chevron_left All chapters 20000 Leguas de Viaje Submarino home Home

menu_book Chapter 42

from 20000 Leguas de Viaje Submarino by Jules Verne — automated transcript, may contain recognition errors.

Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne, traducido por Vicente Guimera. Segunda parte, del Pacífico al Atlántico. Esta es una grabación del Ibribox. Todas las grabaciones del Ibribox son del dominio público. Grabado por Víctor Villarraza. Capítulo 18º Los Pulpos

Durante algunos días, el Nautilus se fue constantemente apartando de la costa americana. No quería, por lo visto, frecuentar los mares del Golfo de México o de las Antillas. Y sin embargo, no le hubiera faltado el agua, puesto que allí la profundidad media es de 1800 metros. Pero probablemente aquellos parajes, sembrados de islas y surcados de vapores, no convenían al Capitán Nemo. El 16 de abril pudimos reconocer la Martinica y la Guadalupe a la distancia de unas 30 millas.

Percibí por un momento sus elevados picos. El canadiense, que había esperado poner en planta sus proyectos en el Golfo, sea ganando la tierra, sea dirigiéndose a uno de los muchos barcos que hacen el cabotaje de una isla a otra, estaba desconcertado. La fuga hubiera sido muy practicable, consiguiendo Ned Land apoderarse del bote sin saberlo el capitán. Pero el medio del océano no podía pensar en ello.

El canadiense, Consejo y yo, tuvimos bastante larga conversación con este motivo. Seis meses hacía que éramos prisioneros en el Nautilus. Habíamos recorrido 17.000 leguas y, como lo decía Ned Land, no había razón para que esta situación terminara. Me hizo entonces una proposición que yo no esperaba, a saber, que yo plantease al Capitán Nemo esta cuestión. Pensaba tenernos indefinidamente a bordo.

Semejante gestión me repugnaba y abrigaba yo la creencia de que no podía tener éxito. Nada podía esperarse del jefe y teníamos que fiarlo todo a nosotros mismos. Por otra parte, notaba yo que desde algún tiempo atrás, aquel hombre se tornaba más sombrío, más retirado y menos comunicativo. Parecía huir de mí y cuando en otras ocasiones se complacía en explicarme las maravillas submarinas, me dejaba ahora entregado solo a mis estudios, sin acudir al salón.

¿Qué cambio se había efectuado en su ánimo? ¿Por qué motivo? Yo nada hallaba que echarme en cara. Le pesaba ya por ventura nuestra presencia a bordo y, sin embargo, yo no debía esperar que fuera hombre capaz de devolvernos la libertad. Supliqué por consiguiente a Ned Land que me dejase pensarlo antes de obrar. Si mi gestión no obtenía resultado, podía servir para excitar de nuevo sus recelos, empeorar nuestra posición y perjudicar los proyectos del canadiense.

Añadiré que no podía de ningún modo acudir al pretexto de nuestra salud, porque exceptuando la ruda prueba a que estuvimos sometidos en la banca de hielo, jamás habíamos estado tan buenos ni Ned, ni consejo, ni yo. Aquel alimento sano, aquella atmósfera saludable, aquella regularidad de existencia, aquella uniformidad de temperatura, no dejaban lugar a las enfermedades.

Y yo comprendía la existencia de un hombre a quien ninguna pesadumbre daban los recuerdos de la Tierra, que estaba en su casa, yendo a donde quería y caminando a su fin por vías misteriosas para todos, aunque no para él. Pero nosotros no habíamos roto nuestros lazos con la humanidad, y por lo que a mí tocaba, no quería yo sepultar conmigo mis estudios tan curiosos y de tanta novedad. Tenía ahora el derecho de escribir el verdadero libro del mar,

y yo quería que este libro pudiera ver la luz, tarde o temprano. Allí también, en aquellas aguas de las Antillas, a 10 metros de profundidad, y teniendo abiertas las ventanas, muchos fueron los interesantes productos que pude apuntar en mis notas diarias. Entre otros, zoófitos, vimos las galeras, conocidas también con el nombre de fissalias pelágicas, especie de grandes vejigas prolongadas, de reflejos anacarados, que soltaban su membrana al viento,

dejando flotar sus tentáculos azules como filamentos de seda, y unas medusas de aspecto delicioso, verdaderas ortigas al tacto y que destilan un líquido corrosivo. Entre los artículos, vi unas anélides de metro y medio de longitud, armadas con una rosada trompa y provistos de 1.700 órganos locomotores que serpenteaban entre las aguas, y despedían al pasar todas las luces del espectro solar.

Entre los peces, recayó la observación sobre unas rayas molubares, enormes cartilaginosos de 10 pies de largo y que pesaban 600 libras, de nadadera pectoral triangular con el centro del dorso algo arqueado, ojos fijos en las extremidades de la fase anterior de la cabeza, y que, flotando como un casco de nave, se aplicaban a veces sobre nuestros cristales como un ventanillo opaco,

unos balistes americanos para los cuales la naturaleza no ha tenido más que color blanco y negro, unos gubios plumeros prolongados y carnosos de nadaderas amarillas y mandíbula prominente, unos escombros de 16 centímetros con dientes cortos y agudos cubiertos de pequeñas escamas y pertenecientes a la familia de los albicoros, y luego aparecían abandadas unos salmonetes, fajados con rayas de oro de la cabeza a la cola, agitando sus resplandecientes aletas, verdaderas joyas de la naturaleza, consagrados antiguamente a Diana y particularmente apreciados por los romanos ricos,

que les aplicaban el siguiente adagio, no los come quien los pesca. Por último vimos unos pomacantos dorados, embellecidos con tiras de color esmeralda, vestidos de terciopelo y seda, y que pasaban delante de nosotros o al señores del veronés, unos esparos espolonados que se ocultaban bajo su veloz nadadera torásica, unos clupanodontes de 15 pulgadas que se envolvían entre sus propios brillos fosforesentes, unos mugiles que batían el mar con su gruesa cola carnosa, unos corégonos encarnados que parecían cegar las aguas con su cortante pectoral,

y unos selenos argentios, dignos de su nombre, que se elevaban sobre la línea horizontal de las aguas como otras tantas lunas de reflejos blanquecinos. Otros muchos ejemplares maravillosos hubiera observado a no descender el nautilus poco a poco a mayores profundidades. Sus planos inclinados lo llevaron hasta los fondos de 2000 y aún de 3500 metros. Allí, la vida animal ya no estaba representada más que por encrinas, estrellas de mar, lindas pentacrinas con cabeza de medusa, cuyo tallo recto sostenía un pequeño cáliz, unas trocas, algunas quenotas sangrientas y ciertas fisurelas, moluscos litorales de gran especie.

El 20 de abril habíamos subido a una altura media de 1500 metros. La tierra más inmediata era entonces el archipiélago de las Lucallas, diseminadas cual montón de piedras en la superficie de las aguas. Allí se elevaban altos capiteles submarinos, murallas rectas hechas con moles de piedra desgastadas, dispuestas en largas hiladas, entre las cuales había unos hoyos negros que no podían ser alumbrados hasta el fondo por nuestros rayos eléctricos. Aquellas rocas estaban entapizadas con altas hierbas, colosales luminarias, gigantescos fucos, verdadero espaldar de hidrófitas dignas de un mundo de titanes.

Al considerar aquellas plantas colosales, consejo Ned y yo, trajimos la conversación a los animales gigantescos del mar. No hay duda que aquellas deben estar destinadas para alimento de estos. Sin embargo, a través de los cristales del Nautilus, casi inmóvil, yo no veía aún sobre aquellos largos filamentos más que los principales articulados de la división de los Brachyurios. Esto es, unas lambras de patas largas, unos cangrejos morados y unos clíos particulares del Mar de las Antillas. Era como cosa de las once cuando Nedland llamó mi atención sobre un formidable hormigueo que se producía a través de las mayores algas.

Lo que debe haber ahí, dije, son verdaderas cavernas de pulpos, y no me sorprendería que hubiese alguno de esos monstruos. ¿Cómo? exclamó consejo. ¿Calamares? ¿Simples calamares de la clase de los Cephalópodos? No, sino pulpos de gran tamaño, pero el amigo Land se ha engañado sin duda, porque no veo nada. Lo siento, replicó consejo.

Yo quisiera contemplar cara a cara uno de esos pulpos de que tanto he oído hablar y que pueden arrastrar naves al fondo del abismo. Esos animales se llaman crack. ¡Basta! respondió irónicamente el canadiense. Krakenz prosiguió consejo terminando su vocablo sin cuidarse de la broma de su compañero. ¿Nunca me harán creer? dijo Nedland, que existan semejantes animales.

¿Por qué no? respondió consejo. Bien hemos creído nosotros en el narbal que nos describió el señor. Mal hecho consejo, sin duda, pero hay otros que también creen en él. Es probable consejo, más por mi cuenta estoy decidido a no admitir la existencia de esos monstruos, sino cuando los haya disecado con mi propia mano. Es decir que el señor no cree en los pulpos gigantescos.

¿Y quién diantres ha creído nunca en ellos? exclamó el canadiense. Muchas personas, amigo Ned. No serán pescadores, sino sabios. Quizá. Dispensad Ned, son pescadores y sabios.

Y yo que os hablo con toda seriedad, dijo consejo, me acuerdo perfectamente haber visto una gran embarcación arrastrada sobre las aguas por el brazo de un cefalópodo. ¿Habéis visto eso? preguntó el canadiense. Sí, Nedland. ¿Con vuestros mismos ojos?

Con mis propios ojos. ¿Y dónde, si gustáis? En Saint Malo respondió sin turbarse consejo. ¿En el puerto? dijo Nedland irónicamente.

No, en una iglesia. ¿En una iglesia? exclamó el canadiense. Sí, amigo Ned, era un cuadro que representaba al pulpo en cuestión. Bien, respondió Nedland, prorrumpiendo en una carcajada. Ahora le ocurre, aconsejo, bromearse conmigo.

En el fondo tiene razón, dije yo. He oído hablar de ese cuadro, pero el asunto que representa está sacado de una leyenda. Y ya sabéis lo que debe pensarse de las leyendas en materia de historia natural. Por otra parte, cuando se trata de monstruos, la imaginación quiere extraviarse. No solamente se ha pretendido que esos pulpos podían arrastrar naves,

sino que cierto Olao Magno hablaba de un cefalópodo de una milla de largo, que se parecía más bien a una isla que a un animal. También se cuenta que el obispo de Nidros levantó un día un altar en una peña inmensa. Terminada la misa, la peña echó a andar y se volvió al mar. Era un pulpo. ¿Habéis concluido? preguntó el canadiense.

No, por cierto, le respondí. Otro obispo, Pontopidam de Bergen, habla también de un pulpo sobre el cual podía maniobrar un regimiento de caballería. No se quedaban cortos los obispo de aquel tiempo, dijo Nedland. Por último, los naturalistas de la antigüedad citan unos monstruos

cuya boca se parecía a un golfo y que eran muy grandes para pasar el estrecho de Gibraltar. Buena es esa, exclamó el canadiense. ¿Pero qué hay de verdad en todas esas relaciones? preguntó Consejo. Nada, amigos míos, nada, al menos de lo que pase de la raya del oberosímil para llegar a la fábula o a la leyenda.

Sin embargo, para la imaginación de los que relatan cuentos se necesitan una causa o por lo menos un pretexto. No puede negarse que existen pulpos y calamares de muy grande especie, aunque inferiores a los cetáceos. Aristóteles ha reconocido las dimensiones de un calamar de cinco codos,

o sea, tres metros diez decímetros. Nuestros pescadores ven con frecuencia a algunos cuya longitud pasa de un metro ochenta centímetros. Los museos de Trieste y Montpellier conservan unos esqueletos de pulpos que miden dos metros. Por otro lado, según el cálculo de los naturalistas, uno de esos animales que tuviera seis pies de largo mediría 27 pies de longitud en sus tentáculos.

Lo cual basta para que sea un monstruo formidable. ¿Y ahora en estos tiempos los hay también? preguntó el canadiense. Si los marinos ya no los pescan, al menos los ven. Uno de mis amigos, el capitán Pablo Vos del Haber,

me ha afirmado que había encontrado uno de esos monstruos de tamaño colosal en los mares de la India. Pero el hecho más asombroso que no permite dudar de la existencia de tan gigantescos animales ha ocurrido hace algunos años, en 1861. ¿Y qué hecho es ese? preguntó Nedland. Voy a referirlo.

En 1861, al nordeste de Tenerife, casi en la misma latitud donde estamos ahora, la tripulación del aviso Alecton descubrió un monstruoso calamar que navegaba en sus aguas. El comandante Bouger se acercó al animal. Lo atacó a tiros y arponazos, sin gran resultado, porque balas y arpones atravesaban aquella carne, blanda gelatina, sin consistencia.

Después de varias tentativas infructuosas, consiguió la tripulación pasar un nudo corredizo alrededor del cuerpo del molusco. El nudo corrió hasta las nadaderas caudales, donde se detuvo. Entonces, quisieron izar el monstruo a bordo, pero su peso era tan considerable que bajo la atracción de la cuerda,

se separó de la cola y desapareció bajo las aguas, despojado de ella. Al cabo, ya tenemos un hecho, dijo Nedland. Hecho indiscutible, mi valiente Ned, y por eso han propuesto llamar a ese pulpo el calamar de Bouger. ¿Y cuál era su longitud? preguntó el canadiense. ¿No medía unos seis metros? dijo Consejo, quien arrimado a la ventana estaba examinando de nuevo las cavernas del acantilado.

Precisamente, respondí, no estaba su cabeza coronada de ocho tentáculos que se agitaban en el agua como una nidad de serpientes. Precisamente, ¿no tenían sus ojos situados a flor de la cabeza un desarrollo considerable? Sí, Consejo. ¿Y su boca no era un verdadero pico de papagayo, pero pico formidable? En efecto, Consejo.

Pues bien, con permiso del señor, respondió sosegadamente Consejo, si no es el calamar de Bouger el que estoy viendo es al menos uno de sus hermanos. Yo miré a Consejo, Nedland acudió presuroso a la ventana. ¡Oh, qué animal tan espantoso! exclamó. Miré a mi vez y no pude reprimir un movimiento de repulsión. Ante mi vista se agitaba un monstruo horrible, digno de figurar en las leyendas teratológicas.

Era un calamar de dimensiones colosales y de ocho metros de longitud que andaba hacia atrás con suma rapidez en la dirección del Nautilus. Estaba mirando con sus enormes ojos fijos de matices verdosos, sus ocho brazos o por mejor decir sus ocho pies implantados en la cabeza, lo cual ha hecho dar a estos animales el nombre de cefalópodos, tenían un desarrollo doble de su cuerpo y se retorcían como la cabellera de las furias. Se veían con toda claridad las 250 ventosas dispuestas en la cara interna de los tentáculos en forma de cápsulas semiesféricas. Algunas veces las ventosas se aplicaban sobre los cristales del salón, adhiriéndose a él por medio del vacío que practicaban.

La boca de este monstruo, picocornio semejante al del papagayo, se abría y cerraba verticalmente. Su lengua, sustancia cornea también y armada con varias hileras de agudos dientes, salía estremecida de aquella verdadera sisalla. ¡Qué capricho de la naturaleza! ¡Un pico de ave para un molusco! Su cuerpo fusiforme y abultado en su parte media formaba una masa carnosa que debía pesar de 20 a 25 mil kilogramos. Su color inconstante, cambiando con extraordinaria rapidez según la irritación del animal, pasaba del gris lívido al pardo rojizo.

¿Por qué se irritaba a aquel molusco? Sin duda por la presencia del nautilus, más formidable que él, y sobre el cual no podían hacer presa sus brazos chupadores o sus mandíbulas. Y sin embargo, ¡qué monstruos son esos pulpos! ¡Qué vitalidad les ha dado el creador! ¡Qué vigor en sus movimientos! Puesto que poseen tres corazones, la casualidad nos había puesto en presencia de aquel calamar, y no quise perder la ocasión de estudiar despacio aquella muestra de los cefalópodos.

Dominé el horror que su aspecto me inspiraba, y tomando un lápiz, comencé a dibujarlo. ¿Será quizá el mismo que el del alectón? dijo Consejo. No, respondió el canadiense, porque éste es entero, y aquél había perdido la cola. No sería eso una razón, exclame yo. Los brazos y la cola de estos animales se reforman por reintegración,

y hace siete años que la cola del calamar de Bouguer ha tenido el tiempo de retonear y crecer. Por otra parte, replicó Nedland, Si no es éste, bien podría ser alguno de esos otros. En efecto, aparecían sobre el cristal del estribor otros pulpos, con té hasta siete, que formaban comitiva al nautilus, y sentíamos el rechinamiento de su pico sobre el casco de hierro.

Estábamos servidos a todo nuestro gusto. Proseguí mi trabajo. Aquellos monstruos se mantenían en nuestras aguas con tal precisión que parecían inmóviles, y hubiera podido calcarlos sobre el cristal. Por otro lado, caminábamos con moderado andar. De repente, el nautilus se paró. Un choque le había estremecido en toda su armazón.

¿Hemos tocado en algún escollo? pregunté. Sea lo que fuere, respondió el canadiense. Ya estaríamos desembarazados, porque estamos flotando. Indudablemente que el nautilus flotaba, pero no andaba. Las aletas de su hélice ya no batían las olas.

Transcurrió un minuto. El capitán Nemo, seguido de su segundo, entró en el salón. No le había visto desde algún tiempo atrás. Parecióme sombrío. Sin hablarnos, y tal vez sin vernos, se fue a la ventana, miró los pulpos, y dijo algunas palabras a su segundo.

Este salió. Las ventanas se cerraron, y la techumbre se iluminó. Me dirigí al capitán y le dije con el desembarazo de un aficionado ante el cristal de un acuario. Buena y curiosa colección de pulpos. En efecto, señor naturalista, me respondió. Y vamos a batirnos con ellos cuerpo a cuerpo.

Miré al capitán porque creí no haber oído bien. ¿Cuerpo a cuerpo? Le dije. Sí señor, la hélice está parada, y creo que las mandíbulas córneas de uno de esos calamares se han agarrado a una de las aletas, lo cual nos impide andar. ¿Y qué vais a hacer?

Subir a la superficie y matar a toda esa podredumbre. Empresa difícil. En efecto, las balas eléctricas son impotentes contra esas carnes blandas, donde no hayan bastante resistencia para estallar, pero los atacaremos con el hacha. Y con el arpón, si no desecháis mi ayuda, dijo el canadiense.

La acepto, señor Land. Os acompañaremos, exclamé. Siguiendo entonces al capitán Nemo, nos dirigimos a la escalera central. Allí unos diez hombres, armados con hachas de abordaje, estaban dispuestos para el ataque. Consejo y yo tomamos dos hachas. Ned Land blandió el arpón.

El Nautilus había subido a la superficie de las aguas. Uno de los marinos, colocado en los últimos peldaños, destornillaba los pernos de la escotilla. Pero apenas quedaban estos desprendidos, cuando la trampilla se abrió con violencia extraordinaria, atraída indudablemente por la ventosa de un pulpo. Al punto se deslizó cual una serpiente por la abertura uno de aquellos dilatados brazos,

y otros veinte se agitaron por encima. El capitán Nemo cortó de un hachazo aquel formidable tentáculo, que se deslizó por los escalones retorciéndose. En el momento en que nos apiñábamos, unos sobre otros para alcanzar la plataforma, otros dos brazos, cerniéndose en el aire,

cayeron sobre el marino que estaba delante del capitán Nemo y lo levantaron con irresistible violencia. El capitán Nemo dio un grito y se precipitó hacia afuera siguiéndole nosotros apresuradamente. ¡Qué escena! El desgraciado, asido por el tentáculo y pegado a sus ventosas, era mesido en el aire a merced de aquella enorme trompa.

Estaba jadeante, ahogándose y gritando, ¡Socorro! ¡Socorro! Estas palabras pronunciadas en francés me causaron estupor profundo. Había un compatriota a bordo, quizá muchos. Aquel llamamiento desgarrador será un recuerdo perenne de mi vida.

El infortunado estaba perdido. ¿Quién podía librarlo de tan poderosa presión? El capitán Nemo se había arrojado sobre el pulpo y de un hachazo le cortó otro brazo. Su segundo luchaba furioso con otros monstruos que se encaramaban por los costados del Nautilus. La tripulación se batía a hachazos.

El canadiense Consejo y yo hundíamos nuestras armas en aquellas masas carnosas. Un violento olor de almiscle penetraba la atmósfera. Era cosa horrible. Creí por un momento que el desgraciado enlazado por el pulpo podría librarse de aquel horrendo aprieto.

Siete de los ocho brazos habían sido cortados y quedaba solamente uno blandiendo en el aire su víctima cual una pluma. Pero en el momento en que el capitán Nemo y su segundo caían sobre el animal despidió este una columna de un líquido negruzco secretado por una bolsa que tenía en el abdomen.

Quedamos ofuscados. Y después de disipada la nube, el calamar había desaparecido llevándose al infortunado compatriota. ¿Qué furor tuvimos entonces contra aquellos monstruos? Ya no podíamos dominarnos.

Diez o doce pulpos habían invadido la plataforma y la entrada del nautilus. Rodábamos en confusión entre aquellos trozos de serpiente que saltaban en la plataforma sobre arroyos de sangre y de tinta negra. Parecía que aquellos vicosos tentáculos renacían como las cabezas de la hidra. El arpón de Nedland a cada golpe se hundía en los ojos vidriosos de los calamares y los reventaba.

Pero mi atrevido compañero fue repentinamente derribado por los tentáculos de un monstruo que no había podido evitar. ¡Ahh! ¡Cómo no se destrozó mi corazón de emoción y de horror! El formidable pico del calamar se había abierto sobre Nedland.

Este desgraciado iba a ser partido por la mitad y me lancé en auxilio suyo. Pero el capitán Nemo se había adelantado. Su hacha desapareció entre las dos enormes mandíbulas. Y después de levantarse milagrosamente salvado, el canadiense clavó su arpón entero hasta el triple corazón del pulpo.

Yo debía esta revancha, dijo el capitán Nemo al canadiense. Ned se inclinó sin responderle. El combate había durado un cuarto de hora. Los monstruos, vencidos, mutilados, heridos de muerte, nos dejaron por fin el campo libre y desaparecieron bajo las aguas.

El capitán Nemo, ensangrentado y quieto junto al fanal, miraba el mar que se había tragado Uno de los compañeros y de sus ojos corrieron abundantes lágrimas. Fin del capítulo 18º

CAPTIONS
Loading...