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Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Berne, traducido por Vicente Guimera. Segunda parte, del Pacífico al Atlántico. Esta es una grabación del Ibribox. Todas las grabaciones del Ibribox son del dominio público. Grabado por Víctor Villarraza. Capítulo cuarto. El Mar Rojo.

Durante el día 29 de enero desapareció bajo el horizonte la isla de Seilán. Y el Nautilus, con una velocidad de 20 millas por hora, se deslizó por entre aquel laberinto de canales que separan las Maldivas y la Quedivas. Costeó también la isla de Kitán, tierra de origen madrepórico, descubierta por Vasco de Gama en 1499.

Y una de las 19 principales islas de ese archipiélago de las La Quedivas. Situada entre 19 grados y 14 grados, 30 minutos de latitud norte. Y 69 grados y 50 grados, 72 minutos de longitud este. Habíamos andado hasta entonces 16.220 millas o 7.500 leuas. Desde nuestro punto de partida en los mares del Japón.

Al día siguiente, 30 de enero, cuando el Nautilus volvió a subir a la superficie del océano, no había ya tierra a la vista. Seguía la ruta al nor noroeste, dirigiéndose hacia ese mar de Oman, abierto entre la Arabia y la península India, que sirve de mercado al Golfo Pérsico. Evidentemente era un callejón sin salida posible.

¿Dónde nos conducía, pues, el Capitán Nemo? Yo no hubiera podido decirlo, y el canadiense, ese día, no hallándose muy satisfecho al ver el rumbo que llevábamos, me preguntó dónde íbamos. Vamos, señor Ned, a donde nos conduce el capricho del Capitán. El canadiense respondió,

Ese capricho no podrá conducirnos muy lejos, y si entramos ahí, no tardaremos mucho en volver sobre nuestros pasos. Bueno, volveremos, señor Land. Y si después del Golfo Pérsico quiere el Nautilus visitar el Mar Rojo, ahí tenemos siempre el estrecho de Bab el Mandeb que nos dejará paso.

No os enseñaré, señor, respondió Ned Land, que el Mar Rojo está tan cerrado como el Golfo, puesto que el Hizmo de Suez aún no está abierto, y aunque lo estuviera, un buque misterioso como el nuestro no se aventuraría en aquellos canales cortados por las exclusas.

Así pues, el Mar Rojo no es el camino que nos ha de conducir a Europa. Tampoco he dicho yo que volviéramos a Europa. Pues, ¿qué suponéis? Supongo que después de haber visitado estos curiosos sitios de la Arabia y del Egipto, el Nautilus volverá a bajar al Océano Índico,

quizás a través del canal de Mozambique, quizá a lo largo del canal de las Mascareñas, de modo que gane el Cabo de Buena Esperanza. El canadiense preguntó con particular insistencia, ¿Y una vez en el Cabo de Buena Esperanza?

Toma, penetraremos en ese Atlántico que aún no conocemos. ¿Acaso, amigo Ned, os halláis ya fatigado de este viaje por debajo de las olas y os sentís molesto ante el espectáculo incesantemente variado de las maravillas submarinas? Por lo que a mi respecta vería con mucho disgusto que finalizara este viaje que muy pocos hombres habrán tenido ocasión de ver.

¿Sabéis, señor Aronnax? respondió el canadiense. Que ya hace casi tres meses que nos hallamos aprisionados a bordo de este Nautilus. No, Ned, no lo sé, ni quiero saberlo, ni cuento los días ni las horas. Pero, ¿y la conclusión? La conclusión vendrá en tiempo oportuno, y por otra parte, nada podemos hacer,

y discutimos inútilmente. Si vinierais a decirme, mi valiente Ned, que se nos ofrece una probabilidad de evasión, entraría en discusión con vos. Pero, como no nos hallamos en ese caso, hablándoos con franqueza, no puedo creer que el Capitán Nemo se aventure nunca en los mares europeos.

Por este corto diálogo, podrá comprenderse que, fanático del Nautilus, me había encarnado en la piel de su comandante. Por lo que a Ned Lann se refiere, terminó la conversación con estas palabras en forma de monólogo. Pero, a mi parecer, donde no hay espontaneidad, no hay placer. Durante cuatro días, hasta el 3 de enero, permaneció el Nautilus visitando el mar de Oman

a diversas profundidades y con distinta velocidad, marchando al acaso, como si hubiera titubeado en el camino que debía seguir, aunque sin pasar nunca el trópico de cáncer. Al dejar este mar, estuvimos algunos momentos contemplando a Mascate, la más importante ciudad del país de Oman.

Miré su extraño aspecto en medio de las rocas negras que la rodean, y sobre las cuales se destacan en blanco sus casas y sus fuertes. Distinguí la redonda cúpula de sus mezquitas, la elegante punta de sus minaretes, sus frescos terrados llenos de verdor. Pero todo esto no fue más que una especie de visión,

porque el Nautilus se sumergió bien pronto bajo las olas de aquellos sombríos parajes. Después, caminó a una distancia de seis millas de las costas arábicas de Mahra y Hadramán, y su ondulada línea de montañas, donde se ostentaban algunas antiguas ruinas. El 5 de febrero, entrábamos por fin en el Golfo de Aden, verdadero embudo introducido en el estrecho de Bab el Mandev,

que deja paso de las aguas indias al Mar Rojo. El 6 del mismo mes, flotaba el Nautilus a la vista de Aden, colgado sobre un promontorio reunido al continente por un ítimo estrecho, especie de Gibraltar inaccesible, cuyas fortificaciones han rehecho los ingleses después de apoderarse de él en 1839.

Pude entrever los minaretes octógonos de esta ciudad, que fue en otro tiempo el depósito comercial más rico de la costa, según dice el historiador Edrici. Bien creía yo que el Capitán Nemo, llegado hasta aquel punto, iba a volver atrás, pero me engañaba, y con gran sorpresa mía, al siguiente día, 7 de febrero,

embocábamos en el estrecho de Bab el Mandev, cuyo nombre quiere decir en árabe, la Puerta de las Lágrimas. De 20 millas de ancho, cuenta a apenas 52 kilómetros de longitud, y lanzado el Nautilus a toda velocidad, pudo franquearle en menos de una hora, pero no vi nada, ni aún esa isla de Perim que el gobierno británico ha fortificado

para hacer más inexpugnable la posición de Aden. Surcaban aquel estrecho pasaje muchos vapores ingleses y franceses, de la línea de Suez a Bombay, a Calcuta, a Melbourne, a Bourbon y a Mauricio, y no pudiéndose mostrar el Nautilus, se mantuvo prudentemente entre dos aguas. Por fin, al mediodía, surcábamos las aguas del Mar Rojo.

El Mar Rojo, el lago célebre de las tradiciones bíblicas, no refrescado gran cosa por las lluvias, ni alimentado por ningún río importante, mermado incesantemente por una evaporación excesiva, que le hace perder cada año una masa líquida de metro y medio de altura. Golfo singular que, cerrado y en las condiciones de un lago,

quedaría tal vez enteramente desecado, inferior en esto a sus vecinos, el Caspio y el Asfáltico o Muerto, en los cuales el nivel ha bajado solamente al punto en que la evaporación es precisamente igual a la masa de aguas recibidas en su seno. El Mar Rojo tiene 2.600 kilómetros de longitud, con una anchura media de 240.

En tiempos de los Ptolomeos y de los emperadores romanos, fue la gran arteria comercial del mundo, y la canalización del IZMO le devolverá su antigua importancia, que los railways de Suez le han reconquistado ya en parte. No me esforcé en comprender por qué raro capricho

se decidió el capitán Nemo a llevarnos a este golfo, y aprobé sin reserva la entrada del Nautilus en aquel sitio. Tomó una marcha moderada, ahora flotando en la superficie, ahora sumergido, para evitar algún navío, y pude observar así lo exterior y lo interior de aquel mar tan curioso.

El 8 de febrero, a las primeras horas de la mañana, descubrimos a Moca, población al presente arruinada, cuyas murallas caen al solo estampido del cañón, y que abrigan aquí y allá algunas verdes datileras, ciudad importante en otro tiempo,

que contenía seis mercados públicos, 26 mezquitas, formando con sus murallas, defendidas por 14 fuertes, un cinturón de tres kilómetros próximamente. Se aproximó enseguida el Nautilus a las riberas africanas, donde la profundidad del mar es mayor,

y allí, entre dos aguas, de una limpidez cristalina, con las ventanas abiertas, pudimos contemplar admirables enramadas de brillantes corales, y vastos muros de rocas, revestidas con un espléndido forro verde de algas y de fucos.

Cuán indescriptible espectáculo y qué variedad de paisajes en el enrazamiento de aquellos escollos e islotes volcánicos que confinan con la costa de Libia. Pero donde esas arborizaciones aparecieron en toda su belleza fue por las costas orientales,

donde el Nautilus no tardó en llegar hacia las costas de Tejama, porque entonces no sólo florecían todas esas arborizaciones de zoófitos bajo el nivel del mar, sino que formaban también pintorescos cruzamientos que se desarrollaban a más de diez brasas sobre la superficie,

más caprichosos, pero menos coloreados que aquellos cuya frescura se hallaba mantenida por la húmeda vitalidad de las aguas. ¿Cuántas horas de expansión y de encanto pasé de este modo en los cristales del Gran Salón? ¿Cuántas muestras nuevas de la flora y de la fauna submarina

admiré bajo el brillo de nuestro fanal eléctrico? Fungias agariciformes, actiñas u ortigas de mar de color de pizarra, entre otros el Thalassiantus aster, los tubíporos dispuestos como flautas y esperando sólo el aliento del dios Pan.

Conchas particulares a estos mares que se establecen en las excavaciones madrepóricas y cuya base está contorneada en espiral corta y mil tipos por fin de un polípero que aún no había observado, la esponja vulgar. La clase de las esponjas, primera del grupo de los pólipos,

ha sido precisamente creada para este precioso producto cuya utilidad es incontestable. No es la esponja un vegetal, como lo admiten todavía algunos naturalistas, sino un animal del último orden, un polípero inferior al del coral. Y no siendo dudosa su animalidad,

no se puede adoptar la opinión de los antiguos, que le miraban como un ser intermediario entre la planta y el animal, debiendo decir, sin embargo, que los naturalistas no están de acuerdo sobre el modo de organización de las esponjas. Para los unos es un polípero, y para otros, como Mil Edwards,

es un individuo aislado y único. La clase de los esponjarios contendrá aproximadamente 300 especies, que se encuentran en diversos mares y aún en ciertas corrientes de agua donde han recibido el nombre de fluviales, pero sus aguas predilectas son las del Mediterráneo,

archipiélago griego, costa de Siria y Mar Rojo. En esos puntos se reproducen y desarrollan esas esponjas finísimas y suaves, cuyo valor se eleva hasta 150 francos. La esponja rubia de Siria, la esponja dura de Berbería, etc. Y ya que yo no podía estudiar esos zoófitos en las escalas de Levante,

de donde nos hallábamos separados por el Istmo de Suez, me contenté observándolas en las aguas del Mar Rojo. Llamé pues a consejo a mi lado, mientras que el Nautilus, a una profundidad media de 8 a 9 metros, pasaba razando lentamente por todas aquellas hermosas rocas de la costa oriental.

Allí crecían las esponjas de todas formas, las esponjas pediculares, foliáceas, globulosas, justificando con bastante exactitud esos nombres de canastilla, de calis, de rueca, de cuerno de ante, de pie de león, de cola de pavo real, de guante de Neptuno,

que les han atribuido los pescadores, más poetas que los sabios. Escapabanse a cada momento de su tejido fibroso, bañado de una sustancia gelatinosa medio fluida, pequeños chorros de agua, que después de haber llevado la vida a cada celdilla, eran repelidos por movimientos de contracción.

Esa sustancia desaparece después de la muerte del pólipo y entra en putrefacción, desprendiendo a amoníaco. Solo quedan entonces esas fibras córneas o gelatinosas, de que se compone la esponja doméstica, que toma un tinte rojizo, y que se emplea en diversos usos, según su grado de elasticidad,

permeabilidad o de resistencia a la maceración. Estos políperos estaban adheridos a las rocas, a las conchas de los moluscos y a los tallos del hidrófito, y guarnecían las más pequeñas fragosidades, presentándose, unas enderezándose o pendientes,

cual excrescencias coralinas. Enseñé a consejo que esas esponjas se pescaban de dos maneras, a la draga y a mano. Este último método, que necesita el empleo de los busos, es preferible porque respetando el tejido del polípero

le deja un valor muy superior. Los otros zoófitos que pululaban cerca de los esponjarios consistían principalmente en medusas de una especie muy elegante, los moluscos estaban representados por varias especies de calamares, que según Orbiguí son especiales al mar rojo,

y los reptiles por tortugas virgata, pertenecientes al género de las quelonias, que suministraban en nuestra mesa un manjar suave y delicado. Por lo que hace a los peces eran numerosos y muchas veces notables. He aquí los que solían penetrar más frecuentemente en las redes del Nautilus. Rayas, entre las cuales las de forma oval de color de ladrillo,

cuyo cuerpo se haya sembrado de manchas azules desiguales y que pueden conocerse por su doble aguijón en forma de sierra. Arnax, de lomo plateado, pastinacas, de cola puntiaguda, Bocats, vastas mantas largas de dos metros que oscilaban en las aguas, Anodontes, absolutamente desprovistos de dientes,

especies de cartilaginosos que se acercan a la lija, Ostraciones dromedarios, cuya córcova termina por un aguijón encorvado de un pie y medio de largo, Ofidias, verdaderas murenas de cola plateada, de azulado lomo y pectorales oscuras, bordadas por una lista gris. Fiátola, especie de estromateas, listadas con rayitas de oro

y adornadas con los tres colores de la bandera francesa. Los blémitos garamitos, largos como de unos cuatro decímetros, Magníficas caballas, adornadas con siete anchas listas transversales de un magnífico negro, nadaderas azules y amarillas, y escamas de oro y de plata. Centrópodos, salmonetes de cabeza amarilla, escaros, labros, balistes, gubios y otros mil peces,

comunes a los océanos que habíamos atravesado ya. El Nautilus flotaba el 9 de febrero en la parte más ancha del Mar Rojo, comprendida entre Zohaquín en la costa oeste y Cuomfodá en la costa este, en un diámetro de 190 millas. Al mediodía el capitán Nemo subió a la plataforma donde yo me encontraba,

y me propuse no dejarle marchar sin presentir por lo menos sus ulteriores proyectos. Se acercó luego que me hubo visto, me ofreció un cigarro y me dijo, ¿Qué tal, señor profesor, os agrada el Mar Rojo? ¿Habéis observado con detención las maravillas que cubre, sus peces y sus zoófitos, sus parterres de esponjas y sus bosques de coral?

¿Habéis entrevisto las ciudades que se levantan en las costas? Sí, capitán Nemo, respondí, y el Nautilus se ha prestado perfectamente a ese estudio. ¡Ah, es un buque inteligente! Ciertamente, caballero, inteligente, audaz e invulnerable. No teme las terribles tempestades del Mar Rojo, ni sus corrientes, ni sus escoyos.

En efecto, dije, este mar está citado como uno de los más peligrosos, y si mal no recuerdo, en épocas antiguas era su fama detestable. Detestable, señor Aronax. Los historiadores griegos y latinos hablan pestes de él. Y Estrabón dice que particularmente es duro en las épocas de los vientos etecios y en la estación de las lluvias. El árabe Edrisi, que le pinta bajo el nombre de Golfo de Colzón,

refiere que los navíos perecían en gran número en los bancos de arena, y que nadie se aventuraba a navegar allí por la noche, y añade que es un mar sujeto a espantosos huracanes, sembrado de islas inhospitalarias, y que nada bueno ofrece ni en sus profundidades ni en su superficie. Opinión que profesan también a Riano, a Gatárquides y a Artemidoro.

Bien claro se puede ver, repliqué, que esos historiadores no han navegado en el Nautilus. Sin duda, respondió sonriendo el capitán. Y bajo ese aspecto no están mucho más adelantados los modernos que los antiguos, habiendo necesitado muchos siglos para hallar la potencia mecánica del vapor. ¿Quién sabe si dentro de cien años se verá un segundo Nautilus?

Porque los progresos son muy lentos, señor Aaron Nax. No lo niego, respondí. Vuestro navío adelanta un siglo, o quizá muchos, a su época. Qué desgracia que semejante invento haya de morir con su autor. El capitán no me respondió.

Y después de algunos minutos de silencio dijo, ¿Me habéis hablado de la opinión de los antiguos historiadores acerca de los peligros que ofrece la navegación del Mar Rojo? Sí, respondí. Pero, ¿no eran exagerados sus temores? Sí y no, señor Aaron Nax.

Me respondió el capitán Nemo, que me pareció poseía a fondo su Mar Rojo. Lo que no es peligroso para un navío moderno bien acondicionado, sólidamente construido, dueño de su dirección gracias al vapor, obediente, ofrecía muchos peligros de todas clases a los buques de los antiguos. Conviene para comprender esto, representarse a los primeros navegantes,

que se entregaban al mar en barcas hechas de tablas, sujetas con cuerdas de palmera, calafateadas con resinas y barnizadas con grasa de perros marinos. No tenían instrumentos para averiguar la dirección y caminaban a merced de las corrientes, que apenas conocían. En tales condiciones eran y debían ser numerosos los naufragios. Pero en nuestros tiempos, los vapores que hacen servicio entre Suez y los mares del sur,

no tienen ya nada que temer en ese golfo, a despecho de los vientos contrarios. Sus capitanes y sus pasajeros no se preparan ya al partir por medio de sacrificios propiciatorios, y no van tampoco a la vuelta adornados de guirnaldas y banderolas doradas a dar gracias a los dioses en el inmediato templo. Convengo en ello, dije, y me parece que el vapor ha matado el reconocimiento en el corazón de los marinos.

Y ya que parecéis haber estudiado especialmente este mar, ¿no podríais, capitán, indicarme cuál es el origen de su nombre? Hay, señor Aronnax, muchas explicaciones respecto a ese punto. ¿Queréis conocer la opinión de un cronista del siglo XIV? Con mucho gusto.

Pretende ese caprichoso que le fue dado este nombre después del paso de los israelitas, cuando faraón pereció en las olas, que se volvieron a cerrar por orden de Moisés. En señal de este prodigio se convirtió la mar en roja y amarilla, y en adelante no lo supieron llamar de otro modo que el rojo mar. Esa es una explicación de poeta, capitán Nemo, respondí.

Mas no podría yo contentarme con ella, y os pregunto cuál es vuestra opinión personal. Aquí está. A mi parecer, señor Aronnax, se debe ver en esa designación del mar rojo la traducción de la palabra hebrea Edom. Y si los antiguos le dieron este nombre, fue a causa de la coloración particular de sus aguas. Hasta ahora no he visto con todo esto más que olas límpidas y sin ningún tinte particular.

Verdad es, solo que adelantándose hacia el fondo del golfo, podréis notar ese singular aspecto. Y recuerdo que he visto la bahía de Thor enteramente roja, como un lago de sangre. ¿Y atribuís este color a la presencia de una alga microscópica? Sí. Es una materia musilaginosa purpuria, producto de esas pequeñuelas plantitas, conocidas con el nombre de tricodesmias, de las cuales se necesita reunir 40.000

para ocupar el espacio de un milímetro cuadrado. Tal vez las encontraréis cuando estemos en la bahía de Thor. Así pues, capitán Nemo, ¿no es esta la primera vez que recorreis el mar rojo a bordo del Nautilus? No, señor. Entonces, puesto que me habéis hablado del paso de los israelitas y de la catástrofe de los egipcios,

os preguntaré si habéis reconocido bajo las aguas las huellas de ese gran suceso histórico. No, señor profesor, y por una razón poderosa. ¿Cuál? Que el punto mismo por donde Moisés ha pasado con todo su pueblo está ahora tan enarenado que apenas pueden bañarse allí los pies los camellos.

Y ya comprendéis que mi Nautilus no tendría bastante agua. ¿Y dónde es ese sitio? Pregunté. Ese paso se haya situado un poco más arriba de Suez, en ese brazo que formaba en otro tiempo una profunda encenada

cuando el mar rojo se extendía hasta los Lagos Amargos. Milagroso o no el paso de los israelitas, la verdad es que por allí pudieron ganar la tierra prometida, pereciendo precisamente en ese sitio el ejército del faraón. Soy pues de opinión que si se practicaran escrupulosas investigaciones

en medio de esas arenas se descubrirían indudablemente una gran cantidad de armas e instrumentos de origen egipcio. Evidente es eso, respondí. Y debemos esperar que los arqueólogos harán tarde o temprano esas investigaciones cuando se establezcan nuevas ciudades en ese itismo,

después de abierto el canal de Suez, que es bien inútil por cierto para un buque como el Nautilus. Cierto, pero es útil al mundo entero, dijo el capitán Nemo. Los antiguos habían comprendido la utilidad de establecer una comunicación entre el Mar Rojo y el Mediterráneo

para sus negocios comerciales. No pensaron en abrir un canal directo y tomaron el Nilo por intermediario. Probablemente el canal que reunía el Nilo con el Mar Rojo fue empezado en el tiempo de Sesostris, si se le ha de creer a la tradición. Lo cierto es que 615 años antes de Jesucristo

emprendió Nekao los trabajos de un canal alimentado por las aguas del Nilo a través de la llanura de Egipto que mira a la Arabia. Ese canal se remontaba en cuatro días y era tal su anchura que podían pasar de frente dos triremes.

Fue continuado por Darío, hijo de Isaspes y acabado probablemente por Tolomeo II. Estrabón llegó a verle empleado en la navegación, pero la poca pendiente que había entre su punto de partida cerca de Bubasto y el Mar Rojo

le hacía navegable solo durante algunos meses. Sirvió este canal al comercio hasta el siglo de los Antoninos, abandonado, enarenado, restablecido de nuevo por las órdenes del Califa Omar, fue definitivamente cegado en 761 o 762 por el Califa Al-Manzor, que quiso impedir la llegada de los víveres

a Mohammed Bem Abdallah, que se había sublevado contra él. Durante la expedición de Egipto, vuestro general Bonaparte volvió a hallar los vestigios de esos trabajos en el desierto de Suez, y sorprendido por la marea, estuvo a punto de perecer

algunas horas antes de llegar a Hadjaroth, allí mismo donde Moisés había acampado 3.300 años antes que él. Y bien, capitán, lo que los antiguos no se habían atrevido a emprender, la unión de entrambo mares que abreviara en 9.000 kilómetros el camino de Cádiz a las Indias, lo ha hecho Leseps,

que por este medio habrá cambiado dentro de poco el África en una inmensa isla. Sí, señora Ronnax, tenéis motivo para mostraros enorgullecido por vuestro compatriota, hombre que honra más a una nación que los grandes capitanes. Como muchos otros, ha empezado por hallar disgustos y negativas

entre los imposibilistas, pero ha triunfado porque tiene el genio de la voluntad. Y es tristísimo pensar que esa obra que hubiera debido ser una obra internacional, bastante a ilustrar un reinado, haya necesitado solo para su éxito la energía de un solo hombre.

Gloria, pues, a Fernando Leseps. Sí, Gloria ese gran ciudadano, respondí, sorprendido al escuchar el acento solemne con que el capitán Nemo había hablado. Desgraciadamente, repuso.

No puedo conduciros a través del canal de Suez, pero podréis distinguir los largos muelles de Port Said pasado mañana cuando lleguemos al Mediterráneo. ¿Al Mediterráneo? exclamé. Sí, señor profesor, os asombra eso.

Me asombra pensar que estaremos allí pasado mañana. ¿De veras? Sí, aún cuando debiera haberme acostumbrado a no asombrarme de nada desde que estoy a bordo de vuestro buque. ¿Y por qué halláis eso sorprendente?

Porque me parece espantosa la velocidad que habréis de imprimir al Nautilus si ha de hallarse pasado mañana en el Mediterráneo, habiendo dado vuelta al África y doblado el Cabo de Buena Esperanza. ¿Quién nos dice que dará la vuelta al África, señor profesor? ¿Quién habla de doblar el Cabo de Buena Esperanza?

¿A menos que el Nautilus navegue por tierra firme y pase por cima del Istmo? ¿O por debajo, señora Ronnachs? ¿Por debajo? ¡Sin duda! respondió con mucha tranquilidad el capitán Nemo. ¿Hace ya mucho tiempo que la naturaleza ha hecho

con esa lengua de tierra lo que hacen hoy los hombres en su superficie? ¿Cómo? ¿Existe algún paso? Sí, un paso subterráneo que he llamado Túnel Arábigo, que empieza un poco más abajo de Suez

y conduce al Golfo de Pelusa. ¿Pero este Istmo está compuesto solo de arenas movedizas? Hasta cierta profundidad, pero a cincuenta metros se encuentra ya un asiento de roca inquebrantable. ¿Y habéis descubierto por casualidad ese paso?

Pregunté cada vez más sorprendido. Casualidad y razonamiento, señor profesor. Y aún más razonamiento que casualidad. Os estoy escuchando, capitán, y se resisten mis oídos a lo que están oyendo.

Ah, señor, tienen oídos y no oyen. Esta frase es aplicable a todos los tiempos. No solo existe ese paso, sino que le he aprovechado ya muchas veces. Y a no ser por esta circunstancia, no me hubiera aventurado en este callejón del Mar Rojo.

¿Será indiscreto preguntaros cómo habéis descubierto el túnel? Señor, me respondió el capitán, no puede haber nada secreto entre personas que no han de separarse jamás. No quise oponer nada a semejante insinuación.

Y esperé la relación del capitán Nemo. Señor profesor, me dijo, es un sencillo razonamiento de naturalistas lo que me condujo a descubrir lo que conozco yo solo. Había notado que en el Mar Rojo y en el Mediterráneo

existían muchos peces de especies absolutamente idénticas. Los ofidios o doncellas, las fiátolas, las girelas, las persegas, los joeles, los hoyos marinos. Bien asegurado de este hecho, me pregunté si existiría comunicación entre ambos mares.

Y si realmente existía, la corriente subterránea debía forzosamente ir del Mar Rojo al Mediterráneo, por la diferencia de nivel. Pesqué pues un gran número de peces en las inmediaciones de Suez, y después de pasarles por la cola un anillo de latón,

los volvía a echar al mar. Algunos meses más tarde volví a coger en las costas de Siria algunas muestras de mis pececillos, adornados con su anillo indicador, lo que me demostraba evidentemente la comunicación entre ambos mares.

La busqué pues con mi nautilus, la descubrí, me aventuré en ella, y dentro de poco, señor profesor, habréis pasado también mi túnel arábigo. Fin del capítulo cuarto.

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