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from 20000 Leguas de Viaje Submarino by Jules Verne — automated transcript, may contain recognition errors.

Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Berne, traducido por Vicente Guimera. Segunda parte, del Pacífico al Atlántico. Esta es una grabación del Ibribox. Todas las grabaciones del Ibribox son del dominio público. Grabado por Víctor Villarraza.

Capítulo 19. La corriente del Golfo. Ninguno de nosotros podrá olvidar jamás aquella terrible escena del 20 de abril. La he escrito bajo la impresión de una conmoción profunda. Después he visto la relación y se la he leído a consejo y al canadiense. A quienes ha parecido exacta en cuanto a los hechos, pero insuficiente en cuanto al efecto.

Para describir se necesita la pluma del más ilustre de nuestros poetas. El autor de Los Trabajadores del Mar. El Cementerio de Coral. El Capitán Nemo entró en su cámara y ya no le volví a ver durante algún tiempo. Pero cuán triste, desesperado e irresoluble fue la relación entre el Capitán Nemo y el Capitán de la Comunidad.

El Capitán Nemo se ha convertido en un hombre de la Comunidad. El Capitán Nemo se ha convertido en un hombre de la Comunidad. El Capitán Nemo se ha convertido en un hombre de la Comunidad. Pero cuán triste, desesperado e irresoluto debía estar, si era lícito deducirlo de aquel bajel, si era lícito deducirlo de aquel bajel,

cuya alma era y que recibía todas sus impresiones. El Nautilus no seguía ya dirección determinada, iba, venía, flotaba cualun cadáver a merced de las olas. Su élise ya estaba libre y sin embargo apenas entraba en juego. Navegaba al acaso, sin salir del teatro de su última lucha de aquel mar que había

devorado a uno de los suyos. De esta suerte transcurrieron diez días, hasta que el Nautilus emprendió francamente su rumbo al norte, después de haber pasado ante las Lucallas, en la abertura del canal de Bahama. Seguíamos entonces la corriente del mayor río marino, que tiene sus orillas, sus peces y sus temperaturas especiales, y que los ingleses llaman Gulf Stream. Es en efecto

un río que corre libremente en medio del Atlántico, y cuyas aguas no se mezclan con las del océano. Es un río salado, más salado que el mar ambiente. La profundidad media es de 3.000 pies, su anchura media es de 60 millas. En ciertos parajes su corriente marcha con la velocidad de 4 kilómetros por hora. El invariable volumen de sus aguas es más considerable que el de todos los

ríos del globo juntos. El verdadero origen del Gulf Stream, o corriente del golfo, reconocido por el comandante Maury, esto es su punto de partida, está en el Golfo de Gascuña. Allí sus aguas, aunque bajas todavía en temperatura y color, comienzan a formarse. Desciende al sur, costea el África senatorial, caldea sus aguas bajo los rayos de la zona tórrida, atraviesa el Atlántico, alcanza el Cabo

de San Roque en la costa brasileña, y se bifurca en dos brazos, uno de los cuales va a saturar con sus calientes moléculas el mar de las Antillas. Entonces, el Gulf Stream, encargado de restablecer el equilibrio entre las temperaturas y de mezclar las aguas de los trópicos con las boreales, comienza a desempeñar su oficio de compensador. Caldeado excesivamente en las costas de México, se eleva hacia el norte hasta Terra Nova, se desvía ante la presión de

la corriente fría del Estrecho de Davies, recobra el camino del océano, siguiendo sobre uno de los círculos máximos del globo la línea loxodrómica. Se divide en dos brazos hacia los 43 grados, y uno de ellos, ayudados por el alicio del Nordeste, vuelve al Golfo de Gascuña y a las Azores, al paso que el otro, después de entibiar las costas de Irlanda y Noruega, llega hasta más allá de Spitzberg, donde su temperatura desciende a 4 grados y forma el mar despejado del polo.

El Nautilus navegaba entonces en ese río del océano. A la salida del canal de Bahama, la corriente, que tiene allí 14 leguas de ancho por 350 metros de profundidad, marcha a razón de 8 kilómetros por hora. Esta rapidez decrece regularmente a medida que avanza hacia el norte, y es de desear que esta regularidad persista, porque si, como algunos creen observarlo, su velocidad y su dirección se modificasen, los climas europeos estarían sometidos a perturbaciones cuyas

consecuencias no se pueden calcular. A cosa de mediodía, estábamos en la plataforma Consejo y yo. Le daba a conocer las particularidades de la gran corriente, y le invité después a introducir sus manos en el agua. Consejo obedeció, pero quedó atónito al ver que no experimentaba sensación de frío ni de calor. Esto consiste, le dije, en que la temperatura de la corriente al salir del Golfo de México difiere poco de la de la sangre. Este Gulf Stream es un vasto calorífero que permite a

las costas de Europa adornarse con eterno verdor. Y si hemos de creer a Maury, el calor de la corriente podría dar bastante calórico para mantener derretido un río de hielo tan grande como el Amazonas o el Missouri. En aquel momento, la velocidad de la corriente era de 2 metros y cuarto por segundo, y se distinguía perfectamente porque sus aguas comprimidas sobresalían de las del océano, estableciéndose cierto desnivel. Sombrías, además, y muy ricas en materias salinas,

se destacan por su color azul puro sobre las olas verdes que las rodean. Tan bien marcada está la línea de separación que el Nautilus, a la altura de las Carolinas, cortó con su espolón las aguas de la corriente, mientras que su hélice batía aún las del océano. La gran corriente arrastraba un mundo entero de seres vivientes. Los argonautas, tan comunes en el Mediterráneo, viajaban allí en numerosos tropeles. Entre los cartilaginosos, los más notables eran unas raya,

cuya cola muy suelta formaba casi el tercio del cuerpo, y que se asemejaban a unos extensos rombos de 25 pies. También observamos unos pequeños escualos de un metro de cabeza grande, de hocico corto y redondeado, de dientes puntiagudos dispuestos en varias filas, y cuyo cuerpo parecía cubierto de escamas. Entre los peces ocios advertí unos labros grisones, especiales de aquellos mares. Unos esparos sinagros, cuyo iris brillaba como fuego. Unas sienas de un metro

de longitud, con ancha boca erizada de dientes pequeños que dejan escapar un ligero grito. Unos centronotos negros, de que ya he hablado. Unos corífenos azules, bordados de oro y plata. Unos papagallos, verdaderos arcoíris del océano, que pueden rivalizar en color con las aves más bellas del trópico. Unos blemios de cabeza triangular. Unos rombos azulados, desprovistos de escamas. Unos vatracoides, cubiertos de una faja amarilla y transversal semejante a una T griega. Un enjambre

de pequeños gubios, moteados con manchas pardas. Unos dipterodontos de cabeza plateada. Diversos ejemplares de salmones y mugilomoros de cuerpo esbelto, que la Ceped ha consagrado a la amable compañera de su vida. Y por último, un bonito pez llamado el caballero americano, que condecorado con todas las órdenes y emperegilado con todas las cintas, frecuenta las playas de aquella gran nación, donde las cintas y las órdenes son tenidas en tan poca estima. Añadiré que durante la noche,

las aguas fosforecentes de la gran corriente del golfo rivalizaban el brillo eléctrico de nuestro fanal, especialmente en los tiempos borrascosos que frecuentemente nos amenazaban. El 8 de mayo, estábamos todavía frente al cabo de Jateras, a la altura de la Carolina del Norte. La anchura de Gulf Stream es allí de 75 millas y su profundidad de 210 metros. El Nautilus seguía caminando a la aventura. Toda vigilancia había cesado al parecer a bordo. Convengo que en estas

condiciones podía intentar con buen éxito una evasión. En efecto, las playas habitadas ofrecían por todas partes fáciles refugios. El mar estaba sin cesar, surcado por los numerosos vapores que hacen el servicio entre Nueva York o Boston y el Golfo de México. Le recorrían de día y de noche esas pequeñas goletas dedicadas al cabotaje entre los diversos puertos de la costa americana. Como había esperanza de poder ser recogidos, la ocasión para escapar era favorable. A pesar de las 30 millas

a que se encontraban las costas de la Unión. Pero una circunstancia fatal contraria absolutamente los proyectos del Canadiense. El tiempo era muy malo. Nos acercábamos a los parajes en que las tempestades son frecuentes, a la patria de las mangas de agua engendradas precisamente por la gran corriente. Arrostrar aquel mar sobre una débil barquilla era correr a una perdición cierta y Ned Land lo comprendía así. Por eso, tascaba el freno y se entregaba a una nostalgia

que solo la fuga hubiera podido curar. Señor profesor, me dijo aquel día, acabemos de una vez, no más vacilaciones. Vuestro amigo Nemo se aparta de las tierras y sube hacia el norte, pero os lo declaro, me basta con el polo sur y no le seguiré al polo norte. ¿Y qué haremos? Puesto que una evasión es impracticable. Vuelvo a mi idea. Hay que hablar al capitán. Nada habéis dicho cuando estábamos en los mares de vuestro país. Quiero hablar ahora que estamos en los míos.

Cuando discurro que dentro de algunos días el Nautilus se hallará a la altura de la Nueva Escocia y que allí, cerca de Terranova, se abre una extensa bahía, que en esta bahía desagua el San Lorenzo y que el San Lorenzo es mi río, el río de Quebec, mi ciudad natal, cuando pienso en esto, el furor me exalta y los pelos se me erizan. Mirad, señor Aronnax, antes me arrojaré al mar. Yo no me quedo aquí donde me ahogo. El Canadiense había apurado evidentemente su paciencia. Su

naturaleza vigorosa no podía acomodarse con aquel encarcelamiento prolongado. Su rostro se alteraba de día en día. Su carácter se tornaba más sombrío. Yo conocía que debía sufrir porque yo también comenzaba a ser presa de la nostalgia. Habían transcurrido cerca de siete meses sin que tuviésemos noticias de tierra. Además, el aislamiento del capitán Nemo, su humor modificado, sobre todo desde el combate de los pulpos, su taciturnidad, todo me hacía ver las cosas bajo

un aspecto diferente. Yo no experimentaba el entusiasmo de los primeros días. Era necesario ser flamenco como consejo para aceptar esta situación en aquel elemento reservado a los etacios y a los demás habitantes del mar. Ciertamente que si aquel buen muchacho en vez de pulmones hubiera tenido branquias, creo que hubiera sido un pez distinguido. Y bien, señor Aron Knox, repuso Nedland viendo que yo no respondía, con que lo que deseáis es que yo

pregunte al capitán Nemo cuáles son sus intenciones respecto de nosotros. Sí, señor. A pesar de haberlas ya dado a conocer. Sí, prefiero por última vez saber a qué atenerme. Hablad por mí solo, en mi nombre, si así lo queréis. Pero le veo rara a veces, pues parece que huye de mí. Esa es una razón de más para ir a verle. Yo le interrogaré, Ned. ¿Cuándo? preguntó el canadiense insistiendo. Cuando lo encuentre. Señor Aron Knox, ¿crees que le vaya a ver yo

mismo? No, dejadme. Mañana. Hoy, dijo Nedland. Corriente. Hoy le veré, respondí al canadiense, porque dejándole solo, todo lo hubiera comprometido. Me quedé solo. Decidida la petición, resolví terminar inmediatamente. Me gusta más en estas situaciones lo hecho que lo pueda ser. Entré en mi cámara desde donde sentí andar en la del capitán Nemo. No podíamos dejar escapar esta ocasión de encontrarlo. Llamé a la puerta y no conseguí respuesta. Llamé segunda vez

y di vuelta al picaporte. La puerta se abrió. Entré. El capitán estaba allí, inclinado sobre su mesa de trabajo y sin haberme oído. Resuelto a no salir sin haberle hablado, me acerqué a él. Levantó la cabeza bruscamente, frunció las cejas y me dijo en tono bastante rudo. ¿Vos aquí? ¿Qué me queréis? Hablaros, capitán. Pero estoy ocupado, señor Aron Knox. Estoy trabajando. No puedo yo tener esa misma libertad de aislamiento que os concedo. No era muy halagüeño el recibimiento,

pero yo me decidí a todo y le dije con frialdad. Tengo que hablaros, señor capitán, de un asunto que no puedo diferir. ¿De qué se trata? Respondió irónicamente. ¿Habéis hecho algún descubrimiento que para mí sea desapercibido? ¿Os ha revelado el mar nuevos secretos? Distábamos mucho de la asunto, pero antes de darme tiempo para responder, me dijo con tono grave, señalándome un manuscrito que tenía sobre la mesa. Aquí tenéis, señor Aron Knox, un manuscrito en varias lenguas. Contiene

el resumen de mis estudios sobre el mar y no perecerá conmigo, Dios mediante. Este manuscrito, firmado por mí y que constituye el complemento de la historia de mi vida, se encerrará en una parado insumergible. El último que sobreviva a bordo del Nautilus lo arrojará al mar, donde flotará a merced de las olas. El nombre de aquel personaje, su historia escrita por sí mismo, luego, algún día quedaría descorrido el velo de su misteriosa vida, pero en aquel momento sólo vi

en dicha comunicación una entrada en materia. Capitán, respondí, no puedo aprobar el pensamiento que os hace obrar. No debe perderse seguramente el fruto de vuestros estudios, pero el medio que para ello empleáis me parece muy primitivo. ¿Quién sabe a dónde llevarán los vientos, el aparato y en qué manos caerá? ¿No os ocurre otra cosa mejor? Vos o cualquiera de los vuestros, no podría jamás, señor profesor, dijo convivese al capitán interrumpiéndome. Pero yo o mis

compañeros estamos dispuestos a guardar reservadamente ese manuscrito y si nos díes ais libertad, libertad, dijo el capitán levantándose. Sí señor, y por eso mismo quería hablaros. Hace siete meses que estamos a bordo y hoy os pregunto en mi nombre y en el de mis compañeros si pensáis tenernos aquí siempre. Señora Ronax, responderé hoy lo que os dije hace siete meses, el que entra en el Nautilus no debe nunca salir de aquí. Luego nos imponéis el cautiverio, llamadlo como queráis.

Pero en todas partes el esclavo tiene derecho a recobrar la libertad, cualquier medio es bueno en este caso. Ese derecho, respondió el capitán Nemo, yo no os lo reuso. He pensado acaso en sujetaros por un juramento. El capitán me miraba cruzado de brazos. Señor, te dije, volver otra vez a ese mismo asunto no puede ser gusto vuestro ni mío. Mas puesto que lo hemos iniciado apurémoslo. Os repito que no se trata solamente de mi persona, para mí el estudio es un apoyo,

una diversión poderosa, un aliciente, una pasión que todo me lo hace olvidar. Soy como vos un hombre que puede vivir oscuro e ignorado con la débil esperanza de alegar un día al porvenir el resultado de mis trabajos por medio de un aparato hipotético confiado al azar de las olas y de los vientos. En una palabra puedo admiraros, seguiros sin disgusto en esa vida que bajo cierto aspecto comprendo, pero debe haber en ella algo que me la hace suponer rodeada también de complicaciones y

de misterios de los cuales ni mis compañeros ni yo participamos. Y además cuando nuestro corazón ha podido latir por vos conmovido por algunos de vuestros dolores o por vuestros actos de genio y de valor hemos debido tener recóndito hasta el más leve testimonio de esa simpatía engendrada por la vista de lo bello y de lo bueno. Ahora proceda del amigo, ahora del enemigo. Pues bien, ese sentimiento de comprendernos extraños a todo lo que os concierne es el que hace de nuestra

posición una cosa inaceptable, imposible hasta para mí, pero imposible sobre todo para Ned Land. Todo hombre, por lo mismo que es hombre, quiere que se piense en él. Habéis pensado lo que el amor de la libertad, el odio de la esclavitud pueden engendrar en una naturaleza como la del canadiense? ¿Qué proyectos de venganza es capaz de concebir, intentar, poner en juego? Yo me había callado. El capitán Nemo se levantó. Que Ned Land piense, intente, ensaye, cuanto quiera,

que me importa. No he sido yo quien ha ido a buscarle, no le guardo tampoco a bordo por gusto mío. En cuanto a vos, señor Aaron Nax, sois de los que todo lo pueden comprender, aún el silencio. No tengo nada más que deciros. Sea esta la última vez que vengáis a tratar ese asunto, porque si en otra ocasión os ocurre lo mismo, no podría ni siquiera escucharos. Me retiré y desde este día, nuestra situación se tornó muy tirante. Referí la conferencia a mis dos compañeros.

Ahora sabemos, dijo Ned, que nada podemos aguardar de ese hombre. El Nautilus se acerca a Long Island. Nos escaparemos, cualquiera que sea el temporal que haga. Pero el cielo se tornaba cada vez más amenazador, manifestándose los síntomas del huracán. La atmósfera se presentaba blanquecina y lechosa. A los cirrus de haces delicados sucedían en el horizonte capas de nimbo cúmulus. Otras nubes bajas corrían con rapidez. El mar se encrespaba y ampollaba levantando gruesas olas.

Las aves desaparecían, exceptuando los sataniclos, amigos de las tempestades. El barómetro bajaba notablemente e indicaba en el aire una extraordinaria tensión de vapores. La mezcla de storm glass se descomponía bajo la influencia de la electricidad atmosférica. Próxima estaba la lucha de los elementos. El temporal estalló en la jornada del 18 de mayo, precisamente cuando el Nautilus flotaba a la altura de Long Island,

a algunas millas de los pasos de Nueva York. Puedo describir aquella tempestad porque en vez de evitarla bajando a las profundidades del mar, el capitán Nemo tuvo el inexplicable capricho de arrostrarla en la superficie. Soplaba el viento del sureste, primero frescachón con velocidad de 15 metros por segundo, la cual creció hasta 25 metros a las 3 de la tarde.

Esta era la cifra correspondiente a las tempestades. El capitán Nemo, sereno ante la borrasca, se había colocado sobre la plataforma, amarrándose a medio cuerpo para resistir las monstruosas olas que se estrellaban sobre nuestra embarcación. Yo también me había hecho atar para dividir mi admiración entre aquella tempestad y aquel hombre incomparable que la arrostraba. El prosegoso mar era barrido por largas hileras de nubes que se empapaban en sus aguas.

Yo no advertía ya ninguna de esas pequeñas olas intermedias que se forman en el fondo de las grandes depresiones, nada más que largas ondulaciones fuliginosas, tan compactas que no abatían su cresta. La altura de este oleaje iba creciendo, excitándose las aguas unas contra otras. Ahora caído el nautilus de costado, ahora cubierto cualún mástil, rodaba y se balanceaba espantosamente. A cosas de las 5, cayeron torrentes de lluvia, sin que el viento ni el mar se dieran.

El huracán se desencadenó con velocidad de 45 metros por segundo, esto es, cerca de 40 leguas por hora. En estas condiciones es cuando derriba casas, lanza tejas que se hincan en las puertas, rompe verjas de hierro y mueve cañones de 24. Y sin embargo, el nautilus, en medio de la tormenta, justificaba esta palabra de un entendido ingeniero. No hay casco de buque bien construido que no pueda desafiar al mar. No era una peña resistente la que tenían que atacar las olas, sino un uso de acero, obediente y movedizo, sin aparejos, sin mástiles, y que podía afrontar impunemente la furia del temporal.

Entretanto yo contemplaba aquellas desencadenadas olas. Medían hasta 15 metros de altura por una longitud de 150 a 170. Y su velocidad de propagación, mitad de la del viento, era de 15 metros por segundo. Su volumen y su potencia se acrecentaban con la profundidad de las aguas. Comprendí entonces el oficio de aquellas olas que encierran el aire y lo repelen al fondo de los mares, donde llevan la vida con el oxígeno. Su extraordinaria fuerza de presión calculada ya puede elevarse hasta 3.000 kilogramos por pie cuadrado de la superficie contra la cual chocan.

Hay olas que en las Hebridas han movido de sitio una peña de 84.000 libras. Ellas son las que en la tempestad del 23 de diciembre de 1864, después de haber arruinado la ciudad de Iedo, en el Japón, andando 700 kilómetros por hora, fueron a estrellarse el mismo día en las playas americanas. La intensidad del temporal creció con la noche. El barómetro, como en 1860, en la isla de la reunión, durante una fuerte borrasca, descendió a 710 milímetros. A la caída del día vi una nave que luchaba penosamente en el horizonte.

Capeaba a pequeño vapor para mantenerse firme ante las olas. Debía ser uno de los vapores de las líneas de Nueva York al Liverpool o al Havre. Pronto desapareció entre las sombras. A las 10 de la noche el cielo era todo fuego. La atmósfera era surcada por violentos relámpagos cuyo brillo no podía yo aguantar, mientras que el capitán Nemo los miraba cara a cara, pareciendo aspirar el alma de la tempestad.

Llenaba el espacio con estruendo terrible, complejo, formado con el estrépito de las quebradas olas, los mugidos del viento y los estallidos del trueno. El viento saltaba a todos los puntos del horizonte y la borrasca, partiendo del este, daba la vuelta entera, pasando por el norte, oeste y sur, en sentido inverso de las tempestades giratorias del hemisferio austral. Bien justificaba el Gulf Stream su nombre de rey de las tempestades. Aquella corriente es la que engendra las borrascas formidables, debidas a la diferencia de temperatura de las capas de aire sobrepuestas a las corrientes. A la lluvia había sucedido un chaparrón de fuego.

Las gotas de agua se cambiaban en penachos fulminantes. Parecía que el capitán Nemo, deseando una muerte digna de él, quería hacerse matar por el rayo. En un espantoso movimiento de balanceo, el Nautilus levantó al aire su espolón de acero como la punta de un pararrayos y de él brotaron numerosas chispas. Rendido ya y sin fuerzas, me arrastré hasta la escotilla, la abrí y me bajé al salón. El huracán llegaba entonces a su máximo de intensidad.

Y era imposible tenerse de pie en el interior del Nautilus. El capitán Nemo entró a medianoche. Sentí que los depósitos se llenaban poco a poco y el Nautilus descendió lentamente bajo la superficie de las olas. Por las ventanas abiertas del salón vi unos grandes peces pasar asorados cual fantasmas entre las encendidas aguas. Algunos fueron heridos por el rayo a mi vista.

El Nautilus seguía siempre bajando. Pensé que encontraría la calma a 15 metros de profundidad. No, las capas superiores estaban agitadas con demasiada violencia. Fue necesario ir a buscar el reposo hasta 50 metros en las entrañas del mar. Pero allí, qué tranquilidad, qué silencio, qué ambiente tan apacible.

¿Quién hubiera dicho que un huracán terrible se desencadenaba entonces sobre la superficie del océano? Fin del capítulo 19.

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