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Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne, traducido por Vicente Guimará. Esta es una grabación del LibriVox. Todas las grabaciones del LibriVox están en el dominio público. Grabado por Víctor Villarraza. Capítulo sexto. A todo vapor. Al oír este grito, toda la tripulación corrió hacia el arponero.

Jefe oficiales, maestros, marineros, brumetes. Hasta los ingenieros que abandonaron su máquina. Hasta los fogoneros que dejaron sus hornillas. Se había dado la orden de parar y la fragata ya no corría más que con su velocidad adquirida. Era profunda la oscuridad y por buena que fuese la vista del canadiense,

no comprendía yo cómo había podido divisar nada. Mi corazón latía con violencia, pero Ned Land no se había equivocado. Y todos percibimos el objeto que él indicaba con la mano. A dos cables del Abraham Lincoln y de su aleta de estribor, el mar parecía estar alumbrado por debajo. No era un simple fenómeno de fosforescencia ni podía haber equivocación.

El monstruo, sumergido a algunos metros de la superficie de las aguas, proyectaba aquel resplandor muy intenso, pero inexplicable. Que ya los informes de algunos capitanes habían mencionado. Aquella magnífica irradiación debía ser producida por una gente de gran fuerza luminosa, que extendía su acción a un inmenso óvalo muy prolongado,

en cuyo centro se condensaba un foco ardiente, con brillo de vista insostenible que por degradaciones sucesivas se iba amortiguando. No es más que una aglomeración de moléculas fosforecentes, exclamó uno de los oficiales. No señor, repliqué convencido, nunca producen tan intensa luz los folados ni los alpos o truchuelas. Ese resplandor es de naturaleza esencialmente eléctrica.

Por otro lado, mirad, muda de sitio, se mueve adelante atrás, se lanza sobre nosotros. Se prorrumpió en un grito general en la fragata. ¡Silencio! dijo el comandante Farragut. ¡Caña a Barlovento, toda, máquina atrás! Los marineros corrieron a la caña del timón, los ingenieros a su máquina.

El vapor quedó inmediatamente invertido y el Abraham Lincoln, virando por vapor, describió un semicírculo. ¡Timón recto, máquina para avante! gritó el comandante Farragut. Ejecutadas estas órdenes, la fragata se alejó rápidamente del foco luminoso. Me equivoco, quiso alejarse, pero el ser sobrenatural se acercó con una velocidad doble. Estábamos angustiosos, manteniéndonos mudos y parados el pasmo más bien que el temor.

El animal se recreaba en atajarnos. Dió la vuelta a la fragata, que entonces corría 14 nudos, y la envolvió en sus ráfagas eléctricas como entre un polvo luminoso. Después se alejó dos o tres millas, dejando un rastro fosforecente, semejante a los torbellinos de vapor que despide para atrás la locomotora de un express.

Subitamente, desde los oscuros límites del horizonte, donde fue a buscar arranque, el monstruo se lanzó sobre el Abraham Lincoln con asombrosa rapidez. Se detuvo bruscamente a 20 pasos de sus cintas, se extinguió, y no sumergiéndose en las aguas, puesto que su brillo no sufrió degradación alguna, sino de repente. Y como si el manantial de tan brillante effluvio se hubiese agotado de pronto.

Después apareció de nuevo al otro lado del buque, ya fuese dando vuelta o ya pasando por debajo de la quilla. A cada momento podía ocurrir una colisión que hubiera sido fatal para nosotros. Entre tanto, las maniobras de la fragata me tenían atónito. Huía y no atacaba. Era perseguida en vez de perseguir. Y así lo advertía el comandante Farragut.

Su semblante, que en circunstancias ordinarias estaba impasible, revelaba entonces un indefinible asombro. Señor Aronachs, me respondió. Yo no sé cuál es ese ser formidable con quien he de luchar, y no quiero exponer imprudentemente mi fragata en medio de esta oscuridad.

Por otro lado, ¿cómo atacar lo desconocido? ¿Cómo defenderse de él? Aguardemos el día y los papeles se trocarán. Ya no tenéis duda alguna sobre la naturaleza del animal. No, señor. Es evidentemente un narbal gigantesco, pero también un narbal eléctrico. Tal vez no podamos acercarnos a él, como sucede con los gimnotos y las tremielgas.

En efecto, y si posee dentro de sí una potencia fulminante, es con toda seguridad el animal más terrible que ha formado el creador. Por eso estaré en guardia. Toda la tripulación estuvo en pie durante la noche. Nadie pensó en dormir. No pudiendo el Abraham Lincoln, competir en velocidad,

había moderado su marcha y andaba a poco vapor. Por su parte, el narbal, imitando la fragata, se dejaba mecer a merced de las olas, y parecía decidido a no abandonar el teatro de la lucha. Hacia media noche, sin embargo, desapareció.

O para emplear una expresión más exacta, se extinguió. Como si fuera una gran luciérnaga. Había escapado. Era de temer y no de esperar que así sucediese. Pero a la una menos siete minutos de la mañana, se oyó un silbido capaz de ensordecer,

semejante al que produce una columna de agua despedida con extrema violencia. El comandante Farragut, Ned Land y yo, estábamos sobre la toldilla, dirigiendo ávidas miradas al través de las profundas tinieblas.

Ned Land, dijo el comandante, ¿habéis oído alguna vez rugir a las ballenas? Con frecuencia, pero nunca ballenas de ese género, cuyo hallazgo me haya producido doble. En efecto, tenéis derecho a la prima, pero,

decidme, ¿ese sonido no es semejante al que producen los cetáceos cuando despiden el agua por sus espiráculos? Idéntico, señor, pero éste es incomparablemente más fuerte. No hay, pues, motivo de error. Es, efectivamente, un cetáceo el que está en nuestras aguas.

Con vuestro pertenecimiento, le diremos dos palabras mañana al amanecer. Si está de humor para atenderos, señor Land, respondí yo con tono poco convencido. Que me pueda yo arrimar a cuatro largos de arpón,

dijo el canadiense, y preciso será que me escuche. Pero para ir a su encuentro, repuso el comandante, deberíamos tener una ballenera a vuestra disposición. Indudablemente, esto será jugar la vida de mis hombres.

Y la mía, respondió simplemente el arponero. Hacia las dos de la mañana, el foco luminoso reapareció, no menos intenso, a cinco millas a Barlovento del Abraham Lincoln. A pesar de la distancia de la barco, a pesar del ruido del viento y del mar,

se oían claramente los formidables aletazos que con su cola daba sobre las aguas, y hasta su jadeante respiración. Parecía que, al subir el enorme narválar, respirar en la superficie del océano,

el aire se precipitaba en sus pulmones, como el vapor en los vastos cilindros de una máquina de 2.000 caballos. Pensé yo, una ballena que tuviese la fuerza de un regimiento de caballería,

tendría que ver. Todos estuvieron alerta hasta el alba, y se prepararon al combate. A lo largo de los empalletados, se dispusieron los ingenios de pesca.

El segundo, hizo cargar los esmeriles que despiden un arpón a una milla, y las piezas de la barco, y las piezas que arrojan balas explosibles, cuya herida es mortal

hasta para los animales más poderosos. Ned Lann se había contentado con agusar su arpón, arma terrible en su mano. A las seis, el alba había comenzado a apuntar,

y con los primeros fulgores de la aurora, desapareció el resplandor eléctrico del narval. A las siete, ya era de día claro, pero una bruma matutina muy espesa estrechaba el horizonte,

sin que pudieran penetrarla los mejores anteojos. De aquí, despecho e ira. Subí a las cruzetas de Mesana, y algunos oficiales se habían encaramado ya a la cabeza de los mástiles.

A las ocho, la bruma se remolinó sobre las aguas, y sus gruesas volutas se levantaron poco a poco. El horizonte se despejaba y purificaba a la vez. De repente, se escuchó como la víspera la voz de Ned Lann.

¡La cosa en cuestión! ¡Por favor, Abarlovento! Gritó el arponero. Todas las miradas se dirigieron al punto indicado. Allí, a milla y media de la fragata,

un cuerpo largo, negruzco, sobresalía un metro sobre las aguas. Su cola, agitada con violencia, producía un remolino considerable. Nunca había batido el mar con tal violencia

ningún apéndice caudal. Una estela inmensa de resplandeciente blancura marcaba el andar del animal y describía una curva prolongada. La fragata se acercó al cetáceo.

Le examiné con toda serenidad de ánimo. Las relaciones del llánon y del elbetia habían exagerado algo sus dimensiones y calculé que su longitud no pasaba de 250 pies.

En cuanto a su grueso, no podía apreciarlo bien, pero, en suma, el animal me pareció estar admirablemente proporcionado con tres dimensiones. Mientras que yo observaba aquel ser fenomenal,

dos chorros de vapor y de agua fueron despedidos por sus espiráculos y subieron a la altura de 40 metros, lo cual me fijó acerca de su modo de respirar. Deduje definitivamente

que pertenecía a los vertebrados, clase de los mamíferos, subclase grupo de los pisiformes, orden de los cetáceos, familia... De aquí no podía yo pasar.

El orden de los cetáceos comprende tres familias, las ballenas, los cachalotes y los delfines. Y en esta última están clasificados los narbales. Cada una de estas familias se divide

en varios géneros, cada género en especies y cada especie en variedades. Variedad, especie, género y familia me faltaban aún, pero no dudaba yo completar mi clasificación con la ayuda

del cielo y del comandante Farragut. La tripulación aguardaba con impaciencia las órdenes del jefe, quien, después de haber observado con atención al animal, mandó llamar al ingeniero. Este acudió.

¿Vos, señor? preguntó el comandante. Sí, señor, respondió el ingeniero. Bien, forzad los fuegoes y a todo vapor. Tres hurras acogieron esta orden. La hora del combate había llegado.

Algunos momentos después las dos chimeneas de la fragata derramaban torrentes de humo y el puente se estremecía con la vibración de las calderas. El Abraham Lincoln empe perché su poderosa hélice se dirigió recto sobre el animal. Este lo dejó acercar con indiferencia

a medio cable y después, desdeneando sumergirse, tomó un corto andar de huida y se contentó con mantenerse a distancia. Esta persecución se prolongó durante tres cuartos de hora, sin que la fragata atajase dos toezas al cetáceo. Era evidente que con este andar no se le alcanzaría nunca. El comandante Farragut se retorcía con furia la espesa perilla que campeaba en su barba.

¡Nedland! exclamó. El canadiense acudió. ¿Me aconsejáis todavía que ponga mis botes a la mar? No, señor, respondió Nedland, porque ese animal no se dejará coger sino queriendo. ¿Qué haremos entonces? Forzar el vapor, si podéis. En cuanto a mí, con vuestro permiso, se entiende,

voy a instalarme en los barbiquejos del Bau Pres, y si llegamos a alcance de Harpón, Harponearé. Andad, Ned, respondió el comandante Farragut. Ingeniero, gritó, aumentad la presión. Nedland se fue a su puesto. Los fuegos se activaron. La hélice dio 43 vueltas por minuto y el vapor se escapaba por las válvulas. Echada la corredera, se reconoció que la

Abraham Lincoln andaba a razón de 18 millas 5 décimos por hora. Pero el maldito animal corría también con una velocidad de 18 millas 5 décimos. Durante una hora, la fragata comenzó su andar sin ganar un solo metro. Esto era humillante para uno de los mejores andadores de la marina americana. Cundía entre la tripulación una ira sorda y los marineros injuriaban al monstruo que se desdeñaba de responderles. El comandante Farragut ya no se contentaba

con retorcer su perilla. La mordía. Llamó otra vez al ingeniero. ¿Habéis llegado al ¿Le dijo? Sí, señor, respondió el ingeniero. ¿Y nuestras válvulas? ¿Están cargadas? A seis atmósferas y medio. Cargadlas a diez. He aquí una orden americana. No hubieran hecho otro tanto en el Mississippi para ganar una concurrencia.

Consejo, dije a mi buen criado que estaba junto a mí. ¿Sabes que vamos probablemente a volar? Como el señor guste, respondió consejo. Pues bien, declaro que no me disgustaba correr aquel riesgo. Las válvulas se cargaron. Se atestaron las hornillas de carbón. Los ventiladores enviaron torrentes de aire a los fogones. La velocidad del Abraham Lincoln se aumentó. Sus mástiles retemblaron hasta las carlingas y los torbellinos de humo podían apenas hallar paso por las

chimeneas demasiado angostas. Se echó la corredera segunda vez. ¿Qué medimos, Timonel? preguntó el comandante Fárrago. 19 millas tres décimos. ¡Forzad los fuegos! El maquinista obedeció. El manómetro señaló diez atmósferas, pero se conoce que el cetáceo acreció también sus fuegos porque corrió sus 19 millas tres décimos. ¡Qué persecución! No, yo no puedo describir la emoción que me tenía todo conmovido. Ned Lann estaba en su puesto

con el arpón en mano. Algunas veces el animal se dejó acercar. ¡Le alcanzamos! ¡Le alcanzamos! gritó el canadiense. Y luego, cuando se disponía a herir, el cetáceo huía con una rapidez que no puedo apreciar a menos de 30 millas por hora. Y aún se permitía burlarse de la fragata, dando una vuelta alrededor de ella cuando más a prisa andaba. De todos los pechos brotó un grito de furor. A mediodía no estábamos más adelantados que a las ocho de la mañana. El comandante

Farragut se decidió entonces a emplear medios más directos. ¡Ja! exclamó. ¡Ese animal anda más que el Abraham Lincoln! Pues bien, vamos a ver si dejará atrás las balas cónicas. ¡Contramaestre! ¡Hombres en la pieza de proa! El cañón del castillo fue inmediatamente cargado y apuntado. El tiro salió, pero la bala pasó a algunos pies por encima del cetáceo, que estaba a media milla. ¡Otro más diestro! gritó el comandante. ¡Y 500 pesos para quien atraviese esa bestia infernal!

Un viejo artillero de barba canosa, a quien me parece estar viendo todavía, de ojo sereno y semblante frío, se acercó a la pieza. La puso en posición y apuntó mucho tiempo. Estalló una fuerte detonación, con la cual se mezclaron las aclamaciones de los tripulantes. La bala dio en el blanco, hirió al cetáceo, pero no en dirección normal, y se deslizó por su redondeada superficie, yendo a perderse a dos millas en el mar. ¿Cómo es esto? dijo el viejo artillero iracundo. Ese bribón debe

estar blindado con planchas de 6 pulgadas. ¡Maldición! exclamó el comandante Farragut. La caza continuó y el comandante me dijo inclinándose hacia mí. Seguiré la persecución hasta que mi fragata estalle. Sí, respondí. Y haréis bien. Podía esperarse que el animal se cansara y que no sería indiferente a la fatiga, como una máquina de vapor. Pero nada de esto. Transcurrieron las horas sin que diera señal alguna de cansancio. Debo decir, en alabanza del

Abraham Lincoln, que luchó con infatigable tenacidad. No calculo en menos de 500 kilómetros la distancia que recorrió en la maladada jornada del 6 de noviembre. Pero llegó la noche que envolvió con sus sombras las ampolladas aguas del océano. Creí entonces que nuestra expedición había concluido y que ya no volveríamos a ver al fantástico animal. Me equivocaba. A las 10 y 50 minutos de la noche el fulgor eléctrico apareció de nuevo, a tres millas abarlovento

de la fragata. Tan puro, tan intenso como la noche anterior. El narbal parecía estar quieto. Tal vez, fatigado de su jornada, estaba durmiendo, dejándose mecer por la andulación de las aguas. Era una ocasión que el comandante Farragut resolvió aprovechar. Dio sus órdenes. El Abraham Lincoln se mantuvo a poco vapor y avanzó cautelosamente para no despertar a su adversario. No es raro encontrar en el océano ballenas profundamente dormidas, que son entonces atacadas con ventaja,

y Ned Land había arponeado a más de una durante su sueño. El canadiense se colocó de nuevo en los barbiquejos de Bawpress. La fragata se acercó sin ruido. Paró la máquina a dos cables del animal y se deslizó sobre su simple andar. Ya no se respiraba a bordo, reinando sobre el puente un silencio profundo. No estábamos a cien pasos del foco ardiente, cuyo brillo crecía y deslumbraba la vista. En aquel momento, inclinado sobre la batallola del castillo, veía debajo de mí a Ned Land, agarrado con una

mano en el moco del Bawpress y blandiendo en la otra su terrible arpón. Apenas le separaban 20 pies del animal inmóvil. De pronto, su brazo se extendió violentamente y arrojó el arpón. Oí el choque sonoro del arma, que parecía haber herido un cuerpo duro. Un fulgor eléctrico se apagó súbitamente, y dos enormes mangas de agua cayeron sobre el puente de la fragata, corriendo de proa a popa como un torrente, derribando a los hombres y rompiendo las trincas del maderamen. Se produjo un espantoso

choque, y arrojado yo por encima de la batallola, sin haber tenido tiempo de agarrarme, fui precipitado al mar. Fin del capítulo sexto.

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