Chapter 34
Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Berne, traducido por Vicente Guimera. Segunda parte, del Pacífico al Atlántico. Esta es una grabación del Ibribox. Todas las grabaciones del Ibribox son del dominio público. Grabado por Víctor Villarraza. Capítulo décimo. Los criaderos carboníferos submarinos.
Al siguiente día, 20 de febrero, me desperté muy tarde. Las fatigas de la noche habían prolongado mi sueño hasta las once. Y me vestí con prontitud porque deseaba conocer la dirección del Nautilus. Los instrumentos me indicaron que corría siempre hacia el mar, con una velocidad de 20 millas por hora y a una profundidad de 100 metros.
Entró Consejo y le conté nuestra excursión nocturna, indicándole que estando abiertas las ventanas, todavía podía entrever una parte del continente sumergido. Efectivamente, el Nautilus navegaba a 10 metros del suelo por la llanura de la Atlántida. Caminando como un globo llevado por el viento sobre las praderas terrestres. Por manera que podría decirse con verdad que nos hallábamos en aquel salón como en el vagón de un tren express.
Los primeros planos que pasaban ante nuestra vista eran rocas cortadas fantásticamente. Bosques convertidos del reino vegetal al mineral y cuyos inmóviles contornos parecían gesticular bajo el reflejo de las movedizas aguas. Había también allí masas lapidias, envueltas entre alfombras de axidias y de anémonas erizadas de largas hidrófitas verticales. Y se veían además algunas conglomeraciones de labas extrañamente contorneadas, que atestiguaban todo el furor de las expansiones plutónicas.
Mientras que tan singulares sitios resplandecían al fulgor de nuestros fuegos eléctricos, referí a Consejo la historia de aquellos Atlantes, que bajo un punto de vista puramente imaginario inspiraron a Bailey tan encantadoras páginas. Le hablé de las guerras de esos pueblos heroicos y discutí la cuestión de la Atlántida como hombre que ya no puede dudar. Pero Consejo, distraído casi, no me escuchaba y bien pronto reconocí en qué consistía su indiferencia para tratar aquel punto histórico. Numerosos peces, efectivamente, atraían sus miradas.
Y cuando pasaban, Consejo, transportado a los abismos de la clasificación, salía del mundo real, no quedándome otro recurso que seguirle y continuar con él nuestros estudios ictiológicos. Por lo demás, no diferían sensiblemente aquellos peces del Atlántico de los que hasta entonces habíamos observado. Eran rayas de una talla gigantesca de unos 5 metros de longitud, dotadas de gran fuerza muscular, que les permite lanzarse fuera de las olas. Escualos de diversas especies, entre otras un glauco de 15 pies, con dientes triangulares y agudos, tan transparente que se hacía invisible en medio de las aguas.
Sagros morenos, humantinos en forma de prismas y blindados por una piel tuberculosa, esturiones semejantes a sus congéneres del Mediterráneo, ciñatos trompetas de pie y medio de largo de color moreno amarillento, provistos de pequeñas nadaderas grises, sin dientes ni lengua, y que desfilaban como finas y flexibles serpientes. Entre los peces óseos notó consejo los Macairas negruzcos, de unos 3 metros de largo y con su mandíbula superior armada de una penetrante espada.
Las arañas de mar de animados colores, conocidas en tiempo de Aristóteles, bajo el nombre de dragones marinos, muy peligrosos de asir a causa de los aguijones de su aleta dorsal, los corifemos de dorso pardo listado con pequeñas rayas azules y cercados por un vivo de oro, las hermosas doradas, las crisóstomas lunas, especie de disco con reflejos de azul, que iluminados encima por los rayos solares formaban como manchas de plata,
y por último los cilias espadones, de 8 metros de largo, que marchaban abandadas y llevaban nadaderas amarillentas cortadas en forma de oso, y largas espadas de 6 pies, animales intrépidos, más bien herbívoros que pisívoros, y que obedecen a la más pequeña señal de sus hembras como maridos bien educados. Pero observando estas diversas muestras, no dejaba tampoco de examinar las largas llanuras de la Atlántida. Con frecuencia, los accidentes caprichosos del terreno obligaban al Nautilus a amortiguar su velocidad,
deslizándose entonces con la destreza de un cetáceo por las estrechas gargantas de las colinas, y si aquel laberinto se tornaba muy intrincado, elevabase el aparato entonces como un globo, y superando el obstáculo volvía a continuar su rápida carrera a algunos metros por encima del fondo. Admirable y deliciosa navegación, que recordaba las maniobras de un paseo aerostático, con la diferencia de que el Nautilus obedecía pasivamente a la mano del timonel,
a eso de las cuatro de la tarde, el terreno, generalmente compuesto de un fango espeso y mezclado de ramas mineralizadas, se modificó poco a poco, llegando a ser más rocoso y sembrado de conglomerados y tobas basálticas, con algunas partículas de lava y de obsidianas sulfurosas. Calculé que la región de las montañas iba a suceder bien pronto a las grandes llanuras, y efectivamente, al hacer el Nautilus algunas evoluciones, distinguí en el horizonte meridional una alta muralla,
que parecía cerrar toda salida. Pasaba a su cima evidentemente del nivel del océano, y debía ser un continente, o por lo menos una isla, tal vez del grupo de las canarias, o de las de Cabo Verde, porque faltando los instrumentos, quizás ex profeso, no pude reconocer nuestra posición. En definitiva, aquella muralla me pareció que señalaba el fin de la Atlántida, de la cual solo habíamos recorrido una pequeña parte. Por la noche, aunque me quedé solo, pues consejo, se volvió a su habitación,
no interrumpí mis observaciones. El Nautilus, amortiguando su marcha, revoloteaba sobre las masas confusas del terreno, ya rozándolas como si hubiera querido pararse, ya remontándose caprichosamente a la superficie. Entonces, entreveía algunas vivas constelaciones a través de las aguas cristalinas. Y precisamente, cinco o seis de esas estrellas zodiacales que van rezagadas a la cola de Orión. Mucho tiempo habría permanecido aún en mi observatorio, admirando las bellezas del mar y del cielo, cuando se cerraron las ventanas.
En aquel momento, el Nautilus había llegado a estar verticalmente situado sobre la muralla, sin que pudiera atinar de qué manera maniobraba. Volví entonces a mi cuarto y el Nautilus no se movía absolutamente. Dormime, pues, con la firme intención de despertar tras de algunas horas de sueño. Pero al día siguiente eran las ocho cuando volví al salón y examiné el manómetro. Reconocí entonces que el Nautilus flotaba en la superficie del océano. Por otra parte, oía ruidos de pasos en la plataforma, aún cuando no sentía que el más ligero vaivén revelase la ondulación de las aguas superiores. Subí hasta la escotilla que estaba abierta y en vez de la luz que esperaba encontrar, me vi cercado de una profundísima oscuridad.
¿En dónde estábamos? ¿Me había equivocado? ¿Era todavía de noche? No, porque no brillaba estrella alguna y la noche no tiene esas tinieblas absolutas. No podía darme cuenta de lo que pasaba cuando oí una voz que me decía, ¿sois vos, señor profesor? ¡Ah! ¡Capitán Nemo! respondí. ¿Dónde estamos? Debajo de tierra, señor profesor. ¿Debajo de tierra? exclamé. ¿Y el Nautilus flota todavía?
Flota siempre. Pues no comprendo. Esperad algunos instantes, que se va a encender el fanal y puesto que tanto os gustan las situaciones claras, quedaréis satisfechos. Puse el pie en la plataforma y esperé. La oscuridad era tan completa que no distinguía ni aún al Capitán Nemo. Y con todo eso, mirando al Zenith exactamente sobre mi cabeza, creí distinguir un fulgor indeciso, una especie de crepúsculo que entraba por un orificio circular.
En ese momento se encendió repentinamente el fanal y su vivo resplandor hizo desvanecer aquella luz vaga. Después de haber cerrado un momento mis ojos, deslumbrados por la electricidad, miré en torno. Y el Nautilus estaba estacionario. Flotaba allí como si estuviera junto a los malecones de un muelle. La mar que le sostenía en aquel momento era un lago encerrado en un circo de murallas que medía dos millas de diámetro, o sea, seis de contorno. Su nivel, que se hallaba indicado en el manómetro, no podía ser más que el nivel exterior, porque existía necesariamente una comunicación entre ese lago y el mar.
Las altas paredes, inclinadas sobre su base, formaban una especie de bóveda figurando un inmenso embudo, cuya altura contaría 500 o 600 metros. En lo alto se abría un orificio circular, por el cual había sorprendido esa ligera claridad, debida evidentemente a la irradiación diurna. Antes de examinar con más detención las disposiciones interiores de esta enorme caverna, antes de preguntarme si era eso la obra de la naturaleza o del hombre, me dirigí al Capitán Nemo. ¿Dónde estamos? –le dije–, en el centro mismo de un volcán apagado, me respondió el Capitán. Un volcán, cuyo interior ha sido invadido por el mar a consecuencia de alguna convulsión del terreno.
Mientras que dormíais, señor profesor, el Nautilus ha penetrado en este gran lago por un canal natural, abierto a unos 10 metros bajo la superficie del océano. Aquí está un puerto seguro, cómodo, misterioso, abrigado de todos los rumbos del viento. Alladme, en las costas de vuestros continentes o de vuestras islas, una rada que equivalga a este refugio, asegurado contra el furor de los huracanes. Efectivamente, respondí. Aquí estáis en completa seguridad, Capitán Nemo. ¿Quién podría llegar hasta vos en el centro de un volcán? ¿Pero no he distinguido yo en la cima una abertura?
Sí, un cráter, lleno en otro tiempo de lava, vapores y llamas, que ahora da paso al aire vivificante que respiramos. ¿Cuál es, pues, esta montaña volcánica? Pregunté. Pertenece a uno de los numerosos islotes de que se haya sembrado este mar, y simple escollo para los navíos es para nosotros inmensa caverna que por casualidad he descubierto, y realmente esta casualidad me ha servido de mucho. ¿Y no se podría descender por ese orificio que forma el cráter de volcán? Ni tampoco puede subirse. Hasta la altura de unos 100 pies, la base interior de esta montaña es practicable, pero encima, las paredes se hallan fuera de la vertical y no podrían escalarse sus rampas. Veo, capitán, que la naturaleza os sirve en todas partes. Estáis con seguridad en este lago y nadie puede visitar sus aguas. Pero, ¿para qué sirve este refugio si el Nautilus no tiene necesidad de puerto?
Ciertamente, señor profesor, pero ¿tiene necesidad de electricidad para moverse, de elementos para producir su electricidad, de sodio para alimentar sus elementos, de carbón para hacer ese sodio, y de minas de huya para extraer su carbón? Viene aquí porque precisamente el mar cubre bosques enteros que fueron frondosos en los tiempos geológicos, ahora mineralizados y transformados en huya, sirviéndome como inagotable mina. ¿Vuestros hombres harán aquí por consiguiente el oficio de mineros? Precisamente, estas minas se extienden bajo las olas como las de Newcastle, y en ellas, revestidos con la escafandra, con el pico y asadón en la mano, vienen mis hombres a extraer esa huya que no he pedido a las minas de la tierra. Cuando quemo el combustible para la fabricación del sodio, el humo que se escapa por el cráter de esta montaña, le da todavía la apariencia de un volcán en actividad.
¿Y veremos nosotros todas esas operaciones? Por esta vez al menos no, pues tengo prisa por continuar nuestra vuelta al mundo submarino, y por eso me contentaré con agotar las reservas de sodio que poseo. Nos detendremos el tiempo necesario para embarcarlas, es decir, un día solamente, y continuaremos nuestro viaje. Si queréis recorrer esta caverna y dar la vuelta al lago, aprovechaos de este día, señor Aron Nax. Dí gracias al capitán y me fui a buscar a mis compañeros, que no habían abandonado su cuarto.
Les invité a que me siguieran, sin decirles dónde se encontraban. Subieron a la plataforma conmigo y consejo, que de nada se asombraba, miró como cosa muy natural el despertarse debajo de una montaña después de haberse dormido debajo de las olas. Y Ned Land procuró investigar si la caverna presentaba alguna salida. Después del desayuno, a eso de las 10, salimos del Nautilus. ¿Ya estamos otra vez en tierra? Dijo consejo.
A esto no lo llamo yo tierra, dijo el canadiense. Y además no estamos encima, sino debajo. Entre el pie de las paredes de la montaña y las aguas del lago, se desarrollaba una ribera arenosa, que en su mayor anchura medía 500 pies. En aquella ladera se podía caminar cómodamente, dando la vuelta al lago, pero la base de tan altas paredes formaba un suelo muy quebrado, sobre el cual yacían en pintoresco amontonamiento bloques volcánicos y enormes piedras pomes. Todas esas masas disgregadas, cubiertas con un esmalte pulimentado bajo la acción de los fuegos subterráneos, lanzaban resplandores al contacto de los destellos eléctricos,
y el polvo micasio de la ribera que nuestros pasos levantaban revoloteaba como una nube de chispas. Elevaba el terreno sensiblemente, alejándose del reflujo de las olas, y muy pronto llegamos a unas rampas sinuosas, largas y empinadas, que permitían elevarse poco a poco, siendo sin embargo preciso marchar con mucha prudencia en medio de aquellos conglomerados que no tenían trabazón alguna entre sí, y donde el pie se escurría sobre los traquitos vidriosos formados de cristales de feldespato y de cuarzo. La naturaleza volcánica de esta enorme excavación se veía en todas partes, y se lo hice observar así a mis compañeros. ¿Os figuráis? les pregunté. ¿Lo que vendría a hacer este embudo cuando se llenaba de labas hirvientes y cuando el nivel de ese líquido incandescente se levantaba hasta el orificio de la montaña como la fundición por las paredes de un hornillo?
Perfectamente me lo represento, respondió Consejo. ¿Pero podrá decirme el señor por qué ha suspendido el gran fundidor sus operaciones y en qué consiste que esté el hornillo reemplazado por las tranquilas aguas de un lago? Probablemente, Consejo, porque a consecuencia de alguna convulsión se habrá producido bajo la superficie del océano esa abertura que le ha servido de paso al nautilus. Entonces, las aguas del Atlántico se han precipitado al interior de la montaña, y ha habido una terrible lucha entre los dos elementos, terminando con ventaja de Neptuno. Pero desde entonces han transcurrido muchos siglos, y el volcán sumergido se ha transformado en pacífica gruta.
Está muy bien, replicó Ned Lann. Toda esa explicación, pero al propio tiempo lamento en interés nuestro que esa abertura de que habla el señor profesor no se haya hecho sobre el nivel del mar. Pues amigo Ned, replicó Consejo, no siendo este pasaje submarino no hubiera podido penetrar aquí dentro el nautilus. Y debo añadir, señor Lann, que las aguas no se habrían precipitado al interior de la montaña, y el volcán sería hoy todavía volcán, siendo por tanto superfluas vuestras pesadumbres. Nuestra ascensión continuaba, y las rampas se iban haciendo cada vez más empinadas, estrechas, cortadas a veces por profundas excavaciones que era preciso saltar.
A veces teníamos que dar vuelta a grandes masas que habían caído a plomo, y deslizarnos de rodillas o arrastrarnos de bruces. Pero la destreza de Consejo y la fuerza del Canadiense sirvieron de poderoso auxilio para vencer todos los obstáculos. A la altura de unos 30 metros próximamente se modificó la naturaleza del terreno, sin que esto quiera decir que fuese más practicable. Y a los conglomerados y traquitos sucedieron los basaltos negros, extendidos en capas llenas de ampolladuras, procedentes de los gases efervescentes, o bien formando prismas regulares, dispuestos como una columnata, sobre la cual parecía sostenerse aquella bóveda inmensa, admirable muestra de la arquitectura natural. Luego, entre aquellos basaltos serpenteaban cuajados arroyos de lava enfriada, incrustados con listas bituminosas, y en algunos puntos se extendían anchas alfombras de azufre.
La luz, entrando por el cráter superior, inundaba con una vaga claridad todas aquellas deyecciones volcánicas, enterradas para siempre en el seno de la apagada montaña. Muy luego fue detenida, sin embargo, nuestra marcha ascensional a una altura de 250 pies próximamente por insuperables obstáculos. La curvatura interior se tornaba vertical, y hubimos de trocarla subida en paseo circular. En este último plano comenzaba a luchar ya el reino vegetal con el mineral, y algunos arbustos y ciertos árboles brotaban entre las grietas de las paredes. Reconocí los euforbios que dejaban correr su cáustico jugo, los heliótropos inhabilitados para justificar su nombre, puesto que nunca llegaban hasta ellos los rayos solares, y que inclinaban tristemente sus racimos de flores con colores y perfumes casi pasados. Aquí y allá retoñaban tímidamente algunos crisantemos, al pie de algunas sádivas de largas hojas, tristes y enfermizas.
Pero entre los regueros de lava distinguí unas pequeñas violetas, perfumadas aún con un ligero olor, y confieso que las respiré con placer. El perfume es el alma de la flor, y las flores del mar, esas espléndidas hidrófitas, no tienen alma. Habíamos llegado al pie de un bosquecillo de robustos dragoneros, que separaban las rocas al esfuerzo de sus musculosas raíces, cuando Ned Land exclamó ¡Ah, señor! ¡Una colmena! ¿Una colmena? Repliqué haciendo una demanda de incredulidad.
¡Sí! ¡Una colmena! Repitió el canadiense. ¡Y abejas que andan zumbando alrededor! Me aproximé y tuve que ceder ante la evidencia. Allé allí, en el orificio de un agujero abierto, cerca de un dragonero, algunos millares de esos ingeniosos insectos tan comunes en todas las canarias, y cuyos productos son allí particularmente estimados.
Naturalmente el canadiense quiso hacer su provisión de miel, y no era yo quien había de oponerme. Después de reunir una cantidad respetable de hojas secas mezcladas con azufre, el canadiense hizo saltar algunas chispas de un pedernal, y comenzó a ahuyentar con el humo a las abejas. Cesaron poco a poco los zumbidos, y la colmena, ya desierta, entregó muchas libras de una miel perfumada. Ned Lant llenó su morral y nos dijo, Cuando haya mezclado esta miel con la pasta del harto carpo, podré ofreceros un suculento pastel.
Teantre exclamó consejo, eso será pan de especias. Válgate por el pan de especias, dije. Pero continuemos nuestro interesante paseo. En algunos recodos del sendero que seguíamos entonces, aparecía el lago en toda su extensión iluminado por el fanal eléctrico, en apacible superficie, en donde no se notaban ni risos ni ondulaciones. Guardaba el nautilus una inmovilidad perfecta, y sobre su plataforma y sobre la playa se agitaban los hombres de la tripulación, sombras negras que se destacaban en medio de aquella atmósfera luminosa.
En aquel momento dábamos vuelta a la cresta elevada de aquellos primeros planos de rocas que sostenían la bóveda. Entonces vi que no eran las abejas los únicos representantes del reino animal en el interior de aquel volcán, porque las aves de rapiña se cernían y daban vueltas por acá y por allá en las sombras, o se escapaban de sus nidos colgados en la punta de las rocas. Había milanos de vientre blanco y cernícalos chillones. También por las pendientes se paseaban con toda la rapidez de sus zancas hermosas y gordísimas abutardas. Puede figurarse cualquiera cómo se excitaría la codicia del canadiense al ver aquella sabrosa carne, y si lamentaría de no tener una escopeta en la mano.
Trató de reemplazar al plomo con las piedras, y después de muchos infructuosos ensayos consiguió herir una de esas magníficas aves. Si dijera que arriesgó 20 veces su vida para apoderarse de ella, no exageraría nada. Y la verdad es que tanto trabajó que el animal fue a reunirse con los panales de miel en su morral. Bajamos entonces hacia la ribera, porque la cresta ya era impracticable. El cráter abierto aparecía encima de nosotros como la ancha abertura de un pozo.
Desde este punto se podía distinguir el cielo con bastante claridad, y veíamos correr las nubes desparramadas por el viento oeste, que venían a chocar en la cima de la montaña deshaciéndose en brumosos trozos. Lo cual probaba que esas nubes no iban muy altas, pues el volcán se elevaba a apenas 800 pies sobre la superficie del océano. Media hora después de la última hazaña del canadiense, habíamos vuelto a la ribera interior, donde se hallaba representada la flora por anchas alfombras de esa crista marina,
pequeña planta umbelífera, excelente para ser confitada, que lleva también los nombres de quebrantapiedra, pasapiedra e hinojo marino, y de la cual Consejo recogió algunos manojos. En cuanto a la fauna, se contaban por millares los crustáceos de todas especies, los cabrajos, los cangrejos redondos, los palemones, los misis, los cegadores, las galateas, y un prodigioso número de conchas, porcelanas, rocas y pechinas.
Se abría en aquel punto una magnífica gruta, y mis compañeros y yo tuvimos un gran placer extendiéndonos sobre la fina arena. Había pulimentado el fuego sus esmaltadas y chispiantes paredes, salpicadas todas por el polvo de mica. Ned Lann las golpeaba, procurando averiguar su espesor, lo cual me hizo sonreír. Recayó entonces la conversación sobre sus eternos proyectos de evasión, y sin adelantarme demasiado, creí que podría darle alguna esperanza,
y era que el Capitán Nemo no había descendido al sur más que para proveerse de sodio. Creía pues que luego volvería hacia las costas de Europa o América, lo que permitiría al canadiense renovar con mejor éxito su abortada tentativa. Llevaríamos acostados en la encantadora gruta como una hora, y la conversación, muy animada al principio, había caído entonces en un estado de languidez,
hasta el punto de que se apoderaba de nosotros una especie de somnolencia. Como no tenía razón alguna para resistir el sueño, me quedé en un profundo adormecimiento, y soñaba, puesto que uno no escoge sus sueños, soñaba que mi existencia se hallaba reducida a la vida vegetativa de un simple molusco, pareciéndome que aquella gruta formaba la doble valva de mi concha.
De repente me despertó la voz de consejo. ¡Alerta, alerta! gritaba el digno mozo. ¿Pues qué hay? pregunté incorporándome un poco. El agua se adelanta hacia nosotros y nos va a envolver. Me puse de pie y efectivamente el mar se precipitaba como un torrente
dentro del retiro donde nos habíamos cobijado, siendo preciso, puesto que no éramos moluscos, tratar de salvarnos. En pocos instantes pudimos subir sobre la cima de la gruta, donde nos hallábamos seguros. ¿Ocurre, pues? preguntó consejo. ¿Algún nuevo fenómeno? No, amigo mío, respondí.
Es la marea que iba a sorprendernos, como al héroe de Walter Scott. El océano crece por fuera, y por ley natural del equilibrio el nivel del lago sube también. Hemos salido librados a trueque de un semibaño, y lo principal es ir a mudarnos al Nautilus. Tres cuartos de hora más tarde habíamos terminado nuestro paseo circular, y llegábamos a bordo a tiempo que la tripulación acababa de embarcar las provisiones de sodio,
hallándose el Nautilus dispuesto para la marcha. El capitán Nemo, con todo esto, no daba orden alguna, y yo no pude hallar otra explicación sino que esperaba la noche para salir secretamente por el pasaje submarino. Como quiera que fuese, al siguiente día el Nautilus, habiendo dejado su puerto,
navegaba mar adentro a algunos metros debajo de las olas del Atlántico. Fin del capítulo décimo.