Chapter 45
Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Berne, traducido por Vicente Guimará. Segunda parte, del Pacífico al Atlántico. Esta es una grabación de LibriVox. Todas las grabaciones de LibriVox son del dominio público. Grabado por Víctor Villarraza. Capítulo vigésimo primero. Una hecatombe.
Esta manera de hablar. Lo imprevisto de semejante escena. La historia del navío patriota. Friamente narrada al principio. Después, la emoción con que tan extraño personaje había pronunciado sus últimas palabras. Aquel nombre de...
Vengador. Cuya significación no podía hacerme desapercibida. Todo se juntaba para impresionar profundamente mi ánimo. Mi vista no se apartaba ya del capitán que, con las manos extendidas hacia el mar, consideraba con ardiente mirada aquel glorioso despojo.
Quizá no debía yo saber jamás quién era, de dónde venía ni a dónde iba. Pero cada vez era más perceptible para mí la distinción entre el hombre y entre el sabio. No era una misantropía común la que había encerrado en las entrañas del Nautilus al capitán Nemo y sus compañeros. Sino un odio monstruoso o sublime que el tiempo no podía debilitar.
Buscaba este odio más venganzas todavía. El porvenir debía decírmelo muy pronto. Mientras tanto, el Nautilus subía lentamente a la superficie del mar y vi desaparecer poco a poco las formas confusas del Vengador. Muy luego, un débil balanceo me indicó que flotábamos al aire libre.
En aquel momento se escuchó una sorda detonación. Miré al capitán. El capitán no se movió. ¿Capitán? Dije.
No respondió. Le dejé y subí a la plataforma. Consejo y el canadiense me habían precedido. ¿De dónde procede esa detonación? Pregunté.
Miré hacia el navío que había percibido. Estaba más cerca del Nautilus y se veía que forzaba vapor. Seis millas le separaban de nosotros. ¡Un cañonazo! Respondió Nedland.
¿Qué buque es ese, Ned? A juzgar por su aparejo y por la altura de sus mástiles rebajados. Respondió el canadiense. Apostaría que es un navío de guerra. Ojalá viniera sobre nosotros y si necesario fuera,
echar a pique este Nautilus condenado. Amigo Ned, respondió Consejo. ¿Qué mal podría hacer al Nautilus? ¿Podría atacarle debajo de las olas? ¿Podría cañonearle en el fondo de los mares?
Decidme, Ned, pregunté. ¿Podés reconocer la nacionalidad de ese navío? El canadiense, frunciendo el entrecejo, bajando sus párpados, encogiendo los ángulos de sus ojos, fijó durante algunos instantes sobre el buque
toda la potencia de su mirada. No, señor, respondió. No sabría reconocer a qué nación pertenece. Su pabellón no está aizado, pero puedo afirmar que es un navío de guerra, porque en la extremidad del palo mayor ondea un largo gallardete.
Durante un cuarto de hora continuamos observando el buque que se dirigía hacia nosotros. No podía admitir, sin embargo, que a tal distancia hubiera reconocido al Nautilus, y menos aún que supiera lo que era este aparato submarino. Pronto el canadiense anunció que este buque era un navío de línea con espolón, de dos puentes y acorazado.
Se desprendía de sus dos chimeneas una negra y espesa humareda. Sus velas plegadas se confundían con la línea de las vergas, y en la popa no se ostentaba ningún pabellón. La distancia impedía que pudieran distinguirse los colores de su gallardete, que flotaba como una delgada cinta.
Se adelantaba rápidamente. Si el capitán Nemo lo dejaba acercarse, una probabilidad de salvación se nos ofrecía. ¡Señor! me dijo Nedland. Que pase ese buque a una milla de nosotros y me arrojo al mar. Y os recomiendo que hagáis lo propio.
No respondí a la proposición del canadiense, y continué mirando el navío, cuyas proporciones crecían a la vista. Que fuese inglés, francés, americano o ruso. Lo cierto es que nos recogería si pudiésemos llegar a su bordo. El señor puede muy bien recordar, dijo entonces Consejo,
que tenemos alguna experiencia de nadadores, que deje por mi cuenta el cuidado de remolcarle hasta ese navío, si le conviene seguir al amigo Ned. Iba a responder cuando un vapor blanquecino se desprendió por la proa del navío de guerra. Luego, algunos segundos más tarde,
las aguas sacudidas por la caída de un cuerpo pesado, salpicaron la parte posterior del nautilus. Poco después, una detonación resonaba en mi oído. ¿Cómo? ¿Disparan sobre nosotros? exclamé. ¡Buenas gentes! murmuró el canadiense.
Entonces, no nos toman por náufragos salvadores en una tabla. Que el señor no lo lleve a mal. Bueno, dijo Consejo sacudiendo el agua que, movida por una nueva bala, le había salpicado. Que el señor no lo lleve a mal.
El narbal ha sido reconocido y le canionean. Pero bien deben ver, exclamé, que están disparando sobre hombres. Por eso mismo quizá, respondió Nedland mirándome. Una revelación completa apareció en mi imaginación. Sin duda, ya sabían a qué atenerse sobre la existencia del monstruo.
Sin duda, en su abordaje con el Abraham Lincoln, cuando el canadiense lo arponeó, el comandante Farragut, reconoció que el narbal era un buque submarino más peligroso, que un cetáceo sobrenatural. Sí, eso es lo que debía ocurrir.
Y por eso, en todos los mares, sin duda alguna, se perseguía al terrible ingenio de destrucción. Terrible era, en efecto. Si, como podía suponerse, el capitán Nemo empleaba el Nautilus para una obra de venganza.
Durante aquella noche que nos encerró en la cámara en medio del mar de las Indias, era probable que hubiese atacado a algún navío. Aquel hombre enterrado en el cementerio de Coral. ¿No habría sido víctima de un choque promovido por el Nautilus? Sí, lo repito.
Así debía ser. Una parte de la misteriosa existencia del capitán Nemo se revelaba. Y si su identidad no estaba reconocida, por lo menos las naciones coaligadas contra él cazaban ahora no ya un ser quimérico,
sino un hombre que les había consagrado un odio implacable. Todo este pasado formidable apareció a mi vista. En lugar de encontrar amigos sobre el navío que se acercaba, no podíamos encontrar más que enemigos sin piedad. Mientras tanto, las balas se multiplicaban a nuestro alrededor.
Algunas, al tropezar con la superficie líquida, iban a perderse dando botes a distancias considerables, pero ninguna acertó al Nautilus. El navío acorazado no se hallaba ya más que a tres millas. A pesar de su violento cañoneo,
el capitán Nemo no aparecía sobre la plataforma. Y sin embargo, si una de aquellas balas cónicas hubiera tocado normalmente el casco del Nautilus, le hubiera sido fatal. El canadiense me dijo entonces,
Señor, debemos apurar todos los medios para salir de este mal paso. Hagamos señales. ¡Qué diablo! ¡Quizá comprendan que somos gente honrada!
Neddland sacó su pañuelo para agitarlo, pero apenas lo había desplegado cuando derribado por una mano de hierro, a pesar de su fuerza prodigiosa, caía sobre el puente.
¡Miserable! exclamó el capitán. ¿Quieres que te claven el espolón del Nautilus antes que se precipite sobre ese navío? El capitán Nemo, terrible por su voz, estaba más terrible todavía por su aspecto.
Su faz había palidecido bajo las impresiones de su corazón que debía haber dejado de latir un instante. Sus pupilas se habían contraído terriblemente. Su voz no hablaba, sino que rugía, y manteniendo el cuerpo inclinado hacia adelante,
retorcía con sus manos los hombros del canadiense. Luego, abandonándole y volviéndose hacia el buque de guerra, cuyas balas llovían alrededor de él, exclamó con potente voz. ¡Ajá! ¿Sabes quién soy,
navío de una nación maldita? Yo no necesito ver tus colores para conocerte. ¡Mira! ¡Voy a enseñarte los míos! Y el capitán Nemo desplegó en la delantera de la plataforma un pabellón negro, semejante al que ya había enarbolado
en el polo austral. En el mismo momento, una bala, dando oblicuamente sobre el casco del Nautilus, sin causarle daño, y pasando por rebotes cerca del capitán, fue a perderse en el mar.
El capitán Nemo se encogió de hombros. Luego, dirigiéndose a mí, ¡Bajad! me dijo brevemente. ¡Bajad vos y vuestros compañeros! Señor capitán, exclamé,
¿vais a atacar ese navío? ¡Voy a echarlo a pique! No haréis eso. Lo haré, respondió fríamente el capitán Nemo. No os ocurra juzgerme.
La fatalidad os muestra lo que jamás debiera y saber visto. El ataque ha llegado. La respuesta será terrible. ¡Volved adentro! ¿Qué navío es ese?
¿No lo sabéis? Pues bien, tanto mejor. Al menos, su nacionalidad será un secreto para vos. ¡Bajad! El canadiense consejo y yo no podíamos hacer otra cosa que obedecer.
Unos 15 marineros del Nautilus rodeaban al capitán y miraban con un implacable sentimiento de rencor aquel navío que se adelantaba hacia ellos. Se comprendía que el mismo hálito de venganza animaba todas aquellas almas.
Bajé en el momento en que un nuevo proyectil rozaba el casco del Nautilus y oí exclamar al capitán. ¡Yere, navío insensato! Prodiga tus inútiles balas.
No te librarás del espolón del Nautilus. Pero no es este lugar donde debes perecer. No quiero que tus despojos vayan a confundirse con las ruinas gloriosas del Vengador. Me fui a mi cuarto.
El capitán y su segundo habían quedado en la plataforma. La hélice se puso en movimiento. El Nautilus, alejándose con velocidad, se colocó fuera del alcance de las balas del navío. Pero la persecución continuó
y el capitán Nemo se contentó con mantener la distancia. Hacia las cuatro de la tarde, no pudiendo contener la impaciencia y la inquietud que me devoraban, volví a la escalera central. La escotilla estaba abierta.
Me atrevía a llegar a la plataforma. El capitán se paseaba todavía con paso agitado. Miraba al navío que permanecía a sotavento a cinco o seis millas. Daba vueltas como una fiera. Y atrayéndole hacia el este, se dejaba perseguir.
Sin embargo, no atacaba porque sin duda vacilaba todavía. Quise intervenir por última vez, pero apenas había interpelado al capitán Nemo cuando imponiéndome silencio, ¡Soy el derecho!
¡Soy la justicia! dijo. ¡Soy el oprimido! ¡Y ese, el opresor! Por él, es por quien lo he amado,
querido, venerado, patria, esposa, hijos, padre, madre, todo ha perecido. ¡Cuánto yo odio!
¡Está allí! ¡Callad! Dijí por última vez mi vista al navío de guerra que forzaba el vapor. Luego me junté a Ned y consejo.
Huiremos, exclamé. ¡Bien! dijo Ned. ¿Qué navío es ese? Lo ignoro, pero quien quiera que sea
habrá perecido antes de la noche. En todo caso, más vale perecer con él que hacerse cómplice de represalias cuya equidad no puede medirse. Esa es mi opinión,
respondió fríamente Nedland. Esperemos la noche. La noche llegó. Un profundo silencio reinaba a bordo. La brújula indicaba que el Nautilus
no había modificado su dirección. Escuchaba yo el ruido de su hélice, que azotaba las aguas con rápida regularidad. Permanecía sobre la superficie de las aguas
y un ligero vaivén le inclinaba tan pronto sobre un bordo como sobre el otro. Mis compañeros y yo habíamos resuelto huir
en el momento en que el buque se hallace bastante cerca. Ya para oírnos, ya para vernos, porque la luna, que debía entrar en su lleno tres días más tarde,
estaba resplandeciente. Una vez a bordo de aquel navío, si no podíamos prevenir el golpe que le amenazaba, al menos, haríamos todo cuanto las circunstancias
nos permitieran intentar. Diferentes veces creí que el Nautilus se disponía al ataque. Una vez a bordo de aquel navío, si no podíamos prevenir el golpe
que le amenazaba, al menos, haríamos todo cuanto las circunstancias nos permitieran intentar. Diferentes veces creí que el Nautilus se disponía al ataque.
Pero se contentaba con dejarse a acercar por su adversario, y al poco tiempo tomaba de nuevo su actitud de fuga. Una parte de la noche pasó sin incidente. Esperábamos el momento de obrar.
Hablábamos poco. Tan conmovidos nos hallábamos. Nedland hubiera querido precipitarse al mar. Le obligué a que esperase. Según mi opinión, el Nautilus
debía atacar al navío en la superficie del mar, y entonces sería no solamente posible, sino fácil escaparnos. A las tres de la mañana,
inquieto, subía la plataforma. El capitán Nemo no la había abandonado. Estaba en pie, delante, cerca de su pabellón que una blanda brisa desplegaba encima de su cabeza.
No apartaba los ojos del navío. Su mirada, de una intensidad extraordinaria, parecía atraerlo, fascinarlo, arrastrarlo con más seguridad que si lo hubiera remolcado.
La luna pasaba entonces por el meridiano. Júpiter salía por el este. En medio de aquella apacible naturaleza, el cielo y el océano rivalizaban en tranquilidad,
y el mar ofrecía al astro de la noche el mejor espejo que jamás haya reflejado su imagen. Y cuando yo pensaba en aquella profunda calma de los elementos,
comparada con los rencores que germinaban en las entrañas del imperceptible Nautilus, todo mi ser se estremecía. El buque se encontraba a dos millas de nosotros.
Se había aproximado, andando siempre hacia el brillo fosforesente que señalaba la presencia del Nautilus. Vi sus luces de posición, verdes y rojas,
y su linterna blanca colgada del estay de mesana. Una vaga reverberación alumbraba su aparejo e indicaba que los fuegos estaban forzados.
De las chimeneas brotaban haces de chispas y ascuas inflamadas que parecían sembrar la atmósfera de estrellas. Permanecí así hasta las seis de la mañana, sin que el capitán Nemo me hubiese,
al parecer, apercibido. El buque estaba a milla y media de nosotros, y con los primeros albores del día, empezó nuevamente su cañoneo. No podía estar lejano el momento en que,
cuando el Nautilus atacase a su adversario, mis compañeros y yo abandonaríamos para siempre aquel hombre que ya no me atrevía a juzgar. Ya me disponía a bajar para avisarles cuando el segundo subió a la plataforma.
Algunos marineros le acompañaban. El capitán Nemo no los vio o no quiso verlos. Tomaronse algunas disposiciones que hubieran podido llamarse el apresto del Nautilus para el combate.
Eran muy sencillas. La barandilla, formada alrededor de la plataforma, se bajó. Del mismo modo, las cajas del farol y del timonel
se recogieron en el casco del modo que estuviesen rasantes, nada más. La superficie del gran cigarro de hierro no ofrecía ya nada que sobresaliera ni nada que pudiera molestar su maniobra.
Volvía al salón. El Nautilus seguía a flor de agua. Algunos albores matinales se infiltraban en la capa líquida. Bajo ciertas ondulaciones de las olas,
los cristales se animaban con los colores del sol naciente. Amanecía el terrible día del 2 de junio. A las cinco, supe por el loch que la velocidad del Nautilus se moderaba.
Comprendí que se dejaba aproximar. Por lo demás, las detonaciones se iban percibiendo con más violencia. Las balas surcaban el agua circundante atornillándose en ella con silbido singular.
Amigos míos, dije, ha llegado el momento. Una apretón de manos y que Dios nos guarde. Ned Lund estaba resuelto.
Consejo, tranquilo. Yo, nervioso. Sin poder contenerme apenas. Pasamos a la biblioteca. En el momento en que empujaba la puerta
que daba paso a la escalera central, oí que la escotilla superior se cerraba bruscamente. El canadiense se arrojó sobre los peldaños, más yo le detuve.
Un silbido bien conocido me indicó que el agua penetraba en los receptáculos de bordo. En efecto, pocos instantes después,
el Nautilus se sumergió a algunos metros bajo las olas. Comprendí la maniobra. Era demasiado tarde para obrar. El Nautilus no pensaba
atacar al navío en su impenetrable coraza, sino debajo de su línea de calado, donde la plancha metálica no protege el casco. Estábamos de nuevo aprisionados
y teníamos que ser testigos forzosos del drama que se preparaba. Por otra parte, apenas tuvimos tiempo para reflexionar. Refugiados en mi cámara,
nos mirábamos sin decir una palabra. Un profundo estupor se había apoderado de mi alma, incapaz de toda idea y de todo pensamiento.
Encontrábame en aquel penoso estado que precede a la espera de una detonación espantosa. Aguardaba, escuchaba y no vivía más que con el sentido del oído.
Mientras tanto, la velocidad del Nautilus creció sensiblemente para tomar, sin duda, el vuelo necesario. Todo su casco se estremecía.
De pronto di un grito. Tuvo lugar un choque, pero relativamente débil. Sentí la fuerza penetrante del espolón de acero. Oí rechinamientos y rasgaduras.
El Nautilus, arrastrado por su potencia de propulsión, pasaba a través de la masa del navío como la aguja del velero a través de la tela. No pude aguantar más.
Loco, perdido, me lancé fuera de mi cuarto precipitándome en el salón. El capitán Nemo estaba allí. Mudo,
sombrío, implacable. Miraba por la ventana de babor. Una enorme masa sosobraba debajo de las aguas.
Y para no perder nada de su agonía, el Nautilus bajaba al abismo con ella. A diez metros de mí vi aquel casco entreabierto, donde penetraba el agua
con el ruido del trueno. Luego, la doble línea de cañones y de empalletados. El puente estaba cubierto de sombras negras
que se agitaban. El agua subía. Los desdichados se lanzaban a los ovenques, se agarraban a los mástiles,
se retorcían bajo las aguas. Era un hormiguero humano sorprendido por la invasión de un mar. Paralizado, rígido por la angustia, erizados los cabellos,
con los ojos desmesuradamente abiertos, con la respiración incompleta, sin aliento, sin voz. Miraba yo también aquel desastre. Una atracción irresistible
me pegaba al cristal. El enorme buque se hundía lentamente. El Nautilus, siguiéndole, espiaba todos sus movimientos.
De pronto, una explosión se produjo. El aire comprimido hizo saltar los puentes del navío, como si el fuego hubiera prendido
en las bodegas. El empuje de las aguas fue tal que el Nautilus desvió. Entonces, el desgraciado navío se hundió con mayor rapidez.
Aparecieron las gavias, cargadas de víctimas. Luego, las barras doblándose bajo el peso de racimos de hombres. Por último, la punta del palo mayor.
Luego, la sombría masa desapareció. Y con ella, aquella tripulación de cadáveres, arrastrados por un formidable torbellino. Me volví hacia el capitán Nemo,
aquel terrible justiciero, verdadero arcángel del odio, seguía siempre mirando. Cuando todo se acabó, el capitán Nemo,
dirigiéndose hacia la puerta de su cuarto, la abrió y entró. Le seguí con la vista, sobre el tabique del fondo. Debajo de los retratos de sus héroes,
vi el de una mujer joven aún, y de dos niños. El capitán Nemo, los miró durante algunos instantes, extendió hacia ellos los brazos,
y arrodillándose, prorrumpió en sollozos. Fin del capítulo vigésimo primero.