Chapter 24
Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne, traducido por Vicente Guimará. Esta es una grabación de LibriVox. Todas las grabaciones de LibriVox están en el dominio público. Grabado por Víctor Villarraza. Capítulo vejésimo cuarto. El reino del coral.
Al siguiente día me desperté con la cabeza singularmente despejada y con sorpresa mía me hallaba en mi cámara y probablemente a mis compañeros les habría sucedido lo mismo, sin que lo advirtiesen. Debían ignorar como yo lo que había ocurrido aquella noche y para descubrir este misterio solo me fiaba en los azares del porvenir.
Me ocurrió entonces salir del camarote. ¿Estaba libre o preso? Libre, completamente. Abrí la puerta, entré en los callejones y subí la escalera central. Las escotillas cerradas, la víspera estaban abiertas y llegué a la plataforma donde Netland y Consejo me aguardaban.
Les pregunté y nada sabían. Entregados a un pesado sueño que no les dejara ningún recuerdo, se habían sorprendido también al despertar en su camarote. En cuanto al Nautilus, nos pareció tranquilo y misterioso como siempre. Flotaba entonces sobre la superficie con moderado andar
y nada, al parecer, se hallaba cambiado a bordo. Netland observó el mar con su penetrante vista. Estaba desierto y nada se divisaba en el horizonte, ni vela ni tierra. Soplaba ruidosamente una brisa del oeste y unas anchas olas encrespadas por el viento
imprimían al aparato un balanceo muy sensible. El Nautilus, después de haber renovado su aire, se mantuvo a una profundidad media de 15 metros, de modo que podía volver prontamente a la superficie. Operación que contra lo acostumbrado
fue practicada diferentes veces durante aquella jornada del 19 de enero. El segundo subía entonces a la plataforma, resonando en el interior de la nave su frase habitual. En cuanto al Capitán Nemo, no apareció por entonces y solo vi al impasible Stuart,
que me sirvió con una exactitud digna de su ordinario silencio. Hacia las dos estaba yo en el salón ocupado en clasificar mis apuntes cuando el Capitán abrió la puerta y entró. Le saludé y me devolvió una cortesía casi imperceptible, sin dirigirme la palabra.
Volví a mi trabajo, esperando que me daría explicaciones sobre los sucesos de la noche anterior, pero no lo hizo. Le miré y me pareció ver en su rostro las huellas del cansancio, sus ojos entumecidos,
no habían conocido el sueño, su fisonomía expresaba una tristeza profunda y un sentimiento real. Iba y venía, se sentaba y se levantaba, tomaba un libro al acaso, lo abandonaba enseguida,
consultaba sus instrumentos, sin tomar las notas acostumbradas y parecía no poderse estar quieto un instante en el mismo sitio. Por fin, vino hacia mí diciendo,
¿sois médico, señor Aron Nax? Estaba yo tan ajeno de esperar esta pregunta, que le miré durante algún tiempo sin responderle. ¿sois médico? Repitió.
¿Algunos de vuestros compañeros han hecho estudios de medicina, como Ogratiolet, Moqui, Tendon y otros? En efecto, dije, soy doctor interno de los hospitales,
he practicado durante algunos años antes de entrar en el museo. Bien, señor profesor. Mi respuesta había satisfecho indudablemente al capitán Nemo, pero no sabiendo lo que quería,
yo esperaba nuevas preguntas, reservándome responder según las circunstancias. Señor Aron Nax, me dijo, ¿consentiríais en asistir a uno de mis hombres?
¿Tenéis un enfermo? Sí. ¿Estoy dispuesto a serviros? Venid, declaró que mi corazón palpitaba.
No sé por qué veía yo alguna conexión entre esa enfermedad de un hombre de la tripulación con los sucesos de la víspera. Y este misterio me preocupaba tanto como el enfermo. El capitán Nemo me condujo a la parte posterior del Nautilus
y me hizo entrar en una cámara situada cerca del puesto de los marineros. Allí, sobre una cama, descansaba un hombre de unos 40 años, de rostro enérgico,
verdadero tipo del anglosajón. Me incliné sobre él y advertí que era un herido. Su cabeza, envuelta entre ensangrentados lienzos,
descansaba sobre dos almohadas. Desaté los vendajes y el herido, con la vista clavada sobre mí, me dejó obrar sin proferir una sola palabra.
La herida era horrible. El cráneo, fracturado por un instrumento contundente, dejaba el cerebro descubierto y la sustancia cerebral
había sufrido profundos desgarramientos. Se habían formado cuajarones sanguíneos en la masa diluyente que afectaba el color de las heces de vino. Había habido a la vez
contusión y conmoción del cerebro. La respiración del enfermo era lenta, agitando su faz algunos movimientos espasmódicos de los músculos. La flecmasía cerebral era completa
y producía la parálisis del sentimiento y del movimiento. Tomé el pulso del herido, era intermitente, las extremidades del cuerpo se enfriaban
y vi que la muerte se aproximaba sin que me pareciese posible contenerla. Después de haber hecho la cura, coloqué el apósito en su cabeza, me volví al capitán Nemo diciéndole
¿de dónde procede la herida? ¿Qué importa? respondió evasivamente el capitán. Un choque del nautilus ha roto una de las palancas de la máquina
y ésta ha herido a un hombre que se adelantó para parar el golpe que iba a recibir el segundo. Un hermano, dejándose matar por un hermano.
Un amigo, por un amigo, ¿qué cosa más natural? Esta es la ley de todos a bordo del nautilus.
¿Pero cuál es vuestro parecer? Yo vacilaba en responder. ¿Podéis hablar? me dijo el capitán. Ese hombre no entiende el francés.
Miré por última vez al herido y luego respondí. Ese hombre morirá dentro de dos horas. ¿No hay nada que pueda salvarle? Nada.
La mano del capitán Nemo se crispó y corrieron algunas lágrimas de sus ojos que yo no creía hechos para llorar. Durante algunos instantes estuve observando aquel moribundo
cuya vida iba desapareciendo. Su palidez era acrecentada por el brillo eléctrico en que estaba bañado su lecho de muerte. Contemplé su cabeza inteligente surcada de arrugas prematuras
debidas quizá a la desgracia y a la miseria. Traté de sorprender el secreto de su vida en las últimas palabras que despedirían sus labios. Pero el capitán Nemo me dijo ¿Podéis retiraros, señor Aronnax?
Dejé al capitán en el camarote del herido y me retiré muy conmovido con aquella escena. Durante todo el día me agitaron siniestros pensamientos. Por la noche dormí mal y entre mis sueños, frecuentemente interrumpidos
creí escuchar lejanos suspiros y una especie de salmodia fúnebre. ¿Era aquello la plegaria de los muertos? ¿Resada en el idioma que yo no podía comprender? A la mañana siguiente subí a la plataforma
donde me había precedido el capitán Nemo. Tan luego como me vio, se dirigió hacia mí diciéndome ¿Os convendría, señor profesor, hacer hoy una excursión submarina con mis compañeros? Pregunté ¿Cómo gustéis?
Estamos a vuestras órdenes, capitán. Tened pues la bondad de vestiros las escafandras. Del moribundo o del muerto no habló. Me fui a encontrar con Ned Land y Consejo, a quienes expuse la propuesta del capitán Nemo.
Consejo se apresuró a aceptar y esta vez el canadiense se manifestó muy dispuesto a seguirnos. Eran las ocho de la mañana. A las ocho y media ya estábamos vestidos para el nuevo paseo y provistos con los dos aparatos de alumbrado y respiración.
Se abrió la doble puerta y acompañados del capitán Nemo, seguido de una docena de hombres de la tripulación, tomábamos pie a una profundidad de diez metros sobre el suelo firme donde descansaba el nautilus. Una ligera pendiente iba a parar a un fondo accidentado,
a unas 15 brasas de profundidad. Difería este fondo completamente de los que había yo visto en mi primera excursión bajo las aguas del Pacífico. No había aquí ni arena fina, ni praderas submarinas, ni bosque pelagiano.
Reconocí inmediatamente aquella región maravillosa de que nos hacía los honores el capitán Nemo. Era el reino del coral. En la ramificación de los zoófitos y la clase de las alcionarias,
se observa el orden de los gorgonarios que encierra los tres grupos de gorgonianos, icidianos y coralianos. A estos últimos pertenece el coral, curiosa sustancia que ha sido alternativamente clasificada
en los reinos mineral, vegetal y animal. Remedio entre los antiguos, joya entre los modernos, quedó definitivamente clasificada en el reino animal el año 1694 por el marsellaise Peissonel. El coral es un conjunto de animalillos reunidos
en un polípero de naturaleza quebradiza y lapidea. Estos pólipos tienen un generador único que los ha producido por brotes y poseen una existencia propia participando de la vida común.
Es por consiguiente una especie de socialismo natural. Yo conocía los diferentes trabajos hechos acerca de este singular zoófito que se mineraliza arborizándose según la exacta observación de los naturalistas.
Y nada podía ser tan interesante para mí como visitar uno de esos bosques petrificados que la naturaleza ha implantado en el fondo de los mares. Los aparatos Ruhmkorf se pusieron en actividad y seguimos un banco de coral en vía de formación
que con ayuda del tiempo cerrará algún día aquella porción del océano índico. Había por ambos lados del camino intrincados arzales formados por el enlace de arbustos cubiertos con unas florecillas estrelladas
de radios blancos. Pero al revés de las plantas terrestres aquellas arborizaciones fijadas a las peñas se dirigían todas de arriba a abajo. Producía la luz mil deliciosos efectos
al juguetear entre aquellos ramajes tan vivamente teñidos. La ondulación de las aguas parecía dar movimiento a aquellos tubos membranosos y cilíndricos inspirándome antojos de coger sus frescas corolas
adornadas con delicados tentáculos. Recién abiertas las unas, nacientes las otras, mientras que ciertos peces ligeros de rápidas aletas se deslizaban entre ellas cualbandadas de abecillas. Pero si yo arrimaba la mano a aquellas flores vivientes,
a aquellas sensitivas animadas, al punto se alarmaba la colonia. Las corolas blancas se replegaban en sus estuches rojos, las flores se desvanecían y la zarza se trocaba en áridos trozos de aglomeraciones lapideas.
La casualidad me había colocado delante de los ejemplares de zoófitos más preciosos. Este coral valía tanto como el que se pesca en el Mediterráneo, en las costas de Francia, de Italia y de Berbería, justificando por sus vivos matices
los nombres poéticos de espuma de sangre y flor de sangre que el comercio da a sus más bellos productos. El coral se vende hasta 500 pesetas el kilogramos y en aquel paraje las capas líquidas cubrían la fortuna de todo un mundo de especuladores.
Esta preciosa materia, mezclada a veces con otros políperos, formaba entonces unas aglomeraciones compactas e intrincadas llamadas maquillotas y en las cuales advertía admirables muestras de coral rosado. Poco después las matas coralinas se estrechaban
y las arborizaciones se presentaron en mayor escala, abriéndose a nuestros pasos unos verdaderos tallares petrificados y dilatados tramos de fantástica arquitectura. El capitán Nemo penetró por una oscura galería cuya pendiente suave nos condujo a la profundidad de 100 metros.
La luz de nuestros serpentines producía de vez en cuando efectos mágicos al reflejarse en las rugosas asperezas de aquellas bóvedas naturales y en los colgantes dispuestos a modo de lucernas y sobre las cuales se repercutía imitando puntas incandescentes.
Entre los arbustos coralígenos, observé otros pólipos no menos curiosos como melitas, iris de ramificaciones articuladas, algunas matas de coralinas, verdes unas y encarnadas otras, verdaderas algas incrustadas en sales calizas que los naturalistas,
después de muchas discusiones, han clasificado definitivamente en el reino vegetal. Pero según la observación de un filósofo, allí está quizá el límite real en que la vida comienza oscuramente a salir del sueño de piedra,
sin desprenderse aún de su rudo punto de partida. Por último, y después de dos horas de marcha, habíamos alcanzado la profundidad de unos 300 metros, es decir, el último límite en que empieza a formarse el coral. Pero allí ya no existían ni matas aisladas ni modestos tallares,
sino la selva inmensa, grandes vegetaciones minerales, enormes árboles petrificados y enlazados con guirnaldas de elegantes plumarias, esos vejucos del mar adornados de matices y reflejos. Pasábamos sin obstáculo por debajo de su alto ramaje
perdido entre la sombra de las aguas, mientras que a nuestras plantas, las tubíporas, las meandrinas, las astreas, las fungias, las cariófilas, formaban una alfombra de flores sembrada de resplandecientes cristalizaciones.
¡Qué espectáculo tan indefinible! ¿Por qué no ser posible transmitirnos nuestras sensaciones? ¿Por qué estar presos dentro de aquella cubierta de vidrio y de metal? ¿Por qué no habíamos de poder comunicar de uno a otro las palabras? ¿Por qué no vivíamos siquiera la vida de los peces
que pueblan el elemento líquido, o más bien, la de los anfibios, que durante dilatadas horas pueden recorrer a su antojo el doble dominio de la tierra y de las aguas? Allí se había detenido el capitán Nemo. Mis compañeros y yo suspendimos la marcha,
y al volverme noté que aquellos hombres formaban un semicírculo alrededor de su jefe. Fijando más la atención, reparé que cuatro de ellos llevaban a cuestas un objeto de forma oblonga. Ocupábamos en aquel paraje el centro de un extenso y claro espacio
cercado por las altas arborizaciones de la selva submarina. Nuestras lámparas proyectaban sobre aquella plaza una especie de luz crepuscular que alargaba desmesuradamente las sombras sobre el suelo. En los lindes de aquel claro, la oscuridad era profunda,
y sólo brillaban entre ella los destellos reflejados por las aristas vivas del coral. Cerca de mí se encontraban Nedland y Consejo, mirando aquella que, según yo presumía, había de ser extraña escena.
Observando el suelo, advertí que en algunos parajes estaba elevado, formando ciertas protuberancias dispuestas con una regularidad que no podía menos de ser obra de mano humana. En medio de aquel espacio, sobre un pedestal de peñas
toscamente amontonadas, se levantaba una cruz de coral que extendía sus brazos semejantes, al parecer, a sangre petrificada. Ante una señal del capitán Nemo, uno de los hombres se adelantó y comenzó a cavar al pie de la cruz
una fosa con un asadón que descolgó de su cinto. Todo lo comprendí. Aquello era un cementerio, la fosa una sepultura y el objeto largo el cuerpo del hombre fallecido por la noche. El capitán Nemo y los suyos iban a enterrar a su compañero
en la mansión común y en el fondo del inaccesible océano. No, jamás se vio mi ánimo sobre excitado en tan alto grado. Nunca mayores impresiones habían penetrado en mi cerebro. Yo no quería ver lo que veían mis ojos. La tumba, en tanto, iba ahondándose lentamente.
Los peces huían por uno y otro lado de su perturbado retiro. Sobre el suelo calizo resonaba la piqueta, cuyo hierro despedía de vez en cuando chispas al herir algún guijarro perdido en el fondo de las aguas. La fosa se iba alargando, ensanchando y, por último,
no tardó en tener bastante capacidad para recibir el cadáver. Entonces, los que lo llevaban se acercaron. El cuerpo, amortajado con un tejido de viso blanco, descendió a su húmeda sepultura. El capitán Nemo, cruzado de brazos sobre el pecho
y todos los amigos de quien los había querido, se arrodillaron para dedicarle una plegaria. Mis dos compañeros y yo nos habíamos inclinado religiosamente. La tumba, después, se cubrió con los escombros sacados de la fosa, formando un ligero montoncillo.
Terminado todo, el capitán Nemo y sus hombres se levantaron y, acercándose a la sepultura, doblaron de nuevo la rodilla y extendieron su mano en señal de postrer a Dios. Entonces, la fúnebre comitiva emprendió el regreso al Nautilus, pasando otra vez bajo las bóvedas de la selva,
entre los tallares, a lo largo de las matas de coral y siempre subiendo. Apareció, por fin, luz de nuestra nave, guiándonos hasta ella sus ráfagas brillantes. A la una, ya estábamos en el Nautilus.
Tan luego como me mudé de traje, subí a la plataforma y, entregado a una terrible mortificación de ideas, me fui a sentar junto al fanal. El capitán Nemo se acercó. Me levanté y le dije,
así pues, según mis previsiones, ese hombre murió anoche. Sí, señor Aron Nax, respondió. ¿Y ahora descansa entre sus compañeros en ese cementerio de coral? Sí, de todos olvidado, menos de nosotros. Cavamos la tumba y los pólipos se encargan de cerrarla para la eternidad.
Y ocultando con brusco a Demán el rostro entre sus crispadas manos, trató en vano el capitán de reprimir un sollozo. Después añadió, Ese es nuestro pacífico cementerio, a algunos centenares de pies bajo la superficie de las aguas.
Vuestros difuntos duermen al menos en paz, capitán, y defendidos contra el ataque de los tiburones. Sí, señor, respondió con gravedad el capitán Nemo, contra los ataques de los tiburones y de los hombres. Fin del capítulo 24.
Fin de la primera parte, del Atlántico al Pacífico.