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from 20000 Leguas de Viaje Submarino by Jules Verne — automated transcript, may contain recognition errors.

Veinte mil leuas de viaje submarino de Julio Berne, traducido por Vicente Guimará. Segunda parte, del Pacífico al Atlántico. Esta es una grabación del Ibribox. Todas las grabaciones del Ibribox son del dominio público. Grabado por Víctor Villarraza.

Capítulo décimo primero, el mar de Zargazo. No habiéndose modificado la dirección del Nautilus, toda esperanza de regresar a los mares europeos quedaba momentáneamente desvanecida. El Capitán Nemo conservaba el derrotero hacia el sur. ¿A dónde nos llevaba? No me atrevía yo a imaginarlo.

Aquel día, el Nautilus atravesó una porción muy singular del Atlántico. Se desconoce la existencia de aquella gran corriente de agua templada, denominada Gulf Stream. Diríjense estas aguas desde la Florida hacia el Spitzberg. Pero antes de penetrar en el Golfo de México, a los 44 grados de latitud norte, se divide la corriente en dos brazos, marchando el principal hacia las costas de Irlanda y Noruega,

mientras que el segundo, tuerce al sur hasta la altura de las Azores, y después de tocar en las playas africanas, describiendo un óvalo prolongado, vuelve hacia las Antillas. Ahora bien, este segundo brazo envuelve con agua templada y a modo de collar, esa porción del océano, fría, inmóvil, tranquila, llamada Mar de Zargazo. Verdadero lago en medio del Atlántico, las aguas de la gran corriente,

no emplean menos de tres años para dar la vuelta entera en su derredor. El Mar de Zargazo, hablando propiamente, cubre toda la parte sumergida de la Atlántida, y no han faltado autores que al hablar de las numerosas hierbas que le cubren, las han supuesto desprendidas de las praderas del antiguo continente. Es más probable, sin embargo, que esas hierbas, algas y fucos, arrancadas de las playas de Europa y América,

son arrastradas hasta esta zona por Gulf Stream. Esta fue precisamente una de las razones que indujeron a Colón a suponer la existencia de un nuevo mundo. Cuando las embarcaciones del atrevido explorador llegaron al Mar de Zargazo, navegaron, no sin trabajo, entre aquellas hierbas que estorbaban la marcha, con notable espanto de las tripulaciones, y emplearon tres semanas en atravesarlas.

Tal era aquella región que el Nautilus visitaba entonces. Una verdadera pradera, una alfombra tupida de algas, fucos flotantes, uvas del trópico, tan espeso todo y tan compacto que la roda de un buque no podía surcarlo sin esfuerzo. Por eso, el capitán Nemo, no queriendo comprometer su hélice entre aquella masa herbácea, se mantuvo a algunos metros de profundidad debajo de la superficie de las aguas.

El nombre dado a este trozo de mar procede de la voz española Zargazo, que se aplica a la especie de alga denominada Bárek nadador o portavalla, la cual forma aquel banco inmenso. Veamos ahora cómo explica el erudito Maury, en la geografía física del globo, la reunión de aquellas hidrófitas en esta pacífica región del Atlántico.

La explicación que de esto puede darse, dice, me parece resultar de un experimento que todos conocen. Colocando en un vaso fragmentos de corcho o de cualquier otro cuerpo flotante e imprimiendo al agua de este vaso un movimiento circulatorio, los trozos desparramados se agrupan al centro de la superficie líquida,

esto es, en el punto menos agitado. En el fenómeno que nos ocupa, el vaso es el Atlántico, el Gulf Stream es la corriente circular y el mar de Zargazo, el punto central donde se reúnen los cuerpos flotantes. Participo de la opinión de Maury, habiendo podido estudiar el fenómeno

en aquel medio especial donde los buques penetran raras veces. Encima de nosotros flotaban amontonados junto a las parduscas, hierbas, cuerpos de todas procedencias, como troncos de árboles, desprendidos de los andes o de las montañas rocosas y traídos por el río de las Amazonas o por el Mississippi,

numerosos despojos de naves, quillas y cascos, tablones desquiciados y tan sobrecargados con las conchas y las anatifas que ya no podían remontarse a la superficie. Y el tiempo justificará esta otra opinión de Maury, a saber, que esas materias, así acumuladas durante siglos enteros,

se mineralizarán bajo la acción de las aguas y formarán inagotables minas de ulla, reserva preciosa que la naturaleza previsora prepara para el momento en que los hombres habrán agotado las de los continentes. En medio de aquel enmarañado tejido de hierbas y de fucos

observé unos elegantes alciones estrellados de color rosado, unas actiñas que dejaban arrastrar su larga cabellera de tentáculos, unas medusas verdes, encarnadas, azules y particularmente esas grandes risóstomas de cubier, cuya umbella está ribeteada por un festón isolado. Todo aquel día, 22 de febrero, se pasó en el mar de Zargazo,

donde los peces, aficionados a las plantas marinas y a los crustáceos, encuentran abundante nutrición. Al siguiente día, tenía el océano su aspecto habitual. Desde entonces y durante 19 días, del 23 de febrero al 12 de marzo, el Nautilus, situado en medio del Atlántico,

nos llevó con velocidad constante de 100 léguas cada 24 horas. El capitán Nemo quería evidentemente cumplir con su programa submarino y yo no dudaba que no le ocurriese doblar de nuevo el cabo de hornos para volver a los mares australes del Pacífico. Eran pues fundados los temores de Nedland.

En aquellos dilatados mares privados de islas, no podía pensarse en escapar de bordo. No habiendo medio de oponerse a la voluntad del capitán Nemo, no quedaba más partido que el de someterse. Pero lo que no podía esperarse de la fuerza o de la astucia, yo me complacía en creer que al fin se obtendría por la persuasión.

Terminado este viaje, el capitán Nemo quizá consentiría en devolvernos la libertad con juramento de no revelar nunca su existencia. Y este juramento lo cumpliríamos. Mas era preciso tratar esta delicada cuestión con el capitán. Ahora bien, ¿sería bien recibida mi petición?

¿No había declarado ya muy formalmente que el secreto de su vida exigía nuestra prisión perpetua a bordo del Nautilus? ¿No debía mi silencio de cuatro meses parecerle una aceptación tácita de la situación? Volviendo a hablar del asunto, ¿no habría fundados motivos de sospechas que podrían perjudicar nuestros proyectos

si alguna circunstancia favorable se presentase más tarde para ponerla en planta? Yo pesaba todas estas razones. Yo les daba mil vueltas en mi imaginación. Yo las sometía al dictamen de consejo que no estaba menos apurado que yo. En definitiva, si bien no me acobardaba con facilidad,

me parecía que las probabilidades de volver a ver a mis semejantes se disminuían diariamente, sobre todo en aquel momento en que el capitán Nemo corría temerariamente hacia el sur del Atlántico. Durante los 19 días mencionados,

ningún accidente particular ocurrió en nuestro viaje. Vi con poca frecuencia al capitán, quien estaba trabajando, porque en la biblioteca solía yo hallar libros que dejaba entre abiertos, y especialmente libros de historia natural. Mi obra sobre los fondos submarinos ojeada por él

estaba llena de notas al margen, contradiciendo a veces mis teorías y mis sistemas. Pero el capitán se contentaba con perfeccionar mi trabajo, discutiendo rara vez conmigo. En algunas ocasiones se escuchaban los sonidos melancólicos de su órgano,

que tocaba con mucha expresión, pero de noche solamente, en medio de la oscuridad más secreta, cuando el Nautilus parecía dormirse en los desiertos del océano. Durante aquella parte del viaje estuvimos navegando días enteros en la superficie de las aguas.

Allá basé el mar como abandonado, y apenas algunos buques de vela con carga para las Indias se dirigían hacia el Cabo de Buena Esperanza. Fuimos un día perseguidos por las embarcaciones de un ballenero, que indudablemente nos tomaba por una enorme ballena de elevado precio.

Pero el capitán Nemo no quiso hacer perder a aquellos valientes su tiempo y su trabajo, y acabó por sumergirse en las aguas. Este incidente había interesado, al parecer, mucho a Ned Lann, y no pienso equivocarme al suponer que el canadiense sintió que nuestro cetáceo de hierro no fuese herido de muerte

por el arpón de los pescadores. Los peces, observados por consejo y por mí durante aquel periodo, diferían poco de los que habíamos estudiado en otras latitudes. Los principales fueron algunas muestras de aquel terrible género de cartilaginosos, divididos en tres subgéneros que no cuentan menos de 32 especies,

unos escualos galoneados, con 5 metros de longitud, de cabeza deprimida y más ancha que el cuerpo, de nadaderas caudal redondeada y cuyo dorso tiene cinco fajas grandes, paralelas y longitudinales, y unos escualos perlones de color ceniciento, con siete aberturas branquiales y provistos de una sola nadadera dorsal

colocada hacia el medio del cuerpo. Pasaban también grandes perros de mar, peces muy voraces, y si bien hay el derecho de no creer lo que cuentan los pescadores, lo diremos. Dicen que en el cuerpo de un animal de esos se encontró una cabeza de búfalo y una ternera entera, en otro dos atunes y un marinero vestido,

en otro un soldado con su sable, en otro, por último, un caballo con su jinete. Nada de esto es artículo de fe ni pude comprobarlo, porque ninguno de esos perros de mar se dejó coger en las redes del Nautilus. Por espacio de algunos días nos acompañaron algunas manadas de elegantes y juguetones delfines, que marchaban por grupos de cinco o seis, cazando juntos como los lobos en el campo.

Por otra parte, son no menos voraces que los perros de mar, y creo lo que dice un profesor de Copenac, que aseguró haberse retirado del estómago de un delfín 13 marzuinos y 15 focas. Cierto es que era uno de los pertenecientes a la mayor especie conocida, y cuya longitud pasa de 24 pies.

Esta familia de los delfinianos cuenta 10 géneros, perteneciendo los que vi al de los delfinos rincos, notable por unos hicos sumamente estrechos y cuatro veces tan largos como el cráneo. Su cuerpo, que medía tres metros, era negro por encima y por debajo blanco rosado, con pintas muy claras. Citaré también en estos mares algunos peces del orden de los Acanthopterigios y de la familia de los Cienoides.

Algunos autores, más poetas que naturalistas, pretenden que estos peces cantan melodiosamente, y que sus cantos reunidos forman un concierto que no alcanzaría a imitar un coro de voces humanas. Yo no digo que no, pero a nosotros, y lo siento, no nos dieron al pasar ninguna serenata. Para terminar, por fin, Consejo clasificó cierta cantidad de peces voladores. Nada hay tan curioso como ver los delfines darles caza con maravillosa precisión.

Cualquiera que fuese el alcance de su vuelo o la trayectoria recorrida, aún saltando por encima del Nautilus, el infortunado pez hallaba siempre la boca del delfín abierta para recibirle. Eran unos pirápedos o unos triglos milanos de boca luminosa que durante la noche, después de haber trazado ráfagas de lumbre en la atmósfera, se sumergían en las aguas sombrías como otras tantas estrellas errantes.

Hasta el 13 de marzo nuestra navegación continuó en estas condiciones. Aquel día, el Nautilus se ocupó en experimentos de baraseaje que me interesaron vivamente. Habíamos andado cerca de 13.000 leguas desde nuestra partida de los Altos Mares del Pacífico. El punto nos acusaba 45 grados 37 minutos de latitud sur y 37 grados 53 minutos de longitud oeste. Estos mismos parajes eran los que había sondado el capitán Lenham del Heraldo midiendo 14.000 metros sin encontrar fondo.

Aquí fue también donde el capitán Perker de la fragata americana Congreso no había podido alcanzar el suelo submarino a 15.140 metros. El capitán Nemo resolvió enviar su Nautilus a la mayor profundidad a fin de comprobar dichos braseajes y yo me disponía a anotar los resultados del experimento. Las ventanas del salón se abrieron y comenzaron las maniobras necesarias

para llegar a las regiones tan prodigiosamente profundas. Fácil es comprender que no se trató de bajar llenando los receptáculos. Quizá no habrían servido para acrecentar suficientemente el peso específico del Nautilus. Además, siendo necesario para subir después el acudir a las bombas para desalojar la sobrecarga de agua, no hubiera habido bastante fuerza para vencer la presión exterior.

El capitán Nemo resolvió ir a buscar el fondo oceánico por medio de una diagonal prolongada, acudiendo a los planos laterales que se colocaron formando un ángulo de 45 grados con la horizontal. La hélice recibió el máximo de velocidad y su cuadruplealeta batió a las aguas con indefinible violencia. Bajo esta presión poderosa, el casco del Nautilus se estremeció como una cuerda sonora y penetró con regularidad bajo las aguas.

El capitán y yo, colocados en el salón, seguíamos la aguja del manómetro que se iba desviando rápidamente. Muy luego dejamos atrás la zona habitable donde residen la mayor parte de los peces. Si algunos de estos animales no pueden vivir más que en la superficie de los mares o de los ríos, hay otros menos numerosos que se mantienen a profundidades bastante grandes. Entre estos últimos, observé el exanco, especie de perro de mar, provisto de seis cisuras respiratorias,

el telescopio, así llamado por sus enormes ojos, el malarmat o peristedión acorazado de torácicas grises y pectorales negras, protegido por un peto de placas huesosas de color rojo claro y por último el granadero, que vive a los 1.200 metros de profundidad y sostiene una presión de 120 atmósferas. Pregunté al capitán Nemo si había observado peces en mayores profundidades. ¿Peses? Me respondió.

Pocos. ¿Pero en el estado actual de la ciencia? ¿Qué se presume o qué se sabe? Ello aquí capitán. Se sabe que, descendiendo a las capas inferiores del océano, la vida vegetal desaparece más pronto que la animal. Se sabe que allí, donde todavía se encuentran seres animados, ya no vegeta ninguna hidrófita. Se sabe que las pelerinas, las ostras, viven a 2.000 metros de profundidad

y que Mac Clintock, el héroe de los mares polares, ha retirado una estrella viva de una profundidad de 2.500 metros. Se sabe que la tripulación del Bulldog de la Marina Real ha pescado una asteria a 2.600 brasas, o sea, más de una legua de profundidad. Pero a todo esto me diréis probablemente que no sabemos nada. No, señor profesor, respondió el capitán. No tendré esa descortesía.

Sin embargo, os preguntaré cómo explicáis que pueda haber seres en tales profundidades. Lo explico por dos razones. Respondí. Primero, porque las corrientes verticales, determinadas por la diferencia en la cantidad de sal y en la densidad de las aguas, producen un movimiento que basta para entretener la vida rudimentaria de las encrinas y de las asterias. Exacto, dijo el capitán. Y después, porque si el oxígeno es la base de la vida,

se sabe que la cantidad de este gas disuelta en el agua de mar crece con la profundidad en lugar de disminuir y que la presión de las capas inferiores contribuye a comprimirlo. Ah, ¿con qué saben todo eso? Esto lo dijo el capitán con sorprendido tono y luego añadió. Pues bien, señor profesor, hacen bien en saberlo, porque esa es la verdad.

Y añadiré que la vejiga natatoria de los peces encierra más azoe que oxígeno cuando se cogen en la superficie y por el contrario, más oxígeno que azoe cuando se pescan a grandes profundidades. Todo lo cual corrobora vuestro sistema. Pero, prosigamos las observaciones. Mis miradas se dirigieron al manómetro.

El instrumento indicaba una profundidad de 6.000 metros. Nuestra inmersión llevaba ya una hora de duración y el nautilus, deslizándose sobre sus planos inclinados, seguía descendiendo. Las desiertas aguas eran admirablemente transparentes y de una diafanidad inexplicable. Una hora más tarde estábamos a 13.000 metros, sobre tres leuas y el fondo del océano todavía no se divisaba.

Sin embargo, a los 14.000 metros, apercibí unos picos negruzcos que sobresalían en medio de las aguas. Pero estas cumbres podían pertenecer a montañas como el Himalaya o el Monte Blanco y quizá más altas, siendo difícil por consiguiente evaluar todavía la profundidad. El nautilus descendió todavía más. A pesar de las poderosas presiones que sufría, yo sentía sus planchas de hierro estremecerse en las junturas bajo los redoblones.

Los barrotes se arqueaban, los tabiques crujían, los cristales del salón se combaban bajo la presión de las aguas y este sólido aparato hubiera indudablemente cedido si, como lo decía el capitán, no tuviese la misma resistencia que si fuese una masa maciza. Al razar las pendientes de las peñas, todavía divisé algunas conchas, tales como cérpulas y espinorbis vivientes, así como ciertos ejemplares de asterias.

Pero muy luego estos últimos representantes de la vida animal desaparecieron. Y más allá de las tres leguas, el nautilus pasó los límites de la existencia submarina, como sucede con el globo que se eleva en los aires más arriba de las zonas respirables. Habíamos alcanzado una profundidad de 16.000 metros, cuatro leguas y el casco del nautilus aguantaba entonces una presión de 1.600 atmósferas, es decir, 1.600 kilogramos por cada centímetro cuadrado de superficie.

¿Qué situación, exclamé, recorrer estas regiones profundas a donde nunca ha llegado el hombre? ¡Ved, capitán, ved esas rocas magníficas, esas grutas inhabitadas, esos últimos receptáculos del globo, donde ya la vida no es posible! ¿Qué sitios tan desconocidos y cuán desentir es el no poder conservar de ellos más que el simple recuerdo? ¿Os gustaría llevaros algo más que el recuerdo?

¿Qué queréis decirme con eso? Quiero deciros que es muy fácil tomar una vista fotográfica de esta región submarina. No había tenido tiempo todavía de expresar la sorpresa que me causaba esta nueva proposición cuando ante un aviso del capital Nemo habían traído ya un objetivo al salón. Por las ventanas abiertas, en toda su anchura, la masa líquida, alumbrada eléctricamente,

se distinguía con una claridad perfecta. Ninguna sombra, ninguna degradación de nuestra luz artificial perjudicaba la operación. Y por cierto que el sol no hubiera sido más favorable que aquella. El nautilus, dominado por la inclinación de sus planos y por la presión de la hélice, permanecía inmóvil. El instrumento se apuntó hacia aquellos puntos del océano y en algunos segundos tuvimos una prueba negativa de extraordinaria pureza.

Aquí reproduzco la positiva y en ella pueden advertirse esas rocas primordiales que nunca han conocido la luz de los cielos, esos granitos inferiores que forman el poderoso cimiento del globo, esas grutas profundas, vaciadas en la masa lapidia, esos perfiles de incomparable pureza y cuyas aristas se destacan en negro, como si fueran debidas al pincel de ciertos artistas flamencos. Más allá se divisa un horizonte de montañas, una admirable línea ondulada que compone los últimos planos del cuadro.

Yo no puedo describir aquel conjunto de peñas, lisas, negras, bruñidas, sin un musgo, sin una mancha, con formas extrañamente recortadas y sólidamente establecidas sobre aquella alfombra de arena que brillaba bajo los destellos de la luz eléctrica. Después de terminada la operación, el capitán Nemo me dijo, Volvamos arriba, señor profesor. No debemos abusar de esta situación, ni exponer durante mucho tiempo al Nautilus a semejantes presiones. Subamos, dije.

Agarraos bien. Todavía no había tenido tiempo para comprender por qué el capitán Nemo me encargaba a agarrarme cuando caí sobre la alfombra. Detenida la hélice a una voz del capitán, levantados sus planos verticalmente, el Nautilus, abandonado a su fuerza ascensional, se elevaba cual un globo en los aires, con espantosa rapidez. Cortaba la masa de las aguas con sonoro estremecimiento, y ningún detalle era visible. En cuatro minutos, cruzó las cuatro leguas que le separaban de la superficie del mar, y después de haber brotado de las olas como un pez volante, volvía a caer haciendo saltar las aguas a prodigiosa altura.

Fin del capítulo décimo primero.

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