Chapter 41
Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne, traducido por Vicente Guimera. Segunda parte, del Pacífico al Atlántico. Esta es una grabación del Ibribox. Todas las grabaciones del Ibribox son del dominio público. Grabado por Víctor Villarraza. Capítulo 17. Del Cabo de Hornos al Río de las Amazonas.
¿Cómo y por qué estaba allá en la plataforma? No puedo explicarlo. Quizá me había llevado allí el canadiense, pero lo que me importaba era que respiraba y que saboreaba el vivificante aire del mar. Mis dos compañeros se hallaban también a mi lado, embriagándose con las frescas moléculas de aquella anhelada atmósfera. Los que por desgracia han estado durante mucho tiempo privados de alimento, no pueden sin imprudencia comer todos los primeros alimentos que les presentan. Nosotros, por el contrario, no teníamos necesidad de contenernos y podíamos aspirar a todo pulmón los átomos de aquella brisa que derramaba sobre nosotros una voluptuosa embriaguez.
Ah, decía Consejo, qué cosa tan buena es el oxígeno. No tenga el señor miedo de respirar, para todos hay. En cuanto a Nedland no hablaba, pero habría unas mandíbulas capaces de espantar a un tiburón. Y qué aspiraciones tan poderosas. Podía decirse que el canadiense absorbía tanto aire como una estufa en plena combustión. Presto recobramos las fuerzas, y cuando miré alrededor de nosotros, vi que estábamos solos. Ningún hombre de la tripulación, ni aún el capitán Nemo. Los extraños marineros del Nautilus se satisfacían con el aire que circulaba en el interior.
Ninguno había venido a deleitarse en plena atmósfera. Las primeras palabras que pronuncié fueron palabras de agradecimiento y gratitud hacia mis compañeros. Ned y Consejo habían prolongado mi existencia durante las últimas horas de tan larga agonía. No era posible no pagar tanta adhesión con todo mi reconocimiento. Vamos, señor profesor, me decía Nedland.
No vale eso la pena de hablar de ello. ¿Qué mérito tenemos? Ninguno. No era más que una cuestión de aritmética. Vuestra existencia valía más que la nuestra. Luego era preciso conservarla. No, le dije, no valía más. Nadie es superior a un hombre generoso y bueno, y vos lo sois. Está bien, está bien, respondió Nedland cortado. Y tú, mi buen Consejo, mucho has sufrido. No mucho, si he de ser verás. Bien, me faltaban algunas bocanadas de aire, pero me parece que me hubiera ido acostumbrando. Por otra parte, yo estaba viendo al señor perder el sentido y no me daba esto gana ninguna de respirar. Al contrario, se me cortaba el aliento.
No sabiendo cómo continuar y confuso por las vulgaridades que empezaba a decir, Consejo no terminó su frase. Amigos míos, les dije vivamente conmovido. Estamos ligados para siempre los tres y tenéis derechos que ejercer sobre mí. De los cuales abusaré, respondió el canadiense. ¿Qué quiere decir eso? Dijo Consejo. Sí, repuso Nedland, el derecho de llevaros conmigo cuando me vaya de esta infernal embarcación. Al grano, añadió Consejo. ¿Vamos por el buen camino?
Sí, respondí, puesto que vamos hacia el sol y aquí el sol es el norte. Sin duda, dijo Nedland, pero falta saber si caminamos hacia el Pacífico o hacia el Atlántico. ¿Qué quiere decir los mares frecuentados o los desiertos? No podía yo responder y hasta tenía mis recelos de que el capitán nos llevase más bien al vasto mar que baña las costas del Asia y de América. Así completaría la vuelta entera, volviendo a los parajes donde el Nautilus estaba más independiente.
¿Entonces cómo realizaría Nedland sus proyectos estando lejos de las tierras habitadas? No debíamos tardar en dejar resuelto este importante punto. El Nautilus marchaba con viveza, el Círculo Polar quedó atrás y el rumbo era hacia el Promontorio de Hornos. Estábamos a la vista de la Punta Americana el día 31 de marzo a las 7 de la tarde. Olvidados estaban ya todos nuestros padecimientos. El recuerdo de nuestro encierro en los hielos se iba desvaneciendo y solo pensábamos en el porvenir.
El capitán Nemo no aparecía ni en el salón ni en la plataforma. El punto que el segundo tomaba diariamente sobre el planisferio me permitía conocer la dirección exacta del Nautilus. Aquella tarde quedó evidentemente demostrado y con mucha satisfacción mía que íbamos por el Atlántico. Dí parte de mis observaciones al canadiense y a consejo. Buena noticia, respondió Nedland.
Pero ¿a dónde vamos? No lo sé. ¿Querrá el capitán llevarnos ahora al Polo Norte para trasladarse al Pacífico por el famoso paso del Noroeste? Cuidado con incitarle a ello, dijo consejo. Es que antes dejaríamos su compañía, añadió el canadiense.
De todos modos, prosiguió consejo. El capitán Nemo es un hombre de pro y no nos pesará haberle conocido. Sobre todo después de haberle abandonado, respondió Nedland. Al día siguiente, 1º de abril, cuando el Nautilus volvió a la superficie, algunos minutos antes de mediodía, divisamos una costa al oeste.
Era la Tierra del Fuego, a la cual dieron este nombre los navegantes por las numerosas sumaredas que despedían las chozas indígenas. La Tierra del Fuego constituye una extensa aglomeración de islas que tiene 30 leguas de largo por 80 de anchura, entre los 53 y 56 grados de latitud austral
y los 67 grados 50 minutos y 77 grados 15 minutos de longitud oeste. La costa me pareció baja, pero a lo lejos se veían elevadas montañas, creí percibir el monte Sarmiento, que tiene 2070 metros sobre el nivel del mar, masa piramidal de esquisto, de aguda cumbre y que, según esté velada o despejada de vapores, anuncia el buen o mal tiempo, según me dijo Nedland.
¡Famoso barómetro, amigo mío! Sí, señor, barómetro natural, que nunca me ha engañado Cuando navegaba por los pasajes del Estrecho de Magallanes. En aquel momento el pico nos pareció claramente perfilado sobre el fondo del cielo. Era señal de buen tiempo. Y así sucedió.
Volviendo el Nautilus a sumergirse, se acercó a la costa y la siguió durante algunas millas. Por las ventanas del salón vi unos largos vejucos y unos fucos gigantescos, parex por taperas, de los cuales había algunas muestras en el mar libre del polo, con sus filamentos viscosos y lisos, que medían hasta 300 metros de longitud. Verdaderos cables, más gruesos que el pulgar, muy resistentes, que algunas veces sirven de amarras para los buques.
Otra hierba llamada Belp, con hojas de cuatro pies de longitud, empastada sobre las concreciones coralígenas, tapizaba los fondos, sirviendo de nido y alimento para una multitud de crustáceos y de moluscos, cangrejos y calamares. Allí las focas y las nutrias se entregaban a espléndidos banquetes, mezclando la carne de pescado con las verduras del mar, a usanza inglesa.
Sobre aquellos fondos feraces y frondosos, el Nautilus pasaba con extraordinaria rapidez. Por la noche se acercó al archipiélago de las Malvinas, cuyas ásperas cumbres pude al siguiente día reconocer. La profundidad del mar no era muy grande, y creí no sin razón que aquellas dos islas, rodeadas de muchos islotes, formaban antiguamente parte de las tierras de magallanes. Las Malvinas fueron probablemente descubiertas por el célebre John Davis,
que les dio el nombre de Davis Souther Island. Más tarde, Ricardo Hawkins las llamó Maiden Islands, o Islas de la Virgen. Después fueron denominadas Malvinas al principio del siglo XVIII por unos pescadores de Saint Malo, y en fin, Falkland por los ingleses, a quienes hoy pertenecen. En aquellos parajes nuestras redes recogían hermosas muestras de algas,
y particularmente cierto fucco, cuyas raíces estaban cargadas de las mejores almejas del mundo. Los ganzos y los patos cayeron por docenas sobre la plataforma, y tuvieron bien pronto su acomodo en la despensa. En materia de peces, observé especialmente unos pertenecientes al género gubio, largos de dos decímetros, y moteados con manchas blancas y amarillas.
Admiré igualmente numerosas medusas, y sobre todo las crisahoras, que son las más bellas del género, familiares de las Malvinas. Se asemejaban unas veces a una sombrilla semiesférica muy lisa, rayada de líneas de color rojizopardo, y terminada por doce festones regulares. Otras veces imitaban un canastillo, del cual se desprendían graciosamente
a anchas hojas y prolongadas ramitas encarnadas. Nadaban agitando sus cuatro brazos foliáceos, y dejaban flotar a la rastra su opulenta cabellera de tentáculos. Hubiera querido yo conservar algunas muestras de estos delicados ófitos, pero no son más que nubes, sombras,
apariencias que se desvanecen y evaporan fuera de su elemento natal. Cuando hubieron desaparecido bajo el horizonte las últimas alturas de las islas Malvinas, el Nautilus se sumergió entre 20 y 25 metros, y siguió la costa americana sin que apareciera el Capitán Nemo.
Hasta el 3 de abril no abandonamos los parajes de la Patagonia, unas veces bajo el océano, otras en la superficie. El Nautilus pasó delante de la ancha embocadura de la Plata, y costeaba el 4 de abril el Uruguay, pero 50 millas mar adentro. Su dirección se mantuvo al norte,
y continuó siguiendo las largas sinuosidades de la América Meridional. Habíamos andado ya 16.000 leguas desde nuestro embarque en los mares del Japón. Hacia las 11 de la mañana fue cortado el trópico de Capricornio, estando a los 37 grados de longitud, y pasamos junto al Cabo Frío. El Capitán Nemo, con disgusto de Nedland,
no era aficionado a las costas habitadas del Brasil, porque andaba con una velocidad vertiginosa. No podía seguirnos, por veloz que fuera, ni un pez ni una ave, quedando sin observación las curiosidades naturales de aquellos mares. Esta velocidad se sostuvo durante algunos días,
y el 9 de abril por la tarde estábamos a la altura de la punta más oriental de la América del Sur, que forma el Cabo de San Roque. Pero entonces el Nautilus se apartó de nuevo, y fue a buscar mayores profundidades a un valle submarino formado entre dicho Cabo y Sierra Leona, en la costa africana.
Este valle se bifurca a la altura de las Antillas, y termina al norte por una enorme depresión de 9.000 metros. En estos sitios, el corte geológico del océano forma hasta las pequeñas Antillas un acantilado de 6 kilómetros cortado a pico, y a la altura de las islas de Cabo Verde,
otra muralla no menos considerable que encierra entre sí todo el continente sumergido de la Atlántida. El fondo de este inmenso valle es accidentado, y ofrece algunas montañas que dan a esos fondos submarinos algunos aspectos pintorescos. Hablo especialmente de ellos con referencia a los mapas manuscritos existentes en la biblioteca del Nautilus, mapas evidentemente debidos al Capitán Nemo y trazados por sus observaciones personales.
Durante dos días, aquellas aguas desiertas y profundas fueron visitadas por medio de planos inclinados. El Nautilus hacía largas bordadas diagonales que le llevaban a todas las alturas, pero el 11 de abril se elevó súbitamente, apareciendo de nuevo la tierra en la embocadura del río de las Amazonas. Basto estuario, cuyo desagüe es tan considerable que desala el agua del mar en un espacio de muchas leguas. Habíamos cortado el ecuador.
A 20 millas al oeste quedaban las ullanas, tierra francesa, sobre la cual hubiésemos podido hallar fácil refugio, pero la brisa era fuerte y las olas furiosas no hubieran permitido que un bote las arrostrase. Ned Land lo comprendió sin duda porque no me habló de nada. Por mi parte, no hice alusión alguna a sus proyectos de fuga, porque no quería inducirle a ninguna tentativa que hubiese infaliblemente abortado.
Compensé fácilmente esta tardanza por medio de interesantes estudios. Durante las dos jornadas del 11 y 12 de abril, el Nautilus no se movió de la superficie del mar, y sus redes le proporcionaron una pesca maravillosa en zoófitos, peces y reptiles. Algunos zoófitos habían sido pescados por la cadena de la barredera. Eran, en la mayor parte, unas bellas fictalinas pertenecientes a la familia de los actinidianos,
y entre otras especies, el Fictalis Protexta, originario de aquella parte del océano, pequeño tronco cilíndrico adornado con líneas verticales, moteado con puntos encarnados y coronado por una maravillosa borla de tentáculos. En cuanto a los moluscos, consistían en productos que ya había yo observado, como turritelas, olivas pórfidos de líneas regularmente entrecortadas,
cuyas manchas rojizas destacaban vivamente sobre un fondo de encarnación, teróceros fantásticos semejantes a escorpiones petrificados y alas traslúcidas, argonautas, gibias de excelente comer y ciertas especies de calamares, que los naturalistas de la antigüedad clasificaban entre los peces volantes y que se emplean generalmente para cebo en la pesca del bacalao.
Respecto a los peces de aquellos parajes y que no había tenido ocasión de estudiar todavía, observé diversas especies. Entre los cartilaginosos, unos Peromison tesprica, especie de anguilas de 15 pulgadas de longitud, con cabeza verdosa, nadaderas moradas, dorso gris azulado, abdomen pardo plateado, moteado de manchas vivas, el iris de los ojos con cerco dorado, animales curiosos que la corriente de las amazonas
había debido a rastrar hasta el mar, porque suelen habitar las aguas dulces, unas rayas tuberculadas de hocico agudo, cola larga y suelta, armadas con prolongado aguijón dentado, unos pequeños escualos de un metro, de piel gris y blanquecina, dientes dispuestos en varios órdenes y encorvados hacia atrás, vulgarmente conocidos con el nombre de chanclos, unas lofias vespertiliones, especie de triángulos isósceles rojizos, de medio metro, cuyas pectorales,
adheridas a una prolongación carnosa, le dan el aspecto de murciélagos, y a quienes un apéndice corneo, situado junto a las narices, les ha hecho llamar unicornios marinos, por último, unas especies de balistes, el curasaviano, cuyos costados moteados brillan con resplandeciente color de oro, y el caprisco morado claro, de matices tornazolados como el cuello de una paloma. Terminaré esta nomenclatura, algo árida pero exacta, con la serie de peces ocios que observé,
unos pasanes, de género abteronoto, cuyo hocico es muy obtuso y blanco de nieve, y cuerpo pintado de hermoso negro, y están provistos de una tira carnosa muy larga y muy suelta, unos odontognatos aguijonados, largas sardinas de 3 decímetros, resplandecientes, con vivo brillo plateado, unos escombros guaros, provistos de dos nadaderas anales, unos centromotes negros, de matices oscuros, que se pescan con hachas de viento, largos peces de 2 metros, de carne gorda, blanca, firme,
y que frescos saben a anguila, al paso que secos tienen el sabor del salmón ahumado, labros semirrojos, revestidos de escamas, tan solo en la base de las nadaderas dorsales y anales, unos crisóteros, en los cuales el oro y la plata mezclan su brillo con el de los rubíes y del topacio, unos escuaros, de cola de oro, cuya carne es muy delicada, y cuyas propiedades fosforescentes los descubren en medio de las aguas, unos esparos povos, de lengua fina y matices anaranjados,
unos cienos coro, de nadaderas caudales doradas, unos acanturos negruzcos, unos anableptos de surinam, etc. Este etc. no me impedirá citar también un pez del cual se acordará consejo durante mucho tiempo y con motivo. Trajo la red una especie de raya muy aplanada, que sin la cola hubiera formado un disco perfecto, y que pesaba unos 20 kilogramos. Era blanca por debajo, rojiza por encima, con grandes manchas redondas de color azul oscuro, cercadas de negro, de piel muy lisa, y terminando por una nadadera vilobulada.
Extendida sobre la plataforma, se agitaba procurando volverse por medio de movimientos convulsivos, y hacía tantos esfuerzos que con un brinco más iba a precipitarse al mar. Pero consejo que tenía el empeño en retener aquel pez, se arrojó sobre él, y antes de podérselo yo estorbar, lo había agarrado con ambas manos. En el mismo instante quedó derribado, con las piernas al aire y la mitad del cuerpo paralizado, gritando, ¡Ay amo mío, amo mío, venid en mi auxilio! Era la primera vez que el pobre mozo no me hablaba en tercera persona.
Habíamosle levantado y le dimos friegas, hasta que recobrando sus sentidos, murmuró aquel eterno clasificador con voz entrecortada. ¡Clase de los cartilaginosos! ¡Orden de los condopterígeos de branquias fijas! ¡Sub orden de los helacianos! ¡Familia de las rayas! ¡Género de los torpedos! Sí, amigo mío, le respondí, es un torpedo el que te ha puesto en tan deplorable estado. ¡Ay, bien puede creer el señor que me vengaré de ese animal! ¿Y de qué manera? ¡Comiéndolo!
Y lo hizo así aquella misma noche, pero por puras represalias, porque era carne muy coreácea. El desgraciado consejo había acometido a un torpedo de la más peligrosa especie, la cumana, animal extraño que en medio del agua mata a los peces con fulminante descarga. Tal y tan grande es la potencia de su órgano eléctrico, cuyas dos superficies principales no miden menos de 27 pies cuadrados. Al siguiente día, 12 de abril, durante el día, el Nautilus se aproximó a la costa holandesa hacia la embocadura del Maroni. Allí vivían en familia varios grupos de lamanthinos del género manatí, que como el dugongo y el estelero pertenecen al orden de los sirenianos.
Estos hermosos animales, pacíficos e inofensivos, de 6 a 7 metros de longitud, debían pesar al menos 4.000 kilogramos. Hice saber a Nedland y a consejo que la previsora naturaleza había encargado a esos mamíferos el desempeño de importantes funciones. Ellos son los que, como las focas, pasen las praderas submarinas, destruyendo las aglomeraciones de hierbas que obstruyen la embocadura de los ríos tropicales. Y sabéis, añadí, lo que ha sucedido desde que los hombres han aniquilado por completo estas razas útiles. Las hierbas en putrefacción han emponzoñado el aire y la fiebre amarilla devasta esas admirables regiones.
Las vegetaciones venenosas se han multiplicado en esos mares tórridos y el mal se ha desarrollado desde la embocadura del río de la Plata hasta las floridas. Y si hemos de creer a Tus Yenel, ese azote no es nada al lado del que herirá a nuestros descendientes cuando estén los mares despoblados de focas y ballenas. Asinado entonces todo, pulpos, medusas, calamares, se formarán vastos focos de infección, porque ya no surcarán las aguas esos grandes estómagos a los cuales había dado Dios el encargo de espumar la superficie de los mares. Entretanto, y sin desdeñar estas teorías, la tripulación del Nautilus se apoderó de media docena de manatís. Se trataba en efecto de abastecer la despensa con excelente carne, mejor que la de vaca y ternera.
La casa no fue interesante, porque los manatís se dejan herir sin defensa. Muchos millares de kilogramos de carne destinada a ser asesinada quedando almacenados a bordo. Aquel día una pesca singularmente practicada vino a aumentar las reservas del Nautilus y a demostrar la abundancia de aquellos mares. La barredera había traído en sus mallas cierto número de peces, cuya cabeza terminaba por una placa ovalada de bordes carnosos. Eran unos ekeneides de la tercera familia de los malacopterigios subbranquianos.
Su disco aplanado se compone de láminas cartilaginosas transversales movibles, entre las cuales el animal puede practicar el vacío, lo cual le permite adherirse a los objetos a modo de ventosa. La rémora que habíamos observado en el Mediterráneo pertenece a esta especie, pero el pez de que se trata aquí era el ekeneide osteóquero, particular de los mares donde estábamos. Nuestros marinos, a medida que los cogían, los ponían en unas tinas llenas de agua.
Terminada la pesca, el Nautilus se acercó a la costa, donde cierto número de tortugas marinas dormían en la superficie de las aguas. Hubiera sido difícil apoderarse de aquellos preciosos reptiles, porque el menor ruido los despierta, al mismo tiempo que su caparazón sólido está a prueba del harpón. Pero el ekeneide debía verificar esa captura con una seguridad y una precisión extraordinarias. Ese animal es en efecto un anzuelo vivo, que haría la suerte y la felicidad del sencillo pescador de caña.
Los hombres del Nautilus ataron a la cola de esos peces un anillo bastante ancho para no molestar sus movimientos, y en esta especie de argoya fijaron una cuerda larga amarrada a bordo por la otra punta. Los ekeneides, arrojados al mar, empezaron a trabajar y fueron a pegarse sobre la concha de las tortugas. Su tenacidad era tal que antes de soltar la presa se hubieran dejado despedazar. La tripulación después los izaba a bordo y con ellos las tortugas adheridas.
De esta manera se cogieron varios cacuanos de un metro de anchura y un peso de 200 kilogramos. Eran muy preciosos por su caparazón cubierto de placas corneas grandes, delgadas, transparentes, pardas, con motas blancas y amarillas. Y además eran excelentes bajo el punto de vista comestible, como todas las tortugas francas, que son de exquisito gusto. Con esta pesca terminó nuestra residencia en los parajes del río Amazonas, y llegada la noche el Nautilus volvió a alta mar. Fin del capítulo 17.