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Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne, traducido por Vicente Guimera. Segunda parte, del Pacífico al Atlántico. Esta es una grabación del LibriVox. Todas las grabaciones del LibriVox son del dominio público. Grabado por Víctor Villarraza. Capítulo décimo tercero. Las bancas de hielo.

El Nautilus había vuelto a tomar su imperturbable dirección hacia el sur. Y seguía el 50º meridiano con una velocidad considerable. Quería pues llegar al polo. No lo creía yo así. Porque hasta entonces, todas las tentativas hechas para aquel punto del globo habían fracasado. Por otra parte, la estación estaba muy avanzada.

Puesto que el 13 de marzo de las tierras antárticas corresponde al 13 de septiembre de las regiones boreales. Es decir, a la época en que comienza el período equinoxial. El 14 de marzo y a los 55º de latitud advertí algunos hielos flotantes. Si bien no eran todavía más que pedazos sueltos y descoloridos. De 20 a 25 pies. Formando escoyos contra los cuales se estrellaba el mar.

El Nautilus se mantenía en la superficie del océano. Nedland, que había pescado ya en los mares árticos, estaba familiarizado con el espectáculo de aquellos témpanos. Llamados por los ingleses icebergs. Pero Consejo y yo lo admirábamos por vez primera. En la atmósfera hacia el horizonte del sur se extendía una faja blanca de aspecto deslumbrador. Los balleneros ingleses han dado a este fenómeno el nombre de Ice Blinch.

Y por espesas que sean las nubes, nunca pueden oscurecerle. Anuncia la presencia de un pack o banca de hielo. En efecto, pronto aparecieron moles más considerables. Cuyo brillo se modificaba a merced de los caprichos de la bruma. Algunas de estas masas mostraban betas verdes.

Como si el sulfato de cobre hubiera trazado líneas onduladas. Otras, semejantes a enormes amatistas, se dejaban penetrar por la luz. Reflejaban estas los rayos luminosos sobre las mil facetas de sus cristales. Matizadas aquellas por los vivos reflejos del calcáreo, hubieran bastado para la construcción de toda una ciudad de mármol. Cuanto más bajábamos al sur, más numerosas e importantes iban siendo aquellas flotantes islas.

Donde anidaban a millares las aves del polo. Y entre otras, los petreles y los tableros. Que nos ensordecían con sus gritos, no faltando algunas que... Tomando al nautilus por el cadáver de una ballena, venían a posarse sobre él y a picotear su sonora chapa. Durante esta navegación por entre los cielos, el capitán Nemo permanecía frecuentemente sobre la plataforma.

Observando con atención aquellos parajes abandonados. Yo reparé que su tranquila mirada se animaba en ciertos momentos. Pensaba que en aquellos mares polares vedados para el hombre estaba en sus dominios. Y era quizá el árbitro de tan impenetrables espacios. Pero nada decía y permanecía inmóvil.

No volviendo en sí, más que cuando sus instintos de marino recobraban el predominio sobre su ánimo. Dirigiendo entonces su nautilus con una destreza consumada, evitaba hábilmente el choque de aquellas masas. Algunas de las cuales medían varias millas de longitud y 70 a 80 metros de altura. Con frecuencia el horizonte parecía completamente cerrado. A la altura de 60 grados de latitud habían desaparecido todos los pasos.

Mas el capitán Nemo, haciendo cuidadosas investigaciones, encontraba pronto alguna estrecha abertura. Por la cual se deslizaba con audacia. A pesar de constarle que tras de él quedaría cerrada la salida. Así fue como el nautilus, guiado por aquella mano hábil, atravesó por entre los hielos. Clasificados por los ingleses según su forma o su magnitud.

Con una precisión que daba mucho gusto a consejo. Icebergs o montañas, icefields o campos llanos y sin límites. Drift ice o hielos flotantes. Palks o campos quebrados, denominados palks cuando son circulares. Y strums cuando están formados de pedazos largos.

La temperatura era algo baja. El termómetro expuesto al aire exterior marcaba 2 o 3 grados bajo cero. Pero estábamos abrigados con pieles cuyo gasto habían hecho las focas y los osos marinos. El interior del nautilus regularmente caldeado por sus aparatos eléctricos arrostraba los fríos más intensos. Por lo demás le hubiera bastado sumergirse a algunos metros más abajo de las olas para encontrar una temperatura llevadera.

Dos meses antes hubiéramos gozado en aquella latitud un día perpetuo. Pero ya teníamos tres o cuatro horas de noche y no estaba lejano el período en que debían caer seis meses de sombra sobre aquellas regiones circumpolares. El 15 de marzo dejamos atrás la latitud de las islas New Southland y Orkney del Sur. Y allí me dijo el capitán que antiguamente numerosas tribus de focas habitaban aquellas tierras. Pero los balleneros ingleses y americanos en su genio de destrucción, sacrificando los adultos y las hembras preñadas,

habían conseguido dejar el silencio de la muerte donde antes existía la animación de la vida. El 16 de marzo, hacia las 8 de la mañana, el nautilus cortó el círculo polar antártico a los 55 grados de longitud. Los hielos nos rodeaban por todos lados y cerraban el horizonte. Sin embargo, el capitán Nemo seguía sorteándolos por los pasos que quedaban libres y caminando siempre hacia el polo. ¿Pero a dónde va? preguntaba yo.

¿Hacia adelante? respondió Consejo. Por lo demás, cuando ya no pueda andar, se parará. No me atrevería a asegurarlo, respondí. Y a decir verdad, declaro que no me disgustaba aquella excursión aventurera. Siéndome imposible expresar en cuán alto grado me maravillaban las bellezas de aquellas regiones.

Los hielos presentaban soberbias actitudes. Parecía que formaban en ciertos parajes una ciudad oriental con sus minaretes y sus mezquitas innumerables. En otros sitios se asemejaban a una población derruida y como desplomada por una convulsión del suelo, ofreciendo el conjunto aspectos sin cesar variados por los oblicuos rayos solares, o bien perdidos entre las oscuras brumas en medio de huracanes de nieve.

Y al propio tiempo, las detonaciones que por todos lados se escuchaban, los demoronamientos y los vuelcos de los grandes témpanos, cambiaban la decoración como el paisaje de un diorama. Cuando en el momento de producirse estos trastornos el Nautilus se hallaba sumergido, el estruendo se propagaba bajo las aguas con espantosa intensidad

y la caída de aquellas moles producía peligrosos torbellinos hasta en las más profundas capas del océano. El Nautilus entonces oscilaba y cabeceaba como las naves abandonadas a la furia de los elementos. Cuando no veía salidas solía ocurrirme que allí íbamos a quedar encerrados, pero viado el capitán Nemo por su instinto, serví a leer el menor indicio para dar con pasajes nuevos. Jamás se equivocaba al observar los delgados regueros de azulada agua que surcaban los témpanos.

Por eso no dudaba yo que ya se hallaba el Nautilus navegando en medio de los mares antárticos. Pero durante la jornada del 16 de marzo las masas de hielo cerraban ya por completo el paso. No era aquello todavía la gran banca de hielo general, pero sí extensos témpanos cimentados por el frío. No podía este obstáculo detener al capitán Nemo y se arrojó sobre una de aquellas moles con espantosa violencia. El Nautilus penetraba lo mismo que una cuña en aquella masa quebradiza y la destrozaba con terrible estallido.

Parecíase al ariete de los antiguos tiempos, despedido con infinita fuerza. Los trozos de hielo proyectados por lo alto caían sobre nuestra nave como granizo. Por su única fuerza de impulsión el Nautilus se abría paso y a veces, arrebatado por su propio empuje, montaba sobre el témpano y lo despedazaba con su peso. No faltando momentos en que encerrado dentro del hielo mismo lo abría con un simple movimiento de cabeceo

que producía anchos desgarramientos. Durante aquellas jornadas nos acometieron violentos chubascos y en algunas ocasiones la bruma era tan espesa que no hubiera sido posible verse de un extremo al otro de la plataforma. La nieve se acumulaba en capas tan duras que era necesario romperla con picos y los vientos mudaban a cada paso de rumbo. Era la temperatura de 5 grados bajo cero y toda la parte exterior del Nautilus se cubría de hielo.

Imposible hubiera sido manejar ningún aparejo porque todos los cabos hubieran quedado prendidos en la cajera del motón. Un barco sin velas y movido por la electricidad era el único que podía arrostrar tan altas latitudes. En estas condiciones el barómetro se mantuvo generalmente muy bajo descendiendo hasta los 735 milímetros. Las indicaciones de la brújula no ofrecían ya garantía alguna. Sus agujas marcaban sin tino direcciones contradictorias al acercarse al polo magnético meridional que no debe confundirse con el terrestre.

En efecto, según Hansten, ese polo está situado aproximadamente a los 70 grados de latitud y 130 grados de longitud. Y según las observaciones de DuPerts a los 135 de longitud y 70 grados 30 minutos de latitud. Por eso había que buscar el rumbo por medio de numerosas observaciones sobre el compás en diferentes puntos del buque para tomar un término medio. Y con frecuencia se recurría simplemente a la estima para apreciar el camino seguido. Método nada satisfactorio en medio de aquellos pasos sinuosos cuyos puntos de comparación se alteraban incesantemente.

Por último, el 18 de marzo, después de 20 asaltos inútiles, el Nautilus se vio definitivamente atajado. Ya no se trataba de témpanos ni de moles sueltas, sino de una barrera interminable e inmóvil que se presentaba ante nosotros, formadas por las montañas soldadas entre sí. La gran banca de hielo, dijo el arponero. Comprendí que para Ned, así como para todos los navegantes que nos habían precedido, aquel era el obstáculo insuperable. Habiendo asomado el sol un momento a mediodía, el capitán pudo hacer una observación que nos acusó la situación de 51 grados 30 minutos de longitud y 67 grados 39 minutos de latitud meridional.

Punto, por cierto, bastante avanzado ya en las regiones antárticas. Ya no había, a nuestra vista, apariencia de masa líquida. Ante el espolón del Nautilus, se extendía una inmensa llanura accidentada, llena de trabadas y confusas moles, con todo aquel caprichoso revoltijo que caracteriza la superficie de un río algún tiempo antes del deshielo, pero en proporciones gigantescas. Por uno y otro lado, picos agudos, agujas aisladas elevándose a 200 pies de altura. Más lejos, una serie de cantiles cortados a pico y revestidos de matices negruzcos.

Bastos espejos que reflejaban algunos rayos solares medio perdidos entre las brumas. Y para digno remate del cuadro, un silencio feroz, interrumpido apenas por el aleteo de los petreles. Todo allí estaba helado, hasta el ruido. El Nautilus se detuvo por consiguiente en su aventurera marcha, en medio de campos de hielo. Señor profesor, me dijo aquel día Ned, si vuestro capitán va más lejos, ¿qué sucederá?

Que será hombre de pro. ¿Por qué? Porque nadie ha podido pasar esa banca de hielo. Ciertamente que vuestro capitán es poderoso, pero, Mildiantres, no ha de poder más que la naturaleza. Y allí donde ésta ha fijado límites, no hay más remedio que pararse de buen o de mal grado.

En efecto, Nedland, y sin embargo, yo hubiera deseado saber lo que hay detrás de esa inmensa mole. No hay cosa que más me irrite que una pared. Tiene el señor razón, dijo Consejo. Los muros se han inventado para desesperar a los sabios. No debería haber muros en ninguna parte.

Pero... Repuso el Canadiense. Ahí detrás, ya sabemos lo que hay. ¿Y qué hay? pregunté. Hielo y siempre hielo.

Vos estáis cierto de ese hecho, Ned, pero yo no lo estoy y por eso quisiera ir a verlo. Pues bien, señor profesor, exclamó el Canadiense. Renunciad a semejante idea. Habéis llegado a la gran banca, lo cual me parece muy suficiente. Y no pasaréis de ahí, ni vuestro capitán Nemo, ni su Nautilus.

Y quíeralo o no, volveremos hacia el norte. Esto es, hacia la tierra de gente honrada. Debo reconocer que Nedland tenía razón. Y que mientras los buques no estuviesen dispuestos para navegar sobre los campos de hielo, tenían forzosamente que detenerse ante aquella masa glacial.

Y en efecto, a pesar de sus esfuerzos y a pesar de los poderosos medios empleados para desgajar el hielo, el Nautilus quedó reducido a una forzada quietud. Por lo común, quien no puede ir adelante sale del paso con retroceder. Pero en este caso tan imposible era lo uno como lo otro, porque toda salida estaba cerrada, no debiendo tardarse mucho en vernos realmente bloqueados,

como aconteceu luego a las dos de la tarde, formándose a los costados el hielo con asombrosa rapidez. Parecióme la conducta del capitán Nemo mucho más que imprudente. Estaba yo en aquel momento sobre la plataforma. El capitán que observaba la situación desde algunos momentos antes me dijo, y bien señor profesor, ¿qué pensáis de esto?

Pienso que estamos cogidos, capitán. ¿Cogidos? ¿Y cómo lo entendéis así? Porque ni podemos ir adelante, ni atrás, ni de costado. Creo que esto se llama al menos en los continentes habitados estar cogidos.

¿Y creéis por consiguiente que el Nautilus no se desembarazará? Difícilmente, capitán, porque la estación está ya muy adelantada para que podáis contar con el deshielo. Ah, señor profesor, respondió el capitán con irónico acento. Siempre habéis de ser el mismo. No veis más que impedimentos y obstáculos.

Yo os aseguro que el Nautilus no tan solo se desembarazará, sino que irá más allá todavía. ¿Más allá hacia el sur? Dije mirando al capitán. Sí, señor. Iremos al polo.

¿Al polo? exclamé, no pudiendo contener un movimiento de incredulidad. Sí, respondió fríamente el capitán. Al polo antártico, a ese punto desconocido donde se cruzan todos los meridianos. Ya sabéis que hago del Nautilus lo que quiero. Ciertamente que yo bien sabía que aquel hombre era audaz hasta la temeridad,

pero vencer los obstáculos que hay en el polo austral, más inaccesible que el boreal, a donde todavía no han llegado los más osados navegantes, me parecía empresa absolutamente insensata, y que solo podía concebir un ser desprovisto de razón. Me ocurrió entonces preguntar al capitán Nemo si había estado alguna vez ya en ese polo inaccesible para toda criatura humana. Y me respondió.

No, pero lo descubriremos juntos. Allí, donde otros se han estrellado, yo no me estrellaré. Jamás he traído mi Nautilus tan lejos como ahora en los mares australes, pero os repito que todavía irá más allá. Quiero creeros, capitán.

Repuse con acento algo irónico. Os creo, vamos adelante. No hay obstáculo para nosotros. Rompamos esa mole de hielo. Démole en caso necesario barrenos.

Y si aún así persiste, pongamos alas al Nautilus para que vaya por encima. ¿Por encima, señor profesor? respondió con sosiego el capitán Nemo. Por encima no. Pero por debajo sí.

¿Por debajo? exclamé. Una súbita revelación de los proyectos del capitán disipó mis dudas. Acababa de comprender que las maravillosas cualidades del Nautilus le iban a servir todavía en tan sobrehumana empresa. Ya veo que principiamos a entendernos, señor profesor, me dijo el capitán sonriendo.

Ya comprendéis la posibilidad y yo digo que el éxito de mis designios, lo que es impracticable para un buque ordinario, es fácil para el Nautilus. Si en el polo hay algún continente, allí se detendrá. Pero si el mar está libre, llegará al mismo polo. En efecto, dije, si la superficie del mar está solidificada,

las capas inferiores están libres por la razón providencial que ha colocado en un grado superior al de la congelación el máximo de densidad del agua. Y si no me engaño, la parte sumergida de estos hielos debe ser cuatro veces mayor por la parte visible sobre la superficie. Poco más o menos, señor profesor.

Pero cada pie que los témpanos tienen fuera del mar, hay tres debajo. Ahora bien, puesto que estas montañas de hielo no pasan de 100 metros, su profundidad debe ser de 300, todo lo más. ¿Y qué son 300 metros para el Nautilus? Nada, señor.

Y si quiere, podrá ir a mayor profundidad en busca de esa temperatura uniforme de las aguas marinas, y allí arrastraríamos impunemente los 30 o 40 grados de frío de la superficie. Eso es muy exacto, dije cobrando ánimo. La única dificultad será la de estar algunos días sumergidos sin renovar nuestra provisión de aire.

Si no es más que eso, dije, el Nautilus tiene extensos receptáculos. Lo llenaremos y nos darán todo el oxígeno necesario. Bien pensado, señor Aaron Nax, respondió el capitán sonriendo. Pero no queriendo que podáis tacharme de temerario, voy a someteros todas mis objeciones. ¿Aún tenéis alguna que hacer?

Una tan solo. Es posible que si el mar existe en el polo meridional, se halle enteramente helado, y que no podamos volver a la superficie. Pero olvidáis que el Nautilus va armado de un espolón formidable, y que puede arrojarse oblicuamente contra esos campos de hielo que se abrirán al choque.

Por cierto, que no carecéis de ideas hoy, señor profesor. Por otra parte, añadí, creciendo más y más en entusiasmo. ¿Por qué no ha de existir en el polo meridional el mar libre como en el polo norte? Los polos del frío no coinciden con los terrestres, ni en uno ni en otro paraje, y hasta prueba de lo contrario, debemos suponer que existen.

O bien un continente, o bien un océano despejado de hielos en ambos puntos del globo. Así lo creo, señor Aronnax. Pero me permitiréis haceros una observación. Y es que, después de haber emitido tantas objeciones contra mi proyecto, ahora me abrumáis de argumentos en su favor.

Bien decía el capitán Nemo. Ya le era superior en audacia. Era yo quien le empujaba al polo. Me adelantaba él dejándole muy atrás. Mas no, pobre loco.

Mejor que yo conocí al capitán el pro y el contra de la cuestión. Y se divertía en verme arrebatado por los ensueños de lo imposible. Entretanto, no había él perdido un momento. A una señal suya apareció el segundo, y ambos conversaron rápidamente en su incomprensible idioma.

Y ahora hubiese ya estado prevenido el recién llegado, ahora le pareciese el proyecto practicable, ninguna sorpresa manifestó. Mas por impasible que fuese, no fue en esto superior a consejo, cuando anuncié a este buen muchacho nuestro intento de llegar hasta el polo.

Fue mi comunicación acogida con las acostumbradas palabras de Como el señor guste. Y con esta respuesta debí contentarme. En cuanto a Nedland, nunca le había visto encogerse de hombros con tanta decisión.

Mirad, me dijo, me dais lástima, vos y vuestro capitán Nemo. Pero iremos al polo, señor Nedland. Posible es más, no volveremos. Y el arponero se metió en su camarote,

por no producir algún disgusto, como me dijo al salir. Entretanto, comenzaban los preparativos de una audaz empresa. Las potentes bombas del Nautilus repelían el aire en los receptáculos, y lo almacenaban a una alta presión.

Hacia las cuatro, el capitán Nemo me anunció que se iban a cerrar las escotillas, y dirigí la última mirada a la banca de hielo que íbamos a trasponer. El tiempo estaba sereno, la atmósfera bastante pura, y el frío, que era intenso, descendía a 12 grados bajo cero.

Pero como el viento había calmado, no era semejante temperatura del todo insoportable. Unos diez hombres salieron a romper con picos el hielo formado alrededor del Nautilus. Operación que fue muy rápida, por ser la congelación reciente. Penetramos todo adentro,

los depósitos se llenaron de agua, y el aparato no tardó en sumergirse. Me había sentado en el salón con consejo, y por el cristal de la ventana mirábamos las capas inferiores del océano austral. El termómetro subía,

la aguja del manómetro se desviaba sobre el cuadrante. A unos 300 metros, como lo había previsto el capitán Nemo, flotábamos bajo la superficie ondulada de la banca. Pero el Nautilus se sumergió todavía más, alcanzando una profundidad de 800 metros.

La temperatura del agua iba mejorándose, lo cual no poco era debido también a los aparatos calefactorios del Nautilus. Todas las maniobras se cumplían con extraordinaria precisión. Permítame el señor decirle que pasaremos. Me dijo consejo.

Cuento con ello, respondí con el tono de una profunda convicción. Bajo aquel mar, el Nautilus había tomado directamente el camino del polo, sin separarse de los 52 grados de longitud. En cuanto a la latitud, para llegar desde los 67 grados 30 minutos a los 90,

teníamos que recorrer 22 grados y medio, esto es, más de 500 leguas. El Nautilus tomó una velocidad media de 26 millas por hora, esto es, la de un express, con lo cual le bastaban 40 horas para completar el viaje.

Durante una parte de la noche, la novedad de la situación nos mantuvo a consejo y a mí en el salón. El mar se iluminaba bajo la radiación eléctrica del fanal, pero estaba desierto. Los peces no habitaban aquellas aguas encerradas,

que únicamente les servían de paso para ir del océano antártico al mar libre del polo. Nuestra marcha era rápida y bien se dejaba conocer por los estremecimientos de nuestro largo casco de acero. Hacia las dos de la mañana fui a tomar algunas horas de reposo.

Consejo me imitó. Al atravesar los corredores, no encontré al Capitán Nemo y supuse que estaría en la casilla del Timonel. Al día siguiente, a las cinco de la mañana,

volví a mi puesto del salón. El loch eléctrico me indicó que la velocidad del Nautilus se había templado y que iba subiendo, aunque prudentemente, vaciando sus depósitos. Mi corazón latía.

¿Ibamos a salir ya a la atmósfera libre del polo? No. Un choque me demostró que el Nautilus había tropezado con la superficie inferior de la banca de hielo. Muy gruesa todavía,

si juzgarse debía por el sonido mate que produjo. En efecto, empleando la expresión marina, aunque en sentido inverso de su significación, habíamos tocado a 1500 pies de profundidad, lo cual daba 2000 pies de hielo sobre nosotros,

de los cuales 500 fuera del agua. Entonces la banca tenía un grueso superior al que habíamos medido en sus orillas, circunstancia poco tranquilizadora. Durante aquella jornada, el Nautilus

comenzó frecuentemente el mismo experimento, y vino siempre a dar contra aquella muralla que formaba techumbre sobre nosotros. En ciertos momentos la encontré a 900 metros, y esto acusaba 1200 metros de grueso,

de los cuales 300 fuera de las aguas. Era el triple de su altura en el momento en que el Nautilus penetró debajo. Anoté cuidadosamente las diferentes profundidades, y obtuve así el perfil submarino

de aquella cordillera que se desarrollaba bajo las aguas. Por la tarde, ningún cambio había sobrevenido en la situación. Siempre estaba el hielo entre 400 y 500 metros de profundidad. La disminución era evidente, pero ¿cuán gruesa era todavía

la barrera que nos separaba de la superficie? Era entonces las 8. Hacía cuatro horas que debiera haberse renovado el aire en el interior del Nautilus, según la diaria costumbre de bordo.

Sin embargo, yo no sentía mucha molestia, aunque el capitán Nemo no había tomado aún de los receptáculos un suplemento de oxígeno. Mi sueño fue penoso durante aquella noche,

asaltándome alternativamente la esperanza y el terror. Me levanté diferentes veces, y observé que los tanteos del Nautilus continuaban, hasta que pude advertir a cosa de las 3 de la mañana que ya no estaba la superficie interior del hielo,

sino a 50 metros. La banca iba convirtiéndose en icefield, la montaña se iba reduciendo a llanura. Ya no se apartaba mi vista del manómetro, íbamos recorriendo diagonalmente

la superficie resplandeciente del hielo que reverberaba los fulgores eléctricos. La banca disminuía en grueso, tanto por arriba como por abajo, formando prolongadas pendientes

que a cada milla iban haciéndose más y más pronunciadas. Por último, a las 6 de la mañana del memorable día 19 de marzo, la puerta del salón se abrió y el capitán Nemo apareció diciéndonos

¡El mar libre! Fin del capítulo 13º

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