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Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Berne, traducido por Vicente Guimará. Segunda parte, del Pacífico al Atlántico. Esta es una grabación del Ibribox. Todas las grabaciones del Ibribox son del dominio público. Grabado por Víctor Villarraza. Capítulo V. El túnel arábigo.

Aquel mismo día repetí a Consejo y a Ned Land la parte de aquella conversación que más directamente les interesaba. Cuando les manifesté que dentro de dos días estaríamos en medio del Mediterráneo, Consejo batió las palmas. Pero el canadiense se encogió de hombros. Un túnel submarino, exclamó. Una comunicación entre los dos mares. ¿Quién ha oído hablar de semejante cosa?

Amigo Ned, respondió Consejo. ¿Habíais oído nunca hablar del Nautilus? No. Y sin embargo existe. No os encojáis, pues, tan pronto de hombros. Y no reuséis la posibilidad de cosas nuevas, con el fútil pretexto de que no habéis oído jamás hablar de ellas. Allá veremos, respondió Ned Land, meneando la cabeza.

Después de todo, no deseo otra cosa que convencerme de la existencia de ese pasaje. Y haga el cielo que el capitán nos lleve en efecto al Mediterráneo. Aquella misma tarde, por los 24 grados 30 minutos de latitud norte, el Nautilus, flotando en la superficie del mar, se aproximó a la costa árabe. Apercibía a Jeddah, importante factoría de Egipto, de Siria, de Turquía y de la India. Distinguí con bastante claridad el conjunto de sus construcciones.

Los navíos, amarrados a lo largo de los malecones y aquellos que, sacándoles del agua, quedaban varados en la playa. El sol, ya bastante bajo en el horizonte, iluminaba las casas de la villa, haciendo resaltar su blancura. En las afueras, algunas barracas hechas de palos o de cañas indicaban el barrio habitado por los beduinos. Bien pronto, Jeddah se envolvió en las sombras del crepúsculo, y el Nautilus se sumergió en aquellas aguas ligeramente fosforecentes. Al día siguiente, 10 de febrero, aparecieron muchos navíos que llevaban un rumbo opuesto al nuestro.

El Nautilus volvió a emprender su navegación submarina, pero al punto de mediodía, estando la mar desierta, se elevó de nuevo hasta su línea de flotación. Acompañado de Ened y de Consejo, fui a sentarme en la plataforma. Al este, mostrábase la costa, como una masa apenas delineada a través de la bruma. Apoyados sobre los costados de la canoa, conversábamos de unas cosas y otras. Cuando Ned Land, tendiendo su mano hacia un punto del mar, me dijo,

¿Veis allí alguna cosa, señor profesor? No, Ned, le respondí, pero ya sabéis que no tengo vuestra vista. Mirad bien, replicó Ned, allá, por la banda de estribor, casi a la altura del fanal. ¿No ves una masa que parece moverse? Efectivamente, dije después de observar con atención, diviso una especie de cuerpo largo y negro en la superficie de las aguas.

Otro Nautilus, dijo Consejo. No, respondió el canadiense. O yo me engaño mucho, o aquello es un animal marino. ¿Hay ballenas en el Mar Rojo? preguntó Consejo. Sí, amigo mío, respondí. Se encuentran algunas veces.

Aquello no es una ballena, replicó Ned Land, que no perdía de vista el objeto señalado. Las ballenas y yo somos antiguos conocidos, y no puede engañarme su andadura. Esperemos, dijo Consejo. El Nautilus se dirige hacia ese lado, y antes de poco sabremos a qué atenernos. En efecto, bien pronto aquel objeto negruzco se veía a una milla de nosotros.

Parecía un gran escoyo caído en Altamar. ¿Qué era aquello? No podía dar aún mi parecer. ¡Ah! ¡Se escapa! ¡Se sumerge! exclamó Ned Land. ¡Mil diablos! ¿Qué animal puede ser ese? ¿No tiene la cola bifurcada como las ballenas o los cachalotes?

Y sus nadaderas parecen miembros truncados. Pero entonces, dije. ¡Bueno! replicó el canadiense. ¡Vedle echado sobre el durso y dando al aire las tetas! Es una sirena, exclamó Consejo.

Una verdadera sirena, por más que os disguste. El nombre de sirena me puso en la pista, y comprendí que aquel animal pertenecía verdaderamente a ese orden de seres marinos, de donde la fábula ha sacado las sirenas, mitad mujeres y mitad peces. No, dije a Consejo. No es una sirena, sino un ser curioso, del que apenas quedan algunas individualidades en el Mar Rojo.

Es un dugongo. Orden de los sirenianos, grupo de los pisiformes, subclase de los monodelfios, clase de los mamíferos, rama de los vertebrados. Respondió Consejo. Y cuando hubo hablado así, ya no tenía más que decir. Nedland miraba siempre sin embargo, y sus ojos brillaban codiciosos a la vista de aquel animal, pareciendo dispuesta su mano a arrojarle su arpón,

y como si esperara el momento de echarse a la mar para atacarle. ¡Aaah! exclamó con voz trémula de emoción. ¡Jamás he matado eso! Todo el arponero estaba en esa palabra. En aquel instante, el capitán Nemo se presentó en la plataforma.

Distinguió al dugongo, y comprendiendo la actitud del canadiense, le dirigió estas palabras. Si tuvieseis un arpón, señor Land, ¿nos quemaría la mano? ¡Vos lo habéis dicho! ¿Os agradaría volver a tomar por un día vuestro oficio de pescador y añadir ese cetáceo a la lista de los que habéis destruido? No me desagradaría.

Pues bien, podéis ensayar. Gracias, señor. Respondió Nedland, cuyos ojos se inflamaron. Solo, repuso el capitán, debo recomendaros que no erréis el golpe, y esto en vuestro propio interés. ¿Pues qué? El dugongo es peligroso, pregunté viendo que el canadiense se encogía de hombros.

Algunas veces sí, respondió el capitán, porque el animal se revuelve y hace su sobrar las barcas de sus perseguidores. Pero este peligro no es temible para el señor Land, que tiene buen ojo y seguridad en el brazo. Le recomiendo, pues, que no yerre al dugongo, porque se le tiene justamente por buen manjar. Y ya sé que el señor Land no detesta las buenas carnes. ¡Calla!

Dijo el canadiense. ¿Con qué ese animal se permite también el lujo de ser bueno para comer? Sí, señor Land. Su carne es muy estimada y se la reserva entre los malayos para la mesa de los príncipes. Por eso, se da a este animal casa con tanto encarnizamiento,

que llega a ser lo mismo que el manatí, su congénere, más raro cada día. Entonces, señor capitán, dijo consejo con mucha formalidad. No convendría perdonarle en interés de la ciencia, por si fuese este casualmente el último de su raza. Tal vez, replicó el canadiense, pero en interés de la cocina valdrá mucho más a cometerle. Hacedlo, pues, señor Land, dijo el capitán Nemo.

En ese momento, siete hombres de la tripulación, mudos e impasibles como siempre, subieron a la plataforma. Uno de ellos llevaba un arpón y una cuerda, semejante a los que emplean los pescadores de ballenas. La canoa salió de su sitio y fue lanzada al mar, tomando seis remeros puesto en sus bancos, mientras que el patrón se ponía al timón. Ned, consejo y yo nos sentamos a popa.

¿No os animáis, capitán? pregunté. No, os deseo buena caza. El bote, impulsado por sus seis remos, se dirigió rápidamente hacia el dugongo, que flotaba entonces a dos millas del Nautilus. Cuando hubo llegado a algunos cables del cetáceo, fue deteniendo su marcha, y los remeros bogaban sin ruido en las aguas tranquilas, mientras Nedland, con su arpón en la mano, fue a colocarse de pie en la proa.

Ordinariamente, el arpón que sirve para herir a la ballena está atado a una cuerda muy larga, que se suelta con rapidez cuando el animal herido la arrastra tras sí, pero en este caso la cuerda solo tenía unas diez brasas, y su extremidad se hallaba clavada a un barrilito, que flotando debía indicar la marcha del dugongo bajo las aguas. Me había levantado y pude observar distintamente al adversario del canadiense.

Aquel dugongo, que lleva también el nombre de alicoro, se parecía mucho al manatí. Su cuerpo blongo terminaba por una cola muy prolongada, y sus nadaderas laterales por verdaderos dedos. Se diferenciaba del manatí en que su mandíbula superior se hallaba armada de dos dientes largos y puntiagudos, que formaban a cada lado colmillos divergentes. Este dugongo, a quien Ned Land se disponía a herir, tenía dimensiones colosales, y su longitud medía lo menos siete metros.

Estaba inmóvil y parecía dormir en la superficie, circunstancia que favorecía su captura. La canoa se acercó prudentemente a tres brasas del animal. Los remos estaban suspendidos. Yo me incorporé a medias. Ned Land, con el cuerpo un poco echado atrás, blandía su arpón con mano ejercitada. De repente se oyó un silbido, y el dugongo desapareció.

El arpón, lanzado con fuerza, no había herido sin duda más que el agua. ¡Mil diablos! gritó furioso el canadiense. ¡Erre el golpe! No, dije, el animal está herido, ved su sangre, pero vuestro dardo no se le ha quedado en el cuerpo. ¡Mi arpón! ¡Mi arpón! gritó Ned Land.

Los marineros bogaron, y el patrón dirigió el bote hacia el barril flotante, y recogido el arpón, la canoa corrió en persecución del animal. Este subía de tiempo en tiempo a la superficie para respirar. La herida no le había debilitado, porque huía con extremada rapidez. La embarcación, impulsada por brazos vigorosos, volaba sobre su pista.

Muchas veces estuvo solo a algunas brasas, y el canadiense se disponía a herirle de nuevo, pero el dugongo se sumergía súbitamente, y era imposible alcanzarle. Puede suponerse cuán sobreexcitada estaría la cólera impaciente de Ned Land, que dirigía al desgraciado animal las más enérgicas maldiciones de la lengua inglesa. Y por mi parte, también sentía mucho ver cómo el dugongo burlaba todas nuestras mañas.

Persiguiósele sin descanso durante una hora, y comenzaba a creer que sería muy difícil apoderarse de él, cuando el animal se vio acometido sin duda por una desgraciada idea de vengarse, que le costó muy cara. Volvióse pues hacia la canoa, para asaltarla a su vez. Semejante maniobra no se le ocultó al canadiense y gritó, ¡Atención! El patrón pronunció algunas palabras en su extraño lenguaje, previniendo sin duda a sus hombres que tuvieran mucho cuidado.

Al llegar a unos 20 pies de la canoa, el dugongo se detuvo. Usmió bruscamente el aire con sus anchas narices colocadas, no en la extremidad, sino en la parte superior de su hocico, y tomando ímpetu se precipitó sobre nosotros. La canoa no pudo evitar el choque, y quedando muy inclinada, embarcó una o dos toneladas de agua, que hubo necesidad de vaciar, pero gracias a la habilidad del patrón, abordada al pies, no se sobró.

Nedland, agarrado a la roda, no dejaba de pinchar con su arpón al gigantesco animal, el que, incrustado los dientes al costado de la canoa, la sacaba fuera del agua, manejándola con la misma facilidad que pudiera hacerlo un león con un cabrito. Estábamos echados los unos encima de los otros, y quién sabe cómo hubiera terminado esta aventura si el canadiense, irritado y encarnizado contra el animal, no hubiese conseguido herirle en el corazón.

Oí el rechinard de sus dientes sobre el forro de acero, y el dugongo desapareció, arrastrando consigo el arpón, pero bien pronto volvió el barril a la superficie, y no tardó tampoco mucho en aparecer el cuerpo del animal vuelto de espaldas. Nos acercamos, y llevándole a remolque, nos dirigimos al Nautilus. Fue preciso emplear aparejos de gran potencia para aizar el dugongo sobre la plataforma.

Pesaba 5.000 kilogramos. Se le descuartizó a la vista del canadiense, que quiso presenciar todos los detalles de la operación. En aquel mismo día me sirvieron en la comida algunas magras de aquella carne, hábilmente aderezada por el cocinero, y me pareció excelente, superior a la de ternera. Al día siguiente, 11 de febrero, se enriqueció también la despensa del Nautilus con una casa delicada.

Vino a caer allí una bandada de golondrinas de mar, de la especie Sterna nilotsia, propia del Egipto, cuyo pico es negro, gris y puntiaguda la cabeza, rodeado el ojo de puntos blancos, la espalda, las alas y la cola morenuzcas, blancos el vientre y la garganta, y las patas rojas. Cogieron también algunas docenas de patos del Nilo, pájaros salvajes muy apetitosos, cuyo cuello y parte alta de la cabeza son blancos manchados de negro.

La velocidad del Nautilus era entonces bastante moderada, y avanzaba, digámoslo así, paso a paso. Observé que el agua del Mar Rojo era cada vez menos salada, a medida que nos acercábamos a Suez. A eso de las cinco de la tarde, pasábamos al norte del Cabo de Ras Mohamed, formado en la extremidad de la Arabia Pétria, comprendida entre el Golfo de Suez y el Golfo de Acavá. El Nautilus penetró en el estrecho de Jubal, que conduce al Golfo de Suez,

y distinguí perfectamente una alta montaña que aparece dominante entre los dos golfos, sobre el Ras Mohamed. Era el monte Oreb, ese Sinaí, en cuya cima vio a Dios Moisés frente a frente, y que se representa uno siempre, en la imaginación, circundado de relámpagos. A las seis, el Nautilus, flotante unas veces, sumergido otras, pasaba a lo largo de Thor, sentado en el fondo de una bahía, cuyas aguas parecían teñidas de rojo,

observación que ya había hecho el Capitán Nemo. Después se hizo de noche, y reinaba un pesado silencio, que interrumpían a veces el chillido del Pelícano y algunos pájaros nocturnos, el ruido de la resaca, que retrocedía irritada contra las rocas, o el gemido lejano de algún vapor, que golpeaba las aguas del Golfo con sus sonoras palas. De ocho a nueve, permaneció el Nautilus a algunos metros debajo de la superficie,

y debíamos hallarnos, según mis cálculos, muy cerca de Suez. A través de los cristales del salón, divisaba fondos de rocas, perfectamente iluminados por nuestra luz eléctrica. Me parecía que el estrecho se angostaba cada vez más. A las nueve y cuarto, había vuelto el buque a la superficie, y subía la plataforma, pues, impaciente por pasar el túnel del Capitán Nemo, no podía estarme quieto en ninguna parte, y quería respirar la fresca brisa de la noche.

Muy luego, distinguía en la sombra un fuego pálido, casi descolorido por la bruma, que brillaba a una milla de nosotros. Un faro flotante, dijeron cerca de mí. Me vuelvo y reconocí al Capitán. Es el faro flotante de Suez. Continuó. No tardaremos en llegar al orificio del túnel. No será fácil la entrada. No, señor. Por eso, tengo la costumbre de colocarme en la casilla del timonel, y dirigir yo mismo las maniobras.

Y ahora, si queréis descender, señor Aaron Nax, va el Nautilus a sumergirse bajo las olas, y no volverá a subir a la superficie, hasta después de haber pasado el túnel arábigo. Seguí al Capitán Nemo. Se rose la escotilla, se llenaron de agua los receptáculos, y el barco se sumergió a la profundidad de diez metros. En el momento en que me disponía a entrar en mi camarote, el Capitán me detuvo. Señor profesor, me dijo, ¿os agradaría acompañarme en la casilla del timonel? No me atrevía a pedíroslo, respondí.

Venid, pues, veréis de este modo todo lo que se puede ver en esta navegación, a la vez subterrestre y submarina. El Capitán me condujo por la escalera central. Hacia la mitad abrió una puerta, siguió los callegones superiores, y llegó a la casilla del timonel, que, como sabemos, se levantaba a la extremidad de la plataforma. Era una especie de garita de seis pies por lado, semejante a las que ocupan los timoneles de los steamboats del Mississippi o de Hudson. En el centro se levantaba verticalmente una rueda engranada sobre los guardines del gobernalle, que corrían hasta la popa del Nautilus. Cuatro tragaluces de vidrios lenticulares abiertos en las paredes de la garita permitían al hombre del timón mirar en todas direcciones.

Esta garita estaba oscura, pero bien pronto mis ojos se acostumbraron a esta oscuridad, y apercibí al timonel, hombre vigoroso, que apoyaba sus manos sobre las llantas de la rueda. Por la parte de afuera, el mar aparecía vivamente iluminado por el fanal eléctrico, que brillaba detrás de la garita al otro extremo de la plataforma. Ahora, dijo el capitán Nemo, busquemos nuestro pasaje. Y los eléctricos ponían en comunicación la casilla del timonel con el cuarto de las máquinas, y desde allí podía el capitán Nemo comunicar a su Nautilus la dirección y el movimiento. Oprimió un botón metálico, y en el instante la velocidad de la hélice disminuyó notablemente.

Yo miraba en silencio la alta y escarpada muralla que flanqueábamos en aquel momento, inquebrantable base de la gran masa de arena de la costa. La seguimos de este modo durante una hora, a algunos metros de distancia solamente. El capitán Nemo no apartaba sus ojos de la brújula, suspendida en la garita con sus dos círculos concéntricos. A un simple gesto suyo, el timonel modificaba a cada instante la dirección del Nautilus. Yo me había colocado en el tragaluz de babor, y distinguí magníficas substrucciones de corales, de zoófitos, de algas y de crustáceos, agitando sus enormes patas que salían fuera de las anfractuosidades de la roca.

A las diez y cuarto el capitán Nemo se agarró a la caña. Una larga galería, negra y profunda, se abría delante de nosotros. El Nautilus penetró en ella osadamente. Un ruido insólito se oía en sus costados. Eran las aguas del Mar Rojo, que la pendiente del túnel precipitaba hacia el Mediterráneo.

El Nautilus, arrastrado por la corriente, se deslizaba rápidamente, como una saeta, a pesar de los esfuerzos de la máquina, que para resistir azotaba las aguas a contra hélice. Sobre los muros de aquel estrecho pasaje no vi más que líneas rectas brillantes, surcos de fuego, trazados por la velocidad bajo el resplandor eléctrico. Mi corazón palpitaba con violencia y le oprimía con la mano. A las diez y treinta y cinco minutos el capitán Nemo, abandonando la rueda del gobernalle y volviéndose hacia mí, dijo El Mediterráneo.

En menos de veinte minutos el Nautilus, arrastrado por aquel torrente, había franqueado el Istmo de Suez. Fin del capítulo quinto.

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