Chapter 38
Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Berne, traducido por Vicente Guimera. Segunda parte, del Pacífico al Atlántico. Esta es una grabación del Ibribox. Todas las grabaciones del Ibribox son del dominio público. Grabado por Víctor Villarraza. Capítulo décimo cuarto, el Polo Sur.
Subía apresurado a la plataforma. ¡Sí! ¡El Mar Libre! Apenas se divisaban algunos témpanos esparcidos y algunos icebergs movedizos. A lo lejos, un mar extenso. Un mundo de aves por los aires y millares de peces bajo aquellas aguas que variaban según su fondo,
desde el azul intenso al verde oliva. El termómetro indicaba tres grados sobre cero. Era una especie de primavera relativa, encerrada detrás de la banca de hielo, cuya lejana masa se perfilaba sobre el horizonte del norte. ¿Estamos en el polo? pregunté al capitán con el corazón palpitante.
Lo ignoro, respondió. A las doce tomaremos el punto. Pero veremos el sol a través de esas brumas, dije mirando el ceniciento cielo. Por poco que se le vea me bastará, respondió el capitán. A diez millas del Nautilus hacia el sur, se elevaba un islote solitario a una altura de 200 metros.
Caminábamos hacia él, pero con prudencia, porque aquel mar podía estar sembrado de escollos. Una hora después, habíamos alcanzado el islote. Dos horas más tarde, habíamos dado la vuelta en su derredor. Medía unas cuatro o cinco millas de circunferencia. Un canal estrecho lo separaba de una tierra de considerable extensión,
quizá un continente, cuyos límites no podíamos percibir. La existencia de esta tierra parecía justificar las hipótesis de Maury. El ingeniero americano había observado en efecto que entre el polo sur y los 60 grados de latitud, el mar estaba cubierto de hielos flotantes, cuyas dimensiones eran enormes y que no se han visto jamás en el Atlántico del Norte.
De este hecho se ha sacado la consecuencia de que el círculo antártico encierra considerables tierras, puesto que los icebergs no se pueden formar en alta mar, sino en las costas. Según estos cálculos, la masa de hielos que rodea el polo austral forma una especie de extenso casquete, cuya anchura debe llegar a 4.000 kilómetros. Entretanto, el Nautilus, por temor de encallar, se había detenido a tres cables de un banco de arena,
dominado por un soberbio cúmulo de peñas. Se lanzó el bote al mar. Iba el capitán con dos de sus hombres llevando los instrumentos. Consejo y yo nos embarcamos. Eran las diez de la mañana. Yo no había visto a Nedland. El canadiense sin duda no quería confesar su error delante del polo sur.
Algunos golpes de remo llevaron el bote sobre la arena, donde encalló. En el momento en que Consejo iba a saltar en tierra lo detuve. Señor, dije al capitán Nemo, a vos toca la honra de ser el primero en desembarcar. Sí, señor, respondió el capitán. Y si no vacilo en pisar esta tierra del polo, es porque hasta ahora
no hay ser humano alguno que haya dejado aquí su planta. Dicho esto, saltó ligeramente sobre la arena. Una viva emoción hacíale latir el pecho. Trepó a una peña que dominaba a plomo a un promontorio. Y allí, cruzado de brazos, la mirada ardiente, quieto, mudo, parecía tomar posesión de aquellas regiones australes.
Después de cinco minutos de éxtasis, se volvió hacia nosotros exclamando. Cuando queráis, señor profesor. Desembarqué seguido de Consejo y dejando a los dos hombres en la canoa. El suelo presentaba en extendido trecho una turba de color rojizo, como si estuviese cubierto de ladrillo molido. Estaba cubierto de escocias, de lava y de piedra pomes,
con lo cual no podía desconocerse su origen volcánico. En ciertos parajes, algunas ligeras sumaredas que desprendían sulfuroso olor, atestiguaban que el fuego interior conservaba aún su potencia expansiva. Sin embargo, después de haber trepado por un escarpé muy alto, no vi ningún volcán en el espacio de muchas millas.
Sabido es que, en estas regiones antárticas, James Ross ha encontrado los cráteres del herebo y del terror en toda actividad, a los 167 grados de longitud y 77 grados 32 minutos de latitud. La vegetación de este asolado continente me pareció muy restringida. Algunos líquenes de la especie Usnea melarconsanca se extendían sobre las ennegrecidas peñas,
y ciertas plantitas microscópicas, tales como las diatomeas rudimentarias, especies de celdillas dispuestas entre dos conchas cuarzosas, algunos fucos purpurios y de color carmesí, sostenidos por unas vejiguillas natatorias arrojadas por la resaca a la costa, componían toda la escasa flora de esta región.
La playa estaba sembrada de moluscos, pequeñas almejas, pechinas, bucardas lisas en forma de corazones, y particularmente unos clíos de cuerpo oblongo y membranoso, cuya cabeza está formada de dos lóbulos redondeados. Vi también millares de clíos boreales de tres centímetros de longitud, y de los cuales una ballena traga un mundo a cada bocado.
Los lindos terópodos, verdaderas mariposas del mar, animaban las aguas libres sobre el borde de la ribera. Entre otros zoófitos aparecían en los altos fondos algunas arborescencias coralígenas, de las que, según James Ross, viven en los mares antárticos hasta mil metros de profundidad, y después unos pequeños alciones, pertenecientes a la especie Procelaria pelágica, así como muchas asterias particulares de aquellos climas y estrellas de mar que cubrían todo el suelo.
Pero donde abundaba la vida era en los aires. Allí volaban y revoloteaban por millares ciertas aves de variadas especies, cuyos gritos nos ensordecían. Otras había que, agrupadas sobre las peñas, nos miraban pasar sin recelo y apiniándose familiarmente a nuestro paso. Eran unos pingüinos, o vulgarmente pájaros bobos o niños, tan ágiles y flexibles en el agua, donde han sido a veces confundidos con rápidos bonitos como torpes y pesados en tierra.
Exhalaban gritos irregulares y formaban grupos numerosos, sobrios de movimiento pero pródigos de clamores. Entre las aves observé también unos chiónides, pájaros ancudos, del tamaño de una paloma, de color blanco, pico corto y cónico, y ojos rodeados por un círculo rojo. Consejo hizo a alguna provisión de estas aves que, bien condimentadas, forman un manjar agradable. Por los aires pasaban algunos albatros fuliginosos que medían con las alas desplegadas cuatro metros,
llamados con razón los buitres del océano. Unos petreles gigantescos y entre otros el quebrantahuesos, de alas arqueadas, grandes comedores de focas. Algunos tableros, especie de patitos, así llamados por tener la parte superior del cuerpo matizada con cierta regularidad de cuadritos blancos y negros. Y por último la serie completa de los petreles, unos blancos con alas riveteadas de pardo,
otros azules y especiales de los mares antárticos, y tan aceitosos, dije a consejo, que los habitantes de las islas Feroe se contentan con adaptarles una mecha para encenderlos. Foco les faltaría pues para ser lámparas perfectas, respondió consejo. Con esto ya no puede exigirse a la naturaleza que los haya también provisto de mechas. Después de andar media milla, el terreno apareció sembrado de nido de mancos, pájaros palmípedos,
así llamados por no tener más que una especie de muñones por alas, y que fabrican para anidar una especie de madrigueras, de las cuales salían en grupos numerosos. El capitán Nemo hizo cazar más tarde algunos centenares de ellos, por ser su carne muy comestible. Asemejábansé sus gritos al rebusno del asno. Estos animales, tamaños como un ganso, de color pizarra por encima, blancos por debajo,
y con el pescuezo teñido de amarillo, se dejaban matar a pedradas, sin tratar de huir. Entretanto la bruma no se levantaba, y a las once el sol no había aparecido todavía. Su ausencia no dejaba de inquietarme, porque sin él no eran posibles las observaciones, para saber si habíamos llegado al polo. Cuando alcancé al capitán Nemo, lo encontré silenciosamente apoyado de codos sobre un trozo de peña,
y mirando el cielo, parecía estar impaciente y contrariado. Pero, ¿qué hacer? Aquel hombre audaz y poderoso no disponía del sol como del mar. Llegó mediodía sin que el radiante astro apareciese un solo instante, sin que ni aún posible fuera a reconocer el sitio que ocupaba detrás de la espesa bruma, la cual no tardó en convertirse en nieve.
Hasta mañana, dijo simplemente el capitán. Volvimos pues al Nautilus, acosados por los torbellinos de la atmósfera. Durante nuestra ausencia se habían tendido las redes, y observé con interés los peces que se iban recogiendo. Los mares antárticos sirven de refugio a una multitud de peces viajeros,
que huyendo de las tempestades de las zonas menos elevadas, van a caer entre los dientes de los marsuinos y de las focas. Noté algunas cotas australes, largas de un decímetro, especie de cartilaginosos blanquecinos, atravesados de bandas descoloridas y armados de aguijones.
Después, unas quimeras antárticas, largas de tres pies, de cuerpo muy prolongado, piel blanca, plateada y lisa, cabeza redondeada, dorso provisto de tres aletas, hocico terminado por una trompa encorvada hacia la boca. Probé su carne, que me pareció insípida,
a pesar de la opinión de consejo a quien gustó mucho. La tempestad duró hasta el siguiente día. Era imposible mantenerse en la plataforma. Desde el salón en que observaba yo los incidentes de esta excursión al continente polar,
se oían los gritos de los petreles y de los albatros, que jugaban en medio de la tormenta. El Nautilus no estuvo quieto, pues avanzó costeando una decena de millas hacia el sur, en medio de aquella semiclaridad que dejaba el sol
al razar los bordes del horizonte. Al siguiente día, 20 de marzo, había cesado la nieve. El frío era algo más vivo. El termómetro señalaba dos grados bajo cero. Las nieblas se levantaron,
y esperé que aquel día pudiéramos efectuar nuestra observación. No habiendo aparecido todavía el capitán Nemo, nos metimos, consejo y yo, en el bote, llegándonos a tierra. La naturaleza del suelo era volcánica,
pues se veían por todos lados vestigios de lavas, escorias y basaltos, sin advertir el cráter que los hubiese arrojado. Aquí también había millares de aves que animaban aquella parte del continente polar.
Pero dividían este imperio con numerosos rebaños de mamíferos marinos que nos contemplaban con dulce mirada. Eran focas de diversas especies, tendidas las unas por el suelo,
recostadas las otras sobre témpanos de nieve, saliendo y entrando algunas en el mar, y sin huir de nosotros, pues nunca habían conocido al hombre. Con las que allí había algunos centenares de naves
pudieran haberse llenado. A fe mía, dijo consejo, que es una fortuna que no me haya acompañado en Edland. ¿Por qué? Porque el feroz cazador hubiera dado muerte a todo.
Mucho decir es eso, pero creo en efecto que no hubiéramos podido evitar que nuestro amigo arponease algunos de estos magníficos cetáceos, causando con ello disgusto al capitán Nemo,
porque no gusta diverter inútilmente la sangre de animales inofensivos. Y tiene razón. Ciertamente, consejo, pero dime, ¿no has clasificado ya esas soberbias muestras
de la fauna marina? Bien sabe el señor que no estoy muy ducho en la práctica. Cuando el señor me haya dicho el nombre de esos animales, son focas y morsas, dos géneros que pertenecen a la familia de los pinípedos,
orden de los carniceros, grupo de los ungiculados, subclase de los monodelfianos, clase de los mamíferos, ramificación de los vertebrados.
Bien, consejo, respondí. Pero ambos géneros se dividen en especies, y si no me engaño, aquí tendremos ocasión de observarlas. Sigamos adelante.
Eran las 8 de la mañana, y quedaban cuatro horas que emplear hasta el momento en que el sol pudiera ser útilmente observado. Dirigí mis pasos hacia una extensa bahía,
formada entre el acantilado granítico de la ribera. Puedo decir que allí, y hasta donde se extendía la vista alrededor de nosotros, la tierra y los témpanos estaban atestados de mamíferos marinos.
Y busqué involuntariamente con la vista al viejo proteo, el mitológico pastor que guardaba aquellos inmensos rebaños de Neptuno. Eran especialmente focas, que formaban grupos distintos,
machos y hembras, el padre vigilando a la familia, la madre amamantando a sus pequeñuelos, y los hijos ya fuertes, aunque jóvenes, emancipándose a cierta distancia.
Cuando estos animales querían moverse, andaban a saltos cortos, debido a la contracción de su cuerpo, o se ayudaban torpemente con su imperfecta nadadera, que en el manatí, con géneres suyo,
forma un verdadero brazo. Debo decir que en el agua, su elemento por excelencia, aquellos animales de espina dorsal movible, de cuerpo posterior estrecho,
de pelo raso y tupido, y de pies palmeados, nadan admirablemente. Cuando descansaban en tierra, tomaban actitudes sumamente graciosas.
Por eso, los antiguos, al observar su dulce fisonomía, su mirada expresiva, que compite con la más bella ojeada de la mujer, sus ojos aterciopelados y claros,
sus posturas encantadoras, los poetizaron a su manera, haciendo de los machos tritones, y de las hembras sirenas, hice observar a consejo
el desarrollo considerable de los lóbulos cerebrales en estos inteligentes cetáceos. Ningún mamífero, exceptuando el hombre, tiene la materia cerebral más rica.
Por eso, las focas son susceptibles de recibir cierta educación, domesticándose fácilmente, y pienso con ciertos naturalistas que, convenientemente amaestradas,
podrían prestar grandes servicios como perros de pesca. La mayor parte de estos animales dormían sobre las peñas o sobre la arena. Entre estas focas,
que no tienen orejas externas, diferenciándose en esto de las otarias, cuyo órgano auricular es sobresaliente, observé algunas variedades de estenorrincos de tres metros de largo,
de pelo blanco, con cabeza de dogo, armados con diez dientes en cada mandíbula, cuatro incisivos arriba y abajo, y dos grandes caninos cortados a modo de flor de lis.
Había también elefantes marinos, especie de focas de trompa corta y movible, gigantes de la especie, y que tienen una circunferencia de 20 pies por una longitud de 10 metros.
Ningún movimiento hacían al acercarnos. ¿No son animales peligrosos? Dijo Consejo. No, a no ser que se les acerque. Cuando una foca defiende su cría,
su furor es terrible, y no es raro que despedacen la embarcación de los pescadores. Están en su derecho, replicó Consejo.
No digo que no. Dos millas más lejos, fuimos detenidos por el promontorio que protegía la bahía contra los vientos del sur.
Estaba a plomo sobre el mar, produciendo la resaca sobre él espumosos torbellinos. Más allá se escuchaban formidables mugidos, cual si procedieran de un rebaño de rumiantes.
Eso parece un concierto de toros, dijo Consejo. No, es un concierto de morsas. Rinién, o riñen o juegan. Si al señor no le disgusta,
debemos verlo. Vamos a verlo, Consejo. Y nos pusimos a trepar las ennegrecidas rocas en medio de imprevistos derrumbamientos y pisando piedras
que el hielo hacía muy resbaladizas. Más de una vez rodé por el suelo, en detrimento de mis caderas. Consejo, más prudente o más fuerte, casi no tropezaba,
y acudía a levantarme diciendo, si el señor quisiera tener la bondad de separar las piernas, conservaría mejor el equilibrio. Llegado a la arista superior del promontorio,
apercibí una vasta llanura blanca cubierta de morsas que estaban jugueteando, exhalando alaridos de alegría y no de coraje.
Las morsas, o vacas marinas, se parecen a las focas por la forma de su cuerpo y por la disposición de sus miembros, pero carecen de dientes caninos e incisivos
en su mandíbula inferior. Y en cuanto a los caninos superiores, son dos colmillos de 80 cm de largo por tres en la circunferencia del albéolo. Son de un marfil compacto, sin estrías,
más duro que el de los elefantes y menos propenso a tomar el matiz amarillo, por cuyo motivo son muy apreciados. Así es que las morsas se ven perseguidas por una caza inconsiderada
que los aniquilará muy pronto, puesto que los cazadores, acabando con las hembras preñadas y jóvenes, destruyen cada año más de 4.000. Al pasar cerca de tan curiosos animales,
pude examinarlos a gusto mío, porque no se movían. Su piel es gruesa y rugosa, de color aleonado, tirando al rojo rubio, su pelo corto y poco tupido.
Tenían algunos la longitud de 4 metros, más tranquilos y menos recelosos que sus congéneres del norte, no confiaban a centinelas escogidos el cuidado de vigilar el acceso de su campamento.
Después de haber examinado aquella población de morsas, debí pensar en el regreso. Eran las once, y si el capitán Nemo se hallaba en condiciones favorables para observar, quería yo estar presente a la operación.
No era de esperar, sin embargo, que el sol pudiera verse tan poco en este día, pues lo ocultaban las nubes amontonadas sobre el horizonte, pareciendo que el astro, celoso,
no quería revelar a los seres humanos aquel punto inaccesible del globo. Emprendimos nuestra marcha hacia el Nautilus, siguiendo un estrecho sendero que corría sobre la cumbre del acantilado.
A las once y media estábamos en el punto de desembarque. El bote había ya traído al capitán, a quien vi de pie sobre una peña de basalto y con los instrumentos a su lado. Su mirada se fijaba en el horizonte hacia el norte,
junto al cual describía entonces el sol su prolongada curva. Me coloqué junto a él y aguardé sin hablar. Llegó mediodía y tampoco pudo apercibirse el sol. Era fatalidad, tampoco teníamos observación.
Si al día siguiente no se verificase, teníamos que renunciar definitivamente a marcar nuestra situación. En efecto, era precisamente el 20 de marzo, al día siguiente 21, que era el del equinoccio,
y sin tener en cuenta la refracción, el sol debía desaparecer para seis meses, empezando la larga noche polar. Desde el equinoccio de septiembre había salido del horizonte septentrional,
elevándose por medio de espirales prolongadas hasta el 21 de diciembre. Desde esta época, el solsticio de las regiones australes había empezado a bajar y al siguiente día debía enviarles sus últimos fulgores.
Comuniqué mis observaciones y mis temores al capitán Nemo. Tenéis razón, señor Aronnax, me dijo. Y si mañana no obtengo la altura del sol, no podré repetir la operación hasta dentro de seis meses. Pero también precisamente porque los azares
de mi navegación me han traído el 21 de marzo a estos mares, mi punto será fácil de marcar, cuando a las 12 el sol se muestre a nuestra vista. ¿Por qué capitán? Porque cuando el astro del día describe espirales tan prolongadas,
es difícil medir exactamente su altura sobre el horizonte, y los instrumentos pueden cometer graves errores. ¿Cómo vais pues a proceder? No emplearé más que mi cronómetro, me respondió el capitán Nemo.
Si mañana, 21 de marzo a las 12, cuando el disco del sol, teniendo en cuenta su refracción, está exactamente cortado por el horizonte del norte, será que me encuentre en el polo sur. En efecto, dije, pero esta afirmación
no es matemáticamente rigurosa, porque el equinoccio no coincide necesariamente con la hora de mediodía. Sin duda, pero el error no será de 100 metros, y no necesitamos más. Hasta mañana, pues. El capitán Nemo volvió a bordo.
Concejo y yo quedamos en tierra hasta las 5, recorriendo la playa, observando y estudiando. No recogía objeto ninguno curioso, como no fuese un huevo de pingüino, notable por su tamaño, y que un aficionado hubiese pagado en mil francos. Su color vallo, las rayas y caracteres
que lo adornaban cualjeroglíficos, hacían de él un juguete raro. Lo entregué a Concejo y al prudente mozo, cuidándolo como una preciosa porcelana de china, lo llevó intacto al Nautilus. Allí coloqué el extraño huevo en uno de los escaparates del museo. Cené después,
con apetito, un trozo de hígado de foca, cuyo sabor me recordaba al de la carne de cerdo. Después me acosté, no sin haber invocado como los indios, los favores del rutilante astro. Al día siguiente, 21 de marzo, desde las 5 de la mañana, subí a la plataforma y encontré
al capitán Nemo. El tiempo se despeja algo, me dijo, y tengo buena esperanza. Después de almorzar, iremos a tierra para escoger un punto de observación. Convenido esto, me fui a ver a Nedland, para llevarlo con nosotros, pero el obstinado canadiense
rehusó, y bien claro comprendí que su taciturnidad, así como su mal humor, se iban diariamente acrecentando. Con todo, no era de sentir su obstinación en tales circunstancias, porque había demasiadas focas en tierra, no siendo prudentes o meter al irreflexible pescador
a ciertas tentaciones. Terminado el almuerzo, me dirigí a tierra. El Nautilus había recorrido todavía algunas millas durante la noche, habiéndose quedado mar adentro, a una legua de la costa, dominada por un pico agudo de 400 a 500 metros. En el bote, iban conmigo el capitán
Nemo, dos hombres de la tripulación y los instrumentos. Esto es, un cronómetro, un anteojo y un barómetro. Durante nuestra travesía, vi numerosas ballenas que pertenecían a las tres especies particulares de los mares australes, la ballena franca o right whale de los
ingleses, que carece de nadadera dorsal, el humpback baleinóptero de abdomen rugoso y anchas nadaderas blanquecinas, que a pesar de su nombre, no forman alas, y el finback pardo amarillento, el más vivo de los cetáceos. Este poderoso animal se oye de lejos, cuando proyecta a gran
altura sus columnas de aire y vapor, semejantes a torbellinos de humo. Aquellos diversos mamíferos se esparcían por bandadas en las aguas tranquilas, y bien se dejaba ver que aquel paraje del polo antártico servía de refugio a los cetáceos perseguidos por los pescadores.
Observé también unos dilatados cordones blanquecinos de salpos, especie de moluscos agregados y medusas de gran dimensión, que semecían entre los remolinos de las olas. A las nueve llegábamos a tierra, el cielo se aclaraba, las nubes huían hacia el sur, las brumas abandonaban la
fría superficie de las aguas. El capitán Nemo se dirigió al pico donde quería establecer su observatorio. Fue una ascensión penosa sobre lavas agudas y piedras pomes. En medio de una atmósfera con frecuencia saturada de emanaciones sulfurosas de las sumaredas. El capitán, a pesar de no tener
el hábito de pisar la tierra, trepaba por las pendientes más rápidas con una soltura y agilidad que yo no podía imitar y que hubiera sido envidiada por un cazador de gamos. Dos horas fueron necesarias para alcanzar la cumbre de aquel pico, medio pórfido, medio basalto. Desde allí, nuestras miradas
abrazaron un extenso mar que hacia el norte trazaba claramente su línea terminal sobre el fondo del cielo. A nuestros pies había campos resplandecientes de blancura. Sobre nuestra cabeza un azul pálido, despejado de brumas. Por el norte, el disco solar aparecía cual esfera de fuego truncada ya por la
línea del horizonte. Del seno de las aguas se elevaban por centenares magníficos haces de surtidores líquidos. A lo lejos el nautilus se divisaba cual cetáceo adormecido. Detrás de nosotros, por el sur y el este, se extendía una tierra inmensa con amontonamiento desordenado de rocas y de hielos cuyo límite no
se percibía. El capitán Nemo cuando llegó a la cumbre del pico marcó cuidadosamente su altura por medio del barómetro porque debía tener cuenta de ella en su observación. A las 12 menos cuarto, el sol, visto entonces por refracción únicamente, apareció como un disco de oro y dispersó sus postreros rayos sobre aquel
continente abandonado y sobre aquellos mares que el hombre no ha surcado todavía. El capitán provisto de un anteojo de retículas que por medio de un espejo corregía la refracción, observó el astro que peretraba poco a poco por debajo del horizonte siguiendo una diagonal prolongada. Yo no tenía el cronómetro, mi corazón latía fuertemente.
Si la desaparición del semidisco solar coincidía con la hora de mediodía en el cronómetro, estábamos en el mismo polo. Las 12 exclamé. El polo sur, respondió el capitán Nemo con voz grave y dándome el anteojo con el cual se percibía el astro del día precisamente cortado en dos porciones iguales
por el horizonte. Yo vi los últimos rayos coronar el pico y las sombras ir subiendo progresivamente por sus faldas. En aquel momento apoyando el capitán Nemo su mano sobre mis hombros, me dijo Caballero, en 1600 el holandés Gerrit, arrastrado por las corrientes y las tempestades, alcanzó el grado 64
de latitud meridional y descubrió la New Shetland. En 1773, el ilustre Cook siguiendo en 17 de enero el meridiano 38, llegó a los 67 grados 30 minutos de latitud y en 1774, alcanzó los 71 grados 15 minutos, estando en los 109 grados de longitud.
En 1819, el ruso Bellinghausen se encontró en el paralelo 69 y en 1821, llegó al 66, hallándose a los 111 grados de longitud oeste. En 1819, el ruso Bellinghausen se encontró en el paralelo 60 y en 1821,
llegó a los 111 grados de longitud oeste. En 1820, el inglés Brunfield fue detenido a los 65 grados de latitud y el mismo año, el americano Morrell, cuyas relaciones son dudosas, remontándose por el meridiano 42, descubría el mar libre 14 minutos de latitud. En 1825, el inglés Powell
no podía pasar de los 62 grados. El mismo año, un simple pescador de focas, el inglés Forster, capitán del Chanticleer, tomaba posesión del continente antártico a los 63 grados 26 minutos de latitud y 66 grados 26 minutos de longitud. En 1831,
el inglés Biscow descubría el 1 de febrero la tierra de Enderby a los 68 grados 50 minutos de latitud. El 5 de febrero, la tierra Adelaida a los 67 grados y el 21 de igual mes, la tierra de Graham a los 64 grados 45 minutos. En 1838,
el francés Dumont Durville, detenido ante la banca de hielo, marcaba la tierra Louis-Philippe a los 62 grados 57 minutos de latitud. Dos años más tarde, daba nombre en 21 de enero y 26 grados 30 minutos a la tierra Adelia
y a la costa Claria, 8 días después en los 64 grados 40 minutos. El mismo año, el inglés Wilkis se adelantaba hasta el paralelo 69 estando a los 100 grados de longitud. En 1839, el inglés Baleny descubría la tierra Sabina
en el límite del círculo polar. Por último, en 1842, el inglés James Ross, que montaba el herebo y el terror, el 12 de enero a los 76 grados 56 minutos de latitud y 171 grados 7 minutos de longitud de este, hallaba la tierra Victoria. El 23 del propio mes
marcaba el paralelo 74, punto el más elevado hasta entonces alcanzado. El 27 llegaba a 76 grados 8 minutos, el 28 a los 77 grados 32 minutos, el 2 de febrero a los 78 grados 4 minutos
y en 1842 volvió a los 71 grados de donde no pudo pasar. Pues bien, yo, Capitán Nemo, el 21 de marzo de 1868 he llegado al polo sur, estando a los 90 grados de latitud y tomo posesión de este paraje del globo igual
a la sexta parte de los continentes conocidos. ¿En nombre de quién, Capitán? En el mío, señor profesor. Y diciendo esto, desplegó una bandera negra que tenía una N de oro bordada en su centro. Y luego, volviéndose al astro del día, cuyos postreros rayos rozaban el horizonte
del mar, exclamó, adiós, sol, desaparece rutilante astro, ocultate bajo ese mar libre y deja que una noche de seis meses extienda sus sombras sobre mis nuevos dominios. Fin del capítulo 14.