Chapter 23
20.000 leguas de viaje submarino de Julio Verne, traducido por Vicente Guimará. Esta es una grabación de LibriVox. Todas las grabaciones de LibriVox están en el dominio público. Grabado por Víctor Villarraza. Capítulo 23. Aegris Somnia. Al siguiente día, 26, el Nautilus prosiguió su rumbo entre dos aguas, pero con una velocidad
notable que no puedo calcular en menos de 35 millas por hora. Tan pronunciada era la rapidez de su hélice que no podía yo ni contar sus vueltas ni seguirlas. Cuando recordaba que el maravilloso agente eléctrico, después de haber dado movimiento, calor y luz al Nautilus, le protegía también contra los ataques exteriores y lo transformaba en un arca santa, sin peligro alguno de estallar, mi admiración ya no tenía límites. Y se remontaba desde el aparato
al ingeniero que lo había ideado. Caminábamos directamente hacia el oeste y el 11 de enero, doblábamos el Cabo Wessel situado a los 135 grados de longitud y 10 grados de latitud norte, que formaba la punta oriental del Golfo de Carpentaria. Los arrecifes eran todavía numerosos, aunque no tanto como los de nuestro viaje anterior, y se hallaban marcados en los mapas con perfecta precisión. El Nautilus evitó con facilidad los rompientes de Manning a Babor
y los arrecifes de Victoria a Estribor, situados a los 130 grados de longitud y en ese décimo paralelo que con tanta regularidad seguíamos. El 13 de enero, llegado el capitán Nemo al Mar de Timor, tomaba a los 122 grados de longitud conocimiento de esta isla, que tiene 125 leguas cuadradas y está gobernada por unos rajás, príncipes que se suponen hijos de cocodrilos, es decir, oriundos del más elevado origen a que puede pretender el ser humano. Por eso aquellos escamosos antepasados
cundían por los ríos de la isla, donde son objeto de particular veneración. Los protegen, los miman, los adulan, los alimentan, les ofrecen doncellas en pasto y desgraciado del extranjero que ponga la mano sobre tan sagrados lagartos. Pero el Nautilus no tenía nada que ver con tan asquerosos animales y sólo fue visible timor durante un momento, a mediodía, mientras que el segundo fijaba su posición. Asimismo, no hice más que entrever la pequeña isla de Roti,
que forma parte del grupo y cuyas mujeres tienen una fama de belleza muy bien acreditada en los mercados de la Melanesia. Desde este punto la dirección del Nautilus en latitud se inclinó hacia el suroeste, llevando el rumbo al mar de las Indias. ¿A dónde iba a conducirnos el capricho del capitán Nemo? ¿Se dirigiría hacia las costas del Asia? ¿Se acercaría a las playas de Europa? Resoluciones poco probables, tratándose de un hombre que huía de los continentes habitados.
¿Bajaría hacia el sur? ¿Doblaría el cabo de buena esperanza y luego el de hornos para descender después al polo antártico? ¿Volvería por último a sus mares del Pacífico, donde el Nautilus hallaba navegación fácil e independiente? El porvenir nos lo diría. Después de haber costeado los escoyos de Cartier, de Ibernia, de Seringa Patam, de Scott, últimos esfuerzos del elemento sólido contra el líquido, estábamos el 14 de enero muy distantes de toda tierra. La velocidad del Nautilus
se amortiguó singularmente y muy caprichoso en su andar, hora nadaba en medio de las aguas, hora bogaba sobre su superficie. Durante aquel período de nuestros viajes, el capitán Nemo hizo interesantes experimentos sobre las varias temperaturas del mar a diferentes profundidades. En condiciones ordinarias, estos datos se obtienen por medio de instrumentos bastante complicados, cuyas indicaciones son por lo menos dudosas. Ya se trate de sondas termométricas, cuyo cristal se
quiebra frecuentemente bajo la presión de las aguas, ya se empleen aparatos fundados en la variación de resistencia de los metales a las corrientes eléctricas. Los resultados obtenidos no pueden comprobarse suficientemente, por el contrario, el capitán Nemo iba por sí mismo a buscar la temperatura al fondo del mar y su termómetro, comunicando con las diferentes capas líquidas, le daba inmediatamente y con seguridad el grado apetecido. Así pues, tan pronto
sobrecargando sus receptáculos como descendiendo oblicuamente por medio de sus planos inclinados, el Nautilus fue sucesivamente alcanzando profundidades de 3, 4, 5, 7, 9 y 10.000 metros, siendo el definitivo resultado de sus experimentos que el mar ofrece una temperatura permanente de 4,5 grados a la profundidad de 1,000 metros en todas las latitudes. Yo observaba estos experimentos con el interés más vivo y el capitán Nemo se consagraba a ellos con verdadera pasión.
Quería yo a veces atinar el objeto de semejantes observaciones, ¿sería en provecho de sus semejantes? No era probable porque tarde o temprano sus trabajos debían perecer con él en algún mar ignorado, a no ser que destinase para mí el fruto de sus investigaciones, lo cual era suponer que mi extraño viaje tendría un término que yo no divisaba todavía. Como quiera que fuese, el capitán Nemo me dio también a conocer diferentes guarismos que establecían las
relaciones de densidad del agua en los principales mares del globo. De esta comunicación saqué una enseñanza personal que nada tenía de científica. Ocurría esto en la mañana del 15 de enero. El capitán con quien me paseaba en la plataforma me preguntó si yo conocía las diferentes densidades que ofrecen las aguas del mar. Le respondí negativamente y añadí que la ciencia carecía de observaciones rigurosas acerca de ello. Yo las he hecho, me dijo,
y puedo responder de su certeza. Bien, respondí, pero el Nautilus es un mundo aparte y los secretos de sus sabios no llegarán hasta la Tierra. Tenéis razón, señor profesor. Me contestó después de algún silencio. Es un mundo aparte que pertenece a la Tierra tanto como esos planetas que acompañan el globo alrededor del sol. Y tampoco serán nunca conocidos para nosotros los trabajos a que se dedican los sabios de Saturno o de Júpiter. Pero entre tanto,
ya que la casualidad ha ligado nuestras dos existencias, os puedo comunicar el resultado de mis observaciones. Os escucho, capitán. Ya sabéis, señor profesor, que el agua del mar es más densa que la dulce. Pero esta densidad no es uniforme, pues si represento por uno el peso específico de esta última, encuentro 1 y 28 milésimas para el del Atlántico, 1 y 26 milésimas para la del Pacífico, 1 y 30 milésimas para la del Mediterráneo. Ah, dije para mí, también
se aventura por el Mediterráneo. 1 y 18 milésimas para las aguas del mar Jónico y 1 y 29 milésimas para la del Adriático. Decididamente, el Nautilus andaba también por los mares europeos más frecuentados, de lo cual deduje que nos llevaría quizá no muy tarde hacia unos continentes más civilizados. Me acordé que Ned Lannes recibiría la noticia de esta particularidad con satisfacción muy natural. Durante varios días, nuestras jornadas se pasaron en experimentos de
toda clase sobre la cantidad de sal a diversas profundidades, sobre la electricización del agua, su coloración, su transparencia, y en todas estas observaciones el capitán Nemo desplegó un ingenio que no fue igualado más que por su amabilidad para conmigo. Y después, no le volví a ver durante algunos días, quedando como aislado a su gordo. El 16 de enero, el Nautilus se mantenía quieto a algunos metros debajo de la superficie de las aguas. Sus aparatos eléctricos no funcionaban,
y su hélice, inmóvil, lo dejaba abogar a merced de las corrientes. Supuse que la tripulación se ocupaba de reparaciones interiores exigidas por la violencia de sus movimientos mecánicos. Mi compañero y yo fuimos entonces testigos de un espectáculo curioso. Las ventanas del salón estaban abiertas, y como el Nautilus no se hallaba en actividad, reinaba en medio de las aguas una oscuridad vaga. El cielo, tempestuoso y cubierto de espesas nubes, no daba a las primeras capas del
océano más que una claridad insuficiente. Observé el estado del mar en estas condiciones, y los peces más grandes no aparecían sino como sombras apenas delineadas, cuando el Nautilus se encontró de repente inundado de luz. Creí de pronto que se había encendido el fanal, proyectando su brillo eléctrico por la masa líquida, pero me equivocaba, y después de una observación rápida, reconocí mi error. Flotaba el Nautilus entre una capa fosforecente, que en medio de la oscuridad resplandecía mucho.
Era producida por millaradas de animalillos luminosos, cuyo brillo crecía al deslizarse sobre el casco metálico del aparato. Se advertían entonces, en medio de las capas luminosas, ciertos relámpagos, cual si fueran chorros de plomo derretido en un horno ardiente, o masas metálicas caldeadas hasta el rojo blanco. De tal suerte que por oposición, las porciones luminosas se tornaban oscuras en aquella masa ignea, de la cual debían estar al parecer desterradas las sombras. No, ya
no era aquello la irradiación apacible de nuestro alumbrado eléctrico. Había allí un vigor y un movimiento insólitos. Aquello era una luz viviente. Era en efecto una aglomeración infinita de infusorios pelagianos, noctílocos miliares, verdaderos glóbulos de gelatina diáfana, provistos de un tentáculo filiforme y de los cuales se cuentan hasta 25.000 en 30 centímetros cúbicos de agua. Y su luz se veía además duplicada por esos resplandores peculiares de las medusas,
asterias, aurelias, foladéstatas y otros zoofitos fosforescentes, impregnados con la viscosidad de las materias orgánicas descompuestas por el mar y quizá con las mucosidades secretadas por los peces. Durante algunas horas el nautilus flotó entre aquellas capas brillantes y nuestra admiración se acrecentó al ver cómo los grandes animales marinos jugueteaban allí cual salamandras. En medio de aquel fuego que no quema, observé unos marsuinos elegantes y rápidos, infatigables
clowns de los mares y unos histióforos de tres metros, inteligentes precursores de los huracanes, cuya formidable espada hería de vez en cuando el cristal de la ventana. Luego aparecieron unos peces más pequeños, balistes variados, escomberoides, saltadores, nazones y otros 100 que culebreaban en la atmósfera luminosa. Aquel resplandeciente espectáculo fue para nosotros un encanto. Quizá la intensidad del fenómeno era debida a alguna condición atmosférica, quizás se desencadenaba
alguna borrasca sobre la superficie del mar, pero el nautilus no sentía su furia y semecía apaciblemente entre las tranquilas aguas a algunos metros de profundidad. Marchábamos así incesantemente embelesados por alguna nueva maravilla. Consejo observaba y clasificaba los zoófitos, los articulados, los moluscos y los peces. Transcurrían los días con rapidez y no los contaba ya. Ned, según su costumbre, trataba de variar la comida ordinaria a bordo y acostumbrados a nuestra concha, cual
verdaderos caracoles, confieso que este hábito se adquiere con alguna facilidad. Natural nos parecía ya aquella existencia y nos olvidábamos que hubiese una vida diferente en el globo terrestre. Cuando vino un acontecimiento, a hacernos comprender de nuevo lo extraño de nuestra situación. El 18 de enero se hallaba el nautilus a los 105 grados de longitud y 15 grados de latitud meridional. El tiempo estaba amenazador y el mar duro y proselloso. Soplaba el viento del este con
fuerza y el barómetro que venía ya bajando desde algunos días atrás anunciaba una próxima lucha de elementos. Yo estaba en la plataforma en el momento en que el segundo tomaba las medidas de ángulos horarios y aguardaba que según costumbre se pronunciase la frase habitual. Pero aquel día fue sustituida por otras palabras no menos incomprensibles. Casi al mismo tiempo vi aparecer al capitán Nemo cuyos ojos provistos de un catalejo se dirigieron al horizonte. Durante
algunos minutos el capitán estuvo quieto sin abandonar el punto de mira de su objetivo. Después bajó el anteojo y cruzó unas cuantas palabras con su segundo que parecía hallarse entregado a una emoción en vano reprimida. El capitán Nemo más dueño de sí mismo se mantuvo frío y dirigía al parecer ciertas objeciones a las cuales contestaba el segundo con seguridad de formales. Al menos así lo comprendí por sus ademanes y el acento de sus palabras. En cuanto a mí había mirado con
empeño hacia la dirección observada sin lograr percibir ninguna cosa. El cielo y el agua se confundían en una línea de horizonte de perfecta claridad. Entretanto el capitán Nemo se paseaba de uno a otro extremo de la plataforma sin mirarme y tal vez sin verme. Sus pasos eran firmes pero menos regulares que de costumbre. Se detenía a veces y con los brazos cruzados sobre el pecho observaba el mar. ¿Qué podía buscar en tan inmenso espacio? El Nautilus se hallaba entonces
a algunos centenares de millas de la costa más cercana. El segundo había vuelto a coger su anteojo y contemplaba obstinadamente el horizonte yendo, viniendo, golpeando el suelo con el pie y diferenciándose de su jefe por su agitación nerviosa. Este misterio iba necesariamente a aclararse y muy pronto porque a una orden del capitán Nemo, la máquina aumentando su fuerza propulsiva imprimió a la hélice una rotación más rápida. Entonces el segundo llamó de nuevo la
atención del capitán y suspendiendo este sus paseos, asestó el anteojo hacia el punto indicado quedándose en observación mucho tiempo. Yo por mi parte, excitada mi curiosidad, bajé al salón y traje un excelente catalejo del cual me solía servir y apoyándolo en el tambucho del fanal que sobresalía en la parte anterior de la plataforma, me dispuse a recorrer toda la línea del cielo y del mar. Pero no había aplicado todavía mi ojo sobre el ocular cuando me arrancaron vivamente el
instrumento de las manos. Me volví y el capitán Nemo estaba delante y casi desconocido pues su fisonomía se hallaba transfigurada, sus ojos brillaban con sombrío fuego y se ocultaban bajo sus fruncidas cejas, su cuerpo rígido, sus puños cerrados, su cabeza encogida entre los hombros manifestaban la saña violenta que respiraba toda su persona. No se movía y mi anteojo, soltado por sus manos, había caído a sus pies. ¿Era yo quien, sin quererlo, había provocado aquella
actitud iracunda? ¿Pensaba aquel personaje incomprensible que yo había sorprendido algún secreto prohibido a los habitantes del Nautilus? No, yo no era objeto de aquel odio porque no me miraba y su vista quedó obstinadamente clavada sobre el impenetrable punto del horizonte. Por último se dominó y su fisonomía tan profundamente alterada recobró su acostumbrada serenidad. Dirigió al segundo algunas palabras en lengua extranjera y luego volviéndose hacia mí me dijo
con acento bastante imperioso. Señor Aronnax, reclamo la observancia de uno de los compromisos que os ligan conmigo. ¿De qué se trata, capitán? Tenéis que dejaros encerrar vuestros compañeros y vos hasta que yo juzgue conveniente de volveros la libertad. Sois muy dueño de ello, le respondí, mirándole con figeza. ¿Pero puedo dirigiros una pregunta? Ninguna. Ante esta respuesta, nada tenía yo que discutir, sino obedecer, porque la resistencia era inútil. Bajé al camarote
ocupado por Ned Lann y consejo y les di parte de lo resuelto por el capitán. Discúrrase cómo sería recibida esta comunicación por el arponero. Faltó por otra parte el tiempo para explicaciones, porque cuatro hombres de la tripulación que nos aguardaban a la puerta nos llevaron a la celda donde habíamos pasado la primera noche a bordo del Nautilus. Ned Lann quiso reclamar, pero le cerraron la puerta por toda contestación. ¿Me dirá el señor lo que esto significa? exclamó consejo.
Referí a mis compañeros lo ocurrido y se quedaron tan sorprendidos como yo, sin acertar tan poco a comprender el motivo de la determinación. Yo me entregué a un abismo de reflexiones, sin que pudiera apartarse de mi imaginación la extraña fisonomía del capitán Nemo. Me sentía incapaz de reunir dos ideas lógicas y me perdía en las suposiciones más absurdas, cuando me sacaron de la meditación las siguientes palabras de Ned Lann. Toma, el almuerzo está servido. En efecto,
la mesa estaba puesta y era evidente que el capitán Nemo había dado esta orden al mismo tiempo que mandaba a apresurar la marcha del Nautilus. ¿Me permitirá el señor que le recomiende una cosa? dijo consejo. Sí muchacho, le respondí. Pues bien, que almuerce el señor como cuestión de prudencia porque no sabemos lo que puede suceder. Tienes razón, consejo. Desgraciadamente, exclamó Ned Lann, no nos han traído más que los manjares de bordo.
Amigo Ned, replicó consejo, ¿y qué diríais si nos hubiesen dejado completamente sin almuerzo? Esta razón cortó las recriminaciones del arponero. Nos sentamos a la mesa, la comida fue silenciosa y yo comí poco. Consejo se excedió algo, siempre por prudencia, y Ned Lann, a pesar de sus observaciones, no perdió bocado. Terminado el almuerzo, cada uno de nosotros se recostó en un rincón. Entonces el globo luminoso que alumbraba la celda se apagó, dejándonos en profunda
oscuridad. Ned Lann no tardó en dormirse y consejo, con asombro mío, se entregó también a un profundo sopor. Discurría yo cómo se había provocado en él aquella imperiosa necesidad de dormir, cuando sentí que mi cerebro se impregnaba de una pesada torpeza. Mis ojos, que yo me empeñaba en tener abiertos, se cerraban a pesar mío y me hallaba entregado a una dolorosa alucinación. Evidentemente, con los alimentos que acabábamos de tomar, se habían mezclado sustancias soporíficas,
y no bastaba la prisión para ocultarnos los proyectos del capitán Nemo, sino que era necesario el sueño también. Noté entonces que las escotillas se cerraban y que cesaba el balanceo producido por las ondulaciones del mar. Se apartaba pues el nautilus de la superficie, volvía a descender a las capas inferiores del océano. Quise resistir el sueño, pero me fue imposible. Mi respiración se debilitó, sentí que un frío mortal sobrecogía a mis miembros, vencidos por la
pesadez y paralizados. Mis párpados cayeron sobre los ojos, cual verdaderas cubiertas de plomo y un sueño mórbido, lleno de alucinaciones, se apoderó de mí, y las visiones desaparecieron luego, dejándome entregado a un completo anonadamiento. Fin del capítulo vigésimo tercero. Subtítulos realizados por la comunidad de Amara.org