Chapter 33
Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Berne, traducido por Vicente Guimera. Segunda parte, del Pacífico al Atlántico. Esta es una grabación del Ibribox. Todas las grabaciones del Ibribox son del dominio público. Grabado por Víctor Villarraza. Capítulo 9. Un continente desaparecido.
Al siguiente día, 19 de febrero por la mañana, vi entrar al canadiense en mi cuarto. Esperaba su visita. Parecía en su aspecto que se hallaba muy disgustado. ¿Y bien, señor? Me dijo. Ya veis, Ned, el acaso se declaró ayer contra nosotros. Ha sido preciso que ese condenado capitán se detuviera precisamente en la hora crítica en que íbamos a huir de su barco.
Tenía, amigo mío, que despachar un negocio en casa de su banquero. ¿Su banquero? O mejor dicho, su casa de banca. Que está en ese océano donde sus riquezas se hallan más seguras que en las cajas de un estado. Referí entonces al canadiense los incidentes de la víspera.
Con la esperanza secreta de atraerle a la idea de no abandonar al capitán. Y mi relación solo tuvo por resultado el pesar, enérgicamente expresado por Ned, de no haber podido hacer por su cuenta una visita al campo de batalla de Vigo. ¡Que diantres! Dijo. No nos hemos de apurar. Eso ha sido un arponazo inútil.
Otra vez saldremos bien. Y desde esta noche si es preciso. ¿Cuál es la dirección del Nautilus? Pregunté. Lo ignoro. Pues bien. Al mediodía lo sabremos.
El canadiense se fue a buscar a consejo. Y yo me vestí, pasando al salón, donde con alguna sorpresa descubrí que el Nautilus marchaba con rumbo al sud-suroeste. Volviendo la espalda a Europa. Esperé con cierta impaciencia. Y a eso de las once y media se vaciaron los receptáculos. Y volvió nuestro aparato a la superficie del océano.
Me lancé hacia la plataforma y ya se hallaba allí Nedland. No se veían ya las tierras. Sólo la inmensidad del mar y algunas velas en el horizonte. De las que van a buscar hasta el cabo de San Roque los vientos favorables para poder doblar después el de buena esperanza. El cielo se hallaba cubierto y amenazaba una tormenta. Ned, desesperado, trataba de penetrar en el brumoso horizonte.
Y esperaba aún que detrás de aquella niebla se extendería la tan deseada tierra. A las doce salió el sol algunos momentos. Y se aprovechó de esta clara el segundo para tomar la altura. Luego la mar se hacía cada vez más resia. Y volvimos a bajar cerrando las escotillas. Una hora después, cuando consulté el mapa, vi que la posición del Nautilus estaba marcada por 16 grados, 17 minutos de longitud y 33 grados, 22 minutos de latitud. 150 leguas de la costa más próxima.
No había medio de pensar en la fuga. Y puede calcularse cuál sería el despecho y la rabia del canadiense cuando le dí a conocer nuestra situación. Por mi parte debo decir que no me desconsolé mucho. Sentí a mí como aliviado de un peso que me oprimía y pude proseguir con una calma relativa mis habituales trabajos. Por la noche, a eso de las once, recibí la inesperada visita del capitán Nemo, que me preguntó con mucha gracia si me sentía fatigado por la vigilia de la noche anterior, a lo cual respondí negativamente. Entonces, señor Aaron Nax, voy a proponeros una curiosa excursión.
Proponed, capitán. ¿No habéis visitado todavía los fondos submarinos más que por el día y a la claridad del sol? ¿No os convendría verlos en medio de una noche oscura? Ya lo creo. Debo preveniros que este camino será fatigoso, porque habrá que marchar mucho tiempo y subir una montaña. Además, que los caminos no están muy bien cuidados.
Lo que acabáis de decirme, capitán, redobla mi curiosidad y estoy dispuesto a seguiros. Vamos, pues, señor profesor, y nos vestiremos las escafandras. Cuando llegamos al vestuario, vi que ni mis compañeros ni ningún otro de la tripulación debía seguirnos durante esta expedición. No habiéndome propuesto siquiera al capitán Nemo que llevase a Ned o a consejo. En pocos instantes arreglamos nuestros aparatos y quedaron colocados en nuestra espalda los receptáculos abundantemente provistos de aire.
Pero las lámparas eléctricas no estaban preparadas y se lo hice observar al capitán. Serían inútiles, respondió. Me figuré que había oído mal, pero no pude reiterar mi observación porque la cabeza del capitán había desaparecido ya en su envoltura metálica. Acabé de vestirme y noté que me colocaban en la mano un bastón de hierro. Algunos minutos más tarde, después de la acostumbrada maniobra, tomábamos pie en el fondo del Atlántico, a una profundidad de 300 metros.
Se acercaba medianoche, las aguas estaban profundamente oscuras y el capitán Nemo me enseñó a lo lejos un punto rojizo, una especie de resplandor ancho que brillaba a dos millas próximamente del Nautilus. Lo que aquel fuego podía hacer, qué materias le alimentaban, por qué y cómo se revitalizaba en aquella masa líquida, no hubiera podido decirlo. En todo caso, la verdad es que nos iluminaba, aunque vagamente. Y acostumbrado desde luego a aquellas tinieblas, comprendí que era verdaderamente inútil en esta circunstancia el aparato Runkorff.
El capitán Nemo y yo marchábamos uno al lado del otro en dirección a aquel fuego. El terreno llano subía insensiblemente. Dábamos los pasos muy largos, ayudándonos con el bastón, pero nuestra marcha era lenta porque los pies se introducían a veces en una especie de fango, amasado con algas y sembrado de piedras. Avanzando en nuestro camino, oía una especie de granizada sobre mi cabeza, y aquel ruido redoblaba muchas veces, produciendo como un chisporroteo continuo.
Bien pronto comprendí la causa, que era la lluvia que caía violentamente crepitando en la superficie de las olas. Instintivamente me ocurrió la idea de que me iba a calar por el agua, en medio del agua. No pude menos de reírme ante tal extravagancia. Pero para decirlo todo y explicar en cierto modo esta idea, debo hacer notar que bajo el espeso traje de la escafandra, no se siente ya elemento líquido, y se cree uno en medio de una atmósfera algo más densa que la terrestre.
Después de media hora de marcha el terreno era rocoso. Las medusas, los crustáceos microscópicos, las penátulas, le iluminaban algún tanto con fulgores fosforecentes, y entreveía montones de piedra que ocultaban algunos millones de zoófitos y espesuras de algas. Se me deslizaba muchas veces el pie sobre aquella viscosa alfombra de despojos marítimos, y sin mi bastón de hierro habría caído más de una vez.
Al volverme veía siempre el fanal blanquecino del Nautilus, que empezaba a palidecer por la distancia. Aquellos montones pedregosos de que acabo de hablar estaban dispuestos en el fondo oceánico, siguiendo cierta regularidad que no sabía explicarme. Distinguía a gigantescos surcos que se perdían en la oscuridad lejana y cuya longitud no podía evaluarse. Otras particularidades se presentaban también de que no sabía darme cuenta. Figurábame que mis pesadas suelas de plomo iban destrozando huesos que chascaban con un ruido seco.
¿Qué era pues aquella vasta llanura que recorría de este modo? Hubiera querido interrogar al capitán, pero su lenguaje por señas, que le permitía hablar con sus compañeros cuando le seguían en sus excursiones submarinas, era todavía incomprensible para mí. La claridad rojiza que nos guiaba iba aumentando e inflamaba el horizonte. La presencia de aquel foco luminoso bajo las aguas me extrañaba bastante. ¿Sería alguna influencia eléctrica que se manifestaba? ¿Me dirigía hacia un fenómeno natural desconocido aún de los sabios de la Tierra?
¿O acaso, porque este pensamiento atravesó también mi cerebro, intervenía la mano del hombre en aquel inmenso fuego atizando el incendio? ¿Debía encontrar bajo las capas profundas compañeros y amigos del capitán Nemo viviendo como él con esa existencia extraña? ¿Y a quienes iría a hacer una visita encontraría allí bajo toda una colonia de desterrados que, cansados de las miserias de la Tierra, hubieran buscado y hallado la independencia entre lo más profundo del océano? Todas esas ideas locas inadmisibles me perseguían. Y en esa disposición de ánimo, incitado sin cesar por la serie de maravillas que pasaban ante mi vista,
no me hubiera sorprendido descubrir en el fondo del mar una de esas ciudades submarinas que el capitán Nemo imaginaba. Nuestro camino se hallaba más y más iluminado, y los fulgores blanquiscos irradiaban en la cima de una montaña de 800 pies próximamente de altura. Pero lo que distinguía era una simple reverberación desarrollada por las capas de la cristalina agua. El foco manantial de esa inexplicable claridad ocupaba la opuesta vertiente de la montaña. En medio de los intrincados senderos pedregosos que surcaban el fondo del Atlántico, el capitán Nemo, que conocía aquel camino sombrío, avanzaba sin titubear,
porque sin duda lo había recorrido a menudo y no podía perderse en él. Seguí a Leé con una confianza inquebrantable, apareciéndome como uno de los genios del mar, cuando marchaba delante de mí, presentando su alta estatura que se mostraba sobre el fondo luminoso del horizonte. A la una de la mañana habíamos llegado a las primeras rampas de la montaña, y para abordarlas tuvimos que aventurarnos por las más difíciles veredas de un vastísimo matorral. Un matorral, sí, de árboles muertos, sin hojas, sin sabia, árboles mineralizados bajo la acción de las aguas, entre los cuales se hallaban gigantescos pinos. Era una especie de mina de huya, de pie todavía, manteniéndose por medio de sus raíces, y cuyas ramas, a maneras de finas cortaduras de papel negro, se dibujaban sencillamente en el fondo de las aguas.
Figurémonos un bosque de harts, colocado en las faldas de una montaña y sumergido en el agua. Los senderos estaban llenos de algas y de fucos, entre los cuales hervía un mundo de crustáceos. Al subir por entre las rocas, tenía que ir saltando por encima de los troncos extendidos, destrozando las enredaderas de mar que se balanceaban de un árbol a otro, y ahuyentando a los peces que volaban de rama en rama. Arrastrado por el deseo de llegar al término, no sentía la fatiga, e iba siguiendo a mi guía que tampoco se cansaba. ¡Qué espectáculo! ¿Cómo pintar el aspecto de esos bosques y de esas rocas en aquel medio líquido? Su parte de abajo, sombría y feroz. Su parte alta, teñida con tonos rojizos, bajo aquella claridad que doblaba el poder reverberante de las aguas. Pisábamos rocas que después rodaban en pedazos enormes, produciendo el sordo rumor de las avalanchas. A derecha e izquierda se abrían tenebrosas galerías, donde se perdía la mirada.
Aparecían en otro punto extensas comarcas, donde parecía que el hombre había destruido la vegetación, y muchas veces llegué a preguntarme si algún habitante de aquellas regiones submarinas se me presentaría de repente. El capitán Nemo subía siempre y no quería quedarme atrás. Seguí lepoés audazmente, apoyándome en mi bastón, que me servía de mucho. Tan pronto saltaba una hendidura cuya profundidad me hubiera hecho retroceder si me hubiera encontrado en tierra, tan pronto me aventuraba sobre el tronco vacilante de un árbol que formaba puente de un lado a otro del abismo, sin mirar siquiera bajo mis plantas por no tener tiempo bastante para admirar las salvajes perspectivas de aquella región. Un paso en vago hubiera sido peligrosísimo en aquellos estrechos senderos que atravesaban las cimas, y me adelantaba con pie firme, sin notar nada que se pareciese a la embriaguez del vértigo. En esta parte, rocas monumentales se inclinaban sobre sus bases irregularmente cortadas. Parecían desafiar las leyes del equilibrio. Entre sus articulaciones retoñaban los árboles como un salto de agua, bajo una presión formidable, sosteniendo a los que a ellos mismos les servían de sostén.
Luego, torres naturales, anchas murallas cortadas a pico, como cortinas de una fortaleza, se inclinaban, formando un ángulo que las leyes de la gravitación no hubiesen autorizado en la superficie de las regiones terrestres. Y no conocía yo mismo esta diferencia, debido a la poderosa densidad del agua, cuando, a pesar de mi traje tan pesado, de mi cabeza de cobre y mis suelas de metal, podía elevarme en aquellas pendientes casi impracticables, subiendo con la ligereza del gamo. Por la relación que hago de esta excursión bajo las aguas, llego a comprender yo mismo, que parecerá inverosímil, y sin embargo, soy el historiador de cosas que aún imposibles en apariencia, son sin embargo, reales, incontestables, no soñadas, porque las he visto y sentido. Dos horas después de haber dejado el Nautilus, habíamos pasado la línea de árboles, y a unos 100 pies sobre nuestras cabezas se levantaba el pico de la montaña, cuya proyección hacía sombra en la brillante irradiación de la opuesta vertiente. Algunos arbustillos petrificados se veían por aquí y por allí, formando sinuosidades terribles, y los peces se levantaban en masa bajo nuestros pasos, como pájaros sorprendidos entre las retamas.
La masa de las rocas se hallaba surcada por impenetrables anfractuosidades, profundas grutas e insondables cimas, en cuyo fondo se veían removerse formidables cosas. Refluíame la sangre hasta el corazón, cuando distinguía una araña enorme o alguna espantosa garra que se volvía a cerrar con ruido en lo sombrío de aquellas cavidades. Millares de puntos luminosos brillaban en medio de aquellas tinieblas. Eran los ojos de gigantescos crustáceos, encerrados en sus cuevas, enormes cabrajos, levantándose como alabarderos y removiendo sus patas con un ruido como de cadenas. Titánicos cangrejos montados como cañones en sus cureñas, y espantosos pulpos entrelazando sus tentáculos como una maleza viva de serpientes. ¿Qué era aquel mundo exorbitante que no conocía aún? ¿A qué orden pertenecían aquellos articulados para quienes la roca formaba como un segundo caparazón?
¿Dónde había hallado la naturaleza el secreto de su existencia vegetativa y desde cuántos siglos vivían de este modo en las últimas capas del océano? No podía detenerme. El capitán Nemo, familiarizado con aquellos animales terribles, no hacía ya caso alguno de ellos. Habíamos llegado a una especie de plataforma donde me esperaban todavía nuevas sorpresas. Allí se dibujaban pintorescas ruinas que denunciaban la mano del hombre y no la del creador. Eran vastos montones de piedras donde se distinguían vagas formas de castillos, de templos, poblados por un mundo de zoófitos en flor, a los cuales, en vez de hiedra, formaban las algas un espeso manto vegetal. ¿Qué era, pues, esa porción del globo sumergida por los cataclismos? ¿Quién había dispuesto aquellas rocas y aquellas piedras como monumentos druídicos de los tiempos antihistóricos? ¿Dónde estaba? ¿A dónde me había arrastrado el capricho del capitán Nemo? Hubiera querido preguntarle, pero no pudiendo hacerlo, le detuve por un brazo. Él, entonces, sacudiendo la cabeza y enseñándome la última cima de la montaña, pareció decirme, Anda, Anda todavía, sígueme siempre.
Le seguí en un momento nuevo de entusiasmo y, pocos minutos después, llegué al pico que dominaba, en una docena de metros, toda aquella masa de rocas. Entonces, dirigí una mirada a la parte que acabábamos de recorrer. La montaña se elevaba a apenas 700 u 800 pies sobre la llanura, pero desde su vertiente opuesta dominaba con una doble altura el fondo de aquella porción del Atlántico. Extendí mis miradas a lo lejos, abrazando un vasto espacio iluminado por una violenta fulguración, porque, en efecto, aquella montaña era un volcán. A unos 50 pies, debajo del pico, en medio de una lluvia de piedras y escorias, vomitaba un ancho cráter torrentes de lava que se dispersaban en cascadas de fuego en medio de la masa líquida. Así colocado, ese volcán iluminaba como una inmensa antorcha la llanura inferior hasta los últimos límites del horizonte.
Ya he dicho que el cráter submarino arrojaba lava, pero no llamas, porque las llamas necesitan el oxígeno del aire y no podrían desarrollarse bajo las aguas. Pero los raudales de lava que tienen en sí el principio de su incandescencia pueden llegar al rojo blanco, luchar victoriosamente con el elemento líquido y evaporarle a su contacto. Rápidas corrientes arrastraban todos aquellos gases en difusión y los torrentes de lava se deslizaban hasta el fondo de la montaña como deyecciones del Vesubio sobre otra torre de Greco. Allí, en efecto, aparecía a mi vista una ciudad arruinada, con sus techos hundidos, sus templos derruidos, sus arcos dislocados, las columnatas caídas en tierra, donde aún podían reconocerse las sólidas proporciones de una especie de arquitectura toscana. Más lejos, algunos restos de un acueducto gigantesco. Aquí, la cimentada elevación de una acrópolis con las formas flotantes de un partenón.
Allí, vestigios de malecones, como si algún antiguo puerto hubiera abrigado en otro tiempo en las costas de un océano desaparecido los buques mercantes y los triremes de guerra. Todavía mucho más allá, largas líneas de murallas derribadas, anchas calles desiertas, toda una pompeya escondida bajo las aguas, que el Capitán Nemo resucitaba ante mis ojos. ¿Dónde estábamos? ¿En qué sitio me hallaba? Quería saberlo a toda costa, quería hablar, quería arrancar la esfera de cobre que aprisionaba mi cabeza. El Capitán Nemo entonces vino hacia mí y me detuvo con una demanda. Recojó un pedazo de greda, avanzó hacia una roca de basalto negro y trazó esta sola palabra. Atlántida. ¿Qué rayo de luz cruzó por mi imaginación? La Atlántida, la antigua merópide de Teopompo, la Atlántida de Platón, ese continente negado por orígenes por Firio, Jamblico, Anvil, Maltebrum, Humboldt, que consideraban su desaparición como leyenda imaginaria.
Admitido por Poseidonio, Plinio, Amiano Marcelino, Tertuliano Engel, Jere, Tournefort, Buffon, Abesac, lo tenía yo allí ante mis ojos, con los irrecusables testimonios de su catástrofe. Estaba pues contemplando aquella región sumergida que había existido fuera de Europa, de Asia, de Libia, más allá de las columnas de Hércules, donde vivía aquel poderoso pueblo de los Atlantes, contra el cual se hicieron las primeras guerras de la antigua Grecia. El historiador que ha consignado en sus escritos los grandes hechos de aquellos tiempos heroicos es el mismo Platón, y su diálogo de Timeo y de Critias ha sido trazado, por decirlo así, bajo la inspiración de Solón, poeta y legislador. Cierto día, departía Solón con algunos sabios, ancianos de Sais, ciudad que ya contaba unos 800 años, como lo atestiguaban sus anales, grabados en los sagrados muros de sus templos. Uno de aquellos ancianos contó la historia de otra ciudad mil años más antigua.
Esa ciudad ateniense, de edad de 900 siglos, había sido invadida en parte, y en parte destruida, por los Atlantes, que, decía él, ocupaban un continente inmenso, mayor que el Asia y el África reunidas, que cubría una superficie comprendida desde el 12 grados al 40 grados de latitud norte. Su dominación se extendía hasta el Egipto, y quisieron imponerla a Grecia, teniendo que retirarse ante la indomable resistencia de los helenos. Transcurrieron los siglos, sobrevino un cataclismo, inundaciones y terremotos. Una noche y un día bastaron para destruir esa Atlántida, cuyas más altas cimas, Madera, Las Azores, Canarias, las islas de Cabo Verde, se descubren todavía. Tales eran los recuerdos históricos que la inscripción del Capitán Nemo hacía palpitar en mi mente. Así pues, conducido por el más extraño destino, hollaba con mis pies una de las montañas de aquel continente.
Tocaba con mi mano aquellas ruinas, mil veces seculares y contemporáneas de las épocas geológicas. Caminaba por donde habían caminado los contemporáneos del primer hombre. Destrozaba bajo mis pesadas suelas aquellos esqueletos de animales de los tiempos fabulosos, que los árboles, ahora mineralizados, cubrieron en otro tiempo con su sombra. Ah, por qué me faltaba tiempo. Hubiese querido descender las escarpadas vertientes de las montañas, recorrer por entero aquel inmenso continente, que reunía sin duda el África con la América, y visitar aquellas grandes ciudades antidiluvianas. Allí, quizá, bajo mis miradas, se extendían Machimos, la guerrera, Eusebes, la piadosa, cuyos gigantescos habitantes vivían siglos enteros, y a quienes no faltaba fuerza necesaria para amontonar aquellos peniascos que resistían todavía a la acción de las aguas. Algún día, quizá, un fenómeno eruptivo devolverá de nuevo a la superficie esas ruinas sumergidas bajo las olas. Se han señalado numerosos volcanes submarinos en esa porción del océano, y muchas naves han sentido sacudidas extraordinarias al pasar por encima de aquellos fondos tormentosos.
Las unas han oído rumores sordos que anunciaban la profunda lucha de los elementos. Las otras han recogido cenizas volcánicas proyectadas fuera del mar, y todo aquel suelo hasta el ecuador está trabajado por las fuerzas plutónicas. Quién sabe si en alguna época lejana, aumentados por las deyecciones volcánicas y por las capas sucesivas de lava, aparecerán los vértices de algunas montañas volcánicas en la superficie del Atlántico. Mientras que yo discurría de este modo, mientras procuraba fijar en mi memoria todos los detalles de aquel grandioso paisaje, el capitán Nemo, de Bruces, sobre una repisa de musgo, permanecía inmóvil y como petrificado de un éxtasis silencioso. Pensaba en esas generaciones que han desaparecido, y les preguntaba el secreto de los destinos humanos. Venía allí aquel hombre extraño a inspirarse en los recuerdos de la historia y renacer a esa vida antigua. Él que no quería nada de la moderna, ¿cuánto habría yo dado por conocer sus pensamientos, por participar de ellos y comprenderlos?
Quedamos en aquel sitio más de una hora contemplando la vasta llanura al resplandor de la lava, que en algunos momentos tomaba una sorprendente intensidad. La efervescencia del interior producía rápidos estremecimientos en la superficie de la montaña, y los rumores de lo profundo claramente transmitidos por la masa líquida se repercutían con majestuosa amplitud. La luna en aquel momento apareció un instante a través de las aguas, y despidió y arrojó algunos pálidos reflejos sobre el sumergido continente. Fue solo un fulgor, pero de efecto indescriptible. El capitán se levantó, dirigió una postrer mirada sobre la llanura, y me hizo una señal con la mano para que le siguiera. Descendimos rápidamente de la montaña, y una vez transpuesto el bosque mineralizado, distinguí el fanal del Nautilus, que brillaba como una estrella.
El capitán marchó directamente hacia él, y nos hallamos a bordo en el momento en que los primeros albores del día comenzaban a teñir de blanca luz la superficie del océano. Fin del capítulo noveno