Chapter 26
Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Berne, traducido por Vicente Guimera. Segunda parte, del Pacífico al Atlántico. Esta es una grabación del Ibribox. Todas las grabaciones del Ibribox son del dominio público. Grabado por Víctor Villarraza. Capítulo segundo. Una nueva proposición del capitán Nemo.
El 28 de febrero, a la hora de mediodía, cuando el Nautilus subió a la superficie del mar, estando a los nueve grados y cuatro minutos de latitud norte, se hallaba a la vista de una tierra a ocho millas por el oeste. Observé primero una aglomeración de montañas de unos dos mil pies de elevación, poco más o menos, y de formas muy caprichosas.
Después de tomado el punto, bajé al salón, y por el mapa, reconoci que estábamos ante la isla de Seilán, esa perla que adorna la punta inferior del Hindostán. Busqué en la biblioteca algún libro relativo a esta isla, una de las más fértiles del globo. Allé precisamente una obra de Sir H.C., titulada Seilán and the Singalys. De regreso al salón, apunté la situación de aquella isla, a la cual habían dado nombres tan diversos los antiguos.
Háyase entre los cinco grados cincuenta y cinco minutos y los nueve grados cuarenta y nueve minutos de latitud norte, y entre los setenta y nueve grados cuarenta y dos minutos y ochenta y dos grados cuatro minutos de longitud este del meridiano de Greenwich. Su longitud es de doscientas setenta y cinco millas, y su anchura máxima es de ciento cincuenta mil. Su circunferencia es de novecientas, y su superficie de veinticuatro mil cuatrocientas cuarenta y ocho, es decir, poco inferior a la de Irlanda. El capitán Nemo y su segundo aparecieron entonces. Aquel dirigió una mirada al mapa.
Después me dijo, la tierra de Seilán es célebre por sus pesquerías de perlas. ¿Os gustaría visitar alguna? Sin duda, capitán. Pues bien, será cosa muy fácil. Solo que si bien veremos las pesquerías, no así a los pescadores. La temporada de explotación no ha comenzado aún, pero no importa. Voy a dar la orden de hacer rumbo al Golfo de Manaar, donde llegaremos por la noche.
El capitán dijo algunas palabras a su segundo, que enseguida salió. Muy luego, el Nautilus volvió a su líquido elemento, y el manómetro indicó que estaba a una profundidad de treinta pies. Con el mapa a la vista, busqué entonces el Golfo de Manaar. Lo encontré en el noveno paralelo, sobre la costa noroeste de Seilán. Estaba formado por una línea prolongada de la pequeña isla Manaar.
Para llegar allí, era necesario bordear toda la costa occidental de Seilán. Señor profesor, me dijo el capitán Nemo, se pescan perlas en el Golfo de Bengala, en el Mar de las Indias, en los del Japón y de la China, en los de la América Meridional, en el Golfo de Panamá y en el de California. Pero los mejores resultados se obtienen en Seilán. Llegamos demasiado pronto, porque los pescadores no acuden sino en marzo,
y sus 300 barcos se entregan durante 30 días a esta lucrativa explotación de los tesoros del mar. Cada barco va montado por 10 remeros y 10 pescadores. Estos, divididos en grupos, bucean alternativamente, sumergiéndose a la profundidad de 12 metros por medio de una piedra pesada que tienen agarrada entre los pies y sujetos por una cuerda atada a la embarcación. ¿Así es que todavía emplean este medio primitivo?
Todavía, me respondió el capitán Nemo, y eso que estas pesquerías pertenecen al pueblo más industrioso de la tierra, a los ingleses, a quienes fueron cedidas por el tratado de Amiens en 1802. Me parece, sin embargo, que la escafandra prestaría grandes servicios en esta operación. Sí, porque esos pobres pescadores no pueden estar mucho tiempo dentro del agua. El inglés Percival, en su viaje a Zeeland, habla ciertamente de un cafre que estaba 5 minutos sin volver a la superficie.
Pero esto me parece poco creíble. Bien sé que algunos buzos aguantan 57 segundos y los más diestros 87, pero son muy pocos. Y cuando salen al aire, echan por narices y oídos agua teñida de sangre. Creo que el término medio del tiempo que pueden pasar los pescadores dentro del mar es de 30 segundos, durante los cuales se apresuran a amontonar en una red todas las conchas perlíferas que consiguen arrancar.
Y aún así no llegan a viejos. Su vista se debilita y se les forman ulceraciones en los ojos y llagas en el cuerpo, no siendo escasas las ocasiones en que se ven atacados de apopleguía en el fondo del mar. Triste oficio es, dije, y tan solo para satisfacer los caprichos de la moda. Pero, decidme capitán, ¿qué cantidad de ostras puede pescar un barco durante un día? Unas 40 a 50 mil. Y aún se dice que en 1814 el gobierno inglés, haciendo la explotación por su cuenta,
obtuvo en 20 días de trabajo 72 millones de conchas. Al menos, repuse, los pescadores estarán bien retribuidos. Muy poco, señor profesor. En Panamá solo ganan un peso por semana y generalmente reciben poco más de un cuarto por cada ostra que contenga una perla. Y nada por las vacías que son muchas. ¿Poco más de un cuarto a esos pobres que enriquecen a sus amos? Esto es odioso.
Así, señor profesor, me dijo el capitán Nemo, vuestros compañeros y vos visitaréis el Banco de Manaar. Y si por acaso algún pescador se ha anticipado, le veremos operar. Convenido, capitán. A propósito, señor Aronnax, ¿no tenéis miedo a los tiburones? ¿Tiburones? exclamé. Me pareció esta pregunta, por lo menos, muy odiosa. Y bien, ¿qué me decís? repuso el capitán. Os debo declarar, capitán, que no estoy muy familiarizado todavía
con ese género de peces. Nosotros, replicó Nemo, estamos hechos a verlos. Y con el tiempo, ya os acostumbraréis también. Por otra parte, iremos armados. Y quizás podremos cazar por el camino algún escualo. Es una casa muy interesante. Con que, hasta mañana, señor profesor. Y muy de madrugada. Después de decirme esto con la mayor indiferencia y soltura, el capitán Nemo abandonó el salón.
Si a cualquiera se le convidara a cazar osos en las montañas de Suiza, diría, muy bien, mañana iremos a cazar osos. Si se tratase de cazar el león en las llanuras del Atlas, o el tigre en los cañaberales de la India, podríamos contestar sencillamente, ajá, ajá, parece que vamos a cazar el tigre o el león. Pero indudablemente que cualquiera pediría un poco de reflexión, antes de aceptar el convite de cazar los tiburones en medio de su elemento natural. Por mi parte, lo que puedo asegurar es que me pasé la mano por la frente para enjugar algunas gotas de sudor frío.
Meditemos, dije para mí, y con calma. Cazar nutrias en los bosques submarinos, como lo hemos hecho en los de la isla de Crespo, pase. Pero correr por el fondo del mar con la certeza de encontrar tiburones es otra cosa. Yo sé muy bien que en ciertos países, como sucede en las islas andamenas, los negros no vacilan en atacar al tiburón con el puñal en una mano y un lazo en la otra, pero tampoco ignoro que muchos no salen vivos de la lucha con tan formidables fieras. Por otra parte, yo no soy un negro, y aun cuando lo fuere, creo que una ligera vacilación por mi parte no estaría de más.
Y los tiburones asaltaban mi imaginación, ante la cual aparecían aquellas terribles mandíbulas armadas con múltiples filas de dientes y capaces de partir un hombre en dos mitades. Sentía ya cierto dolor alrededor de los riñones. No podía yo digerir tan poco la sangre fría con que el capitán Nemo me había hecho tan singular combite como si se tratase de perseguir en el bosque a alguna inofensiva zorra. Pero tengo una salvación, añadía yo para mí, porque Consejo no querrá venir, lo cual me dispensará de acompañar al capitán.
En cuanto a Ned Land, declaro que no abrigaba yo tanta confianza en su cordura. El peligro, por grande que fuese, tenía siempre atractivos para su genio batallador. Proseguí mi lectura en el libro de Cyr, pero no hacía más que ojearlo maquinalmente, viendo entre renglón y renglón unas mandíbulas formidablemente abiertas. En aquel momento Consejo y el Canadiense entraron con ademán sereno y aún alegre, no sabiendo lo que les aguardaba. Por cierto, me dijo Ned Land, que vuestro amigo el capitán Nemo, que mil diantes lleven, acaba de hacernos una proposición muy amable.
Ah, con que ya sabéis. Con permiso del señor, respondió Consejo, el jefe del Nautilus nos ha convidado a visitar mañana en compañía del señor las magníficas pesquerías de Seilan. Lo ha hecho con muy buenos modos, y cual cumplido caballero. Pero... ¿No os ha dicho más que eso? Nada, señor, sino que ya os había hablado también de este paseo. En efecto, dije, y no os ha dado por menores sobre...
Ninguno, señor naturalista. Nos acompañaréis, ¿verdad? Yo, indudablemente, veo que tomáis afición a la cosa, señor Land. Sí, porque debe ser una excursión muy divertida y curiosa. O peligrosa, quizás. Añadí con tono insinuante. ¿Peligrosa? ¿Una excursión sobre un banco de ostras?
Decididamente, el capitán Nemo había creído inútil el hablar de tiburones a mis compañeros. Yo les miré con turbada vista, y como si le faltase ya algún miembro. ¿Debía decirles algo? Me pareció que sí, pero no sabía por dónde empezar. Señor, me dijo consejo, ¿podremos conocer por menores sobre la pesca de las perlas? ¿Sobre la pesca, precisamente? Pregunté. ¿O sobre los incidentes que...?
Sobre la pesca, respondió el canadiense. Antes de entrar en un terreno, conviene conocerlo. Pues bien, sentaos, amigos míos, y voy a deciros lo que el inglés Sir acaba de enseñarme. Ned y consejo se sentaron en el diván, y el canadiense me dijo, Señor profesor, principiat por hacerme el favor de decirme lo que es una perla.
Querido Ned Land, respondí. Para un poeta, la perla es una lágrima del mar. Para los orientales, es una gota de rocío solidificada. Para las damas, es una joya de forma oblonga, de brillo opalino, de materia anacarada, que llevan en el dedo, en el cuello o en las orejas.
Para el químico, es una mezcla de fofato y de carbonato de cal, con un poco de gelatina. Y por último, para los naturalistas, es una simple secreción enfermiza del órgano que produce el nácar en ciertas conchas. Ramificación de los moluscos, clase de los acéfalos, orden de los testáceos, dijo consejo. Precisamente, sabio consejo.
Ahora bien, entre esos testáceos, la oreja de mar iris, las ronboides, las tridácnias, las ostras peñas, en una palabra, todos los moluscos, cuya secreción es el nácar, esa sustancia azul, azulada, violacia o blanca, y que tapiza el interior de sus valvas, son susceptibles de producir perlas. ¿También las almejas? preguntó el canadiense. Sí, las almejas de ciertos ríos, de Escocia, del país de Gales, de Irlanda, de Sajonia, de Bohemia y de Francia.
Bueno es saberlo para tenerlo presente en adelante, respondió el canadiense. Pero, proseguí, el molusco por excelencia que destila la perla es la ostra perlífera, la preciosa pintadina. La perla no es otra cosa que una concreción anacarada, dispuesta en forma globulosa. Unas veces se encuentra adherida a la concha, otras veces se halla incrustada en los pliegues del animal, en cuyo caso está suelta, pero siempre contiene un núcleo duro,
ora sea un óvulo estéril, ora un grano de arena, alrededor del cual la materia anacarada se deposita sucesivamente durante varios años por capas delgadas y concéntricas. ¿Se encuentran muchas perlas en una misma ostra? preguntó Consejo. Sí, muchacho, hay ciertas pintadinas que constituyen un verdadero joyero. Se ha citado una ostra, pero lo dudo, que contenía 150 tiburones.
¿150 tiburones? exclamó Nedland. ¿He dicho tiburones? repuse vivamente. Quiero decir, 150 perlas. ¿Tiburones? no tendría sentido alguno. En efecto, dijo Consejo.
Pero, ¿nos puede decir el señor ahora por qué medios se extraen esas perlas? Se procede de diversos modos, y con frecuencia, cuando las perlas están adheridas a las válvulas, los pescadores las arrancan con pinzas, pero más comúnmente, las pintadinas se extienden sobre esteras de esparto que cubren la playa, mueren así al aire libre, y al cabo de 10 días se encuentran en un estado satisfactorio de putrefacción.
Se sumergen entonces en unos vastos depósitos de agua de mar, y después se abren y se lavan. En este momento comienza el doble trabajo de los raspadores, quienes primero separan las placas de nácar, conocidas en el comercio con el nombre de franca plateada, bastarda blanca y bastarda negra, que se entregan por cajas de 125 a 150 kilogramos. Después, sacan el parénquima de la ostra, lo hacen hervir y lo tamizan para extraer hasta las perlas más pequeñas.
¿El precio de estas perlas varía según su tamaño? preguntó Consejo. No tan solo según su tamaño, respondí, pero también según su forma, según su agua, es decir, su color, y según su oriente. Esto es el brillo aterciopelado y cambiante que les da tan deliciosa vista. Las más bellas se llaman perlas vírgenes o parangones, y se forman aisladamente en el tejido del molusco. Son blancas, con frecuencia opacas, pero a veces de transparencia o palina, y de forma comúnmente esférica o piriforme.
Las esféricas forman los brazaletes, las piriformes sirven para colgantes, y las más preciosas se venden al peso. Por último, en un orden inferior, se clasifican las perlas pequeñas, conocidas con el nombre de aljófar. Se venden por medida, y sirven especialmente para ejecutar bordados sobre los ornamentos eclesiásticos. Pero este trabajo, que consiste en separar las perlas según su tamaño, debe ser largo y difícil, dijo el canadiense. No, amigo mío, este trabajo se ejecuta por medio de once tamises o cribas, llenas de un número variable de agujeros.
Las perlas que quedan en los tamises, de 20 a 80 orificios, son de primer orden. Las que no pasan por los de 100 a 800 son de segundo orden. Y por último, las que quedan en las cribas de 900 a 1000 orificios, constituyen el aljófar. Esto es muy ingenioso, exclamó Consejo, y veo que la división y clasificación de las perlas se verifica mecánicamente. Y podría decirnos el Señor lo que produce la explotación de los bancos de otras perlíferas.
Si hemos de atenernos al libro de Sir, respondí, las pesquerías de Seilán están arrendadas anualmente por la suma de un millón de escualos. De francos, repuso Consejo. Ah sí, sí, de francos. Tres millones de francos. Pero creo que estas pesquerías no producen ya lo que otras veces. Lo mismo acontece con las pesquerías americanas, que en el reinado de Carlos V, producían cuatro millones de francos, reducidos ahora a los dos tercios.
En suma, puede evaluarse en nueve millones de francos, el producto general de explotación de perlas. Pero, preguntó Consejo, ¿acaso no se citan algunas perlas célebres pagadas a muy alto precio? Sí, muchacho, se dice que César ofreció a Servilia una perla apreciada en ciento veinte mil francos de nuestra moneda. Y también he oído referir, dijo el canadiense, que cierta dama de la antigüedad bebía perlas disueltas en vinagre. Cleopatra, respondió Consejo.
Eso no debía tener buen sabor, añadió Nedland. Detestable amigo Ned, replicó Consejo. Pero una copa de vinagre que cuesta millón y medio de francos, es de muy bonito precio. Siento no haberme casado con esa dama, dijo el canadiense, accionando con su brazo en ademán poco tranquilizador. Nedland, el esposo de Cleopatra, exclamó Consejo.
Pero yo he debido casarme, Consejo, respondió seriamente el canadiense. Y no tengo yo la culpa si el negocio no ha salido bien. Había yo comprado un collar de perlas para regalárselo a Cat Tender, mi novia, quien se casó con otro. Pues bien, ese collar no me había costado más que dólar y medio. Y con todo, créame el señor profesor, las perlas de que se componía no hubieran pasado por la criba de veinte orificios.
Mi querido Ned, respondí riendo. Eran perlas artificiales, simples glóbulos de cristal, revestidos interiormente con esencia de oriente. ¿Y esa esencia de oriente debe costar cara? repuso el canadiense. Casi nada, no es otra cosa más que la sustancia anacarada de una concha recogida en agua y conservada en amoníaco. No tiene valor alguno.
Por eso, sin duda, Cat Tender se habrá casado con otro, respondió filosóficamente Maese Land. Pero, dije, para ocuparnos de las perlas de mucho valor, no creo que jamás soberano alguno haya poseído una superior a la que tiene el capitán Nemo. Esta, dijo Consejo, enseñando la magnífica joya encerrada en el armario. Ciertamente que no me equivoco al señalarle un valor de dos millones de... francos, dijo apresuradamente Consejo. Sí, dije, dos millones de francos.
Y sin duda que no habrá costado al capitán más que el trabajo de recogerla. Eje, exclamó Ned Land. Quién sabe si mañana encontraremos su pareja. Va, exclamó Consejo. ¿Y por qué no?
¿De qué me servirían los dos millones a bordo del Nautilus? A bordo no, dijo Ned Land. Pero, en otra parte... Oh, entonces, repuso Consejo moviendo la cabeza. Vamos al grano, dije.
Maese Land tiene razón. Y si vamos a Europa o a América con una perla de algunos millones, esto nos dará grande autenticidad y al propio tiempo, mucho valor a la narración de nuestras aventuras. Lo creo, dijo el canadiense. Pero... Añadió Consejo fijándose en la parte instructiva del asunto.
¿Es peligrosa esa pesca de las perlas? No, me apresuré a responder. Sobre todo cuando se toman ciertas precauciones. ¿Y qué es lo que se arriesga en este oficio? Dijo Ned Land.
El tragar algunas bocanadas de agua salada. Nada más que eso, Ned. Pero, a propósito, exclamé procurando tomar el mismo tono indiferente y sereno del capitán Nemo. ¿Tenéis miedo a los tiburones? Yo, respondió el canadiense.
Un arponero de profesión. Mi oficio consiste en burlarme de ellos. No se trata, añadí, de arponearlos. Levantarlos a bordo de un buque, cortarles la cola a hachazos, abrirles el abdomen, sacarles el corazón y tirarlo al mar. Entonces, ¿se trata de...?
Sí, precisamente. ¿En el agua? En el agua. A fe mía, llevando un buen arpón, algo se podría hacer. Ya sabéis que esos tiburones son unos animales bastante mal conformados.
Es preciso que se vuelvan tripa arriba para zamparos. Y, entretanto, Nedland tenía una manera de pronunciar la palabra zampar que daba escalofríos. Y bien, ¿y tu, consejo? ¿Qué piensas de los tiburones? Yo, dijo consejo, seré franco.
Enhorabuena. Si el señor arrostra a los tiburones, no veo motivo para que su fiel criado no lo haga también en su compañía. Fin del capítulo segundo.