplea su mano derecha más que la izquierda, y por consiguiente, sus instrumentos, aparatos, escaleras, cerraduras, muelles de reloj, están combinados de modo que la vuelta a la izquierda sea una excepción, o sea, lo que represente el movimiento contrario al fin propuesto, o el menos frecuente. La cuerda en las máquinas de muelle se da a la derecha, los tornillos vuelven a la derecha para armar o asegurar,
y a izquierda para desarmar. Esta ley observa a la naturaleza en los caracoles y conchas, siendo las excepciones tan raras que un caracol de espira siniestra se paga a peso de oro. Consejo y yo estábamos absortos en la contemplación de nuestro tesoro, y me proponía enriquecer el museo cuando una piedra desgraciadamente despedida por un indígena
vino a destrozar el precioso objeto en las manos mismas de Consejo. Di un grito desesperado. Consejo agarró la escopeta y apuntó a un salvaje que mecía su onda a diez metros de distancia. Quise detener la acción de mi criado, pero el tiro salió, y la bala destrozó el brazalete de amuletos que colgaba en el brazo del indígena. ¡Consejo! exclamé. ¡Consejo!
Pero no ve el señor que ese caníbal ha comenzado el ataque. Una concha no vale la vida de un hombre, le dije. ¡Aaabribón! dijo Consejo. Mejor hubiera querido que me hubiese roto el brazo. Consejo era sincero, pero yo no participaba de su opinión.
Entretanto la situación había cambiado, y sin que lo hubiésemos apercibido antes, nos vimos rodeados por unas veinte piraguas fabricadas con troncos de árboles, largas, estrechas, bien combinadas para la marcha, y equilibradas por medio de un doble balancín de bambús, que flotaba en la superficie del agua. Y luego manejaban las diestros remeros medio desnudos,
y no dejé de tener inquietud al verlas avanzar. Era evidente que aquellos salvajes habían tenido ya relaciones con los europeos y que conocían sus buques, pero ¿qué debían pensar de un prolongado cilindro de hierro sin mágiles ni chimenea? Nada bueno, porque habían comenzado por mantenerse a una distancia respetuosa, y los indígenas, que se quedaron en el suelo sin embargo, que permanecía quieto,
iban cobrando confianza y trataban de familiarizarse con él, lo cual debíamos impedir. Nuestras armas, sin detonación, no podían producir más que un efecto mediano sobre aquellos indígenas, que sólo respetan los mecanismos ruidosos. El granizo del trueno espantaría poco a los hombres, por más que el peligro esté en el relámpago y no en el ruido. En aquel momento las piraguas vinieron más cerca del Nautilus, y cayó sobre éste una nube de flechas.
¿De antre? ¿Cómo graniza? Dijo Consejo. ¿Y quién sabe si el granizo estará emponzoñado? Hay que avisar al Capitán Nemo, dije entrando por la escotilla. Bajé al salón, no encontré a nadie, llamé a la puerta del capitán. Adelante, me respondieron.
Entré y vi que el jefe estaba embebido en un cálculo, donde no faltaban las X y otros signos algebraicos. Incomodo, pregunté por urbanidad. En efecto, señor Aronnax, me respondió el capitán. Yo creo que habéis debido tener razones muy formales para venir a verme. Muy formales, las piraguas de los indígenas nos rodean y dentro de algunos minutos nos veremos acometidos por centenares de salvajes.
Ah, dijo con sosiego el capitán Nemo. ¿Han venido con sus piraguas? Sí, señor. Pues bien, basta cerrar las escotillas. Precisamente, y venía a deciros, nada más fácil, dijo el capitán.
Y tocando un botón eléctrico, transmitió sus órdenes a la tripulación. Ya está hecho, me dijo después de algunos instantes. El bote ya se encuentra en su sitio y las escotillas están cerradas. Pienso que no tendréis el recelo de que esos señores echen abajo unas paredes donde las balas de vuestra fragata no han podido hacer mella. No, capitán, pero hay otro peligro.
¿Cuál? En que mañana, a igual hora, habrá que volver a abrir las escotillas para renovar el aire del Nautilus. Sin duda, puesto que nuestro buque respira como los cetáceos. Pues bien, si en este momento los salvajes ocupan la plataforma, no comprendo cómo impediréis que entren. Entonces, suponéis que subirán a bordo.
Estoy seguro de ello. Pues bien, que suban. No veo motivo alguno para impedírselo. En el fondo, esos infelices papúas son unos pobres diablos. Y no quiero que mi visita a la isla de Gheborohar cueste la vida a uno solo de esos desgraciados.
Dicho esto, iba a retirarme, pero el capitán Nemo me retuvo y me invitó a sentarme junto a él. Me interrogó con interés sobre nuestras excursiones por tierra y pareció no comprender la necesidad de carne de que era tan codicioso el arponero. Después, la conversación versó sobre otros asuntos. Y sin ser más comunicativo, el capitán Nemo me pareció más amable. Entre otras cosas, departimos sobre la situación del Nautilus.
Varado precisamente en el mismo sitio donde Dumont Durbil estuvo a punto de perderse. Después, con este motivo dijo el capitán. Fue uno de vuestros grandes marinos y uno de vuestros más inteligentes navegantes. Ese Dumont Durbil es para vosotros, los franceses, vuestro capitán Kuk. Infortunado sabio, haber arrostrado los bancos de hielo del polo sur, los corales de la oceanía, los caníbales del Pacífico
para perecer luego, miserablemente, en un tren de ferrocarril. Si aquel hombre enérgico pudo discurrir algo en los últimos segundos de su existencia, figuraos cuales debieran ser sus posteros pensamientos. Al hablar así, el capitán Nemo parecía estar conmovido, lo cual consignó para hacerle alguna concesión sobre el carácter que le atribuíamos.
Después estuvimos recorriendo sobre el mapa los trabajos del navegante francés. Sus viajes de circunnavegación, su doble exploración al polo sur, en la cual descubrió las tierras Amelia y Luis Felipe, y por último sus trazados hidrográficos en las principales islas de la oceanía. Lo que Dumont Durbil ha hecho en la superficie de los mares, me dijo el capitán Nemo,
lo he practicado yo en el interior del océano, y más completa y fácilmente en él. El astrolavio y la celosa, naves incesantemente entregadas a los embates de los huracanes, no podrían competir con el Nautilus, pacífico y realmente sedentario gabinete de trabajo en medio de las aguas. Sin embargo, capitán, dije, hay un punto de semejanza entre las corbetas de Dumont Durbil y el Nautilus.
¿Cuál es, señor profesor? ¿En que el Nautilus ha varado como ellas? El Nautilus no ha varado, señor profesor, me respondió con frialdad el capitán Nemo. El Nautilus se ha hecho para descansar sobre el fondo de los mares, y los trabajos penosos y las maniobras que hubo de emprender Dumont Durbil
para sacar sus naves a flote, no me hacen falta a mí. El astrolavio y la celosa, por poco perecieron, pero mi Nautilus no corre peligro alguno. Mañana, a la hora fijada, la marea lo levantará suavemente y proseguirá su navegación por entre los mares. Capitán, dije, yo no dudo, mañana, añadió el capitán Nemo levantándose.
Mañana, a las 12 y 40 minutos de la tarde, el Nautilus flotará y abandonará sin averías el estrecho de torres. Pronunciadas estas palabras con acento categórico, el capitán Nemo se inclinó ligeramente, lo cual significaba que me despedía y volvía a entrar a mi cámara. Allí encontré a Consejo que deseaba conocer el resultado de mi entrevista con el capitán.
Muchacho, dije, cuando le he manifestado mi creencia de que el Nautilus estaba amenazado por los naturales de la Papuasia, el capitán me ha hablado con mucha ironía. Ahora, solo me resta decirte que tengas confianza en él y te vayas a dormir en paz. ¿No necesita el señor mis servicios?
No, amigo mío. ¿Qué hace Nedland? Con perdón del señor, respondió Consejo, el amigo Ned está confeccionando un pastel de canguro, que será una maravilla. Me quedé solo, me acosté, pero dormí bastante mal.
Yo sentía el ruido de los salvajes que pataleaban sobre cubierta, prorrumpiendo en gritos desaforados. Así se pasó a la noche, sin que la tripulación saliera de su inercia habitual. Dábales, la presencia de los caníbales, el mismo cuidado que a la guarnición de un fuerte blindado
las hormigas que corren sobre los blindajes. A las seis de la mañana me levanté y todavía no estaban abiertas las escotillas. El aire no se renovó en el interior, pero los receptáculos, cargados a prevención, funcionaron oportunamente y despidieron algunos metros cúbicos de oxígeno
en la atmósfera empobrecida del Nautilus. Trabajé, pues, en mi cuarto hasta las doce, sin haber visto ni por un momento al Capitán Nemo. Me pareció que estaban haciendo a bordo preparativos de marcha. Esperé durante algún tiempo y luego me fui al Salón Grande.
El reloj señalaba las dos y media. Diez minutos después, las olas debían alcanzar su máximo de altura. Y si el Capitán Nemo no había hecho una promesa temeraria, el Nautilus quedaría muy pronto libre. De lo contrario, muchos meses transcurrirían
antes que pudiera dejar su lecho de corales. Se sintió muy luego algún estremecimiento precursor en el casco de la nave y sobre sus costados rechinaron las asperezas calcarias del fondo coralígeno. A las dos y treinta y cinco minutos,
el Capitán Nemo apareció en el salón. Vamos a marchar, dijo. ¡Ah! exclamé yo. He dado orden de abrir las escotillas. ¿Y los salvajes?
Los indígenas, respondió el Capitán, encogiéndose ligeramente de hombros. ¿No entrarán en el Nautilus? ¿Y cómo? Penetrando por las escotillas que hacéis abrir, señor Aronnax, respondió tranquilamente el Capitán Nemo.
No se entra tan fácilmente por las escotillas del Nautilus aún estando abiertas. Yo fijé la vista en el Capitán. No comprendéis, me dijo. De ningún modo.
Pues bien, venid y veréis. Me dirigí a la escalera central. Allí, Nedland y Consejo, muy inquietos, estaban mirando cómo se abrían las escotillas, mientras que se escuchaban fuera gritos de rabia
y espantosas vociferaciones. Las portas fueron echadas para afuera y aparecieron veinte figuras horribles, pero el primero de los indígenas, que se apoyó en el pasamanos de la escalera,
fue rechazado por no sé qué fuerza invisible y se escapó dando horrorosos gritos y haciendo exorbitantes piruetas. Diez de sus compañeros le imitaron y los diez tuvieron igual suerte.
Consejo estaba extasiado. Nedland, arrastrado por sus instintos violentos, se arrojó a la escalera, pero no bien hubo ha sido la barandilla cuando fue derribado a su vez.
¡Mil diantres! exclamó. ¡Me ha herido un rayo! Esta palabra me lo explicó todo. No era aquello una barandilla, sino un cable de metal cargado de electricidad
que llegaba hasta la plataforma. Todo el que lo tocaba sentía una formidable conmoción que pudiera ser mortal si el capitán Nemo soltase en aquel conductor toda la corriente de sus aparatos.
Puede realmente decirse que entre los que le asaltaban y él había tendido a una red eléctrica que nadie podía impunemente atravesar. Entretanto, los indígenas, amedrentados, habían emprendido la retirada sobre cogidos de terror.
Nosotros, medios risueños, consolábamos y dábamos fricciones al desdichado Ned Land, que juraba como un poseído del demonio. En aquel momento el Nautilus, levantado por las últimas ondulaciones de las aguas,
abandonó su lecho de coral a los 40 minutos exactos fijados por el capitán. Su hélice batió las olas con majestuosa lentitud. Su velocidad creció poco a poco y llegando por la superficie del océano
salió sano y salvo de los peligrosos pasos del Estrecho de Torres. Fin del capítulo 22.