Chapter 46
Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Berne, traducido por Vicente Guimera. Segunda parte, del Pacífico al Atlántico. Esta es una grabación del Ibribox. Todas las grabaciones del Ibribox son del dominio público. Grabado por Víctor Villarraza. Capítulo veintésimo segundo. Las últimas palabras del capitán Nemo. Las ventanas se habían cerrado de nuevo ante aquella espantosa visión, pero la sala se quedó sin luz.
En el interior del Nautilus todo era tinieblas y silencio. Alejábase de aquel lugar de desolación a cien pies debajo del nivel del agua, con una rapidez prodigiosa. ¿A dónde iba? ¿Al norte o al sur? ¿Hacia dónde huía aquel hombre después de tan horribles represalias? ¿Había yo entrado en mi cuarto, donde también se encontraban Ned y Consejo guardando silencio profundo? ¿Experimentaba un horror invencible hacia el capitán Nemo? Por mucho que le hubieran hecho sufrir los hombres,
no tenía el derecho de castigar así. Y me había hecho, si no cómplice al menos, testigo de sus venganzas. Esto ya era demasiado. A las once la claridad eléctrica apareció de nuevo. Fui al salón, que estaba desierto. Consulté los diferentes instrumentos y vi que el Nautilus huía hacia el norte con una rapidez de 25 millas por hora. Unas veces a flor de agua, otras 30 pies más abajo. Habiendo estudiado la carta geográfica, vi que pasábamos por el ensanche del canal de la mancha,
y que nuestra dirección nos llevaba hacia los mares boreales con una velocidad incomparable. Apenas podía yo abrazar con la vista a su rápido paso los escualos de prolongadas narices, los escualos martillos los que frecuentan aquellos mares, las grandes águilas marinas, las nubes de hipocampos semejantes a los caballos de un juego de ajedrez, las anguilas que se agitaban como las culebrillas de un fuego artificial, los ejércitos de cangrejos que huían oblicuamente
cruzando sus garras sobre su caparazón, y por último el tropel de marzuinos que competían en rapidez con el Nautilus. Pero entonces ya no se trataba de observar ni de estudiar ni de clasificar. Por la tarde habíamos recorrido 200 leuas del Atlántico. Vino la oscuridad invadiendo las tinieblas al mar hasta la salida de la luna. Volví a mi cámara, no pude dormir, porque me asaltaban angustiosas pesadillas repitiéndose en mi espíritu la horrible
escena de destrucción que habíamos presenciado. Desde aquel día, ¿quién podrá decir hasta dónde nos arrastró el Nautilus en aquella cuenca del Atlántico boreal, siempre con una velocidad inapreciable, siempre en medio de las brumas y pergórias? ¿Tocó en las puntas de Spitzberg o en los cantiles de la Nueva Sembla? ¿Recorrió aquellos mares ignorados, el Mar Blanco, el Mar de Cara, el Golfo de Obí, el Archipiélago de Yarrow y aquellas desconocidas playas de la
costa asiática? Yo no podría decirlo, ni tampoco evaluar el tiempo transcurrido, porque todos los relojes de bordo habían sido parados. Parecía que el día y la noche, como en las regiones polares, no seguían su curso ordinario. Me sentía impedido hacia aquel dominio de lo extraordinario, donde con tanta facilidad se agitaba la imaginación de Edgardo Pou. A cada momento esperaba ver, como el fabuloso Gordon Pym, aquella figura humana cubierta con un velo de proporción mucho mayor que
la de ningún habitante de la tierra y tendida de través sobre aquella catarata que impide el acceso al polo. Creo, pero tal vez me equivoque, creo que aquella aventurera marcha del Nautilus se prolongó durante 15 o 20 días y no sé cuánto hubiera durado sin la catástrofe que dio término al viaje. Ya no se veía ni al capitán Nemo, ni a su segundo, ni a ningún hombre de la tripulación por un solo momento. El Nautilus flotaba casi siempre dentro del agua y cuando subía a la superficie para renovar el aire,
las escotillas se abrían y cerraban automáticamente. Tampoco se marcaba ya el punto sobre el planifério. De suerte que me era imposible saber dónde estábamos. También diré que andaba ocultándose el canadiense cuyas fuerzas y cuya paciencia se habían agotado. Consejo no podía sacarle una palabra del cuerpo y temiendo que en un acceso de delirio y bajo el imperio de una nostalgia espantosa se matase, le vigilaba constantemente con solicita adhesión. Fácil es comprender que en aquellas
circunstancias la situación era insostenible. Una mañana cuya fecha me sería imposible determinar, me había yo adormecido a las primeras horas del día con mórbido y pesado sopor. Cuando me desperté, vi a Nedland inclinarse hacia mí y le oí decirme en voz baja, vamos a huir. Me incorporé preguntando cuándo escapamos. Esta noche parece que la vigilancia ha quedado suspendida en el Nautilus y cualquiera creería que a su bordo reina el estupor. ¿Estaréis dispuestos? Sí, ¿dónde
estamos? A la vista de tierras que he descubierto esta mañana entre las brumas a 20 millas al este. ¿Y qué tierras son esas? Lo ignoro, pero sean las que quieran, en ellas nos refugiaremos. Sí, Ned, sí, huiremos esta noche, aunque el mar deba sepultarnos. El mar está malo, el viento fuerte, pero no me asustan las 20 millas que tenemos que andar en la ligera embarcación del Nautilus. He podido llevar a ella ocultamente algunos víveres y algunas
botellas de agua. O seguiré por lo demás, añadió el canadiense. Me defenderé y me haré matar. Moriremos juntos, amigo Ned. Estaba decidido a todo. El canadiense me dejó y yo subía a la plataforma, sobre la cual apenas podía sostenerme contra el choque de las olas. El cielo estaba amenazador, más. Puesto que la tierra se hallaba entre aquellas espesas brumas, era necesario huir, no debiendo perder ni un día ni una hora. Volví al salón temiendo y deseando a la vez encontrar
al capitán Nemo, queriendo y no queriendo por otro lado verle más. ¿Qué le hubiera dicho? ¿Podía ocultarle el involuntario horror que me inspiraba? No. Valía más no encontrarme cara a cara con él. Valía más olvidarle. Y sin embargo, cuán largo fue aquel día. El último que yo debía pasar a bordo del Nautilus. Estaba solo. Ned, Land y Consejo evitaban el hablarme por temor de infundir sospechas. A las 6 comí pero sin ganas. Lo hice por fuerza a pesar de mi repugnancia porque no
quería debilitarme. A las 6 y media Ned Land entró en mi cámara y me dijo, no nos volveremos a ver antes de nuestra partida. A las 10 la luna no habrá salido todavía y aprovecharemos la oscuridad venida a la lancha que allí os esperaremos Consejo y yo. Luego salió el canadiense sin haberme dado tiempo para que le contestase. Quise saber la dirección del Nautilus y bajé al salón. Corríamos hacia el nor nordeste con una velocidad terrible a 50 metros de profundidad. Dirigí una postrera
mirada sobre aquellas maravillas de la naturaleza, sobre aquellas riquezas artísticas amontonadas en aquel museo, sobre aquella colección sin rival destinada a perecer un día en el fondo de los mares con aquel que la había formado. Quise fijar en mi ánimo una impresión suprema. Permanecí así durante una hora, bañado por los efluvios del techo luminoso y pasando revista a aquellos objetos que resplandecían dentro de sus escaparates. Después volví a mi cámara. Allí me vestí con un traje
fuerte de mar. Recojí mis anotaciones y las guardé preciosamente. Mi corazón latía con fuerza sin poder comprimir sus pulsaciones. Ciertamente que mi turbación y la agitación en que me encontraba me hubieran acusado ante el capitán Nemo. ¿Qué hacía este en aquel momento? Escuché a la puerta de su cámara y sentí cierto ruido de pisadas. El capitán Nemo estaba dentro sin haberse acostado. A cada movimiento me parecía que iba a aparecer ante mí preguntándome por qué quería fugarme.
A cada momento experimentaba yo alarmas que abultaban mi imaginación. Aquella situación llegó a ser tan insufrible que me ocurrió si sería mejor entrar en el cuarto del capitán y verles frente a frente con audazas de man y atrevida mirada. Era una inspiración de loco. Por fortuna me contuve y me extendí sobre el lecho para apaciguar las agitaciones de mi cuerpo. Mis nervios se calmaron un tanto, pero el cerebro sobre excitado me hizo ver en un rápido recuerdo
toda mi existencia a bordo del nautilus. Todos los incidentes felices o desdichados que habían pasado en él desde mi desaparición del Abraham Lincoln, las casas submarinas, el estrecho de torres, los salvajes de la Papu Asia, el encallamiento, el cementerio de Coral, el paso de Suez, la isla de Santorino, el buzo cretense, la bahía de Vigo, la Atlántida, la gran banca austral, el polo boreal, el encierro dentro de los hielos, el combate de los pulpos, la tempestad de Gulf Stream,
el vengador y la horrible escena del navío echado a pique con su tripulación. Todos estos sucesos pasaron ante mi vista como los telones que se descorren sobre el fondo de un teatro. Entonces el capitán Nemo se engrandecía inmensamente ante mi imaginación en medio de aquel cuadro. Su tipo se acentuaba y tomaba proporciones sobrehumanas. No era ya mi semejante, era el hombre de las aguas, el genio de los mares. Eran entonces las nueve y media. Sostenía mi cabeza
entre mis manos para impedir que estallase. Cerraba los ojos. No quería pensar. Todavía faltaba media hora de espera, media hora de pesadilla que podía volverme loco. En aquel instante oí los vagos acordes del órgano, una armonía triste. Bajó un cántico indefinible, verdaderos quejidos de un alma que quiere romper sus ligaduras terrestres. Escuché con todos mis sentidos a la vez, respirando poco, sumergido, como el capitán Nemo en uno de aquellos éxtasis musicales que
le llevaban fuera de los límites de este mundo. Luego un pensamiento repentino me aterrorizó. El capitán Nemo había salido de su cámara. Estaba en aquella sala que yo debía atravesar para salir. Allí le encontraría por última vez. Me vería, me hablaría quizás. Un solo ademán suyo podía anonadarme. Una sola de sus palabras podía encadenarme a su bordo. Entretanto iba a dar las diez. Había llegado el momento de dejar mi cámara y de reunirme con mis compañeros. No
había que vacilar, aún cuando el capitán Nemo debiera interponerse ante mí. Abrí la puerta con precaución, y sin embargo me pareció que al girar sobre sus goznes hacía un ruido infernal que quizá no existía más que en mi imaginación. Me adelanté rastreando los oscuros pasillos del nautilus y deteniéndome a cada instante para comprimir los latidos de mi corazón. Llegué a la puerta angular del salón y la abrí cuidadosamente. Estaba sumido el aposento en una
profunda oscuridad. Los acordes del órgano sonaban débilmente. El capitán Nemo se encontraba allí. No me veía y aún creo que tampoco me hubiera visto en medio de la mayor claridad. Tanto su éxtasis le absorbía. Me arrastré sobre la alfombra evitando el menor choque cuyo ruido hubiera señalado mi presencia, y necesité cinco minutos para llegar a la puerta del fondo que daba paso a la biblioteca. Iba a abrirla cuando un suspiro del capitán Nemo me dejó clavado en el
sitio. Comprendí que se levantaba y aún le vislumbré porque algunos rayos de la biblioteca alumbrada se filtraban hasta el salón. Vino hacia mí con los brazos cruzados, silencioso, deslizándose más bien que andando como un espectro. Su pecho oprimido rebosaba en sollozos y le oí murmurar estas palabras, las últimas que impresionaron mi oído. No más, no más, Dios poderoso. Era la confesión del remordimiento que se escapaba así de la
conciencia de aquel hombre. Me precipité fuera de mí en la biblioteca. Subí la escalera central y siguiendo el pasadizo superior llegué a la lancha. Penetré por la abertura que había servido de paso a mis dos compañeros. Partamos, partamos exclamé. Al instante respondió el canadiense. El orificio hecho en la plancha del nautilus fue cerrado y atornillado con ayuda de una llave inglesa de que Nedland se había pertrechado. La abertura de la lancha se cerró igualmente y
el canadiense comenzó a desatornillar las tuercas que nos retenían sujetos al buque submarino. De repente se escucharon rumores interiores. Varias voces se respondían vivamente unas a otras. ¿Qué sucedía? ¿Habrían notado nuestra huida? Sentí que Nedland deslizaba un puñal en mi mano. Sí, murmuré. Sabremos morir. El canadiense se había detenido en su trabajo, pero una palabra 20 veces repetida, una palabra terrible, me reveló la causa de la agitación que se propagaba a bordo
del nautilus. No era de nosotros de quien se ocupaba la tripulación. Maelstrom, Maelstrom, gritaban todos. El Maelstrom. ¿Podía nombre más espantoso haber resonado en nuestros oídos en situación tan terrible? ¿Nos encontrábamos, pues, sobre aquellos peligrosos parajes de la costa noruega? ¿Era el nautilus arrebatado por aquel remolino en el momento mismo en que nuestra lancha iba a desligarse de sus costados? Nadie ignora que durante el flujo, las aguas oprimidas
entre las islas Feroe y Lofoden se precipitan con una violencia irresistible, formando un torbellino del cual no ha podido escapar nave alguna. De todos los puntos del horizonte llegan oleadas monstruosas que dan origen a ese remolino llamado con razón el ombligo del océano, cuya potencia de atracción se extiende hasta una distancia de 15 kilómetros. Allí son aspirados no solamente los buques, sino también las ballenas y hasta los osos blancos de las regiones boreales.
Allí es donde el nautilus involuntaria o quizá voluntariamente había sido conducido por su capitán describiendo una espiral cuyo radio se iba estrechando cada vez más. De la misma manera, la lancha, todavía sujeta a su costado, era arrastrada con una rapidez vertiginosa. Experimentaba mi vista esos molestos giros que siguen a un movimiento circular demasiado prolongado. Estábamos sumidos en el mayor espanto, con el horror llevado a su último término,
la circulación suspendida, la influencia nerviosa aniquilada, bañado el cuerpo por sudores fríos como los de la agonía. Y qué estruendo alrededor de nuestro débil barquichuelo, quebramidos repetidos por el eco a varias millas de distancia. Qué estrépito el de aquellas aguas que se estrellaban contra las agudas rocas del fondo. Allí donde los cuerpos más duros se hacen pedazos, donde los troncos de árboles se gastan transformándose en pelleja según la expresión
¿Qué situación? Nos veíamos espantosamente sacudidos. El nautilus se defendía como un ser humano. Sus músculos de acero crujían. A veces se levantaba verticalmente y nosotros con él. —Es preciso agarrarnos bien —dijo Ned— y atornillar las tuercas. Permaneciendo sujetos al nautilus todavía podríamos salvarnos. No había acabado de hablar cuando se produjo un estallido. Se dieron las tuercas y la barca, arrancada de su albéolo, fue despedida a través
del torbellino como la piedra de una onda. Mi cabeza dio contra una armadura de hierro y bajo aquel violento choque perdí el sentido. Fin del capítulo 22.