Chapter 40
Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Berne, traducido por Vicente Guimera. Segunda parte, del Pacífico al Atlántico. Esta es una grabación del Ibribox. Todas las grabaciones del Ibribox son del dominio público. Grabado por Víctor Villarraza.
Capítulo 16. Carencia de aire. Teníamos pues, encima, alrededor y por debajo del Nautilus, un impenetrable muro de hielo. Éramos prisioneros de la congelada banca. El Canadiense pegó un puñetazo en la mesa.
Consejo callaba. Yo miraba al capitán, cuyo semblante había recobrado su impasibilidad habitual. Al paso que meditaba cruzado de brazos, el Nautilus estaba quieto. Tomó poco después la palabra, diciendo con serena voz. Señores, hay dos modos de morir en las condiciones que nos rodean.
Decía esto aquel extraño personaje, cual si fuera un profesor de matemáticas, explicando una lección a sus alumnos. El primero, añadió, es morir aplastado. El segundo, es morir asfixiado. No hablo de la posibilidad de morir de hambre,
porque los abastecimientos del Nautilus durarán ciertamente más que nosotros. Ocupémonos pues de las probabilidades del aplastamiento o de la asfixia. En cuanto a la asfixia, capitán, le dije, no la debemos temer, porque nuestros depósitos están llenos. Exacto, replicó el capitán Memo.
Pero no nos darán más que dos días de aire. Hace 36 horas que estamos presos en estas aguas, y ya la atmósfera viciada del Nautilus exige renovación. Dentro de 48 horas, nuestra reserva se habrá agotado. Pues bien, capitán, procuremos librarnos antes de 48 horas.
Así lo intentaremos, perforando el muro que nos rodea. ¿Por qué lado? La sonda nos lo dirá. Voy a varar el Nautilus sobre el banco inferior, y mis hombres, revestidos con las escafandras,
atacarán el hielo por su pared menos gruesa. ¿Se pueden abrir las ventanas del salón? Sin inconveniente, puesto que ya no nos movemos. El capitán Memo salió, y bien pronto advertí por los silbidos que el agua se introducía en los depósitos.
El Nautilus descendió con lentitud, y descansó sobre el fondo de hielo a la profundidad de 350 metros. Amigos míos, dije, la situación es grave, pero cuento con vuestro valor y energía. Señor, me respondió el canadiense,
no será ahora cuando os mortifique con mis recriminaciones. Estoy dispuesto a todo para la común salvación. Bien, le dije dándole un apretón de manos. Añadiré, prosiguió, que tan enseñado a manejar la piqueta como el arpón, puede el capitán disponer de mí si lo cree útil.
No desechará vuestro auxilio, venid, Nedland. Le conduje a la cámara, donde la tripulación del Nautilus se ponía las escafandras, y di parte al capitán de la proposición de Ned, que fue aceptada. El canadiense se endosó el traje de mar,
y estuvo dispuesto con la misma presteza que sus compañeros de trabajo. Todos llevaban a la espalda el aparato Rukairol, provisto de un buen contingente de aire puro, tomado necesariamente de la reserva del Nautilus. En cuanto a las lámparas Runkorff eran inútiles,
en medio de las aguas luminosas saturadas de radiación eléctrica. Después de vestirse Nedland, entré en el salón, cuyas ventanas estaban abiertas, y colocados cerca de consejo, examiné las capas ambientes que rodeaban al Nautilus.
Algunos instantes después, veíamos una docena de hombres de la tripulación apearse sobre el banco de hielo, y entre ellos a Nedland, fácil de reconocer por su elevada estatura. El capitán Memo estaba con ellos. Antes de proceder a la perforación del hielo,
mandó practicar calas, que debían asegurar la buena dirección de los trabajos, haciendo penetrar largas tientas en las paredes laterales, pero a los 15 metros todavía las detenía la gruesa muralla. Se juzgó inútil pensar en la superficie de arriba, porque era la banca misma con más de 400 metros de altura.
Se sondeó la superficie inferior, y se reconoció que estábamos 10 metros separados del agua líquida. Había que cortar un pedazo igual a la superficie de la línea de agua del Nautilus. Era necesario arrancar 6.500 metros cúbicos de hielo para obtener una abertura por donde cupiésemos.
El trabajo comenzó inmediatamente y fue dirigido con infatigable obstinación. En vez de cavar alrededor del Nautilus, lo cual hubiera ofrecido grandes dificultades, el capitán Memo hizo dibujar la inmensa fosa a 10 metros de la Anca de Vabor. Después, la tripulación taladró el hielo en diferentes puntos de la circunferencia,
y luego comenzaron a obrar los picos, desprendiéndose gruesos pedazos. Por un efecto curioso del peso específico, aquellos trozos menos pesados que el agua se subían a la bóveda, cuyo grueso crecía tanto cuanto disminuía el de abajo, adelgazándose la pared inferior, que era lo que importaba.
Después de dos horas de enérgico trabajo, Nedland se retiró fatigado. Sus compañeros y él fueron sustituidos por nuevos trabajadores, a los cuales nos unimos Consejo y yo. El segundo del Nautilus nos dirigía. El agua me pareció singularmente fría, pero entré en calor manejando el pico.
Mis movimientos eran muy libres, aunque se efectuaban bajo una presión de 30 atmósferas. Cuando me retiré a las dos horas para tomar algún alimento y descanso, hallé una notable diferencia entre el fluido puro que me suministraba el aparato Rukairol y la atmósfera del Nautilus, cargada ya de ácido carbónico.
Hacía 48 horas que el aire no se renovaba, quedando muy debilitadas sus cualidades vivificantes. Entre tanto y por espacio de 12 horas, no se habían conseguido arrancar más que un metro en profundidad de hielo, sean unos 600 metros cúbicos.
Suponiendo que cada 12 horas se hiciera el mismo trabajo, necesitábamos todavía 5 noches y 4 días para llevar a cabo nuestra empresa. ¿5 noches y 4 días? Dije a mis compañeros. ¿Y no nos quedan los depósitos más aire que para dos días?
Sin contar, repuso Ned, que una vez fuera de esta maldita prisión, estaremos todavía empeñados por debajo de la banca de hielo y sin comunicación posible con la atmósfera. Cuán juiciosa era esta observación,
quién era capaz de prever el mínimo de tiempo necesario para nuestra libertad. ¿No nos habría ahogado la asfixia antes de que el Nautilus pudiera volver a la superficie? ¿Estaba destinado a perecer en aquella tumba de hielo con todos los que encerraba? La situación parecía terrible,
pero cada cual la comprendía, y todos estaban decididos a cumplir con su deber hasta el fin. Según mis previsiones, durante la noche se había profundizado un metro más, el albeolo inmenso,
por donde había de buscar su salida el Nautilus. Pero por la mañana, cuando vestido con mi escafandra recorrí la masa líquida a la temperatura de 6 a 7 grados bajo cero, observé que las paredes laterales se iban aproximando.
Las capas de agua lejanas del hoyo y que no se calentaban con el trabajo de los hombres y la acción de las herramientas indicaban una tendencia a congelarse. Ante este nuevo inminente peligro,
desaparecían nuestras probabilidades de salvación, sin que yo creyera posible impedir la solidificación de aquel ambiente líquido que podía hacer estallar como vidrio el casco de nuestra embarcación. Nada dije de este nuevo riesgo a mis dos compañeros. ¿Para qué infundir desmayo,
abatiendo la energía que empleaban en el penoso trabajo de nuestra salvación? Pero cuando volví a bordo, di cuenta al capitán Nemo de tan grave complicación. Ya lo sé.
Me dijo con aquel acento sereno que ni las más terribles coyunturas hacían modificar. Es un peligro más, y no me ocurre medio ninguno para conjurarlo. La única probabilidad de salvación
consiste en ir más a prisa, procurando llegar los primeros. A esto se reduce todo. Ser los primeros en llegar. Pero no debían extrañarme ya estas impertérritas ocurrencias del capitán Nemo.
Aquel día manejé el pico con afán durante muchas horas, y este trabajo me daba aliento. Por otra parte, trabajar era lo mismo que dejar el nautilus, esto es, respirar directamente el aire puro, suministrado por los aparatos,
abandonando una atmósfera empobrecida y variada. Por la noche tenía el hoyo un metro más de profundidad. Cuando volví a bordo, estuve a pique de afixiarme con el ácido carbónico de que estaba saturado el aire.
Ah, ¿por qué no teníamos los medios químicos de desalojar aquel ambiente del etéreo? El oxígeno no nos faltaba. Toda aquella agua lo contenían en gran cantidad, y descomponiéndola por medio de nuestras potentes pilas,
nos hubiera restituido el fluido vivificador. Bien me había esto ocurrido, pero nada hubiéramos adelantado, estando invadidas todas las piezas del buque por el ácido carbónico,
producto de nuestra respiración. Para absorberlo, hubiéramos necesitado recipientes de potasa cáustica en agitación incesante, pero faltaba esta sustancia a bordo, y nada había que pudiera reemplazarla.
Aquella noche, el capitán Nemo mandó abrir las llaves de sus depósitos, y derramar por el interior del nautilus algunas columnas de aire, y sin esta precaución,
no nos habríamos despertado. Al día siguiente, 26 de marzo, proseguía en mi trabajo de minero, empezando a arrancar el quinto metro. Las paredes laterales y la inferior de la banca
iban visiblemente acercándose. Era evidente que se juntarían antes que el nautilus hubiese conseguido desembarazarse. Tuvo un momento de desesperación, y por poco soltaron mis manos el pico.
¿Para qué seguir cavando si había de perecer ahogado, estrujado, por aquella agua que se petrificaba, suplicio que no había inventado ni la ferocidad de los salvajes?
Parecíame que me encontraba entre las formidables mandíbulas de un monstruo que se iban irremisiblemente cerrando. En aquel momento, el capitán Nemo, que ayudaba a trabajar y lo dirigía a todo,
pasó a mi lado. Le toqué con la mano y le enseñé las paredes de nuestra cárcel. La de Estribor se había acercado ya a menos de cuatro metros del casco del nautilus.
El capitán me comprendió y me indicó conseñas que le siguiera. Volvimos a bordo, y después de quitarnos las escafandras, le acompañé al salón donde me dijo,
Señora Ronnachs, es necesario apelar a algún medio heroico, o de lo contrario, vamos a quedar empotrados en esta agua congelada
como si fuera un cemento. Sí, por cierto, exclamé, pero ¿qué haremos? ¡Ah! Si mi nautilus fuera bastante fuerte para sostener esa presión sin quedar aplastado.
¿Y qué? pregunté sin entender la idea del capitán. No comprendéis, repuso, que esa congelación no serviría de auxilio. No reparáis que la solidificación haría estallar estos trozos de hielo que nos aprisionan,
así como al helarse hace estallar las piedras más duras. ¿No veis que sería entonces un agente de salvación en vez de serlo de destrucción? Sí, capitán, tal vez,
pero por grande que sea la resistencia del nautilus, no podría aguantar tan espantosa presión y se aplastaría como una chapa de palastro. Ya lo sé, y por eso no podemos contar con el auxilio de la naturaleza,
sino con nosotros mismos. Tenemos que oponernos a esa solidificación deteniéndola. No solamente se estrecha el espacio comprendido entre las paredes laterales,
sino que ya no quedan más que 10 pies de agua por delante y por detrás del nautilus. La congelación nos alcanza por todos lados. ¿Cuánto tiempo nos permitirá respirar a bordo el aire de los receptáculos? El capitán me miró de hito en hito y dijo
Pasado mañana, los depósitos estarán vacíos. Un sudor frío me acometió y sin embargo, yo no debía asombrarme de esa respuesta. El 22 de marzo, el nautilus había penetrado bajo las aguas libres del polo.
Estábamos a 26 y llevábamos por consiguiente cuatro días viviendo con las reservas. Y lo que restaba de aire respirable era necesario conservarlo para los trabajadores.
En el momento en que escribo estos sucesos, mi impresión es tan viva todavía que un terror involuntario se apodera de todos mis sentidos. Y me parece que el aire falta a mis pulmones.
Entretanto, el capitán Nemo reflexionaba silencioso, quieto, y era indudable que le cruzaba una idea por la imaginación, pero al parecer la rechazaba, respondiendo negativamente a sí mismo, hasta que por último,
soltaron sus labios las siguientes palabras. ¿El agua hirviendo? exclamé. Hay que hacer la prueba. Dije resueltamente. Hagámosla, señor profesor.
El termómetro señalaba entonces menos de 7 grados al exterior. El capitán Nemo me llevó a las cocinas, donde funcionaban vastos aparatos destilatorios que nos suministraban el agua potable por evaporación.
Se cargaron de agua y todo el calor eléctrico de las pilas fue derramado por los serpentines bañados de líquido. En pocos minutos había alcanzado el agua 100 grados
y fue dirigida a las bombas, mientras que era reemplazada por otra, y así sucesivamente, a medida que se calentaba. El calor desarrollado por las pilas
era tal que el agua fría, tomada del mar, llegaba hirviendo a los cuerpos de la bomba con solo atravesar los aparatos. La inyección comenzó,
y tres horas después, el termómetro señalaba al exterior 6 grados bajo cero. Era la ventaja de un grado. Dos horas más tarde,
llegábamos a cuatro grados. Saldremos bien, dije al capitán, después de haber seguido y comprobado por numerosas observaciones
los adelantos de la operación. Así lo creo, me contestó. No seremos estrujados, ya no nos queda otro recelo que el de la afixia.
Durante la noche, la temperatura del agua llegó a un grado bajo cero, sin que pudiera pasar de aquí. Pero como la congelación del agua del mar no se produce,
sino a dos bajo cero, me tranquilicé contra los peligros de la solidificación. Al día siguiente, 27 de marzo,
habíamos arrancado seis metros de hielo, y nos quedaban cuatro por ahondar. Faltaban pues, 48 horas de trabajo. El aire no podía ya renocer,
no podía ya renovarse en el interior del nautilus, y por eso, aquella jornada fue de mal en peor. Una pesadeza intolerable me abrumó. Hace a las 3 de la tarde,
este sentimiento de angustia llegó a muy alto grado. Los bostezos dislocaban mis mandíbulas, mis pulmones jadeaban en busca del fluido comburente indispensable para la respiración, y que se iba enrareciendo cada vez más. Se alcanza la piel,
y se va a la cabeza. Y se va a la cabeza. Se apoderó de mis sentidos una torpeza moral. Estaba tendido sin fuerzas, y casi sin conocimiento.
Mi buen consejo, atacado por los mismos síntomas, sufriendo idénticos padecimientos, no me abandonaba. Me agarraba la mano,
me daba ánimo, y yo le oía decir, si pudiera yo no respirar, para dejar más aire al señor. Mis ojos se inundaban de lágrimas,
al escucharle hablar así. Nuestra situación era tan intolerable en el interior, que cuando nos llegaba el turno de trabajar, nos apresurábamos llenos de gozo a ponernos las escafandras. Los picos resonaban sobre la helada superficie,
los brazos se fatigaban, las manos se desollaban, pero nada eran estos afanes, nada estas heridas, porque el aire vital llegaba desde los aparatos a nuestros pulmones.
Allí por fin, se respiraba, se respiraba, y sin embargo nadie prolongaba más de lo debido su trabajo. Todos entregaban al fin de la tarea,
a sus compañeros angustiados, el aparato que debía transmitirles vida. El capitán Nemo daba el ejemplo, y era el primero en someterse a tan severa disciplina. Llegaba la hora,
cedía su aparato a otro, y se retiraba a la atmósfera viciada de bordo, siempre sin que el aire fuera de su cuerpo. Siempre sin que el aire fuera de su cuerpo. Siempre sin que el aire fuera de su cuerpo.
Siempre sin desmayar. Siempre sin quejarse. Aquel día el trabajo habitual se cumplió con más vigor todavía. Solamente dos metros
no separaban del mar líquido, pero los receptáculos estaban casi vacíos de aire, y lo poco que restaba debía estar conservado
para los trabajadores, ni un átomo para el nautilus. Cuando volví a bordo quedé casi sofocado. ¡Qué noche!
Imposible describirla, ni expresar tanto sufrimiento. Al día siguiente mi respiración estaba oprimida. Mezclábansé con los dolores de cabeza,
pesados y confusos, vértigos, semejantes a la embriaguez. Mis compañeros experimentaban idénticos síntomas,
y algunos hombres de la tripulación roncaban de un modo muy parecido al estertor. Aquel día, sexto de nuestro cautiverio,
el capitán Nemo abandonó el sistema de trabajo demasiado lento del pico, resolviendo quebrar la capa de hielo que restaba por arrancar.
Aquel hombre había conservado su sangre fría y su energía. Domaba con su fuerza moral los dolores físicos. Pensaba, combinaba,
obraba. Por su orden, se aligeró la embarcación y se puso a flote, trayéndola después encima del hoyo inmenso, abierto
según la configuración de la línea de agua. Volvieronse a llenar de líquido los receptáculos. El nautilus bajó y se encajó en la abertura.
Todos entraron a bordo. Se cerró la doble puerta de comunicación y se dejó descansar la nave submarina sobre el fondo del hoyo.
Formado entonces por una capa de hielo que no llegaba a un metro de grueso y estaba perforada por la sonda en mil puntos diferentes. Se abrieron las llaves
de los receptáculos y 100 metros cúbicos de agua entraron en el nautilus, aumentando su peso en 100.000 kilogramos.
Estábamos esperando, olvidando nuestros padecimientos y jugando nuestra salvación a la última suerte. A pesar de los zumbidos que aturdían
mi cabeza, sentí los chasquidos del hielo bajo el casco del nautilus. Se produjo un desnivel. El hielo estalló con singular
estrépito, semejante al del papel que se rasga y nuestro bajel descendió. Pasamos, me dijo consejo al oído.
No pude responder y me así de su mano, oprimiéndola con involuntaria convulsión. De repente, se atrapó el nautilus
por su espantosa sobrecarga penetró como una bala bajo las aguas, es decir, que cayó como en el vacío. Entonces, se aplicó
toda la fuerza eléctrica a las bombas que empezaron a desalojar el agua de los receptáculos. Al cabo de algunos minutos, cesó el descenso
y el manómetro comenzó a indicar un movimiento ascencional. La hélice, marchando a gran velocidad, hizo estremecer el casco del buque
hasta sus redoblones y nos impelió hacia el norte. Pero, ¿cuánto debía durar esta navegación por debajo de la banca de hielo
hasta el mar libre? Un día quizá, la muerte estaba más cercana. Medio extendido sobre un diván de la biblioteca,
me sofocaba. Mi rostro estaba amoratado, mis labios azules, mis facultades suspensas. Ni veía ni escuchaba nada.
La noción del tiempo había desaparecido de mi entendimiento. Mis músculos no podían contraerse.
No puedo calcular las horas que así transcurrieron. Pero tuve la conciencia de mi agonía que empezaba. Comprendí
que iba a morir. De repente, recobré el sentido. Algunas bocanadas de aire penetraban en mis pulmones.
¿Habíamos subido ya a la superficie del mar? ¿Habíamos dejado la banca de hielo atrás? No. Eran Ned
y Consejo, mis dos buenos amigos que se sacrificaban por salvarme. Quedaban todavía algunos átomos de aire en el fondo
de un aparato. En vez de respirarlo, lo habían conservado para mí. Y mientras que ellos se ahogaban, me daban a mí
la vida, gota a gota. Quise rechazar el aparato, me sujetaron las manos y durante algunos instantes respiré con deleite.
Mi vista se dirigió al reloj. Eran las once de la mañana. Debíamos estar a veintiocho de marzo. El Nautilus andaba
con una velocidad espantosa de cuarenta millas por hora. Se retorcía en las aguas. ¿Dónde estaba el Capitán Nemo? ¿Había sucumbido?
¿Habían perecido sus compañeros con él? En aquel momento el manómetro indicaba que sólo estábamos a veinte pies de la superficie.
Separándonos de la atmósfera, una simple corteza de hielo. ¿Sería fácil quebrarla? Tal vez. En todo caso,
el Nautilus iba a intentarlo. Sentí, en efecto, que tomaba una posición oblicua elevando su espolón, bastando una introducción
de agua para producir el desequilibrio. Impelido después por su potente hélice, atacó la masa congelada por debajo,
cual formidable ariete. Lo iba así rajando. Se retiraba y acometía de nuevo a toda velocidad hasta que, arrastrado
por un supremo impulso, se lanzó sobre la congelada superficie, despedazándola con su peso. La escotilla fue inmediatamente
abierta, arrancada más bien, y el aire puro se introdujo a torrentes en todo el interior del Nautilus.
Fin del capítulo décimo sexto.