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Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Berne, traducido por Vicente Guimera. Segunda parte, del Pacífico al Atlántico. Esta es una grabación del Ibribox. Todas las grabaciones del Ibribox son del dominio público. Grabado por Víctor Villarraza.

Capítulo octavo. La bahía de Vigo. El Atlántico. Basta extensión de agua, cuya superficie cubre 25 millones de millas cuadradas. Con una longitud de 9000 millas, por una anchura media de 2700. Importante mar.

Casi ignorado de los antiguos, aunque conocido quizá de los cartagineses. Esos holandeses de la antigüedad, que en sus peregrinaciones comerciales, seguían las costas occidentales de Europa y de África. Océano, cuyas playas de sinuosidades paralelas, abrazan un perímetro inmenso regado por los mayores ríos del mundo. El San Lorenzo, el Mississippi, el de las Amazonas, la Plata, el Orinoco, el Negro, el Senegal, el Elba, el Loire, el Rhin. Que le traen las aguas de los países más civilizados y de las más salvajes comarcas.

Magnífica llanura, surcada incesantemente por los buques de todas las naciones. Amparados bajo todos los pabellones del mundo. Terminada por esas dos terribles puntas, tan temidas de los navegantes. El Cabo de Hornos y el Cabo de las Tempestades. Rompía el Nautilus las aguas con su espolón, después de haber caminado unas 10.000 leuas en tres meses y medio.

Que es una distancia muy superior a la de uno de los círculos máximos de la Tierra. ¿A dónde íbamos ahora y qué nos reservaba el porvenir? Salido el Nautilus del estrecho de Gibraltar, se apartó de las costas y volvió a la superficie de las aguas. Haciendo posibles nuestros cotidianos paseos en la plataforma. Subía ella al instante, acompañado de Nedland y de Consejo.

A una distancia de dos semillas aparecía vagamente el Cabo de San Vicente, que forma la punta suroeste de la península ibérica. Soplaba del sur un viento borrascoso. La mar era gruesa, levantizca e imprimía sacudidas violentas de balanceo al Nautilus. Era casi imposible mantenerse en la plataforma, batida por enormes olas a cada momento. Volvimos a bajar pues, después de haber respirado algunos instantes el aire libre.

Volví a mi cuarto y Consejo a su camarote, pero el canadiense, con un aire bastante inquieto, me siguió. Nuestra marcha rápida a través del Mediterráneo le había impedido poner sus proyectos en práctica, y disimulaba poco su disgusto. Cuando se hubo cerrado la puerta de mi cuarto, se sentó mirándome silenciosamente. Amigo Ned, le dije, os comprendo perfectamente, pero no tenéis nada de qué arrepentiros. En las condiciones en que navegaba el Nautilus, ciertamente que hubiera sido desvarío pensar en abandonarle.

No, respondió Nedland, y sus labios apretados, sus cejas fruncidas, indicaban que se veía violentamente asediado por una idea fija. No desesperéis, continué, vamos por la costa de Portugal, y no se hallan muy lejos la Francia y la Inglaterra, donde fácilmente encontraríamos un refugio. Ah, si el Nautilus, al salir del estrecho de Gibraltar, hubiese puesto la proa al sur, y nos hubiese arrastrado hacia esas regiones en que los continentes faltan, también yo participaría de vuestros temores e inquietud. Pero ahora ya lo sabemos, el Capitán Nemo no huye de los mares civilizados, y creo que dentro de pocos días podréis obrar con alguna seguridad. Me miró Nedland más fijamente aún, y despegando por último sus labios, dijo, esta noche será.

De repente me incorporé, pues estaba, lo confieso, poco preparado a semejante noticia. Hubiera querido responder al canadiense, pero las palabras no pudieron llegar a mis labios. Estábamos convenidos en que esperaríamos una circunstancia, continuó Nedland, y esa circunstancia ha llegado. Pasaremos esta noche a algunas millas de la costa española, y como la noche está sombría y el viento sopla del mar, cuento con vos, señor Aaron Knox, porque me lo habéis prometido. Continuaba yo callado, y el canadiense levantándose se aproximó a mí exclamando.

Desde esta noche a las 9, ya he prevenido a Consejo, y a esas horas el capitán Nemo se hallará encerrado en su cuarto, probablemente acostado. Ni los maquinistas ni los hombres de la tripulación pueden vernos. Yo y yo ganaremos la escalera central, mientras vos, señor Aaron Knox, os quedaréis en la biblioteca, a dos pasos de nosotros, esperando la señal. Los remos, el mástil y la vela están dentro de la canoa, y he conseguido llevar también algunas provisiones. Me he proporcionado una llave inglesa para destornillar las tuercas que sujetan la canoa al casco del Nautilus.

Todo está dispuesto perfectamente para esta noche. Malo está el mar, le dije. Es verdad, pero algo hay que arriesgar, y la libertad merece algún esfuerzo y sacrificio. Y como por otra parte, la embarcación es sólida, en el viento que sopla será negocio de poco tiempo el recorrer las millas que nos separan de la costa. Quién sabe si mañana estaremos cien leguas mar adentro.

Que las circunstancias nos favorezcan, y entre diez y once nos hallaremos desembarcados en algún punto de tierra firme, o habremos muerto. Así pues, hasta la noche. Diciendo esto, el canadiense se retiró, dejándome completamente aturdido. Había imaginado que en todo caso tendría tiempo de meditar y discutir, y mi terco compañero no me lo permitía. Después de todo, ¿qué hubiera podido decirle?

Tenía razón que le sobraba, y era el momento que debía aprovecharse. ¿Podría faltar a mi palabra y hacer cargar sobre mí la inmensa responsabilidad de comprometer en un interés personal el porvenir de mis compañeros? ¿No podía el capitán Nemo alejarnos de las tierras y entrar mar adentro? En aquel momento un silbido bastante fuerte me hizo conocer que se llenaban los receptáculos, y el Nautilus se hundió bajo las aguas. Yo permanecí en mi cuarto porque quería evitar el encuentro del capitán,

pues no hubiera acaso podido ocultar a sus ojos la emoción que me dominaba. Triste día pasé de este modo, entre el deseo de volver a entrar en posesión de mi libre albedrío, y el sentimiento de abandonar aquel maravilloso Nautilus, sin completar mis estudios submarinos. Dejar aquel océano, mi Atlántico, como le llamaba, sin haber observado sus últimas capas, sin haberle arrancado aquellos secretos que me habían revelado los mares de las Indias y el Pacífico.

Caía la novela de mis manos en el primer volumen. Se interrumpía mi sueño en el momento más precioso. ¡Qué horribles fueron las horas transcurridas de este modo! Viéndome tan pronto en seguridad y en tierra con mis compañeros, deseando otras veces a despecho de mi corazón que alguna circunstancia imprevista

viniera a impedir la realización de los proyectos de Nedland. Dos veces fui al salón para consultar el compás, y quería ver si la dirección del Nautilus nos aproximaba o nos alejaba de la costa, pero el Nautilus se mantenía siempre en las aguas portuguesas, encaminándose al norte a lo largo de las costas.

Era preciso, pues, tomar un partido y prepararse a huir. Mi equipaje no era muy pesado, sólo tenía que llevar conmigo las notas. Respecto del capitán Nemo, me ocurría, ¿qué podría pensar de nuestra evasión? ¿Cuántas inquietudes y disgustos le causaría, quizá, y lo que haría en el doble caso en que fuera descubierta o no llegara a realizarse?

Sin duda que no tenía por qué quejarme de él. Antes, por el contrario, hubiera sido muy difícil hallar hospitalidad más franca que la suya. Abandonándole, no podía ser tachado de ingratitud, y ningún juramento nos ligaba con él. Contaba sólo con las fuerzas de las cosas,

y no nos había exigido palabra alguna para obligarnos a fijar nuestra residencia a su lado. Pero esa pretensión, que había manifestado en voz alta de mantenernos eternamente prisioneros, justificaba nuestras tentativas. No había vuelto a haber a Nemo desde nuestra visita a la isla de Santorini. ¿Debía la casualidad ponerme en su presencia antes de nuestra marcha?

Lo deseaba y lo temía a la vez. Escuché para saber si le oía andar en su cuarto contigo al mío, y ningún rumor llegó a mis oídos, como si aquella cámara estuviera completamente vacía. Entonces me pregunté si tan extraño personaje se hallaría a bordo,

desde aquella noche durante la cual la canoa dejó al Nautilus para desempeñar un servicio misterioso, se habían modificado algún tanto mis ideas en lo que a él concernía. Llegué a pensar, por más que contrariase a lo que él decía, que el capitán Nemo debía haber conservado con tierra algunas relaciones.

No abandonaba nunca al Nautilus. Habían transcurrido muchas veces semanas enteras sin que le hubiese encontrado. ¿Qué hacía durante ese tiempo? ¿Puedo estar lejos, realizando algún acto secreto, cuya naturaleza no podía sospechar,

mientras yo le creía entregado a accesos de misantropía? Estas y otras mil ideas me asaltaron a la vez, porque en la extraña situación en que nos hallábamos era inmenso el campo de las conjeturas. Experimentaba un malestar insoportable,

y aquel día de espera se me hacía eterno. Las horas pasaban demasiado lentamente sin tomar en cuenta la impaciencia con que las aguardaba. Me sirvieron, como siempre, la comida en mi cuarto, y comí muy mal, hallándome completamente preocupado.

Eran las siete cuando me levanté de la mesa, y ya solo faltaban 120 minutos que iba contando para el momento en que debía reunirme con Nedland. Mi agitación redoblaba, latiendo con violencia mi pulso. No podía permanecer quieto un momento,

yendo y viniendo como si la turbación de mi ánimo pudiera calmarse por el movimiento. No me atormentaba el temor de sucumbir en nuestra audaz empresa, sino el pensamiento de que pudiera ser descubierto nuestro propósito antes de haber dejado el Nautilus.

Y al fijarme en la idea de que podía ser conducido ante la presencia del capitán Nemo, irritado, o lo que sería peor, contristado por mi abandono, parecía como si el corazón quisiera saltarme del pecho. Quise volver al salón por última vez,

y dando vuelta a los corredores llegué al museo, donde tantas horas agradables y útiles había pasado. Miraba todas aquellas riquezas, todos aquellos tesoros, como un hombre en víspera de eterno destierro, que parte para no volver ya más.

Aquellas maravillas de la naturaleza, aquellas obras maestras del arte, entre las cuales había estado concentrada mi vida durante tantos días, iban a quedar allí abandonadas para siempre. Bien hubiera querido hacer pasar mis miradas

por los cristales del salón, a través de las aguas del Atlántico, pero estaban herméticamente cerrados, y me separaba del océano, que no conocía todavía una cortina de acero.

Recorriendo de este modo el salón, llegué cerca de la puerta abierta en la pared achaflanada, que se abría hacia la alcoba del capitán, y con gran asombro mío hallé aquella puerta entreabierta, lo que me hizo retroceder involuntariamente.

Si el capitán Nemo se hallaba en su cuarto, podía verme sin duda, y con todo eso, no oyendo rumor alguno, me aproximé. Aquel cuarto se hallaba desierto. Empujé la puerta, di algunos pasos en el interior,

siempre el mismo aspecto, severo y xenobítico. En aquel instante, hirieron mi vista algunos grabados colgados en la pared, que no había notado al tiempo de mi primera visita. Eran retratos, retratos de esos grandes hombres históricos,

cuya existencia ha consistido en una abnegación perpetua por una gran idea humanitaria. Kosciuszko, el héroe que cayó al grito de Finis Poloniae, Bozaris, el Leónidas de la Grecia moderna,

o Connell, el defensor de Irlanda, que se llamaba el rey de la guerra, Washington, el fundador de la Unión Americana, Manning, el patriota italiano, Lincoln, impíamente asesinado por la bala

de un esclavista, y por fin, ese heroico mártir de la emancipación de la raza negra, John Brown, suspendido en el patíbulo, tal como lo había dibujado terriblemente el lápiz de Victor Hugo.

¿Qué lazo existía en ese momento? ¿Qué lazo existía entre aquellas heroicas almas y la del capitán Nemo? ¿Podía por fin llegar a desprender entre aquella reunión de retratos el misterio de su existencia?

¿Sería un campeón de los pueblos oprimidos? ¿Un libertador de las razas esclavas? ¿Había figurado en las últimas conmociones políticas y sociales de este siglo? ¿Había sido alguno de los héroes de la terrible

guerra americana, guerra lamentable y gloriosa eternamente? De repente dieron las 8 en el reloj. La vibración del primer golpe que cayó en el timbre me sacó de aquella meditación. Me estremecí,

como si una mirada invisible hubiera podido llegar a lo más profundo de mis pensamientos, y me precipité fuera del cuarto. Entonces se fijaron mis miradas sobre la brújula. Nos dirigíamos siempre al norte. La corredera

indicaba una velocidad moderada y el manómetro una profundidad de 60 pies próximamente. Las circunstancias, pues, eran muy favorables a los proyectos del canadiense. Entonces volví a mi cuarto y me vestí

con todo lo que podía resistir mejor la intemperie. Botas de mar, gorro de piel de nutria, casaca de viso, forrada de piel de foca. Cuando me hallé ya dispuesto, esperé. Solo turbaban el profundo silencio que reinaba

a bordo los estremecimientos de la hélice. Escuchaba con profunda atención. ¿No llegaría algún ruido de voces a indicarme de repente que Ned Land acababa de ser sorprendido en sus proyectos de evasión?

Me hallaba dominado por una inquietud mortal y en vano traté de recobrar mi serenidad acostumbrada. A las nueve menos algunos minutos me puse a escuchar al lado de la puerta del capitán. Nada se oía y dejé mi cuarto volviendo al salón

donde reinaban una semioscuridad y una soledad desconsoladoras. Abrí la puerta que comunicaba con la biblioteca donde encontré la misma soledad y la misma escasa luz. Fui a apostarme cerca de la puerta que daba a la caja del

helicóptero. En aquel momento disminuyeron sensiblemente los movimientos de la hélice, cesando poco después completamente. ¿Por qué aquel cambio en las costumbres del

nautilus? No me hubiera atrevido a definir si aquella detención favorecía o venía a destruir los intentos de Ned Land. El silencio no se turbaba ya más que en el momento en que el capitán se vio a la puerta de la caja de

el helicóptero. El silencio no se turbaba ya más que por los latidos de mi corazón. De repente se hizo sentir un ligero choque. Comprendí que el nautilus acababa de detenerse en el fondo del océano.

Mi inquietud se aumentó. La señal del canadiense no se hacía oír y yo tenía un gran deseo de reunirme a él a fin de convencerle que dejase para otra vez su tentativa. No conocía que nuestra navegación no se

hacía ya en las condiciones ordinarias. En aquel momento se abrió la puerta del gran salón y apareció el capitán Nemo que al divisarme sin otro preámbulo dijo con mucha amabilidad.

¿Os buscaba, señor profesor? ¿Conocéis bien la historia de España? Aunque uno supiera a fondo la historia de su navegación, no podría citar una sola palabra. Y bien, repuso el capitán Nemo.

¿Habéis oído mi pregunta? ¿Sabéis la historia de España? Muy mal, respondí. Estos son los sabios, dijo el capitán. No saben nada.

Sentáos pues, añadió. Y voy a contaros un curioso episodio de esa historia. El capitán se extendió sobre un diván y maquinalmente tomé asiento a su lado en la

penumbra. Señor profesor, me dijo, escuchad bien, porque esta historia os ha de interesar bajo cierto aspecto, respondiendo a una cuestión que sin duda

no habéis podido resolver. Os escucho, capitán. Dije, no sabiendo dónde quería ir a parar mi interlocutor, y sospechando que aquel incidente se referiría a nuestros proyectos de fuga.

Señor profesor, continuó el capitán Nemo, si os parece bien, retrocederemos a 1702. No ignoráis que en esta época vuestro rey Luis XIV, creyendo que bastaba

una demanda potentada para hacer desaparecer los pirineos, había impuesto a los españoles por rey al duque de Anjou, su nieto, que reinó, mejor o peor, bajo el nombre

de Felipe V, hallando gravísimas dificultades en el exterior. En el año anterior, efectivamente, las casas reales de Holanda, Austria e Inglaterra habían concluido

en el halla un tratado de alianza con objeto de arrancar la corona de España a Felipe V para colocarla en las sienes de un archiduque, a quien prematuramente dieron el nombre

de Carlos III. España tuvo que resistir a esa coalición, hallándose sin soldados ni marinos. Con todo, no le faltaba dinero, siempre que sus galeones cargados de oro y plata

de América pudiesen entrar en sus puertos. Hacia fin de 1702, esperaban un rico convoy que los franceses escoltaban, mandados por el almirante de Chateau-Renaud, que dirigía

una escuadra de 23 buques porque las marinas coaligadas recorrían entonces el Atlántico. Debía ese convoy dirigirse a Cádiz, pero habiendo sabido el almirante que la escuadra

inglesa cruzaba en aquellas costas, resolvió guarecerse en un puerto de Francia. Protestaron contra semejante decisión los comandantes españoles del convoy, pretendiendo ser conducidos a un puerto

de España y a falta de Cádiz a la bahía de Vigo, situada en la costa noroeste que no se hallaba bloqueada. El almirante de Chateau-Renaud tuvo la debilidad de obedecer y los galeones

entraron en la bahía de Vigo. Desgraciadamente, forma esa bahía una rada abierta que no tiene defensa alguna, siendo necesario apresurar la descarga de los galeones antes que llegasen

a las escuadras coaligadas. Y no hubiese faltado tiempo para hacer el desembarco si repentinamente no hubiera surgido una miserable cuestión de rivalidad. ¿Seguís perfectamente

el encadenamiento de los hechos? me preguntó el capitán Nemo. Os escucho con mucha atención, dije, no sabiendo todavía a dónde se encaminaba He aquí lo que pasó.

Tenían los comerciantes de Cadiz un privilegio, según el cual debían recibir todas las mercancías que viniesen de las Indias Occidentales. Y como desembarcar los lingotes

de los galeones en Vigo era atacar su derecho, se quejaron a Madrid y lograron del débil Felipe V que sin descargar el convoy quedaría secuestrado en la rada de Vigo hasta que las escuadras enemigas

se hubiesen alejado. Mientras que se tomaba esta decisión el 22 de octubre de 1702 llegaron los navíos ingleses a la bahía de Vigo. El almirante de Château-Renaud, a pesar de la inferioridad

de sus fuerzas, se bateó con valor y cuando vio que las riquezas del convoy iban a caer en manos de sus enemigos, incendió los galeones que se sumergieron con sus tesoros.

Se había detenido el capitán Nemo y lo confieso aún no comprendía la razón de que esta historia pudiera interesarme. ¿Y bien? ¿Le pregunté. ¿Y bien, señor Aaron Nax? Me respondió el capitán Nemo.

Estamos ahora en la bahía de Vigo ¿Puedes penetrar por vos mismo sus misterios? El capitán se levantó suplicándome que le siguiera y un poco repuesto ya pude obedecer.

El salón estaba muy oscuro y a través de los cristales transparentes chispeaban las olas del mar. Miré pues con atención. Alrededor del Nautilus hasta un radio de media milla

se desfondaba el agua de la luz eléctrica iluminando con una gran claridad las arenas del fondo. Algunos hombres de la tripulación revestidos de escafandras se ocupaban en desfondar toneles medio podridos

cajas desvencijadas en medio de objetos ya ennegrecidos. De aquellas cajas de aquellos barriles se escapaban lingotes de oro y de plata, de medas y de joyas cubriendo aquel fondo de arena.

Después aquellos hombres cargados con tan precioso botín subían a depositar su carga en el Nautilus y volvían a emprender aquella inagotable pesca de plata y oro.

Entonces comprendí. Estaba en el teatro de la batalla del 22 de octubre de 1702. Allí mismo se habían ido a fondo los galeones cargados por cuenta del gobierno español. Allí era donde el capitán Nemo

atendiendo a sus necesidades iba a encajonar los millones con que atestaba el Nautilus. Para él, solo para él, había dado la América sus preciosos metales. Él

era el heredero directo y sin participación de nadie de aquellos tesoros arrancados a los incas y a los vencidos por Hernán Cortés. ¿Sabía, y sacaso, señor profesor,

me preguntó sonriendo, que el mar contenía tantas riquezas? Yo sabía, respondí, que se ha evaluado en 2000 millones de duros las riquezas perdidas en sus aguas. Sin duda. Mas para extraer

esas riquezas, los gastos se han perdido. No solo en esta bahía de Vigo, sino también en otros mil teatros de naufragios, cuyos sitios están exactamente

designados y anotados en mi mapa submarino. ¿Comprendéis ahora que yo sea rico y pueda disponer de muchos millares de millones? Lo comprendo, capitán. No es que no sea rica,

¿y cuáles son los millones? Lo comprendo, capitán. Permitidme, sin embargo, deciros que al explotar precisamente esta bahía de Vigo, no habéis hecho más que adelantaros a los trabajos de una

sociedad rival. ¿Y cuál? Una sociedad que ha recibido del gobierno español el privilegio de buscar los galeones sumergidos. Los accionistas están muy animados porque se ha calculado en 100 millones de duros

el valor de las riquezas aquí sumergidas. ¿100 millones de duros? Me respondió el capitán Nemo. Estaban, pero no están ya. En efecto, dije, así pues,

un buen aviso a esos accionistas sería un acto de caridad, pero quién sabe si sería bien recibido. Y, sobre todo, realmente, no es tanto la pérdida de su capital

como la de sus bellas esperanzas. Después de todo, no les compadezco tanto como a esos millares de desgraciados a quienes esas riquezas bien repartidas hubieran podido aprovechar, mientras que ahora,

por el contrario, serán eternamente estériles para ellos. No bien acababa de ser tan malo. Y de hecho, no sé si ustedes podrían creer que yo estoy de acuerdo

y que no estoy de acuerdo en este momento, cuando comprendí que debía haber ofendido al capitán Nemo. ¡Estériles! respondió animándose. ¿Creéis, pues, caballero, que estas riquezas

sean perdidas siendo yo quien las recoge? Quizá que ignoro la existencia en la tierra de seres desgraciados, razas oprimidas, miserables, cuya suerte hay que aliviar, víctimas que piden venganza.

¡No comprendéis! El capitán Nemo se detuvo al pronunciar estas últimas palabras, arrepentido, tal vez, de haber hablado tanto. Pero yo había adivinado que cualesquiera

los motivos que le habían obligado a buscar la independencia en los mares, no había dejado de ser hombre. Su corazón palpitaba aún con los sufrimientos de la humanidad y su inmensa caridad

se extendía tanto a las razas esclavas como a los individuos. Y comprendí, entonces, a lo que estaban destinados aquellos millones enviados por el capitán Nemo cuando el Nautilus navegaba en las aguas

de Creta insurrecciónada. Fin del capítulo octavo.

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