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from 20000 Leguas de Viaje Submarino by Jules Verne — automated transcript, may contain recognition errors.

Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne, traducido por Vicente Guimera. Esta es una grabación de LibriVox. Todas las grabaciones de LibriVox están en el dominio público. Grabado por Víctor Villarraza. Capítulo séptimo. Una ballena de especie desconocida. La sorpresa producida por aquella caída no impidió que yo conservara una clarísima impresión de las sensaciones por mí experimentadas.

Me vi primero sumergido a unos 20 pies de profundidad. Sin tener la pretensión de igualarme con Byron y con Edgar Powe, que fueron maestros, soy buen nadador. Y aquella inmersión no me hizo perder la cabeza. Dos vigorosos taconazos me elevaron a la superficie del mar. Fue mi primer cuidado el de buscar con la vista a la fragata.

¿Habría se advertido mi desaparición? ¿Habría virado de bordo el Abraham Lincoln? ¿Pondría el comandante Farragut una embarcación al mar? ¿Debía yo esperar mi salvación? Eran las tinieblas muy profundas. Divisé una masa negra que desaparecía por el este y cuyos faroles de situación se apagaron a lo lejos. Era la fragata. Yo estaba perdido.

Socorro, socorro. Exclamé nadando hacia el Abraham Lincoln con desesperada fuerza. Mi ropa me estorbaba porque pegándola el agua a mi cuerpo paralizaban mis movimientos. Yo perdí a pie. Me ahogaba. Socorro.

Fue el último grito que di. Llenose mi boca de agua y luchando con las olas me sentí arrastrado al abismo. De pronto mi ropa fue asida por una mano vigorosa que me levantó violentamente a la superficie del mar. Y percibí estas palabras pronunciadas a mi oído. Si quiere el señor tomarse la molestia de apoyarse en mi hombro nadará mucho más a gusto.

Agarré con una mano el brazo de mi fiel consejo. Tú, te dije, tú. Yo mismo, respondió consejo y a las órdenes del señor. ¿Te precipitó el mar el mismo choque y al propio tiempo que a mí? De ningún modo, pero estando al servicio del señor, lo he seguido.

Parecíale esto muy natural al digno mozo. ¿Y la fragata? Pregunté. La fragata, respondió consejo volviéndose de espaldas. Creo que hará muy bien el señor en no contar mucho con ella. ¿Qué dices?

Digo que en el momento de arrojarme al mar oí que los timoneles gritaban La hélice y el timón fracturados. ¿Fracturados? Sí, por el diente del monstruo. Es la única avería que a mi entender ha sufrido el Abraham Lincoln.

Pero desgraciadamente para nosotros ya no se puede gobernar. Entonces estamos perdidos. Tal vez, respondió con sosiego consejo. Sin embargo, todavía podemos disponer de algunas horas. Y en algunas horas mucho puede hacerse.

La imperturbable sangre fría de consejo me dio ánimo. Yo nadaba con más vigor, pero molestado por la ropa que me oprimía como una envoltura de plomo. Tenía suma dificultad en sostenerme. Consejo lo advirtió.

Permítame el señor que le haga una incisión. Dijo. Y pasando una navaja abierta por debajo de mi traje lo rasgó de arriba abajo con acción rápida. Después me lo quitó prestamente mientras yo nadaba por ambos.

A mi vez presté igual servicio a consejo y proseguimos navegando uno junto a otro. Nuestra situación no dejó, sin embargo, de continuar siendo terrible. Quizá no habría sido notada nuestra desaparición. Y aún siéndolo, la fragata no podía volver a sotavento hacia nosotros careciendo de timón.

No podíamos contar por lo tanto más que con los botes. Consejo, en esta hipótesis, racionó con frialdad y formó su plan. Admirable naturaleza, aquel flemático muchacho estaba sobre las aguas como en su casa. Se decidió que, no abrigando más esperanza que la de ser recogidos por los botes del Abraham Lincoln debíamos organizarnos de manera que pudiéramos aguardarlos durante el mayor tiempo posible.

Resolví dividir nuestras fuerzas a fin de no gastarlas simultáneamente y se convino lo siguiente. Mientras que el uno, echado de espaldas, estaría quieto con los brazos cruzados y las piernas tendidas el otro nadaría impeliéndole. Este oficio de remolcador no debía durar más de 10 minutos

y relevándonos podíamos sobrenadar durante algunas horas y quizá hasta el amanecer. Débil probabilidad, pero la esperanza se haya tan arraigada en el corazón del hombre. Luego éramos dos. Aunque esto parezca improbable, aseguro que, si bien yo quería destruir en mí toda ilusión por más que me empeñaba en desesperarme, no podía conseguirlo.

La colisión de la fragata y del cetáceo había ocurrido hacia las 11 de la noche. Contaba yo, pues, con 8 horas de natación hasta la salida del sol. La operación es rigurosamente practicable relevándose. El mar, bastante bello, nos fatigaba poco. Trataba yo alguna vez de penetrar con la mirada aquellas profundas tinieblas

tan solo interrumpidas por la fosforescencia que nuestros movimientos producían. Miraba a aquellas ondulaciones luminosas que se quebraban en mi mano y cuya superficie chispiante aparecía salpicada de manchas lívidas. Parecía que estábamos sumergidos en un baño de mercurio. Hacia la una de la madrugada me sentí extraordinariamente cansado.

Se apoderó de mis miembros una rigidez producida por violentos calambres. Consejo tuvo que sostenerme quedándole el cuidado exclusivo de nuestra conservación. Pronto sentí que el pobre mozo estaba jadeante y que su respiración se hacía corta y fatigosa. Comprendí que no podría resistir mucho tiempo. Déjame, déjame, le dije.

¿Abandonar a mi señor? Nunca. Cuento con ahogarnos juntos. En aquel momento la luna apareció entre los bordes de una espesa nube impelida por el viento hacia el este. La superficie del mar chispeó bajo sus rayos y esta luz benéfica reanimó nuestras fuerzas. Mi cabeza se levantó, mis miradas recorrieron todos los puntos del horizonte.

Divisé la fragata. Allá basé a unas cinco millas y solo formaba una masa sombría. Apenas apreciable. Pero no se veían botes. Quise gritar más. Para qué a tan larga distancia? Mis labios entumecidos no dejaron pasar sonido alguno. Consejo pudo articular algunas palabras y le entendí gritar diferentes veces.

Socorro, socorro. Socorro, socorro. Suspendidos un instante nuestros movimientos, prestamos atención. Y a no ser que me engañase uno de esos ruidos que la sangre oprimida produce en los oídos, me pareció que un grito respondía al de Consejo.

¿Has oído? Sí, sí. Y Consejo lanzó al espacio otro grito desesperado. Esta vez no había error posible. Una voz humana respondía a la nuestra. ¿Era la de algún infortunado abandonado en medio del océano?

¿Víctima también del choque? ¿O nos hablaban en medio de las sombras desde algún bote de la fragata? Consejo hizo un esfuerzo supremo. Se apoyó en mi hombro y sosteniéndole yo por la energía de una postrera convulsión, se levantó a medias fuera del agua y volvió a caer rendido.

¿Qué has visto? He visto, murmuró. He visto. Pero no hablemos. Conservemos todas nuestras fuerzas.

¿Qué había visto? Entonces no sé por qué me vino a la imaginación por primera vez la idea del monstruo. Sin embargo, aquella voz que habíamos oído... Ya no existen los tiempos aquellos en que Jonás se refugiaba en el vientre de una ballena. Entretanto, Consejo seguía remolcándome.

Levantaba a veces la cabeza, miraba adelante y daba un grito al cual respondía una voz cada vez más cercana. Yo apenas la oía. Mis fuerzas estaban agotadas. Mis dedos se separaban. Mi mano no me proporcionaba ya punto de apoyo.

Mi boca convulsivamente abierta se iba llenando de agua salada. El frío se apoderaba de mí. Levanté la cabeza por última vez y después me sumergí. En aquel momento tropecé con un cuerpo duro y me agarré a él. Luego sentí que me sacaban a la superficie, que mi pecho respiraba y me desmayé.

No tardé en recobrar los sentidos gracias a unas vigorosas fricciones con que me surcaron el cuerpo. Entre abrí los ojos. Consejo, dije en voz baja. ¿Ha llamado el señor? Respondió.

Entonces, a los últimos rayos de la luna que desaparecía en el horizonte, percibí una figura que no era la de Consejo y al momento la reconocí. ¡Ned! exclamé. En persona y corriendo tras de su conquistado premio. Respondió el canadiense.

¿Habéis sido arrojado al mar por el choque de la fragata? Sí, señor profesor, pero más afortunado he podido tomar casi inmediatamente pie sobre un islote flotante. ¿Un islote? O por mejor decir, sobre vuestro narval gigantesco. Explicáos, Ned.

Solo que he comprendido enseguida por qué mi arpón, no pudiendo herirle, se embotó sobre su pellejo. ¿Por qué, Ned? ¿Por qué? ¿Por qué? Es porque esta fiera, señor profesor, está hecha con chapa de acero. Yo necesito aquí recobrar mi espíritu, vivificar mis recuerdos y comprobar mis propias aserciones.

Las últimas palabras del canadiense habían producido una revolución súbita en mis ideas. Me incorporé rápidamente sobre el objeto medio sumergido que nos servía de refugio. Lo golpeé con el pie. Era indudablemente un cuerpo duro, impenetrable, y no aquella sustancia blanda que constituye la masa de los grandes mamíferos marinos. Pero aquel cuerpo duro podía ser muy bien una osamenta, semejante a la de los animales antidiluvianos,

y todo quedaría reducido a clasificar el monstruo entre los reptiles anfibios, tales como las tortugas o los aligatores. Pues bien, no. El negruz colomo que me sostenía era liso, bruñido y sin imbricaciones. Producía por el choque un sonido metálico, y por increíble que esto fuera, parecía, digo mal, estaba construido con planchas atornilladas. No era ya posible dudarlo, el animal, el monstruo, el fenómeno natural que había entretenido al mundo entero

y trastornado la imaginación de los marinos de ambos hemisferios, era un fenómeno más asombroso todavía, un fenómeno de mano de hombre. El descubrimiento de la existencia del ser más fabuloso y mitológico no me hubiera sorprendido en tan alto grado. Muy natural es que todo lo prodigioso proceda del creador, pero hallar de pronto ante mis ojos misteriosa y humanamente realizado lo imposible era un acontecimiento capaz de trastornar la razón. No había sin embargo vacilación posible, estábamos tendidos sobre el lomo de una especie de barco submarino

que presentaba en lo que pude ver la forma de un inmenso pescado de acero. La opinión de Ned Lamm ya estaba formada, Consejo y yo no pudimos menos de venir a estar conformes con él. Pero entonces, dije, este aparato encierra dentro de sí un mecanismo de locomoción, así como una tripulación para maniobrarlo. Ciertamente que sí, respondió el arponero. Y sin embargo, hace tres horas que habito esta isla flotante sin que dé señal de vida alguna.

¿Esta embarcación no se ha movido? No, señor Aron Nax, se deja a merced de las olas, pero no se mueve. Ya sabemos con toda seguridad, sin embargo, que está dotada de gran velocidad. Y como se necesita una máquina para producir este movimiento, y un maquinista para dirigirla, infiero, que... ¡Estamos salvados!

exclamó Ned Lamm en tono dudoso. Entonces, y como si se tratase de corroborar mi raciocinio, se oyó cierto ruido, al parecer, hervor, por la parte posterior de tan extraño aparato, cuyo propulsor era evidentemente una hélice, y se puso en movimiento. Tuvimos el tiempo preciso de aferrarnos sobre la parte superior, que sobresalía de las aguas como unos 80 centímetros. Por fortuna, su velocidad no era excesiva.

Mientras navegue horizontalmente, expuso Ned Lamm, nada tengo que decir, pero si tiene el capricho de sumergirse, no doy dos pesos por mi pellejo. El canadiense hubiera podido decir que menos todavía. Era, por lo tanto, urgente comunicar con los seres encerrados en las entrañas de aquella máquina. Busqué por la superficie una abertura, una escotilla, una boca de entrada,

pero las líneas de pernos sólidamente remachadas sobre la juntura de las chapas eran rectas y uniformes. Por otro lado, la luna desapareció dejándonos en profunda oscuridad. Había que aguardar el día para pensar en los medios de penetrar dentro de aquel barco submarino. Nuestra salvación dependía, pues, únicamente del capricho de los misteriosos timoneles que gobernasen el aparato. Y si les ocurría sumergirse, estábamos perdidos.

Salvo este caso, yo no dudaba de la posibilidad de entrar en relación con ellos. Y en efecto, si no fabricaban ellos mismos el aire necesario a la respiración, preciso era que viniesen de vez en cuando a la superficie del océano para renovarlo. Había, pues, necesidad de una abertura que pusiera el interior del barco en comunicación con la atmósfera. En cuanto a la esperanza de ser salvados por Farragut, había que renunciar a ella completamente.

Caminábamos a oeste y calculé que nuestra velocidad relativamente moderada alcanzaba 12 millas por hora. La hélice batía las olas con regularidad matemática, despidiendo el agua fosforescente a gran altura. Hacia las 4 de la mañana creció la rapidez del aparato. Resistíamos con dificultad a esta vertiginosa marcha cuando las olas nos azotaban. Afortunadamente Ned halló bajo sus manos una ancha argolla fijada en la parte superior del lomo de acero

y conseguimos aferrarnos a ella con solidez. Transcurrió por último aquella larga noche. Mi recuerdo incompleto no me permite describir todas las impresiones recibidas. Solo un detalle me vuelve a la memoria. Durante ciertos recalmones del mar y del viento, yo creía oír varias voces, sonidos vagos

y una especie de armonía fugitiva causada por lejanos acordes. ¿Cuál era pues el misterio de aquella navegación submarina cuya explicación buscaba en vano el mundo entero? ¿Cuáles eran los seres que habitaban en aquel extraño buque? ¿Cuál el agente mecánico que le permitía andar con tan prodigiosa rapidez? El día apareció.

Las brumas de la mañana nos envolvían pero no tardaron en desvanecerse. Iba ya a examinar con atención el casco superior, especie de plataforma horizontal, cuando sentí que el aparato se sumergía. ¡Joh! ¡Eh! ¡Mil diablos! exclamó Ned Lann, hiriendo con el pie la sonora chapa.

¡Abrid, navegantes pocohospitalarios! Pero era difícil hacerse oír el medio de los ruidosos aletazos de la hélice. Por fortuna, el movimiento de inmersión cesó. De pronto, en el interior del barco se distinguió un ruido de errajes que al parecer se corrían con violencia. Se levantó una trampilla.

Un hombre apareció. Dio un grito singular y desapareció enseguida. Algunos instantes después, 8 losanos mosetones, selado el rostro, aparecían silenciosamente y nos metían en su formidable máquina. Fin del capítulo séptimo.

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