Chapter 39
Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Berne, traducido por Vicente Guimera. Segunda parte, del Pacífico al Atlántico. Esta es una grabación del Ibribox. Todas las grabaciones del Ibribox son del dominio público. Grabado por Víctor Villarraza. Capítulo 15. Accidente o incidente.
El día siguiente, 22 a las 6 de la mañana, se dio principio a los preparativos de marcha. Desvanecíanse entre las primeras sombras de la noche los últimos destellos del crepúsculo. El frío era muy vivo, las constelaciones resplandecían con sorprendente intensidad y sobre el cenit brillaba esa admirable cruz del sur, estrella polar de las regiones antárticas. Señalaba el termómetro 12 grados bajo cero y cuando el viento se movía causaba punzantes picaduras.
Sobre el agua libre se multiplicaban los témpanos y el mar tenía tendencia a solidificarse en todas partes, pues se extendían por la superficie numerosas manchas negruzcas, de esas que anuncian la próxima formación del reciente hielo. Era indudable que el mar austral, helado durante los seis meses del invierno, se tornaba absolutamente inaccesible. ¿Qué se hacían las ballenas durante este período?
Iban a buscar probablemente, por debajo de la banca de hielo, mares más practicables. En cuanto a las focas y a las vacas marinas, como más acostumbradas a vivir en los climas muy crudos, se quedaban sobre aquellas congeladas masas, pues estos animales tienen el instinto de practicar sobre el hielo unos orificios que mantienen constantemente abiertos para subir por ellos a respirar. Cuando las aves, desalojadas por el frío, emigran hacia el norte, quedan aquellos mamíferos por únicos dueños del continente polar.
Entre tanto, los receptáculos de agua se habían llenado, y el nautilus descendía con lentitud hasta que se detuvo a mil pies de profundidad. Su hélice batió las aguas y emprendió la marcha hacia el norte con una velocidad de 15 millas por hora. Por la tarde, flotaba ya debajo de la inmensa mole de la sólida banca. Por prudencia, se habían cerrado las ventanas del salón, porque podía acontecer que el nautilus tropezara con algún témpano suelto. Así es que empleé todo aquel día en ordenar mis apuntes, dedicándose mi trabajo mental por entero a coordinar mis recuerdos del polo.
Habíamos llegado a tan inaccesible punto sin fatigas, sin peligro, como si nuestro vagón flotante se hubiese deslizado sobre los rails de un ferrocarril. Y ahora estábamos ya de regreso. ¿Tendríamos análogas sorpresas? Así lo creía yo, al considerar lo inagotable que es la serie de portentos submarinos. Desde que el azar nos había traído al nautilus, habíamos recorrido 14 mil leuas. Y en este trayecto, más extenso que el ecuador terrestre, el viaje había sido amenizado con multitud de incidentes, o curiosos o terribles. La casa en la selva de Crespo, el encallamiento en el estrecho de torres, el cementerio de coral, las pesquerías de Seilán, el túnel arábigo, los fuegos de Santorino, los millones de la bahía de Vigo, la Atlántida, el polo sur.
Durante la noche, pasando estos recuerdos de ensueño en ensueño, no dejaron que mi cerebro descansara un solo instante. A las 3 de la mañana, me despertó un violento choque. Me incorporé y estaba escuchando entre la oscuridad cuando me vi bruscamente arrojado en medio de la cámara. Evidentemente que el nautilus, después de haber tocado sobre algún escoyo, estaba considerablemente tumbado. Me agarré a las paredes y arrastrándome por los corredores, llegué hasta el salón alumbrado por su luminoso techo. Los muebles estaban derribados. Por fortuna, los escaparates, sólidamente asegurados en su base, se habían mantenido firmes.
Los cuadros de Estivor estaban pegados a la tapicería, mientras que los de Vabor colgaban con separación de un pie por su borde inferior. Por consiguiente, el nautilus estaba volcado sobre Estivor y además completamente inmóvil. Se oían en el interior voces confusas y ruido de pasos, pero el capitán Nemo no aparecía. En el momento en que me iba a marchar del salón, Nedland y Consejo entraron. ¿Qué hay? les pregunté.
Yo venía a preguntárselo al señor, respondió Consejo. ¡Mi diantres! exclamó el canadiense. Yo bien lo sé. El nautilus ha varado y si hemos de juzgar por la situación, no creo que salga de aquí con la misma posibilidad que en el Estrecho de Torres. ¿Pero ha vuelto siquiera a la superficie del mar? Lo ignoramos, respondió Consejo.
Fácil es averiguarlo, dije yo. Consulté el manómetro y con gran sorpresa mía indicaba una profundidad de 360 metros. ¿Qué quiere decir esto? exclamé. Hay que preguntárselo al capitán, dijo Consejo. ¿Y dónde hallarlo? añadió Nedland.
Seguidme, dije a mis dos compañeros. Abandonamos el salón. En la biblioteca no había nadie. Supuse que el capitán Nemo estaría en la casilla del timonel y como era mejor esperarle volvimos los tres al salón. Nada diré de las recriminaciones del canadiense. Quedaba rienda suelta a su acaloramiento.
Lo dejé de soahogar su mal humor a todo gusto, sin responderle. Así estuvimos 20 minutos, tratando de sorprender los menores ruidos que se producían en el interior del Nautilus, hasta que entró el capitán Nemo, quien afectó novernos. Su fisonomía, habitualmente impasible, revelaba cierta inquietud. Observó silenciosamente la brújula y el manómetro y fue a poner su dedo en el punto del planisferio que representaba los mares australes.
No quise interrumpirle. Algunos instantes más tarde, cuando se volvió hacia mí, le dije devolviéndole una expresión de que se había servido en el estrecho de Torres. Un incidente, ¿eh, capitán? No, señor. Esta vez es un accidente. Grave. Tal vez.
¿Es inmediato el peligro? No. ¿Estaba arado el Nautilus? Sí. ¿Y de qué depende esto?
De un capricho de la naturaleza y no de la impericia humana. No hemos cometido una sola falta en las maniobras, pero no es posible impedir que el equilibrio produzca sus efectos. Se pueden arrastrar las leyes humanas, pero no resistir a las de la naturaleza. Extraño era el momento que escogía el capitán Nemo para entregarse a esa filosófica meditación. Su respuesta en suma no me sacaba de dudas y le dije, ¿puedo saber cuál es la causa de este accidente?
Un enorme témpano de hielo. Una montaña ha sufrido un vuelco, me respondió. Cuando las moles congeladas están minadas en su base por aguas más calientes o por choques reiterados, su centro de gravedad sube más arriba y entonces se vuelcan. Esto es lo sucedido. Una de esas moles, al dar la vuelta, ha tropezado con el nautilus y deslizándose por debajo de su casco y levantándolo con irresistible fuerza, lo ha elevado hasta unas aguas menos densas, donde se encuentra caído de costado. ¿Pero no es posible restituirle el equilibrio vaciando sus depósitos? Eso estamos haciendo, señor profesor. Podéis escuchar cómo funcionan las bombas.
Ve la aguja del manómetro, indica que el nautilus sube, pero con él sube también el pedazo de hielo. Y mientras su movimiento ascensional no se vea detenido por un obstáculo, no cambiaremos de posición. En efecto, el nautilus seguía tumbado en el estribor y era indudable que se restablecería su equilibrio cuando la masa congelada se detuviera. Pero, quién sabe, se habíamos tropezado también en la parte inferior de la gran banca y estábamos espantosamente oprimidos entre las dos superficies heladas. Yo meditaba sobre las consecuencias de esta situación mientras que el capitán Nemo no cesaba de observar el manómetro.
El nautilus desde la caída del iceberg había subido unos 150 pies, pero continuaba formando el mismo ángulo con la perpendicular. De repente el casco se movió ligeramente. El nautilus, pues, iba volviendo a su posición normal. Los objetos suspendidos recobraban su natural situación. Las paredes se iban acercando a la verticalidad y el suelo se tornaba horizontal. Ninguno de nosotros hablaba, estábamos observando y escuchando con el ánimo suspenso. Trascurrieron así diez minutos y exclamé, por fin, ¿ya estamos en posición recta?
Sí, respondió el capitán Nemo dirigiéndose a la puerta, pero ¿navegaremos? Ciertamente, puesto que los depósitos no están vaciados todavía y el nautilus ha de subir a la superficie. El capitán salió y observé que por sus órdenes no tardó en suspenderse la marcha ascensional, porque en efecto era mejor conservar nuestra embarcación entre dos aguas antes que tropezar con la pared inferior de la banca. De buena nos hemos librado, dijo entonces Consejo.
Sí, podíamos habernos visto estrujados por esas masas de hielo o cuando menos, aprisionados. Y entonces, no pudiendo renovar el aire, sí, de buena nos hemos librado. Sí es que esto ha concluido, murmuró Nedland. No quise entablar con el canadiense una conversación inútil y no respondí. Por otra parte, se abrieron las ventanas y la luz exterior penetró por los cristales.
Estábamos en agua libre, como lo he dicho, pero a una distancia de 10 metros por cada lado del nautilus, se levantaba una resplandeciente muralla de hielo. Por encima y por debajo había otra muralla. Por encima, porque la superficie interior de la banca se desarrollaba como una techumbra inmensa. Por debajo, porque el trozo volcado, después de haberse deslizado poco a poco, había encontrado en las paredes laterales los puntos de apoyo que le mantenían en su nueva posición.
El nautilus estaba aprisionado en un verdadero túnel de hielo de una anchura de 20 metros, lleno de agua mansa. Le era pues fácil salir marchando hacia adelante o hacia atrás, y recobrar después a unos 100 metros más abajo un libre paso por debajo de la banca. El techo luminoso se había apagado y sin embargo el salón resplandecía con intensa luz. Es que la poderosa reverberación de las paredes de hielo reflejaba hacia nosotros los fulgores del panal.
Difícil es describir el efecto de la radiación eléctrica sobre aquellas masas caprichosamente recortadas, donde cada ángulo, cada arista, cada faceta despedían brillos diferentes, según la naturaleza de las vetas que presentaba el hielo, asemejándose a una resplandeciente mina de gemas, y especialmente de zafiros que cruzaban sus destellos azules con los verdes de la esmeralda, de trecho en trecho los matices opalinos de una suavidad infinita se extendían entre puntos ardientes
como otros tantos diamantes de fuego, cuyo brillo no podía ser sostenido por nuestras miradas. La potencia del panal se veía centuplicada, como la de una lámpara a través de las fajas lenticulares de un faro de primer orden. Cuán bello es esto, cuán bello, exclamó Consejo. Sí, dije yo, es un espectáculo admirable, ¿no es verdad, Neddland? Mil diantres que sí, contestó.
Esto es soberbio y rabio por convenir en ello, nunca se ha visto cosa igual, pero puede ese espectáculo costarnos caro, y para decirlo todo, se me figura que estamos viendo cosas que Dios ha querido alejar de las miradas humanas. Neddland tenía razón, era demasiado bello. De repente un grito de Consejo hizo volverme.
¿Qué ocurre? pregunté. Cierre el señor los ojos, no mire el señor. Al decir esto, Consejo tapaba sus párpados con las manos. Pero ¿qué tienes, muchacho? Estoy deslumbrado, ciego.
Mi vista se dirigió involuntariamente al cristal de la ventana, pero no pude soportar el fulgor que lo iluminaba. Comprendí lo que pasaba, el Nautilus acababa de ponerse en marcha a gran velocidad. Todos los resplandores tranquilos de las murallas de hielo se habían trocado en rayas luminosas, cuyo fulgurosos fuegos se confundían.
El Nautilus, arrastrado por su hélice, viajaba entre un estuche de relámpagos. Las ventanas se cerraron, teníamos las manos aplicadas sobre nuestros ojos, impregnados de esos visos concéntricos que flotan ante la retina, cuando los rayos solares la han herido vivamente. Teníamos que aguardar algún tiempo para moderar la turbación de nuestras miradas,
hasta que nuestras manos se bajaron. A fe mía que jamás lo hubiera creído, dijo Consejo. Y yo todavía no lo creo, contestó el canadiense. Cuando volvamos a tierra, añadió Consejo, estaremos tan maravillados de todos estos portentos de la naturaleza,
que nada sabremos qué pensar de esos miserables continentes, ni de esas pequeñas obras salidas de la mano de los hombres. No, el mundo habitado ya no es digno de nosotros. Semejantes palabras en boca de un impasible flamenco demostraban cuál era el grado de efervescencia a que había llegado nuestro entusiasmo.
Pero el canadiense no dejó de aplacarlo con su gota de agua fría. El mundo habitado, dijo moviendo la cabeza. No tengáis cuidado, amigo Consejo, no volveremos a verlo. Eran las cinco de la mañana. En aquel momento hubo un choque por la parte anterior del Nautilus.
Comprendí que su espolón acababa de tropezar con una mole de hielo. Debía de ser una falsa maniobra, porque aquel túnel submarino obstruido con trozos de hielo no ofrecía una navegación fácil. Creí pues que el capitán Nemo, modificando su rumbo,
sortearía aquellos obstáculos y seguiría las sinucidades del túnel. En todo caso, la marcha hacia adelante no podía quedar en absoluto detenida. Sin embargo, y contra mi esperanza, el Nautilus tomó un movimiento de retroceso muy pronunciado. Volvemos hacia atrás, dijo Consejo.
Sí, respondí, el túnel sin duda no tiene salida por este lado. Y entonces, entonces, dije, la maniobra es bien sencilla. Retrocedemos y todo queda reducido a salir por el orificio del sur. Al hablar así, trataba yo de parecer más sereno de lo que estaba realmente. Entretanto, el movimiento retrógrado del Nautilus se aceleraba,
arrastrándonos a contra Élise con gran velocidad. Será una tardanza, dijo Ned. ¿Qué importan algunas horas más o menos con tal que salgamos? Me pasé durante algunos instantes del salón a la biblioteca y mis compañeros estaban sentados y silenciosos.
Me acosté después sobre un diván y tomé un libro que mi vista recorría maquinalmente. Un cuarto de hora después, Consejo se me acercó diciendo, es muy interesante lo que el Señor está leyendo. ¡Muy interesante! Respondí, ya lo creo. Como que es del Señor el libro que el Señor lee.
¡Mi libro! En efecto, tenía en la mano la obra de los grandes fondos submarinos, sin haberlo reparado. Cerré el libro y me volví a pasear, después de que Ned y Consejo se levantaron para retirarse. Quedaos, amigos míos, les dije deteniéndolos.
Estemos juntos hasta que salgamos de este callejón, como el Señor guste, respondió Consejo. Transcurrieron algunas horas. Observé los instrumentos y el manómetro indicaba que el Nautilus se hallaba a una profundidad constante de 300 metros.
La brújula que marchaba al sur y el loch que andaba con una velocidad de 20 millas por hora, rapidez excesiva para tan estrecho espacio. Nemo sabía que no podía perder tiempo y que los minutos eran siglos. A las ocho y veinticinco se sintió otro golpe, perdía el color. Mis compañeros se habían acercado y nos mirábamos,
diciendo a nuestros ojos más de lo que hubieran expresado las palabras. Entonces entró el capitán en el salón y me dirigí a él. ¿Está el camino también cerrado por el sur? Le pregunté. Sí, señor.
El iceberg, al volcarse, ha cerrado toda salida. ¿Estamos bloqueados? Sí. Fin del capítulo 15.