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menu_book Chapter 36

from 20000 Leguas de Viaje Submarino by Jules Verne — automated transcript, may contain recognition errors.

Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Berne, traducido por Vicente Guimera. Segunda parte, del Pacífico al Atlántico. Esta es una grabación del Ibribox. Todas las grabaciones del Ibribox son del dominio público. Grabado por Víctor Villarraza.

Capítulo décimo segundo. Cachalotes y ballenas. Durante la noche del 13 al 14 de marzo, el Nautilus prosiguió su derrotero al sur. Yo creí que a la altura del Cabo de Hornos, tomaría el rumbo al oeste, a fin de volver al Pacífico para terminar su vuelta al mundo. No lo hizo así, continuando por el contrario su navegación hacia las regiones australes.

¿A dónde quería ir? ¿Al polo? Esto hubiera sido insensato. Comencé a creer que las temeridades del capitán justificaban bastante los recelos de Nedland. El canadiense no me hablaba ya desde algún tiempo de sus proyectos de fuga. Se había tornado menos comunicativo y casi silencioso. Yo comprendía cuánto le molestaba la prolongación de nuestro cautiverio,

y cuánta ira se reconcentraba en su ánimo. Cuando veía al capitán, sus ojos se encendían con sombrío fuego, y yo iba temiendo que su violencia natural le llevase a cometer algún disparate. Aquel día, 14 de marzo, Consejo y él vinieron a verme, y les pregunté cuál era el objeto de la visita.

Voy a hacer una simple pregunta, dijo el arponero. Hablad. No lo sé, amigo mío. Que no necesita la maniobra mucha gente. En efecto, respondí.

Atendiendo solo a las indicaciones suyas, deben bastar unos 10 hombres. ¿Y por qué habrían de ser más? Dijo el canadiense. ¿Por qué? Repliqué. Miré con figeza a Nedland, cuyas intenciones eran fáciles de adivinar. Porque, añadí, si mis presentimientos son ciertos,

y si he comprendido bien la existencia del capitán, el Nautilus no es tan solo un buque, sino un lugar de refugio para los que han roto como él toda relación con la Tierra. Quizá, dijo Consejo. Pero, en fin, el Nautilus no puede contener sino cierto número de hombres,

y bien pudiera el señor evaluar ese máximo. ¿De qué manera, Consejo? Por el cálculo dada la capacidad del buque, y por consiguiente la cantidad de aire que encierra, sabiendo por otra parte lo que cada hombre gasta en el acto de la respiración,

y comparando estos resultados con la necesidad en que está el Nautilus de subir cada 24 horas, la frase de Consejo no terminaba, pero bien comprendí a dónde iba a parar. Te comprendo, dije. Pero este cálculo, fácil de establecer, solo puede dar un guarismo incierto.

No importa, replicó Nedland insistiendo. He aquí el cálculo, respondí. Cada hombre gasta en una hora el oxígeno contenido en 100 litros de aire, o sea, en 24 horas todo el oxígeno contenido en 2400 litros. Averigüemos pues cuántas veces 2400 litros caben en el Nautilus.

Precisamente, dijo Consejo. Ahora bien, teniendo el Nautilus 1500 toneladas de 1000 litros, hay 1.500.000 litros de aire, que divididos por 2400 hacen 625. Esto quiere decir que el aire contenido en el Nautilus

podría bastar a 625 hombres durante 24 horas. ¡625! repitió Nedland. Pero tened por cierto que entre pasajeros y tripulantes no llegamos a la décima parte de esa cifra. Todavía es mucho para tres hombres, murmuró Consejo.

Por consiguiente, mi pobre Nedland, solo puedo recomendaros la paciencia. Y aún más que paciencia, respondió Consejo. Resignación. Consejo había empleado la palabra precisa.

Por lo demás, prosiguió. El Capitán Nemo no puede ir hasta el Polo Sur. Bien será Menester que se detenga ante las bancas de hielo y que regrese a mares más civilizados. Entonces será tiempo de volver a pensar

en los proyectos de Nedland. El arponero movió la cabeza, se pasó la mano por la frente, no respondió y se retiró. Que el Señor me permita dirigirle una observación. Me dijo entonces Consejo.

Ese pobre Ned, piensa en todo lo que no puede tener. Recuerda la vida pasada y echa de menos cuanto le falta. Sus antiguas reminiscencias le oprimen el corazón. Y debemos comprenderle qué tiene él que hacer aquí. No es un sabio como el Señor,

ni puede cobrar afición a lo que nosotros admiramos. Todo lo arriesgaría por poder entrar en una taberna de su país. Cierto es que la monotonía de Bordo debía parecer insoportable al canadiense. Acostumbrado a más libre y activa vida, los sucesos que podían apasionar le eran raros.

Sin embargo, aquel día vino un incidente a recordarle sus bellos días de arponero. Estando en Nautilus, en la superficie del océano, a cosa de las 11 de la mañana, cayó en medio de un grupo de ballenas.

Encuentro que no me sorprendió, porque ya sabía que estos animales, perseguidos por los pescadores, se han refugiado en los mares de las altas latitudes. El papel que juega la ballena en el mundo marino y su influencia sobre los descubrimientos geográficos

han sido considerables. Ella es la que, atrayendo primero a los vascos y después a los asturianos, ingleses y holandeses, los enardeció contra los peligros del océano y los condujo de una a otra extremidad de la Tierra.

Las ballenas son aficionadas a frecuentar los mares australes. Hay leyendas antiguas donde se pretende que los cetáceos atrajeron detrás de sí a los pescadores hasta siete leguas nada más del polo norte. Si el hecho es falso, adquirirá certeza un día.

Y así será como, probablemente, cazando ballenas en las regiones Árticas o Antárticas, los hombres alcanzarán los dos puntos desconocidos del globo. Estábamos sentados en la plataforma en medio de un amarbo nancible

y disfrutando de un hermoso día de otoño, pues en aquellas latitudes, el mes de marzo corresponde al de octubre de los nuestros. El canadiense fue quien, no pudiendo engañarse, indicó una ballena en el horizonte hacia el este.

Mirando con atención, se veía sudorzo negruzco elevarse y bajarse alternativamente por encima de las olas, a cinco millas del Nautilus. ¡Ajajajaja! exclamó Nedlán. Si yo tuviera a bordo de un ballenero,

he aquí un encuentro que me daría gusto. Es un animal de gran detalla. ¿Ved con qué fuerza sus espiráculos despiden columnas de aire y de vapor? ¡Mil diantres! ¿Por qué he de estar aprisionado sobre este pedazo de hierro?

¿Cómo, Ned? respondí. ¿Todavía no habéis olvidado vuestras antiguas ideas de pesca? ¿Acaso, señor, puede un pescador de ballenas olvidar su antiguo oficio? ¿No habéis pescado nunca en estos mares?

¡Nunca, señor! Solamente en los mares boreales, y tanto en el estrecho de Bering como en el de Davies. Entonces, ¿la ballena austral os es desconocida por completo? ¿Habéis casado hasta ahora la ballena franca,

que no se atrevería a cruzar las aguas cálidas del ecuador? ¡Ah, señor profesor! ¿Qué me decís? replicó el canadiense en tono algo incrédulo. Digo lo que es. Por ejemplo, yo, que os hablo,

hace dos años y medio, en 65, cogí, cerca de Groenlandia, una ballena que todavía llevaba clavado el arpón de un ballenero de Bering. Pues bien, yo os pregunto,

¿cómo, después de haber sido herida al oeste de la América, pudo el animal venir a hacerse matar al este, sin haber dado la vuelta, o bien por el cabo de hornos, o bien por el de buena esperanza,

para pasar luego el ecuador? Yo pienso como el amigo Ned, dijo Consejo, y aguardo la respuesta del señor. Os responderé, amigos míos,

que las ballenas están localizadas según sus especies en ciertos mares de donde no salen, y si una de ellas vino del estrecho de Bering al de Davies, es porque debe existir una comunicación, hora por las costas de América,

hora por las de Asia. ¡Ay, qué creeros! exclamó el arponero guineando un ojo. Es menester creer al señor, respondió Consejo.

¿Entonces? repuso el canadiense. Puesto que jamás he pescado en estos parajes, no conozco las ballenas que las frecuentan. Ya os lo he dicho, Ned.

Razón de más para hacer conocimiento con ellas, replicó Consejo. ¡Mirad! ¡Mirad! dijo el canadiense con acento conmovido. ¡Ya se acerca!

¡Viene hacia nosotros! ¡Me provoca! ¡Sabe que nada puedo contra ella! Ned golpeaba el suelo con el pie, y su mano se estremecía,

blandiendo un arpón imaginario. ¿Son tan grandes esos cetáceos como los de los mares boreales? preguntó Ned. Un poco más o menos, Nedland.

Es que he visto ballenas muy grandes, señor profesor. Ballenas que medían hasta 100 pies de longitud. También me sea permitido decir que el umaloc y el umgalic de las islas aleustianas pasaba a veces de 150 pies.

Me parece eso exagerado, respondí. Esos animales no son más que baleinócteros, que he visto de nadaderas dorsales, como los cachalotes, y suelen ser más pequeños que la ballena franca.

¡Ajá! exclamó el canadiense cuyas miradas no se apartaban del océano. ¡Ya se acerca! ¡Ya viene hacia las aguas del Nautilus!

Y después, continuando su conversación, dijo, Habláis del cachalote como de un animalillo. ¡Ay, sin embargo! Son animales gigantescos, dotados de inteligencia. Dicen que algunos se cubren con algas y fucos,

y entonces los toman por islotes, acampando encima, instalándose allí haciendo lumbre y construyendo casas, dijo Consejo. ¡Sí, zumbón! respondió Nedlán. Y después, el día menos pensado,

el arponero se zambulle y precipita a todos los habitantes al fondo del abismo. Como en los viajes de Zimbab del Marino, repliqué riendo. ¡Ja, ja, ja!

El señor Nedlán, parece que os gustan las historias maravillosas. ¡Vaya unos cachalotes los vuestros! Espero que no creeréis lo que decís. ¡Señor naturalista! respondió seriamente el arponero. ¡Hay que creerlo todo cuando se trata de ballenas!

¡Mirad cómo anda esa! ¡Mirad cómo desaparece! Pretenden algunos que estos animales dan la vuelta al mundo en 15 días. No diré que no.

Pero lo que no sabéis, señor Aron Nax, es que al principio del mundo, las ballenas andaban todavía más a prisa. ¿De veras, Ned? ¿Y por qué? Porque entonces tenían la cola como los demás pescados,

es decir, comprimida verticalmente y batían el agua de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Pero viendo el creador que marchaban demasiado a prisa, les retorció la cola

y desde entonces la mueven de arriba a abajo en detrimento de su velocidad. Bien, Ned, dije recordando una expresión del canadiense. ¡Hay que creeros! No mucho, respondió Nedland.

Como si os dijera que existen ballenas de 300 pies de longitud, con peso de 100.000 libras. Mucho es, en efecto, dije. Sin embargo, preciso es confesar que ciertos cetáceos

adquieren un desarrollo considerable, puesto que dan hasta 120 toneladas de aceite. En cuanto a eso, yo mismo lo he visto, dijo el canadiense. No tengo dificultad en creerlo, Ned,

como creo que ciertas ballenas son tan grandes como 100 elefantes. Juzgá de los efectos producidos por semejante masa despedida a toda velocidad. ¿Es verdad? preguntó Consejo.

¿Que pueden echar buques a pique? No lo creo, respondí. Refieren, sin embargo, que en 1820, precisamente en aquellos parajes del sur, una ballena se precipitó sobre el ésex

y lo hizo retroceder, con una velocidad de 4 metros por segundo. Las aguas penetraron por detrás y el ésex se fue a pique instantáneamente. Ned me miró con aspecto burlón.

Por mi cuenta, dijo, he recibido un golpe de cola de una ballena. Es decir, en mi bote, mis compañeros y yo habíamos sido arrojados a una altura de 6 metros, pero junto a la ballena del señor profesor,

la mía, no era más que un ballenato. ¿Viven mucho tiempo esos animales? preguntó Consejo. ¡Mil años! respondió el arponero sin vacilar.

¿Y cómo lo sabéis, Ned? ¿Porque lo dicen? ¿Y porqué lo dicen? ¿Porque lo saben? No, Ned, no lo sabe nadie,

pero se supone, y he aquí porqué. Hace 400 años, cuando los pescadores iban por vez primera en seguimiento de las ballenas, tenían estos animales una magnitud superior a la que adquieren hoy.

Se supone, pues, con bastante lógica, que la inferioridad de las ballenas actuales nace de que no han tenido el tiempo de adquirir el desarrollo necesario. Por eso ha dicho Buffon,

¡Ajá! exclamó. Ya no es una ballena. Son 10, 20, un tropel entero sin poder hacer nada,

estar aquí atado de pies y manos. Pero amigo Ned, dijo Consejo, ¿porqué no pides al Capitán Nemo que le diga que es un ballenato? Pero el presidente del pueblo

de Barca, no le pide. Dijo Consejo, ¿por qué no pides al Capitán Nemo permiso de caza? Consejo no había terminado su frase cuando Neddland, metiéndose por la escotilla, corría al encuentro del Capitán. Algunos instantes después, ambos aparecieron en la plataforma.

El Capitán Nemo observó el tropel de cetáceos que jugaba sobre las aguas a una milla del Nautilus. Son ballenas australes, dijo. Aquí hay la fortuna de una flota entera de balleneros. Pues bien, señor, dijo el arponero.

No podré perseguirlas, aunque solo sea para no olvidar mi antiguo oficio. ¿Para qué? respondió el Capitán Nemo. Perseguir por solo el gusto de exterminar. No necesitamos aceite de ballena a bordo. Sin embargo, señor, repuso el canadiense.

En el Mar Rojo nos autorizasteis a perseguir un dugongo. Se trataba entonces de proporcionar carne fresca a mi gente. Aquí solo mataríamos por matar. Yo bien sé que este es un privilegio reservado al hombre, pero no admito esos pasatiempos Destruyendo la ballena austral como la franca, seres inofensivos y buenos,

puestros semejantes, maese land, cometen una acción bituperable. Así han despoblado ya toda la bahía de Baffin y aniquilarán una clase de animales útiles. Dejad tranquilos a esos desgraciados cetáceos, ya que tienen contra sí a sus enemigos naturales los cachalotes, los espadones y las sierras, sin que terciéis vos en la contienda. Jújguese cuál sería la catadura del canadiense durante este curso de moral.

Dar semejantes razones a un pescador eran palabras perdidas. Ned Lann miraba al capitán y no comprendía lo que quería decirle. Sin embargo, el capitán tenía razón. El encarnizamiento bárbaro e inconsiderado de los pescadores hará desaparecer un día la última ballena del océano. Ned Lann tarareó el Yankee Doodle, se metió las manos en los bolsillos y nos volvió la espalda.

Entretanto, el capitán Nemo observaba el tropel de cetáceos y dirigiéndose a mí exclamó. Bien tenía razón en decir que, sin el hombre, ya tiene la ballena bastantes enemigos naturales. Las que estamos viendo van a tener muy luego que resistir un ataque. ¿Advertís, señor Aaron Nax, a 8 millas a Sotavento aquellos puntos negruzcos que están en movimiento? Sí, capitán, respondí.

Son unos cachalotes, animales terribles que he encontrado algunas veces por bandadas de 2 a 300. En lo que a ellos toca, puesto que son fieras crueles y maléficas, hacen bien en destruirlos. El canadiense al oír esto se volvió vivamente. Pues bien, capitán, dije. En interés mismo de las ballenas, ¿puede Ned Lann ejercitar sus hazañas?

Es inútil exponerse, señor profesor. El Nautilus bastará para dispersar a los cachalotes, puesto que su espolón de acero vale tanto como el arpón del señor Lann. ¿No es cierto? El canadiense se encogió de hombros. ¿Atacar a los cetáceos a espolonazos?

¿Quién había nunca visto una cosa así? Aguardad, señor Aronnax, dijo el capitán Nemo. Os enseñaremos una casa que no conocéis todavía. No hay piedra para esos feroces cetáceos. No son más que boca y dientes.

Boca y dientes. De ningún modo mejor podía describirse el cachalote macrocéfalo, cuya talla pasa algunas veces de 25 metros. La cabeza enorme de este cetáceo ocupa casi el tercio de su cuerpo. Mejor armado que la ballena, cuya mandíbula superior está solamente guarnecida de barbas, tiene 25 grandes dientes de 20 centímetros de altura, cilíndricos en la base, cónicos en su vértice y que pesan 2 libras cada uno.

En la parte superior de esta enorme cabeza y en grandes cavidades separadas por cartílagos, se encuentran 3 a 400 kilogramos de ese aceite precioso llamado blanco de ballena. El cachalote es un animal de formas desairadas, más bien sapo que pez, según la observación de Fredol. El cachalote está mal conformado, siendo, por decirlo así, manco de todo el costado izquierdo y sin vista apenas del ojo derecho. Entre tanto, se iba acercando la monstruosa bandada, que habiendo visto a las ballenas, se aprestaba a atacarlas.

Podía prejuzgarse anticipadamente la victoria de los cachalotes, no tan solo porque están mejor formados que sus inofensivos adversarios para la acometida, sino también porque pueden pasar mucho tiempo bajo las aguas sin salir a respirar a la superficie. Quedaba el tiempo preciso para acudir en auxilio de las ballenas. El Nautilus se colocó entre dos aguas y nos arrimamos, consejo Ned y yo, a los cristales del salón.

El capitán Nemo se fue junto al timonel para maniobrar su aparato como un ingenio de destrucción. Muy luego, sentí que los aleteos de la hélice se acrecentaban y que nuestra velocidad aumentaba. Ya había principiado el combate entre cachalotes y ballenas cuando llegó el Nautilus. Maniobró este buque de manera que el tropel de macrocéfalos quedase cortado. Mostraronse estos al principio poco inquietos a la vista del nuevo monstruo que intervenía en la batalla,

pero luego tuvieron que esquivar sus golpes. ¡Qué lucha! Ned Lann, que no tardó en entusiasmarse, acabó por batir palmas. El Nautilus no era ya más que un arpón formidable manejado por el brazo de su capitán. El capitán se arrojaba sobre aquellas masas carnosas y las atravesaba de parte a parte, dejando a su paso dos revolvedizas mitades de animal.

No sentía los formidables coletazos con que los cachalotes golpeaban su casco, ni tampoco los choques con que él arremetía. Exterminado, un cetáceo corría sobre otro. Viraba en redondo para no amarrar su presa. Iba delante y atrás, dócila su timón, sumergiéndose cuando el cachalote se zambullía en las capas profundas,

ascendiendo con él cuando subía a la superficie, hiriéndole de plano o de punta, cortándolo o desgarrándolo y perforando en todas direcciones y a todas andaduras con su terrible espolón. ¡Qué carnicería! ¡Qué estruendo en la superficie de las olas! Cuán agudos silbidos y cuán particulares gruñidos exhalaban aquellos animales espantados.

En medio de aquellas aguas, por lo común apacibles, su cola levantaba inmensas oleadas o verdaderos cáncamos de mar. Durante una hora se prolongó aquella homérica matanza, a la cual no podían sustraerse los macrocéfalos. Diez, doce, se reunieron varias veces para aplastar al Nautilus con su masa.

Veíase en la ventana su enorme boca incrustada de dientes y su ojo formidable. Nedland, que ya no era dueño de sí, los amenazaba e injuriaba. Sentíamos que se agarraban a nuestro buque o al perros que hacen presa sobre un jabato en la espesura. Pero el Nautilus, forzando su erice, se los llevaba, los arrastraba, los subía a la superficie sin cuidarse ni de su peso enorme ni de sus potentes apretones.

Al fin se fue aclarando la turba de cachalotes y las olas tornaron a su quietud. Sentí que subíamos a la superficie del océano. Se abrió la escotilla y nos apresuramos a salir sobre la plataforma. El mar estaba cubierto de cadáveres mutilados. Una explosión formidable no hubiera partido ni destrozado ni descuartizado con más violencia aquellas masas de carne.

Flotábamos entre cuerpos gigantescos, azulados por el dorso, blanquecinos por el vientre y llenos de enormes protuberancias. Algunos cachalotes espantados huían por el horizonte. Las aguas estaban teñidas de rojo en un espacio de muchas leguas y el Nautilus navegaba por un mar de sangre. El capitán Nemo nos alcanzó y dijo, ¿Y bien, señor Land?

Y bien, respondió el canadiense en quien el entusiasmo se había calmado. Es un espectáculo terrible, en efecto, pero no soy carnicero, sino pescador. Y esto no es más que una carnicería. Es una matanza de animales maléficos, respondió el capitán. Y el Nautilus no es una cuchilla de carnicero.

Prefiero mi arpón, replicó el canadiense. Cada cual su arma, respondió el capitán, mirando con figeza a Nedland. Temía yo que éste se dejase arrebatar por alguna violencia que hubiera tenido deplorables consecuencias. Pero su encono quedó distraído a la vista de una ballena con que el Nautilus tropezaba entonces. El animal no había podido librarse de los dientes de los cachalotes.

Reconocí la ballena austral, de cabeza deprimida, que es completamente negra. Anatómicamente, se distingue de la ballena blanca y del North Caper por la soldadura de las siete vértebras cervicales. Y cuenta dos costillas más que sus congéneres. El desgraciado cetáceo, tendido de lado con el vientre acribillado de mordeduras, estaba muerto.

En el extremo de su nadadera mutilada pendía un vallenato, al cual no había podido salvar de la matanza. Su boca abierta dejaba correr por entre las barbas chorros de agua, cuyo susurro se asemejaba al de la resaca. El capitán Nemo condujo el Nautilus hasta donde estaba el animal. Dos de sus hombres subieron sobre la ballena y no sin asombro vi que retiraban de sus pechos

toda la leche que contenía, es decir, dos o tres toneladas. El capitán me ofreció una taza de aquella leche caliente todavía, pero no pude disimular un movimiento de repugnancia. Me aseguró que era excelente y que no se diferenciaba en modo alguno de la de las vacas. La probé y fui de su dictamen.

Era pues para nosotros una provisión útil porque esa leche en forma de manteca salada o de queso debía dar mucha variedad a nuestro diario alimento. Desde aquel día, el capitán me aseguró que no podía ser más que un animal. Desde aquel día, observé con inquietud que las disposiciones de Ned Land hacia el capitán Nemo iban tornándose cada vez peores y resolví vigilar de cerca los hechos y movimientos del canadiense.

Fin del capítulo décimo segundo.

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