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Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Berne, traducido por Vicente Guimera. Segunda parte, del Pacífico al Atlántico. Esta es una grabación de LibriVox. Todas las grabaciones de LibriVox son del dominio público. Grabado por Víctor Villarraza. Capítulo 1. El mar de las Indias.

Aquí comienza la segunda parte de este viaje submarino. La primera ha terminado con la conmovedora escena del cementerio de Coral, que ha dejado en mi ánimo una impresión profunda. Es decir, que en el seno del inmenso mar, la vida del capital Nemo se desenvolvía por completo, sin olvidar ni aún su tumba, preparada en el más impenetrable abismo.

Allí, ni uno solo de los monstruos marinos iría a aturbar el último sueño de los habitantes del Nautilus. De esos amigos, estrechamente unidos, lo mismo para la muerte que para la vida. Ningún hombre tampoco, había añadido el capitán. Siempre la misma desconfianza fiera, implacable, para con las sociedades humanas. Por lo que a mí tocaba, ya no me satisfacían las hipótesis de consejo,

quien persistía en considerar al jefe del Nautilus como un sabio desconocido, que devuelve a la humanidad desprecio por indiferencia. Era para él un genio no comprendido que, cansado de los desengaños terrestres, se había refugiado en el inaccesible medio, donde sus instintos se ejercían libremente. Pero a mi ver, esta hipótesis solo explicaba uno de los lados del capitán Nemo.

En efecto, el misterio de la última noche durante la cual habíamos estado presos y adormecidos. La precaución con tanta violencia tomada por el capitán, de arrancarme el anteojo con que yo quería examinar el horizonte, la herida mortal de aquel hombre, debido a un inexplicable choque del Nautilus, todo me inspiraba a serias meditaciones.

No, el capitán Nemo no se limitaba a huir de los hombres. Su formidable aparato servía no solamente para sus instintos de libertad, sino también para emplear no sé qué terribles represalias. En este momento no alcanzo evidencia alguna, y solo percibo algún indicio en medio de las tinieblas, debiéndome ceñir a escribir, por decirlo así, lo que me dictan los acontecimientos.

Por otra parte, nada nos liga al capitán Nemo, quien se da por satisfecho con saber que no podemos escapar. Ni siquiera somos prisioneros bajo palabra, no estando sujetos a compromiso alguno. No somos más que unos cautivos, unos prisioneros disfrazados con el nombre de huéspedes por cortesía. Sin embargo, Nedland no ha renunciado a la esperanza de recobrar su libertad, y es seguro que aprovechará la primera ocasión que la casualidad le ofrezca.

Yo le imitaré sin duda, pero no sin cierto pesar, ocasionado por la generosidad con que el capitán nos ha dejado penetrar los misterios del Nautilus. En último resultado, ¿debe ese hombre ser aborrecido o admirado? ¿Es víctima o verdugo? Y para ser franco, antes de dejarlo por siempre, quisiera haber terminado la vuelta al mundo submarino, cuyos primeros incidentes han sido tan magníficos.

Quisiera haber observado la serie completa de las maravillas acumuladas bajo los mares del globo. Quisiera haber visto lo que nadie ha podido conseguir, aún cuando tuviese que pagar con la vida ese insaciable deseo de aprender. ¿Qué he descubierto hasta ahora? Nada, o casi nada. Puesto que todavía no hemos recorrido más que 6.000 leguas por el Pacífico.

Yo sé muy bien, sin embargo, que el Nautilus se acerca a las tierras habitadas, y que si nos ofrece alguna probabilidad de salvación, sería cruel sacrificar mis compañeros a mi pasión por lo desconocido. Tendré que seguirlos y guiarlos quizá. Pero, ¿se ofrecerá alguna vez esta ocasión?

El hombre, privado por fuerza de su libre albedrío, bien la desea, pero el sabio y el curioso la teme. Aquel día, 24 de enero de 1868, a las 12, vino el segundo a tomar la altura del sol. Subí a la plataforma, encendí un cigarro y observé la operación. Parecióme evidente que aquel hombre no entendía el francés, porque diferentes veces expresé en alta voz mis pensamientos,

lo cual debiera haber excitado en él alguna muestra involuntaria de atención si lo hubiese comprendido, pero estuvo impasible y mudo. Mientras que el segundo hacía observaciones con el sextante, uno de los marineros del Nautilus, aquel hombre vigoroso que nos había acompañado durante la primera excursión submarina de la isla de Crespo, vino a limpiar los cristales del fanal.

Examiné entonces la instalación de este aparato, cuya potencia se hallaba centuplicada por unos anillos lenticulares, semejantes a los que existen en los faros y que sirven para mantener la luz en la dirección conveniente. La lámpara eléctrica estaba combinada de un modo que pudiera aprovechar toda su fuerza de iluminación. Su luz, en efecto, se producía en el vacío, lo cual aseguraba a la vez su regularidad y su intensidad,

economizándose las puntas de grafito entre las cuales se desarrolla el arco luminoso, economía importante para el capitán Nemo, que no hubiera podido renovarlas fácilmente, pero con las condiciones allí establecidas se gastaban casi insensiblemente. Cuando el Nautilus se preparó para proseguir su marcha submarina, bajé al salón, las escotillas se cerraron y el rumbo fue directamente al oeste.

Surcábamos entonces el Océano Índico, extensa llanura líquida que abarca 550 millones de hectáreas y cuyas aguas son en tan alto grado transparentes que producen vértigo al inclinarse sobre su superficie. El Nautilus navegaba generalmente entre 100 y 200 metros de profundidad durante algunos días, a otro que no fuera yo, embargado por una inmensa afición al mar, las horas hubieran parecido largas y monótonas. Pero los paseos diarios sobre la plataforma, donde me empapaba en el vivificante aire del mar,

el espectáculo de aquellas ricas aguas por entre los cristales de las ventanas, la lectura de los libros de la biblioteca, la redacción de mis memorias, empleaban mi tiempo y no me dejaban un solo momento de cansancio o de tedio. Nuestra salud se mantenía en muy satisfactorio estado, conviniéndonos perfectamente el régimen de bordo,

y yo bien me hubiera pasado sin las variantes que Ned Lann, por espíritu de protesta, se complacía en introducir. Además, en aquella temperatura constante no había siquiera un solo resfriado que temer, y por otra parte, el madreporario Dendrófilea, conocido en Provenza con el nombre de Hinojo Marino, y del cual existía a bordo alguna provisión, nos hubiera proporcionado con la carne fundente de sus pólipos una excelente pasta contra la tos.

Durante algunos días vimos una gran cantidad de aves acuáticas, palmípedas, quinchos y gaviotas. Fueron algunas diétramente cazadas y guisadas de cierto modo, que nos proporcionaron un manjar marino muy aceptable. Entre los pájaros más voladores que se separan a largas distancias de tierra, y cuando están cansados se reposan sobre las aguas, observé unos magníficos albatros de grito discordante o al rebusno de asno.

Aves que pertenecían a la familia de los Longípenos. La de los totipalmos estaba representada por unas fragatas rápidas que pescaban con notable ligereza los peces de la superficie, y por unos numerosos faetontes, y entre otros el de filamentos rojos, grande como una paloma y cuyas plumas blancas están matizadas de colores rosados, que se destacan sobre el fondo negro de las alas.

Las redes del Nautilus nos trajeron también algunas especies de tortugas marinas del género carey, con el lomo combado y cuya concha es muy apreciada. Estos reptiles, que se sumergen fácilmente, pueden mantenerse mucho tiempo debajo del agua, cerrando la válvula carnosa situada en el extremo externo de su canal nasal. Algunos de estos careys, cuando los cogimos, dormían todavía dentro de su concha, al abrigo de los animales marinos.

Su carne era en lo general mediana, pero sus huesos son un excelente regalo. En cuanto a los peces, seguían provocando nuestra admiración cuando sorprendíamos a través de las ventanas abiertas los secretos de su vida acuática. Reconocí algunas especies que no habíamos podido observar hasta entonces. Citaré principalmente unas ostraciones particulares del Mar Rojo, del de las Indias y de la parte del océano que baña las costas de la América Equinoxial. Estos peces, como las tortugas, los armadillos, los ursinos, los crustáceos, están defendidos por una coraza, que no es ni cretacea ni lapidia, sino realmente huesosa.

Afectan la forma de un sólido, unas veces triangular y otras cuadrangular. Entre los triangulares, noté algunos de medio decímetro de longitud, de carne saludable, de sabor exquisito, pardos en la cola, amarillos en las nadaderas, y cuya aclimatación recomiendo hasta en las aguas dulces, donde se acostumbran fácilmente a vivir ciertos peces de mar. Mencionaré también unas ostraciones cuadrangulares, con cuatro gruesos tubérculos sobre el lomo. Unas ostraciones salpicados de puntos blancos en la parte inferior del cuerpo, que se domestican fácilmente como pájaros.

Unos trígonos provistos de aguijones, formados por la prolongación de su concha huesosa, y a los cuales, por cierto singular gruñido, se ha dado el nombre de cerdos de indias. Y unos dromedarios, con gruesas protuberancias cónicas, cuya carne es dura y coriácea. También recuerdo, entre las notas diarias tomadas por consejo, ciertos peces del género tetrodonte, particulares de aquellos mares. Unos espinglerianos del homo encarnado y pecho blanco, que se distinguen por tres hileras longitudinales de filamentos, y unos eléctricos largos de 7 pulgadas, adornados con los colores más vivos.

Después, como muestra de otros géneros, citaré los ovoides, llamados así por asemejarse a un huevo, desprovistos de cola, y cuyo color pardo oscuro estaba surcado por listas blancas. Los diodontes u orbes espinosos, verdaderos puercoespines del mar, provistos de aguijones y pudiendo hincharse hasta formar una bola erizada de dardos. Los hipocampos o caballos marinos comunes a todos los mares, los pegasos voladores de hocico prolongado, cuyas nadaderas pectorales, muy extendidas y dispuestas a manera de alas, permiten, si no volar, al menos saltar por el aire. Las palomas espatuladas, cuya cola está cubierta de numerosos anillos escamosos, los macrognatos de largas mandíbulas, excelentes pescados, cuya longitud es de 25 centímetros y que brillan con los colores más vivos. Los caliómoros lívidos, cuya cabeza es rugosa, millares de babosas saltadoras ralladas de negro, con largas nadaderas pectorales que corren sobre la superficie de las aguas con pasmosa agilidad.

Los deliciosos velíferos o veleros que pueden izar sus nadaderas a guisa de velas desplegadas. Los espléndidos curtos a los cuales ha prodigado la naturaleza el amarillo, el azul celeste, la plata y el oro. Los tricópteros cuyas alas están formadas de filamentos. Las cotas, siempre tachoneadas de amarillo, que producen cierto zumbido. Los triglos, cuyo hígado se considera como veneno.

Los bodianes, que tienen sobre los ojos una anteojera movible. Y por último los fuelles, de hocico largo y tubuloso. Verdaderos papamoscas del océano, armados de un fusil no inventado por Chase Ford ni por Remington, y que matan a los insectos hiriéndoles con una simple gota de agua. En el género 99 de los peces clasificados por la CEPED, que pertenece a la subclase de los óseos, caracterizada por un opérculo y una membrana bronquial. Observé la escorpena, cuya cabeza está guarnecida de aguijones y que solo posee una nadadera dorsal.

Estos animales están provistos o privados de pequeñas escamas, según el subgénero a que pertenecen. El segundo subgénero nos dio unas muestras de didáctilos de 3 a 4 decímetros de longitud, rayados de amarillo, pero cuya cabeza es de aspecto fantástico. En cuanto al primer subgénero, suministra varias muestras de SPS singular, justamente llamado Sapo de Mar. De gran cabeza, hora llena de senos profundos, hora de protuberancias. Herizado de aguijones y sembrado de tubérculos, tiene unos cuernos irregulares y horrorosos.

Su cuerpo y su cola están guarnecidos de callosidades. Sus aguijones causan heridas peligrosas. Es repugnante y horrible. Del 21 al 23 de enero, el Nautilus marchó a razón de 250 leguas cada 24 horas, sean 540 millas o 22 millas por hora. Si reconocíamos a su paso las diversas variedades de peces, era porque estos, atraídos por el brillo eléctrico, trataban de acompañarnos. La mayor parte quedaba sin embargo rezagados, y algunos se mantenían durante algún tiempo en las aguas del Nautilus. El 24 por la mañana, a los 12 grados 5 minutos de latitud sur y a los 94 grados 33 minutos de longitud,

tuvimos conocimiento de la isla Killing, aglomeración madrepórica plantada de magníficos cocoteros, que había sido visitada por Darwin y el capitán Fitz Roy. El Nautilus costeó a corta distancia los cantiles de aquella desierta isla, y las dragas nos procuraron numerosos ejemplares de pólipos y equinodermos, así como ciertos restos testáceos de moluscos. Algunos preciosos productos de la especie de las delfínulas aumentaron los tesoros del capitán Nemo, al cual añadí también una astrea puntífera,

especie de polípero parásito fijado con frecuencia sobre una concha. Muy luego, la isla de Killing desapareció bajo el horizonte y se tomó rumbo al noroeste, hacia la punta de la península indiana. ¡Tierras civilizadas! Me dijo aquel día Nedland. Eso vale más que las islas de la Papuasia, donde hay más salvajes que venados. En esa tierra de las Indias, señor profesor, hay carreteras, ferrocarriles, ciudades inglesas, francesas y asiáticas.

No se andan sin comillas sin encontrar un compatriota. ¿No será este el momento favorable para dejar plantado al capitán Nemo? No, Nedland, le respondí con resuelto acento. Dejemos correr las cosas. El Nautilus se acerca a continentes habitados, vuelve hacia la Europa, y si allí nos lleva, veremos lo que la prudencia nos aconseja entonces. Por otra parte, no supongo que el capitán Nemo nos permita ir a cazar sobre las costas de Malabar o de Coromandel, como en los bosques de la Nueva Guinea.

Y no podemos prescindir de su permiso. No, respondí. Ni quería discutir, porque en el fondo, mi empeño consistía ya en querer apurar hasta el fin los azares del destino que me había puesto a bordo del Nautilus. Desde la isla Killing, nuestra marcha se fue amortiguando, haciéndose más caprichosa y llevándonos a grandes profundidades. Se emplearon con frecuencia los planos inclinados, los cuales, por medio de palancas interiores, podían colocarse en sentido oblicuo. Caminamos así hasta 2 y 3 kilómetros, pero sin explorar nunca los fondos de aquel mar, a los cuales no podían llegar ni aún las sondas de 13.000 metros.

En cuanto a la temperatura de las capas profundas, el termómetro indicaba siempre invariablemente 4 grados centígrados sobre cero. Observé únicamente que por las regiones superiores, el agua era siempre más fría en los parajes de fondo elevado que en alta mar. El 25 de enero, el océano estaba absolutamente desierto, y el Nautilus pasó el día sobre su superficie, batiendo las aguas con su potente hélice y despidiéndolas a gran altura. ¿Quién no le hubiera entonces confundido con un cetáceo gigantesco? Yo pasé las tres cuartas partes del día sobre la plataforma, contemplando el mar.

Nada se divisó en el horizonte hasta las 4 de la tarde, en que se dejó ver por un instante la arboladura de un vapor que corría por el oeste a contrabordo, pero que no podía alcanzar a percibir al Nautilus por lo somero de nuestra embarcación. Me ocurrió que debía aquel buque pertenecer a la línea peninsular y oriental que hace el servicio de la isla de Seilán a Sydney, tocando en la punta del Rey Jorge y en Melbourne. A las 5 de la tarde, antes del rápido crepúsculo que separa la noche del día en las zonas tropicales, quedamos, consejo y yo, maravillados ante un espectáculo muy curioso. Existe un animal de formas muy graciosas, cuyo encuentro, según los antiguos, presagiaba afortunada suerte.

Aristóteles, Ateneo, Plinio o Piano habían estudiado sus inclinaciones y agotado en describirle toda la poética de los sabios de la Grecia y de la Italia. Le llamaron Nautilus y Pompilius. Pero la ciencia moderna no ha ratificado esta denominación, y en el día el molusco a que me refiero es conocido con el nombre de Argonauta. El que hubiera consultado a consejo habría sabido que los moluscos se dividen en 5 clases, y que la primera es la de los Cephalópodos, cuyos individuos, ora desnudos, ora testáceos, comprende dos familias, la de los Dibranquios y Tetrabranquios, que se distinguen por el número de branquias. La familia de los Dibranquios se subdivide en tres géneros, el Argonauta, el Calamar y la Givia, y la de los Tetrabranquios solo cuenta uno, el Nautilo.

Si después de esta nomenclatura confundiese algún entendimiento rebelde el Argonauta, que es acetabulífero, es decir, portador de tentáculos, no hubiera tenido excusa alguna. Era pues un tropel de Argonautas el que entonces viajaba sobre la superficie del océano, pudiendo contarlos por centenares. Pertenecían a la especie de los Argonautas Tuberculados, que es peculiar de los mares de Indias. Estos graciosos moluscos andaban hacia atrás por medio de su tubo locomotor, despidiendo el agua que habían absorbido. De sus ocho tentáculos, seis delgados y largos flotaban a modo de remos, mientras que los dos restantes, redondeados en forma de palmas, se elevaban para recibir el viento, asemejándose a unas ligeras velas.

Podía perfectamente notarse la concha espiraliforme y ondulada de estos animales, que cubier, compara acertadamente con una chalupa. Verdaderos barco, en efecto, transporta al molusco que la ha producido, pero sin adherencia alguna con él. El Argonauta tiene la libertad de dejar su concha, dije a consejo, pero no la deja jamás. Exactamente como el capitán Nemo observó juiciosamente consejo, y por eso hubiera hecho mejor en llamar a su nave el Argonauta. El Nautilus navegó como cosa de una hora entre aquella multitud de moluscos, y después no sé de qué espanto se vieron repentinamente sobrecogidos,

porque, lo mismo que si obedecieran a una señal, recogieron sus velas, replegaron sus brazos, contrajeron sus cuerpos, e invirtieron la posición de sus conchas, cambiando de centro de gravedad, y desapareciendo bajo las aguas toda aquella flota menuda. Esta evolución fue instantánea y ejecutada con más precisión y conjunto que la mejor maniobra de una escuadra. En aquel momento llegó la noche casi de repente, y las oleadas, apenas movidas por la brisa, se tendieron apaciblemente bajo las encintas del Nautilus. Al día siguiente, 26 de enero, cortábamos el ecuador a los 92 grados del meridiano, y encontrábamos el hemisferio boreal.

Durante aquel día nos acompañó una formidable manada de tiburones, animales terribles que menudean en aquellos mares, haciéndolos muy peligrosos. Había entre ellos unos escualos filipos, de lomo pardo y abdomen blanquecino, armados con once filas de dientes, unos escualos ojeteados, en cuyo cuello hay una gran mancha negra, horlada de blanco, semejante a un ojo, y unos escualos isabeles, de hocico redondeado y matizado de puntos oscuros. Estos poderosos animales se precipitaban frecuentemente sobre el cristal de la ventana, con una violencia poco tranquilizadora. Entonces, Nedland no era dueño de sí mismo, y quería subir a la superficie para arponear a aquellos monstruos,

sobre todo a ciertos escualos emisoles, cuya boca está, por decirlo así, empedrada con dientes dispuestos a modo de mosaico, y a unos escualos atigrados, largos de 5 metros, que lo provocaban con particular insistencia. Pero el Nautilus, aumentando su velocidad, dejó bien pronto atrás a los más veloces de aquellos tiburones. El 27 de enero, a la entrada del Golfo de Bengala, tropezamos diversas veces con un espectáculo siniestro, a saber, con unos cadáveres que sobrenadaban, y que debían ser los fallecidos en las ciudades indianas,

arrojados al ganjes y acarreados por este río mar adentro, y que los buitres, únicos enterradores de aquella región, no habían concluido de devorar, pero no faltaban los escualos para ayudarles en tan fúnebre tarea. Hacia las 7 de la tarde, el Nautilus, sumergido a medias, navegó en medio de un mar que parecía de leche. ¿Era esto efecto de los rayos lunares? No, porque la luna, que apenas llevaba dos días, se perdía todavía entre los rayos solares. Todo el cielo, aunque alumbrado por la radiación sideral, parecía negro, por contraste con la blancura de las aguas.

Consejo, que no podía creer lo que veía, me preguntaba las causas de tan singular fenómeno, y por fortuna pude responderle. Esto es lo que se llama un mar de leche, le dije. Basta extensión de olas blancas que suele verse en las costas de Amboína y en estos parajes. Pero, ¿puede decirme el señor cuál es la causa de este efecto? Supongo que el agua no se habrá cambiado en leche. No, muchacho, esa blancura que te sorprende es debida a millares de animalillos infusorios, especies de gusanos luminosos, gelatinosos y sin color, delgados como un pelo y cuya longitud no excede de la quinta parte de un milímetro. Algunos de estos infusorios están adheridos unos con otros en el espacio de muchas leguas.

¿Muchas leguas? exclamó Consejo. Sí, muchacho, y no trates de calcular el número de ellos, porque no lo conseguirías. Ciertos navegantes han recorrido sobre estos mares de leche más de 40 millas. Yo no sé si Consejo tuvo en cuenta mi reflexión, pero me pareció verle sumido en profundas meditaciones procurando sin duda evaluar cuántos quintos de milímetro hay en 40 millas cuadradas. Seguió observando el fenómeno y durante algunas horas el Nautilus endió con su espolón aquellas olas blanquecinas y jabonosas sobre las cuales se deslizaba sin ruido o al si hubiera navegado por los remolinos de espuma que dejan entre sí las corrientes y contracorrientes de las bahías.

Alrededor de medianoche el mar recobró súbitamente su matiz ordinario, pero detrás de nosotros hasta los límites del horizonte el cielo, reflejando la blancura de las aguas, pareció durante mucho tiempo impregnado con los vagos fulgores de una aurora boreal. Fin del capítulo 1 Subtítulos realizados por la comunidad de Amara.org

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