Chapter 30
Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne, traducido por Vicente Guimera. Segunda parte, del Pacífico al Atlántico. Esta es una grabación del Ibribox. Todas las grabaciones del Ibribox son del dominio público. Grabado por Víctor Villarraza. Capítulo sexto, el archipiélago griego.
Al despuntar el día siguiente, 12 de febrero, el Nautilus subió a la superficie de las aguas. Yo me dirigí precipitadamente a la plataforma. A tres millas hacia el sur se delineaba los vagos contornos de Pelusa. Un torrente nos había empujado de un mar a otro, pero este túnel, fácil para el descenso, debía ser completamente inútil e impracticable para la subida.
A eso de las siete se me reunieron Ned y Consejo. Estos dos inseparables compañeros habían dormido tranquilamente, sin preocuparse de las proezas del Nautilus. —¿Y bien, señor naturalista?— preguntó, en tono algún tanto zumbón el canadiense. —¿Y el Mediterráneo?— flotamos en su superficie, amigo Ned. —¿Cómo?— dijo Consejo. —¿Esta misma noche?—
—Sí, esta misma noche y en algunos minutos hemos atravesado este ismo franqueando la valla insuperable. —No lo creo— respondió el canadiense. —Hacéis mal, señor Land— repuse. —Esa costa baja que se divisa hacia el sur es la costa egipcia. —¡A otro perro con ese hueso, señor!—
replicó el tosudo canadiense. —Preciso será creerlo, ya que el señor lo afirma— añadió Consejo. —Además, Ned, el capitán Nemo me ha hecho los honores del túnel y he estado al lado suyo en la garita del timonel, mientras dirigía por sí mismo el Nautilus a través de aquel estrecho callejón. —¿Lo estáis oyendo, Ned?— dijo Consejo.
—Y vos, que tenéis muy buena vista— añadí— podéis, amigo Ned, divisar las escoyeras de Port Said, que se prolongan dentro del mar. El canadiense examinó con atención durante algún tiempo. —En efecto— dijo. —Tenéis razón, señor profesor, y vuestro capitán es un hombre de pro. Estamos ya en el Mediterráneo.
—Muy bien. Hablemos, pues, si gustáis de nuestros íntimos negocios, y hagámoslo de modo que nadie pueda oírnos. Harto bien se dejaba conocer lo que el canadiense quería significar, y jugué que en último término más valía hablar, puesto que tanto lo deseaba. Fuimos, pues, los tres, a sentarnos cerca del fanal, donde nos hallaríamos menos expuestos a recibir la influencia de la humedad. —Ahora, Ned, escuchamos.— Dije. —¿Qué tenéis que comunicarnos?— Lo que tengo que deciros es muy sencillo— respondió el canadiense.
Estamos en Europa, y antes de que el capricho del capitán Nemo nos arrastre hasta el fondo de los mares polares o nos vuelva a la oceanía, a todo trance quiero abandonar el Nautilus. Confesaré que esta discusión con el canadiense me ocasionaba siempre disgusto, pues no quería, por manera alguna, coartar la libertad de mis compañeros. Y, sin embargo, por mi parte, no experimentaba deseo de abandonar al capitán Nemo. Gracias a él, gracias a su barco, completaba cada día mis estudios, y rehacía mi libro referente a los fondos submarinos, en medio de su elemento. ¿Volvería acaso a encontrar tan buena ocasión de observar las maravillas del océano?
Seguramente que no. No podía, pues, acostumbrarme a la idea de abandonar el Nautilus antes de haber agotado nuestro círculo de investigaciones. Amigo Ned, dije, respondedme francamente. ¿Os entristecéis a bordo? ¿Estáis pesarosos de que el destino os haya colocado a merced del capitán Nemo? El canadiense permaneció algunos instantes sin responder, después cruzándose de brazos. Francamente, dijo, no me pesa este viaje por medio de las aguas, y estaré muy satisfecho de haberlo hecho, pero para haberlo hecho, preciso es que esté terminado, y he ahí la causa de mi sentimiento. Terminará, Ned.
¿Dónde y cuándo? ¿Dónde? No lo sé. ¿Cuándo? No puedo decíroslo. O mejor explicado, supongo que acabará cuando no tengan ya los mares cosa alguna que enseñarnos. Todo lo que ha empezado tiene forzosamente un fin en este mundo. Como usted pienso también, exclamó Consejo, y es muy posible que después de haber recorrido todos los mares del globo, el capitán Nemo nos dé suelta a los tres.
Suelta, exclamó el canadiense. ¡Una paliza suelta, habréis querido decir! No exageremos, amigo Land, repliqué. No tenemos nada que temer del capitán Nemo. Pero no participo mucho de las ideas de Consejo. Somos dueños de los secretos del Nautilus, y no espero que su comandante, por devolvernos la libertad, se resigné a verlos recorrer el mundo con nosotros. Pues, entonces, ¿qué esperáis?
preguntó el canadiense. Que llegarán circunstancias que podremos, y aún deberemos aprovechar. Mejor quizá dentro de seis meses que ahora. ¡Ya! exclamó Nedland. ¿Y dónde os parece que estaremos dentro de seis meses, señor naturalista? Tal vez aquí, tal vez en China. Ya sabéis que el Nautilus es un caminante muy ligero. Atraviesa los mares como una golondrina los aires, o un tren express los continentes.
No teme los mares frecuentados, y nadie nos dice que no quiera acercarse a las costas de Francia, de Inglaterra o de América, en donde podríamos tentar la huida más ventajosamente que aquí. Señor Aaron Nax, respondió el canadiense. Vuestros argumentos caen completamente por su base. Vos habláis en futuro. Estaremos aquí, estaremos allá. Yo hablo en presente. Estamos aquí. Y es preciso aprovechar la ocasión. Me hallaba estrechamente encerrado por la lógica de Nedland, y me reconocía abatido en este terreno. No sabía ya qué argumentos usar en mi favor. Señor, continuó Ned.
Supongamos, cosa imposible, que el capitán Nemo os ofrece hoy mismo la libertad. ¿La aceptaríais? No lo sé, respondí. Y si él os dice que la libertad que hoy os ofrece, no volverá a ofrecerosla nunca jamás. ¿Aceptaríais? Yo no respondí. ¿Y qué piensa de esto el amigo consejo?
Preguntó Nedland. El amigo consejo, respondió tranquilamente el digno joven. El amigo consejo no tiene nada que decir. Es absolutamente indiferente a la cuestión. Es célibre como su amo y su camarada Ned. Ni mujer, ni padres, ni hijos le esperan en su país. Él piensa como su señor. Habla como su señor, y a su pesar no debe contarse con él para formar mayoría. Dos personas solamente discuten. El señor por un lado, Nedland por otro. Está dicho.
El amigo consejo escucha y está dispuesto a aceptar lo que se decida. No pude menos de sonreírme al ver a consejo anular tan completamente su personalidad. En realidad, el canadiense debía estar asombrado al no tenerle en contra suya. Entonces caballero, dijo Nedland, puesto que consejo no existe, discutamos los dos. Yo he hablado, vos me habéis escuchado. ¿Qué tenéis que responderme?
Evidentemente era forzoso concluir y los subterfugios me repugnaban. Amigo Ned, dije, he aquí mi respuesta. Vos tenéis razón contra mí, y mis argumentos no pueden sostenerse ni refutar los vuestros. No debemos contar con la buena voluntad del capitán Nemo, y la prudencia, el más vulgar criterio, le impide ponernos en libertad. En cambio, la prudencia nos aconseja que aprovechemos la primera ocasión que se presente de abandonar el Nautilus. Bien, señor Aronnax. Eso está muy cuerdamente dicho.
Solamente, dije, haré una observación, una sola. Es preciso que sea la ocasión oportuna. Es preciso que nuestra primera tentativa de fuga tenga buen éxito. Porque si aborta, de seguro no volveremos a encontrar medios para intentarla de nuevo, y el capitán Nemo no nos la perdonará. Todo eso es muy justo, respondió el canadiense. Pero vuestra observación es aplicable a toda tentativa de fuga, ya tenga esta lugar en el plazo de dos años o en el de dos días.
Así pues, la cuestión es siempre la misma. A saber, si se presenta una ocasión favorable, es forzoso aprovecharla, conformes. Y ahora, Ned, ¿me diréis lo que entendéis por una ocasión favorable? Sería aquella que, en una noche oscura, pasara el Nautilus a corta distancia de una costa europea. ¿Y...tentaríais el salvaros a nado? Sí, con tal que estuviéramos bastante próximos a la playa y que el barco flotara en la superficie.
No si estuviéramos lejos de la costa y si el barco navegara bajo las aguas. ¿Y en tal caso? En tal caso, procuraría apoderarme de la canoa. Ya sé yo cómo se maneja. Nos meteríamos dentro y aflojados los tornillos nos remontaríamos a la superficie, sin que el timonel situado a popa se apercibiese siquiera de nuestra huida. Bien, Ned, espiad pues esta ocasión, pero no olvidéis que un contratiempo nos perdería.
Perdét cuidado, lo tengo presente. Y ahora, Ned, ¿queréis saber todo lo que pienso acerca de vuestro proyecto? Con mucho gusto, señor Aron Knox. Pues bien, pienso, no digo que espero. Pienso que no se presentará ocasión favorable. ¿Y por qué?
Porque el capitán Nemo no puede desconocer que alimentamos la esperanza de recobrar nuestra libertad. Y vivirá siempre estando muy alerta, sobre todo cuando nos hallemos a la vista de las costas europeas. Yo pienso como el señor, dijo Consejo. Allá veremos, respondió Ned Land, sacudiendo la cabeza con aspecto decidido. ¿Con qué?
Ned Land, dije, quedamos en lo dicho. Y ahora ni una palabra más acerca de este asunto. El día en que estéis dispuestos, nos avisaréis y os seguiremos. Confío por completo en vos. Esta conversación, que debía tener más tarde muy graves consecuencias, terminó de este modo.
Debo decir que los hechos vinieron a confirmar mis previsiones, con gran desesperación del canadiense. Desconfiaba de nosotros el capitán Nemo en estos mares frecuentados, o quería solamente ocultarse a la vista de los numerosos buques de todas las naciones que surcan el Mediterráneo. Lo ignoro, mas él se mantuvo casi constantemente entre dos aguas y a larga distancia de las costas. Ahora el Nautilus se elevaba dejando solo al descubierto la garita del Timonel,
o ahora descendía a grandes profundidades, porque entre el archipiélago griego y el Asia Menor no encontramos el fondo a dos mil metros. Así pues, no hice conocimiento con la isla de Karpathos, una de las esporadas, sino por este verso de Virgilio que el capitán Nemo me citó poniendo su dedo sobre un punto del planisferio. Est in Karpathio, Neptunigurgitibates caerulius proteus.
Aquella era en efecto la antigua morada de Proteo, el viejo pastor de los rebaños de Neptuno, ahora la isla de Escarpanto, situada entre Rodas y Creta. No pude ver más que los basamentos graníticos a través de los cristales del salón. Al día siguiente, 14 de febrero, resolví emplear algunas horas estudiando los peces del archipiélago, pero no sé por qué causa las escotillas permanecieron cerradas herméticamente,
y al examinar la posición del Nautilus pude notar que se dirigía hacia Candia, la antigua isla de Creta. En el momento en que me había embarcado en el Abraham Lincoln, acababa de sublevarse esa isla contra el despotismo turco y me hallaba privado de toda comunicación con tierra. La facilidad de adquirir detalles ni por menores. No hice, pues, alusión alguna a este objeto cuando por la noche me hallé solo con él en el salón.
Por otra parte, me pareció taciturno y preocupado, habiendo dispuesto contra toda su costumbre que se abriesen las dos ventanas del salón, desde las cuales observaba, yendo alternativamente de una a otra, con la mayor atención, la masa de las aguas. No podía adivinar qué objeto se proponía con estas investigaciones, y por mi parte aprovechaba los momentos para estudiar los peces que pasaban ante mi vista.
Pude notar, entre otros, esos gubios aciros citados por Aristóteles y vulgarmente conocidos con el nombre de lochas de mar, que se encuentran particularmente en las aguas saladas, próximas al delta y al Nilo. Cerca de ellas se desarrollaban los pagros semifoforecentes, especie de asparos que los egipcios colocaban entre los animales sagrados,
y cuya llegada a las aguas del río, anunciando el venturoso y fecundo desbordamiento, o sea, la inundación, era festejada con ceremonias religiosas. Pude notar igualmente los quailinos largos de tres decímetros, peces óseos de escamas transparentes, cuyo color lívido está mezclado de manchas rojas. Son grandes comedores de vegetales marinos, lo que les hace tomar un gusto exquisito.
También estos quailinos eran muy buscados por los golosos de la antigua Roma, y sus entrañas, guisadas con huevas de murenas, sesos de pavos reales y lenguas de fenicópteros, componían ese divino plato que tanto gustaba a Vitellio. Otro habitante de estos mares atrajo también mi atención, trayendo a mi ánimo todos los recuerdos de la antigüedad.
Fue la rémora que viaja pegada al vientre de los tiburones. Según los antiguos, este pececito, pegado también a la carena de un navío, podía detenerle en su marcha, y uno de ellos, deteniendo el buque de Antonio en la batalla de Acció, facilitó así la victoria de Augusto, en cuán poca cosa están cifrados los destinos de las naciones. También pude observar admirables antías que pertenecen al orden de los luchanes,
peces sagrados para los griegos, que les atribuían la facultad de echar los monstruos marinos de las aguas que frecuentaban. Su nombre significa flor, y lo justificaban con sus colores cambiantes y tornasolados, sus matices comprendidos en la escala del rojo, desde la palidez de la roca hasta el brillo del rubí, y los vivos reflejos que tornasolaban su nadadera dorsal. No podía separar mi vista de aquellas maravillas del mar, cuando de repente quedé sorprendido ante una inesperada aparición.
En medio de las aguas se presentó un hombre, un buzo, que llevaba en su cinturón una bolsa de cuero. No era un cuerpo abandonado a las olas, sino un hombre vivo que nadaba con vigoroso esfuerzo, desapareciendo muchas veces por respirar en la superficie para volver a sumergirse muy luego. Me volví hacia el capitán Nemo y con voz conmovida. —Un hombre, un náufrago —exclamé—, ¡preciso es salvarle a todo precio!
No me respondió el capitán, y vino a apoyarse en la vidriera. El hombre se había vuelto a acercar, y nos miraba con el rostro pegado a los cristales. Con gran sorpresa mía, el capitán Nemo le hizo una señal. El buzo le respondió con la mano, volvió a subir a la superficie del mar y no apareció más. —Nos inquietéis —me dijo el capitán—, es Nicolás del Cabo Matapán, llamado el P.C.
Es muy conocido en todas las ciclades como un atrevido buzo. El agua es su elemento, y más tiempo vive en ella que en tierra, yendo de una isla a otra y hasta Creta. —¿Y le conocéis, capitán? —¿Por qué no, señor Aron Nax? Dicho esto, el capitán Nemo se dirigió hacia un mueble colocado cerca del tabique izquierdo del salón,
a cuya inmediación vi un cofre forrado de hierro que llevaba en la tapa, sobre una placa de cobre, la cifra del Nautilus, con su divisa Móvilis Immóvile. En aquel momento el capitán, sin darse por entendido de mi presencia, abrió aquel mueble, especie de arca, que encerraba gran número de lingotes. Eran lingotes de oro.
¿De dónde venía aquel precioso metal que representaba una enorme suma? ¿Dónde recogía el capitán aquel oro y qué iba a hacer con él? No pronuncié una sola palabra y miraba fijamente. El capitán Nemo tomó uno a uno aquellos lingotes y los colocó metódicamente en el cofre, que quedó enteramente lleno, conteniendo entonces, según mi cálculo, más de mil kilogramos de oro,
es decir, cerca de tres millones de francos. El cofre quedó sólidamente cerrado y el capitán escribió en su tapa unas señas en caracteres que debían ser en griego moderno. Hecho esto, el capitán Nemo apretó un botón, cuyo hilo correspondía con la cámara de los tripulantes. Cuatro hombres se presentaron y con mucho trabajo consiguieron empujar el cofre fuera del salón.
Luego creí oír que le izaban por medio de aparejos en la escalera de hierro. En aquel momento el capitán Nemo se volvió hacia mí. ¿Decía izalgo, señor profesor? me preguntó. Nada decía capitán. Entonces, señor, me permitiréis que os desee buenas noches.
Y con esto el capitán Nemo se salió del salón. Volví a entrar en mi cuarto, muy inquieto como pueden concebirse, y en vano traté de dormir. Busqué durante mucho tiempo qué relaciones podría haber entre la aparición del buzo y aquel cofre lleno de oro. Muy luego conocí en ciertos movimientos de balance y de cabeceo de proa a popa, que abandonando el nautilus las capas inferiores volvía a la superficie de las aguas.
Luego oí un rumor de pasos sobre la plataforma y comprendí que se desprendía la canoa lanzándola al mar. Chocó por algunos momentos con el costado del nautilus y cesó todo ruido. Dos horas después el mismo ruido, las mismas idas y venidas se reproducían, y la embarcación izada a bordo volvía a quedar colocada en su albéolo, sumergiéndose de nuevo el nautilus bajo las olas.
Por este medio, pues, aquellos millones habían sido transportados a su destino. ¿A qué punto del continente? ¿Quién era el corresponsal del capitán Nemo? Al día siguiente referí a Consejo y al canadiense los sucesos de aquella noche, que sobre excitaban mi curiosidad al más alto grado, y mis compañeros no quedaron menos sorprendidos que yo.
¿Pero dónde toma esos millones? Preguntó Nedland. Para esto no había respuesta posible. Me fui al salón después de haberme desayunado, y me puse a trabajar, redactando mis notas hasta las cinco de la tarde. En ese momento sentí un calor extremo, y atribuyéndolo a una causa personal, me quité el vestido de viso.
Efecto incomprensible, porque no nos hallábamos bajo las altas latitudes, y por otra parte, estando sumergido el nautilus, no debía experimentar ninguna elevación de temperatura. Miré al manómetro, que señalaba una profundidad de 60 pies, a la cual no hubiera podido llegar el calor atmosférico. Continué mi trabajo, pero la temperatura fue elevándose, hasta el punto de hacerse intolerable. ¿Acaso habrá fuego a bordo? me pregunté.
Ya iba a dejar el salón, cuando el capitán Nemo entró y aproximándose al termómetro, le consultó, volviéndose hacia mí. ¿Cuarenta y dos grados? dijo. Ya me apercibo de ello, capitán, respondí. Y si este calor sigue aumentando de esta manera, no podremos soportarlo. Va, señor profesor, este calor no aumentará si nosotros no queremos.
¿Con que podéis moderarlo a vuestra voluntad? No, pero podré apartarme del foco que lo produce. Entonces, ¿es exterior? ¿Cómo que nos hallamos en una corriente de agua hirviendo? Es posible, exclamé.
Mirad. Abrieronse las ventanas y vi el mar enteramente blanco alrededor del Nautilus. Un humo de vapores sulfurosos se desenvolvía en medio de las olas hirvientes, como el agua de una caldera. Apoyé mi mano sobre uno de aquellos cristales y el calor era tal que tuve que retirarla inmediatamente. ¿Dónde estamos? pregunté.
Cerca de la isla de Santorini, señor profesor, me respondió el capitán. Y precisamente en ese canal que separa a Nea Kameni de Palea Kameni, he querido proporcionaros el curioso espectáculo de una erupción submarina. Yo creía, dije, que la formación de estas islas nuevas se hallaba terminada. Nada se haya nunca terminado en los terrenos volcánicos, respondió el capitán Nemo.
Y el globo siempre está trabajado por los fuegos subterráneos. Ya en el año 19 de nuestra era, según Casiodoro y Plinio, apareció una isla nueva, Feia la Divina, en el mismo sitio donde recientemente se han formado esos islotes. Después se abismó bajo las olas para volverse a formar el año 69, abismándose de nuevo desde esa época hasta nuestros días.
Quedó en suspenso el trabajo plutoniano, pero el 3 de febrero de 1866 surgió fuera de las aguas un nuevo islote que se llamó el Islote de Jorge, en medio de vapores sulfurosos, próximo a Nea Kamenny, y se soldó allí el 6 del mismo mes. Siete días después, el 13 de febrero, apareció el Islote Afroesa, dejando en medio un canal de 10 metros. Precisamente me hallaba en estos mares cuando se verificó ese fenómeno y pude observar todas sus fases.
El Islote Afroesa, de forma redondeada, medía 300 pies de diámetro por 30 de altura, y se componía de lavas negras y vítreas, mezcladas con fragmentos feldespáticos. Por fin, el 10 de marzo, se presentó cerca de Nea Kamenny, un islote más pequeño llamado Reca, y desde entonces, los tres islotes, soldados juntos, forman una sola isla. Y el canal donde estamos en este momento, pregunté.
Aquí podéis verle, respondió el capitán Nemo, enseñándome el mapa del archipiélago. Ya veis que he puesto aquí los nuevos islotes. ¿Pero se cegará algún día ese canal? Es probable, señor Aaron Nax, porque desde 1866, han surgido ocho pequeños islotes de lava, frente al puerto de San Nicolás de Palea Kamenny.
Es pues evidente que Nea y Palea se reunirán dentro de muy poco, porque si en medio del Pacífico, son los infusorios los que forman los continentes, aquí son los fenómenos eruptivos. Mirad el trabajo que se realiza bajo estas ondas. Me fijé entonces en el cristal.
El Nautilus no caminaba, el calor llegaba a hacerse intolerable. De blanco que estaba el mar, se había puesto rojo, coloración debida a la presencia de una sal de hierro. A pesar de que el salón se hallaba herméticamente cerrado, se desprendía un olor sulfuroso insoportable, y pude distinguir llamas de color escarlata, cuya vivacidad era tal que apagaba los fulgores de la electricidad.
Estaba inundado, me sofocaba, me iba a coser, sí, verdaderamente me sentía a coser. No se puede permanecer ni un momento más en esta agua hirviendo, le dije al capitán. No, no sería prudente, respondió el invasible Nemo. Se dieron las órdenes y el Nautilus viró de bordo, alejándose de aquel horno, que no podía arrostrar impunemente.
Un cuarto de hora más tarde respirábamos en la superficie de las olas. Entonces me ocurrió la idea que si Nedland hubiere escogido aquellos parajes para efectuar nuestra fuga, no hubiéramos logrado salir vivos de aquel mar de fuego. Al día siguiente, 16 de febrero, dejábamos aquel mar que cuenta, entre Rodas y Alejandría, profundidades de 3.000 metros y el Nautilus, pasando ante Cérigo,
abandonaba el archipiélago griego, doblando el Cabo Matapán. Fin del capítulo sexto.