Chapter 31
Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Berne, traducido por Vicente Guimera. Segunda parte, del Pacífico al Atlántico. Esta es una grabación del Ibribox. Todas las grabaciones del Ibribox son del dominio público. Grabado por Víctor Villarraza. Capítulo séptimo. El Mediterráneo en 48 horas.
El Mediterráneo. El Mar Azul por excelencia. El Gran Mar de los Hebreos. El Mar de los Griegos. El Mar Enostrum de los Romanos. Bordado de naranjos, de aloes, de cactus, de pinos marítimos. Embalsamado por el perfume de los mirtos.
Cercado por ásperas montañas. Saturado de un aire puro y transparente. E incesantemente trabajado y conmovido por los fuegos de la Tierra. Es un verdadero campo de batalla. Donde Neptuno y Plutón se disputan todavía el Imperio del Mundo.
Allí, sobre sus costas y en sus aguas, dice Michelette, es donde el hombre se vivifica en uno de los más poderosos climas del globo. Pero por hermoso que sea, no he podido tomar más que una rápida noticia de ese gran lago, cuya superficie cubre dos millones de kilómetros cuadrados. Los conocimientos personales del capitán Nemo también me faltaron,
porque el enigmático personaje no se presentó una sola vez durante esta travesía a gran velocidad. Calculo en 600 leuas próximamente el camino que recorrió el Nautilus en ese mar. Y solo empleó en ese viaje dos veces 24 horas. Abandonando en la mañana del 16 de febrero la Grecia,
el 18 al salir el sol, habíamos atravesado el estrecho de Gibraltar. Fue evidente para mí que este Mediterráneo, abrazado en medio de las tierras que tenía tanto deseo de no volver a habitar, desagradaba al capitán Nemo. Sus olas y sus brisas le traían demasiados recuerdos.
¿Acaso demasiados pesares? Y no ostentaba aquí ya la libertad de modales, la independencia de maniobras que le dejaban los océanos. Viéndose su Nautilus como oprimido entre aquellas costas, cercanas de África y Europa.
Por eso, aunque nuestra velocidad era de 25 millas por hora, o sea, 12 leuas de 4 kilómetros, debió parecerle poca. Y Neddland tuvo que renunciar con gran sentimiento suyo a los proyectos de fuga, pues no podía servirse de la canoa, arrastrada a razón de 12 o 13 metros por segundo.
Dejar el Nautilus en condiciones tales hubiera sido como saltar de un tren en marcha, con la misma rapidez. Maniobra imprubente si las hay. Y nuestro aparato se dirigía solo por las indicaciones de la brújula y de la corredera, subiendo a flor de agua por las noches y únicamente para renovar el aire.
Pude ver tan solo en el interior del Mediterráneo lo que un viajero que camina en tren express puede distinguir en un paisaje que huye ante sus ojos, es decir, los lejanos horizontes, nunca los primeros planos que pasan como el rayo. Consejo y yo con todo esto pudimos observar algunos de aquellos peces del Mediterráneo que por la potencia de sus nadaderas podían mantenerse algunos instantes en las aguas del Nautilus.
Permanecíamos emboscados tras de las vidrieras del salón y mis notas me permiten rehacer en algunas palabras la ictiología de ese mar. De los diversos peces que le habitan a los unos los he visto, llegué a entrever otros y muchos hubo que la velocidad del Nautilus robó a mis ojos. Que me sea pues permitido organizarlos según esa clasificación de capricho
que dará a conocer mejor mis rápidas observaciones. En medio de la masa de las aguas vivamente iluminadas por los focos eléctricos serpenteaban algunas de esas lampeas de un metro de longitud que son comunes a todos los climas. Los oxirincos, especie de rayas, anchos de cinco pies, de blanco vientre, de dorso gris, ceniciento y manchado se desarrollaban como grandes, como vastos chales llevados por las corrientes.
Otras rayas pasaban tan deprisa que no podía darme cuenta si merecerían el nombre de águilas que les fue dado por los griegos o el de ratones, sapos y murciélagos con que los pescadores modernos les han bautizado. Los escualos milandros, largos de 12 pies y muy especialmente temidos por los buzos, competían en rapidez unos con otros.
Los zorros marinos, largos de 8 pies y dotados de una extrema finura de olfato aparecían como grandes sombras azuladas. Las doradas, del género esparo, algunas de las cuales medían hasta un metro y tres decímetros, se presentaban con su traje de plata y azul, rodeado de listas, que se reconocía perfectamente sobre el tono sombrío de sus nadaderas,
peces consagrados a Venus y cuyo ojo está engastado en un cerco de oro. Preciosa especie que habita en todas las aguas, dulces o saladas. En los ríos, en los lagos y en los océanos, que vive en todos los climas, que sufre todas las temperaturas y cuya raza, que remonta a las épocas geológicas de la Tierra, ha conservado toda su belleza de los primeros días.
Unos magníficos esturiones, largos de 9 a 10 metros. Animales que caminan mucho, tropezaban con su poderosa cola en los cristales de las escotillas mostrando su azulado dorso con pequeñas rayas negruzcas. Se parecen a los escualos, cuya fuerza no llegan a tener, y se hallan en todos los mares. En la primavera llegan a remontar los grandes ríos,
luchando contra las corrientes del Volga, del Danubio, del Po, del Rin, del Loire, del Oder, alimentándose con arenques, caballas, salmones y gados. Aunque pertenecen a la clase de los cartilaginosos, son delicados. Se comen frescos, secos, guisados a la marinera o salados, y en otro tiempo eran triunfalmente elevados a la mesa de lúculo.
Pero entre estos habitantes del Mediterráneo, los que más útilmente pude observar, cuando el Nautilus se acercaba a la superficie, pertenecían al género 63º de los peces ocios. Eran los escombros atunes, de dorso azul negro, de abdomen con coraza de plata, cuyos radios dorsales lanzan fulgores de oro.
Generalmente se cree que siguen la marcha de los navíos, buscando la sombra fresca bajo los ardores del cielo tropical. Y no desmintieron en esta ocasión su fama, acompañando al Nautilus como en otro tiempo acompañaron a los buques de la Perú. Durante muchas horas lucharon en velocidad con nuestro aparato.
Y no me cansaba de admirar a aquellos animales verdaderamente cortados para la carrera, con su pequeña cabeza, su cuerpo liso y fusiforme, que pasaba en algunos de tres metros, sus pectorales dotadas de vigor notable y sus colas en forma de horquilla. Nadaban formando triángulo, como algunas bandadas de pájaros,
cuya rapidez igualaban, lo que hacía decir a los antiguos que les eran familiares la geometría y la estrategia. Y a pesar de esto, no escapan a la persecución de los provenzales, que los estiman como los antiguos habitantes de la propóntide y de la Italia. Y como ciegos, como aturdidos, van esos preciosos animales a acogerse
y a perecer por millares en las almadrabas marsellezas. Como recuerdo solamente, citaré aquellos peces del Mediterráneo que Consejo y yo pudimos llegar a entrever. Eran los jimontos fierasferos blanquecinos, que pasaban como vapores impalpables, las murenas congrios, serpientes de tres a cuatro metros, matizadas de verde, azul y amarillo,
los gados meros, largos de tres pies, cuyo hígado constituye un delicado manjar, los cepolos tenias, que flotaban como finísimas algas, las triglas, que los poetas llaman peces liras, y los marinos peces silvadores, cuyo hocico está adornado con dos membranas triangulares y dentadas, que figuran el instrumento del viejo homero,
las triglas golondrinas, que nadan con la rapidez del pájaro, cuyo nombre han tomado, los holocentros merones, de cabeza roja, cuya nadadera dorsal está provista de filamentos, los ábalos, salpicados de manchas negras, morenas, grises, azules, amarillas, verdes, sensibles al sonido argentino de las campanillas, y los espléndidos rodavallos, esos faizanes del mar,
especie de rombos de nadaderas amarillentas, moteados con puntos pardos, y cuyo lado superior, el lado izquierdo, está generalmente matizado de pardo y amarillo. Por fin, tropeles de admirables salmonetes, verdadera joya del océano, que llegaron a pagar los romanos a diez mil sextercios la pieza, y a los cuales hacían morir sobre la mesa para seguir cruelmente los cambios de color,
desde el rojo sinabrio de la vida hasta el blanco pálido de la muerte. Y si no conseguí observar ni miraleles, ni balistes, ni tetrodontes, ni hipocampos, ni juanes, ni céntricos, ni babosas, ni barbos marinos, ni labros, ni esperinques, ni sollo, ni anchoas, ni pajele, ni bogas, ni orfos, ni esos principales representantes del orden de los pleuronectos, los hipoglosos, las platijas, los lenguados, las asedias, comunes al Atlántico y al Mediterráneo,
preciso será excusar esto por la vertiginosa velocidad con que me transportaba el nautilus a través de aquellas turbulentas aguas. En cuanto a los mamíferos marinos, creo haber reconocido al pasar por el Adriático dos o tres cachalotes, provistos de una nadadera dorsal del género de los fiseteros, algunos delfines del género de los globicífalos, especiales al Mediterráneo, y cuya cabeza en su parte anterior está listada por líneas claras,
y también una docena de focas de abdomen blanco y de piel negra, conocidas con el nombre de frailes, porque tienen todo el aspecto de dominicos, cuya longitud es de unos tres metros próximamente. Consejo, por su parte, creyó haber divisado una tortuga de seis pies de ancha, adornada con tres aristas salientes en dirección longitudinal. Tuve gran sentimiento por no haber visto ese reptil, pues según la descripción que de él me hizo consejo,
creí reconocer el laúd, que forma una especie bastante rara. En cuanto a mí, solo pude notar algunos cacuanos de caparazón prolongado. Entre los zoófitos pude admirar durante algunos momentos una bella galeolaria anaranjada que se pegó al cristal de la ventanilla de babor. Era un largo filamento que se arborizaba en ramas infinitas y terminadas por el más fino encaje
que hubieran hilado nunca las rivales de Aracne. Desgraciadamente, no logré pescar esa admirable muestra, y no se hubiera sin duda ofrecido a mis miradas ningún otro zoófito Mediterráneo si el Nautilus no hubiera amortiguado en la noche del 16 su singular velocidad. Explicaré cómo esto sucedió.
Pasábamos entonces entre Sicilia y la costa de Túnez, espacio encerrado entre el Cabo Bueno y el Estrecho de Messina, donde el fondo del mar sube rápidamente, formando una verdadera cresta sobre la cual apenas hay 17 metros de agua, mientras que a los dos lados es de 170 metros la profundidad.
Tuvo pues que maniobrar con mucha prudencia el Nautilus para no chocar contra esa barrera submarina. A consejo, le enseñé en el mapa del Mediterráneo el sitio que ocupaba este largo arrecife, y me hizo la siguiente observación. Con permiso del Señor, me ocurre que este es un itsmo verdadero
que reúne la Europa con el África. Sí, amigo mío, respondí. Es un itsmo que cierra por completo el Estrecho de Libia, y las exploraciones de Smith han demostrado que los continentes estaban en otro tiempo reunidos entre el Cabo Boco y el Cabo Furina.
Lo creo perfectamente, dijo consejo. También debo añadir, repuse, que existe una barrera semejante entre Gibraltar y Ceuta, que en los tiempos geológicos cerraba el Mediterráneo completamente. Y si algún impulso volcánico, replicó consejo,
levantase algún día esas dos barreras sobre las olas, no es muy probable. Permítame el Señor acabar. Si ese fenómeno se produjese, sería muy sensible para el Señor de Leseps que tanto trabajo se toma para abrir su itsmo.
Convengo en ello, pero te repito, consejo, que ese fenómeno no se realizará. La violencia de las fuerzas subterráneas va disminuyendo siempre, y los volcanes, tan numerosos, en los primeros días del mundo, se extinguen poco a poco.
Se debilita el calor interno, y la temperatura de las capas inferiores del globo desciende en una cantidad que puede apreciarse cada siglo, con detrimento de nuestro globo, porque ese calor es su vida. El sol con todo. El sol es insuficiente, consejo.
¿Podría dar calor a un cadáver? Por cierto que no. Pues bien, amigo mío, la Tierra será algún día ese cadáver yerto. Llegará a ser inhabitable y estará deshabitada, como la Luna, que ha perdido desde hace mucho tiempo su calor vital.
¿Dentro de cuántos siglos? preguntó consejo. Dentro de algunos centenares de miles de años. Pues entonces, respondió consejo, tenemos tiempo de acabar nuestro viaje si no se mezcla en ello o Nedland. Tranquilo entonces, consejo se dedicó a estudiar el fondo
que el Nautilus pasaba razando con una velocidad moderada. Allí bajó un suelo rojo, allí bajó un suelo rocoso y volcánico, se ostentaba toda una flora viviente, las esponjas, las holoturias, las sidipas y alinas,
adornadas con filamentos rojizos y que emitían una ligera fotforescencia. Los beroes, vulgarmente conocidos bajo el nombre de cohombros de mar y bañados entre los fulgores del espectro solar, las comátulas ambulantes de un metro de anchura cuya púrpura enrojecía las aguas, las euriales arborescentes de mayor belleza,
las pavonaceas de largos tallos, un gran número de ursinos comestibles de especies variadas y actiñas verdes de ceniciento tronco con disco moreno que se perdían en la cabellera aceitunada de sus tentáculos. Se había ocupado consejo más particularmente de observar los moluscos y los articulados,
y aún cuando su nomenclatura sea algún tanto árida, no quiero privar al pobre muchacho de dar cuenta de sus observaciones personales. Entre los moluscos citó numerosos petúnculos pectiniformes, los espóndilos, pezuña de asno, que se amontonaban unos sobre otros, las donáceas triangulares, las hialas tridentadas de la familia de los terópodos
con nadaderas amarillas y transparentes conchas, los pleurobranquios anaranjados, los huevos matizados o sembrados de puntos verdosos, las aplicias, conocidas también bajo el nombre de liebres de mar, las dolavelas, los aceros carnosos, las sombrillas, especiales al Mediterráneo, las orejas de mar, cuya concha produce un nácar muy estimado,
los petúnculos apenachados, las anomias, que según dicen eran para los del languedoc preferibles a las ostras, los clobis, tan apetitosos para los marselleces, los prairos dobles, blancos y gruesos, algunos de esos clams que tanto abundan en las costas de la América del Norte y de que se hace un comercio tan considerable en Nueva York, los peines operculares de variados colores, las litodoncias engastadas en sus agujeros
y cuyo sabor de pimienta me era agradabilísimo, las benericardas surcadas, cuya concha de protuberante vértice presentaba lados salientes, las cintias erizadas de tubérculos escarlata, las carniarias de puntas encorbadas y semejantes a ligeras góndolas, las férolas coronadas, las atlantes de conchas espiraliformes, las cetes grises con manchas blancas y cubiertas con su mantilla festoneada,
las eólides semejantes a pequeñas babosas, las cabolinas que se arrastran sobre el dorso, las aurículas y entre otras la aurícula miosotis de concha oval, las escalarias amarillentas, las litorinas, las janturias, las cinerarias, las petrículas, las lamelarias, las pandoras, etc. En cuanto a los articulados, los ha dividido consejo en sus notas con mucho fundamento en seis clases, tres de las cuales pertenecen al mundo marino y son la de los crustáceos, la de los cirrópodos y la de los anélides.
Subdivídense los crustáceos en nueve órdenes, comprendiendo el primero los decapodos, es decir, los animales cuya cabeza y tórax están más generalmente soldados entre sí, cuyo aparato bucal se compone de muchos pares de miembros y que poseen cuatro, cinco o seis pares de patas torácicas o ambulatorias. Había seguido consejo el método de nuestro maestro Mille Edwards, que forma tres secciones con los decapodos, los brachyurios, los macruros y los anomuros, nombres algún tanto bárbaros, pero precisos.
Consejo cita entre los macruros las anatias cuya frente se haya armada de dos grandes cuernos divergentes. El inaco escorpión, que no atino cómo y por qué, simbolizaba entre los griegos la cordura y la sabiduría. Los lambros macena, los lambros espinimanos, probablemente extraviados en aquel alto fondo, pues ordinariamente viven a grandes profundidades. Los jantos, los pilumnos, los ronboides, los calapianos granulosos, muy fáciles de digerir según hace observar consejo, los coristos desdentados, las ébalias, los cimepolias, los dorripos lanudos, etc.
Entre los macruros, subdivididos en cinco familias, los acorazados, los cavadores, los astacianos, los calicocos y los osquizópodos, cita las langostas comunes, cuya carne es tan estimada siendo hembras, las cigarras de mar, las gélias ribereñas y toda clase de especies comestibles. Pero no dice nada de la subdivisión de los astacianos, que comprende los cabrajos, porque en el Mediterráneo no hay más que langostas. Por fin, entre los anomuros, vio las drosinas comunes, abrigadas en esa concha abandonada de que se apoderan, los omilos, de frente espinosa, los bernardos ermitaños, las porcelanas, etc.
En este punto se detenía el trabajo de consejo, habiéndole faltado tiempo para completar la clase de los crustáceos, por el examen de los estomápodos, de los anfípodos, homópodos, isópodos, trilóbitas, branquiópodos, ostrácodos, etomostraseos. También hubiera debido citar para terminar el estudio de los articulados marinos, la clase de los cirrópodos, que encierra los ciclopes y los árgulos, y la clase de los anélides, que hubiera dividido seguramente en tubícolas y dorsibranquios. Pero habiendo pasado el nautilus del alto fondo del estrecho de Libia, volvió a continuar en las aguas más profundas con su acostumbrada velocidad.
Ya no se hallaban entonces moluscos, ni articulados, ni zooófitos, sino algunos grandes peces que pasaban como sombras. Durante la noche del 16 al 17 de febrero, habíamos entrado en ese segundo Mediterráneo, cuyas mayores profundidades se encuentran a 3.000 metros, y el nautilus, bajo el impulso de su hélice, deslizándose sobre sus planos inclinados, se sumergió hasta las últimas capas del mar. A falta de otras maravillas naturales, ofreció allí, la masa de las aguas a mis miradas, muchas escenas conmovedoras y terribles. Atravesábamos efectivamente entonces toda esa parte del Mediterráneo, tan fecunda en siniestros.
Desde la costa argelina a las playas de Provenza, cuántas naves han naufragado, cuántos buques han desaparecido. El Mediterráneo es verdaderamente un lago comparado con las vastas llanuras del Pacífico. Un lago caprichoso, de olas movedizas, hoy propicio y cariñoso para la débil barca que parece flotar entre el doble azul de las aguas y del cielo. Mañana, proseloso, atormentado, levantado por los vientos, destrozando las naves más fuertes con los golpes precipitados y repetidos de sus olas. De este modo, en ese paseo rápido a través de las capas profundas, distinguí muchos despojos perdidos que yacían allí sobre el terreno.
Algunos ya cubiertos por los corales, revestidos los otros solo por una capa de orín. Anclas, cañones, balas, guarniciones de hierro, aletas de hélice, trozos de máquina, cilindros destrozados, cascos de buques flotando entre dos aguas, calderas sin fondo, las unas en posición recta, las otras invertidas. Entre esas naves habían naufragado las unas por choque, las otras por haber tocado en algún escoyo de granito. Las vi que se habían ido a pique con la arboladura entera y en su posición, cual si se hallasen ancladas en una inmensa rada esperando el momento de partida. Y cuando el Nautilus pasaba entre ellas envolviéndolas en la luz de sus focos eléctricos, parecía que esas naves iban a saludarle con su pabellón, enviándole su número de orden.
Pero no, el silencio y la muerte era lo que tan solo reinaba en aquel campo de catástrofes. Observé que los fondos del Mediterráneo estaban más llenos de esos siniestros despojos a medida que el Nautilus se aproximaba al estrecho de Gibraltar. Las costas de África y Europa se van acercando entonces y en aquel espacio angosto son frecuentes los abordajes. Allí vi numerosos cascos de hierro, ruinas fantásticas de vapores echadas las unas, las otras en pie, muy parecidas a formidables animales. Uno de aquellos buques de abiertos costados con su chimenea encorbada, sus ruedas de las que solo quedaba el armazón, separado el timón del codaste y sostenido aún por una cadena de hierro,
su espejo de popa roído por las ales marinas presentaba allí un terrible aspecto. Cuántas existencias destrozadas en su naufragio, cuántas víctimas arrastradas bajo las olas. ¿Habría sobrevivido algún marinero de a bordo para contar tan terrible desastre? ¿O guardaban todavía las olas el secreto de tantas desgracias? No sé por qué se me ocurrió entonces que aquel buque sumergido podía ser el Atlas, que había desaparecido hace unos 20 años sin que se haya vuelto nunca a oír hablar de él ni de la tripulación.
¡Ah! ¿Qué historia tan terrible podría hacerse rebuscando en esos fondos del Mediterráneo, en ese vasto osario donde tantas víctimas han hallado la muerte, donde tantas riquezas se han perdido? El Nautilus, sin embargo, indiferente y rápido, se deslizaba a toda Élise por el medio de aquellas ruinas. El 18 de febrero, a las 3 de la mañana, se presentaba a la entrada del estrecho de Gibraltar. Existen allí dos corrientes, una superior, hace mucho tiempo reconocida, que conduce las aguas del océano al Mediterráneo, y otra contracorriente inferior, cuya existencia se ha demostrado en nuestros días por el raciocinio.
En efecto, la suma de las aguas del Mediterráneo, aumentada continuamente por las olas del Atlántico y por los ríos que en él desaguan, debiera elevar cada año el nivel de este mar, porque su evaporación es insuficiente para reestablecer el equilibrio. Y como esto no sucede, naturalmente, se ha debido a admitir la existencia de una corriente inferior, que por el estrecho de Gibraltar, vierta en el Atlántico el excedente de aguas del Mediterráneo. Y esto es exacto, ciertamente, porque a esa corriente se aprovechó el Nautilus, avanzando con rapidez por el estrecho paso.
Durante un instante pude contemplar las admirables ruinas del Templo de Hércules, repentinamente sumergido, según Plinio y Avieno, con la isla baja que le sostenía, y algunos minutos más tarde, flotábamos sobre las olas del Atlántico.