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menu_book Chapter 8

from 20000 Leguas de Viaje Submarino by Jules Verne — automated transcript, may contain recognition errors.

Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne, traducido por Vicente Guimará. Esta es una grabación de LibriVox. Todas las grabaciones de LibriVox están en el dominio público. Grabado por Víctor Villarraza. Capítulo octavo. Móvilis immobile. Esta especie de rapto, tan brutalmente ejecutado, se había cumplido con la rapidez del relámpago.

Sin tener el tiempo de reconocernos, mis compañeros y yo. Yo no sé lo que ellos experimentarían al sentirse introducidos en aquella cárcel flotante. Por lo que a mí toca, me heló la epidermis un rápido estremecimiento de frío. ¿De quiénes dependíamos? Sin duda de algunos piratas de nuevo género que explotaban el mar a su manera.

Apenas se cerró la angosta trampilla cuando me vi envuelto en una profunda oscuridad. Mis ojos impregnados con la luz exterior, nada pudieron ver. Sentí que mis pies descalzos se aferraban sobre los travesaños de una escala de hierro. Ned Lann y Consejo, vigorosamente asidos, me seguían. En lo bajo de aquella escalera se abrió una puerta, que quedó inmediatamente cerrada sobre nosotros,

con sonoro estrépito. Quedábamos solos. ¿Dónde? No podía decirlo ni apenas imaginarlo. Todo era negro, pero tan absolutamente negro, que después de algunos minutos, mi vista no había podido aún distinguir una de esas claridades indeterminadas

que vagan en medio de las noches más profundas. Entretanto, Ned Lann, enfurecido con aquel modo de proceder, daba libre curso a su indignación. ¡Mil diantres! exclamaba. Esta es una gente que podría recibir lecciones de hospitalidad de los habitantes de la Caledonia. Ya no le falta más que ser antropófagos.

No me sorprendería esto. Pero declaro que no seré comido sin protesta. Calmaos, amigo Ned, calmaos. Respondió tranquilamente Consejo. No os acaloreis antes de tiempo.

Todavía no estamos en el asador. En el asador no, replicó el canadiense. Pero ciertamente que en el horno sí. Y está bastante oscuro. Por fortuna no he soltado mi cuchillo, y veo bastante claro para servirme de él.

El primero de estos bandidos que me ponga la mano. No irritarse, Ned, le dije. Y no nos comprometáis con inútiles violencias. Quién sabe si nos están escuchando. Procuremos ante todo saber dónde nos hallamos.

Caminé a tientas. A los cinco pasos hallé una muralla de hierro hecha con planchas atornilladas. Después, al volverme, tropecé con una mesa de madera, cerca de la cual estaban ordenados algunos banquillos. El piso de aquella cárcel estaba cubierto con una gruesa estera de formium,

que embotaba el ruido de nuestros pasos. Las paredes, lisas, no descubrían huella alguna de puerta ni ventana. Consejo, dando una vuelta en sentido inverso, se juntó conmigo y volvimos al medio de aquella cámara, que tendría unos 20 pies de largo por 10 de ancho.

En cuanto a su elevación, Nedland, a pesar de su estatura, no pudo medirla. Había transcurrido ya media hora sin que la situación se modificase, cuando súbitamente nuestros ojos pasaron de la extrema oscuridad a la luz más violenta. Nuestra cárcel se llenó de una materia luminosa tan viva que no pude resistir de pronto su fulgor.

Por su blancura intensidad, reconocí aquel alumbrado eléctrico que producía alrededor del barco submarino el magnífico fenómeno de fosforescencia que habíamos observado. Después de haber cerrado los ojos involuntariamente, los volví a abrir y noté que el agente luminoso brotaba de un semiglobo deslustrado

que sobresalía en la parte superior de la cámara. Por fin, ya se ve claro, exclamó Nedland, que con el cuchillo en mano se mantenía a la defensiva. Sí, respondía aventurando una antítesis, pero la situación sigue siendo oscura. Tenga el señor paciencia, dijo el impasible consejo.

El repentino alumbrado de la cámara me había permitido examinar sus menores detalles. No contenía más que la mesa y cinco banquillos, la puerta invisible debía estar herméticamente cerrada, ningún ruido llegaba a nuestros oídos, todo parecía muerto en el interior de aquel barco. Seguía navegando, se mantenía en la superficie del océano,

penetraba en sus profundidades, no podía yo adivinarlo. Pero el globo luminoso no se había encendido sin algún motivo. Yo esperaba, pues, que los tripulantes no tardarían en manifestarse. Cuando se quiere olvidar a los encerrados, no se alumbra el encierro. No me equivocaba, percibimos un ruido de zorrojos,

la puerta se abrió y aparecieron dos hombres. El uno era de corta estatura, pero de músculos vigorosos, ancho de espaldas, robusto de miembros, de cabeza fuerte, cabellera abundante y negra, bigote poblado, mirada viva y penetrante, y en toda su persona se hallaba impresa aquella viveza meridional

que caracteriza en Francia a las poblaciones provenzales. Diderot ha pretendido con razón que el ademán del hombre es metafórico. Aquel hombrecillo era ciertamente la demostración viva de esta verdad. Se comprendía que en su lengua habitual debía prodigar prosopellas, metonimias e hipálages, pero no tuve ocasión de comprobarlo, porque delante de mí empleaba un idioma singular

y absolutamente incomprensible. El segundo desconocido merece una descripción más circunstanciada. Un discípulo de gratiolet o de ángel hubiera leído en su fisonomía como en un libro abierto. Reconocí sin vacilar sus cualidades dominantes, la confianza en sí mismo, porque su cabeza se destacaba notablemente sobre el arco formado por la línea de sus hombros,

y sus ojos negros tenían una mirada de fría firmeza. La serenidad, porque su cutis, pálido más bien que teñido, anunciaba la tranquilidad de su sangre. La energía, demostrada por la rápida contracción de los músculos de sus cejas. El valor, en fin, porque su ancha respiración denotaba una grande expansión vital. Añadiré que aquel hombre era altivo, que su mirada firme y serena parecía reflejar elevados pensamientos,

y que de todo el conjunto de la homogeneidad de expresión en el ademán del cuerpo y del semblante, según la observación de los fisonomistas, resultaba una franqueza indiscutible. Me sentí involuntariamente tranquilizado con su presencia, y saqué buenos augurios de nuestra entrevista. Yo no hubiera podido precisar si aquel personaje tenía 35 o 50 años. Su estatura era alta, su frente ancha, su neguí recta, su boca dibujada con perfección,

sus dientes magníficos, sus manos finas, largas, eminentemente psíquicas, empleando una palabra de quirognomía, es decir, dignas de servir a un alma apasionada. Aquel hombre constituía ciertamente el tipo más admirable que jamás he visto. Y como detalle particular diré que sus ojos, algo separados uno del otro, podían abarcar simultáneamente la cuarta parte del horizonte.

Esta facultad, según más tarde lo descubrí, estaba robustecida con un poder de visión superior todavía al de Ned Land. Cuando aquel desconocido fijaba la vista en un objeto, la línea de sus cejas se fruncía, sus anchos párpados se aproximaban hasta dejar circuncrypta la pupila, estrechando así la extensión del campo visual y entonces miraba. ¡Qué mirada!

¿Cómo acercaba así los objetos empequeñecidos por la distancia? ¿Cómo llegaba hasta dentro del alma? ¿Cómo penetraba al través de las capas líquidas, tan opacas para nuestros ojos? ¿Y cómo leían lo más profundo de los mares? Ambos desconocidos, cubiertos con unas boinas de piel de nutria marina y calzados con botas de piel de foca,

llevaban trajes de un tejido particular que dejaban airoso el talle y gran libertad de movimientos. El más alto, sin duda el jefe, nos examinó con suma atención sin pronunciar una palabra. Volviéndose después hacia su compañero, conversó con él en una lengua que no pude comprender. Era un idioma sonoro, armonioso, flexible, cuyas vocales parecían sometidas a una acentuación muy variada. El otro respondió con un cabeceo desdeñoso y añadió dos o tres palabras perfectamente incomprensibles.

Después pareció interrogarme directamente con la mirada. Respondí en buen francés que no entendía su idioma, pero pareció no comprenderme y la situación se hizo bastante dificultosa. Cuente el señor de todos modos nuestra historia, me dijo Consejo. Estos señores comprenderán quizá algunas palabras. Empecé la relación de nuestras aventuras, articulando claramente todas las sílabas y sin omitir circunstancia ninguna. Dije nuestros nombres y cualidades y después les presenté en regla al profesor Aaron Nax, a su criado Consejo y al maestro Ned Land, el arponero.

El hombre de ojos dulces y serenos me escuchó tranquilamente y hasta con urbanidad y con notable atención. Pero nada en su fisonomía indicaba que hubiese comprendido mi historia. Cuando acabé no pronunció una sola palabra, que daba el recurso de hablar en inglés, que como lengua casi universal sería tal vez comprendida. Yo la conocía, así como el alemán, de un modo suficiente para leerla de corrido, mas no para hablarla correctamente. Era aquel un caso en que importaba mucho hacerse comprender.

Os toca a vos, dije al arponero, sacad de vuestro almacén el mejor inglés que jamás haya hablado un anglosajón y procurad ser más afortunado que yo. Ned no se hizo rogar y repitió mi relación, que casi comprendí. El fondo fue el mismo, pero la forma se diferenció, pues el canadiense, llevado de su genio, empleó mucha animación. Se quejó amargamente de estar aprisionado, con olvido del derecho de gentes, preguntó en virtud de qué ley se le retenía, invocó el avias corpus, amenazó perseguir a los que le secuestraban indebidamente y dio a entender con un gesto expresivo que nos moríamos de hambre, lo cual era perfectamente cierto, pero lo habíamos casi olvidado.

Con grande asombro suyo, el arponero no fue mejor comprendido que yo. Nuestros visitantes no movieron las cejas y era evidente que no comprendían ni la lengua de Aragó ni la de Faraday. Muy turbado, y después de haber agotado en vano nuestros recursos filológicos, yo no sabía qué partido tomar, cuando Consejo me dijo, si el señor me autoriza para ello, yo referiría los sucesos en alemán. ¿Cómo? ¿Tú sabes el alemán? exclamé, como un flamenco, y esto no disguste al señor.

Al contrario, eso me agrada. Echa pues a contar, muchacho. Y Consejo, con su voz tranquila, refirió por vez tercera las diferentes peripecias de nuestra historia, pero a pesar de los elegantes giros y de la bella acentuación del historiador, la lengua alemana tampoco tuvo éxito alguna. Por último, exasperado ya, utilicé todo lo que recordaba de mis primeros estudios,

y emprendí la relación de nuestras aventuras en latín, si Serón se hubiera tapado los oídos enviándome a la cocina, pero conseguí salir del paso. Igual, resultado negativo. Abortada esta última tentativa, mediaron entre ambos desconocidos algunas palabras en su lengua incomprensible, y se retiraron sin habernos dirigido siquiera uno de esos alemanes tranquilizadores que se emplean en todos los países del mundo.

La puerta volvió a cerrarse. Esto es una infamia, exclamó Nedland, que se irritó por vigésima vez. ¿Cómo? ¿Se habla en francés, inglés, alemán, latín a esos pícaros y ninguno de ellos tiene la cortesía de responder? Calmaos, Ned, dije al fogoso arponero.

A nada conduce la ira. Pero, ¿sabéis, señor profesor? repuso nuestro irascible compañero, que se puede morir perfectamente de hambre en esta jaula de hierro. Bah, dijo Consejo, con algo de filosofía todavía podemos aguantar mucho. Amigos míos, expuse.

No hay que desesperarse. Nos hemos hallado en trances peores. Hacedme el favor de aguardar para formar una opinión sobre el jefe de este barco. Mi opinión ya está formada, dijo Nedland. Son unos tunos.

Bien, pero ¿de qué país? ¿Del país de los tunos? Ese país, valiente Ned, no está aún bastante indicado en el Mapa Mundi. Y declaro que la nacionalidad de esos dos desconocidos es difícil de determinar. Ni ingleses, ni franceses, ni alemanes, eso es todo lo que podemos afirmar.

Sin embargo, me inclinaría a suponer que el jefe y su segundo han nacido en latitudes bajas. Hay en ellos algo de meridional, pero son españoles, turcos, árabes o indios. No me permite decirlo su tipo físico en cuanto a su lengua es absolutamente incomprensible. Ese es el inconveniente de no saber todos los idiomas, respondió Consejo. O la desventaja de no existir una lengua única.

Lo cual no serviría para nada, respondió Nedland. No veis que esa gente tiene un idioma suyo inventado para hacer desesperar a unos hombres que piden de comer. Pero en todos los pueblos del mundo, el abrir la boca, el mover las quijadas, el chasquear los dientes y los labios, no son cosas comprensibles. No quiere decir eso en Quebec como en el Pomotou, en París como en las Antípodas. Tengo hambre, dadme de comer.

Oh, exclamó Consejo, hay naturalezas tan poco inteligentes. Al decir esto, la puerta se abrió. Un steward entró. Traíanos ropa, chaquetas y pantalones hechos con una tela cuya especie no conocí. Me vestía prisa imitándome los compañeros.

Entretanto, el criado, mudo y tal vez sordo, había dispuesto a la mesa poniendo tres cubiertos. Esto ya va siendo serio, dijo Consejo. Y los augurios son buenos. Va, respondió el quisquilloso arponero. ¿Qué demonios queréis que comamos aquí?

Hígado de tortuga, solomillo de tiburón, biftec de perro de mar. Ya lo veremos, dijo Consejo. Los platos, cubiertos con una tapa de plata, fueron simétricamente colocados sobre el mantén. Y nos sentamos a la mesa. Decididamente estábamos en relaciones con gente civilizada.

Y sin la luz eléctrica que nos circundaba, hubiéramos creído estar en el comedor de la Fonda Adelphi de Liverpool o del Gran Hotel de París. Debo decir, sin embargo, que no había ni pan ni vino. El agua era fresca y clara, pero nada más que agua, lo cual no agradó a Nedland. Entre los manjares que nos sirvieron, reconocí diversos pescados primorosamente aderezados. Pero no pude conocer otros platos, por cierto, excelentes.

Ni me hubiera sido posible determinar a qué reino, vegetal o animal, pertenecía su contenido. En cuanto al servicio de mesa, era elegante y de un gusto perfecto. Cada objeto, cuchillo, tenedor, cuchara, plato, tenía una letra rodeada de una divisa. Y cuyo facsímil es el siguiente. Alrededor de una letra N, se leía Móvilis immóvile.

Móvil dentro del elemento móvil. Esta divisa se aplicaba perfectamente al aparato submarino, con la condición de traducir la preposición in por dentro y no por sobre. La letra N era, sin duda, la inicial del nombre del personaje enigmático que mandaba en el fondo de los mares. Pero Consejo y Ned no hacían tantas reflexiones.

Devoraban y no tardé en imitarlos. Por lo demás, ya estaba yo tranquilizado acerca de nuestra suerte. Y me parecía evidente que nuestros huéspedes no querían dejarnos morir de hambre. Sin embargo, todo acaba aquí abajo. Todo se pasa.

Aún el hambre de los que han estado 15 horas sin comer. Satisfecho nuestro apetito, se dejó imperiosamente sentir la necesidad del sueño. Reacción muy natural después de la interminable noche durante la cual habíamos luchado con la muerte. A fe mía que pienso dormir bien, dijo Consejo. Y yo ya estoy durmiendo.

Respondió Nedland. Mis dos compañeros se tendieron sobre la alfombra de la cámara. Y quedaron bien pronto sumidos en el sueño más tenaz. Por mi parte, yo cedí con menos facilidad a esta violenta necesidad de dormir. En mi ánimo se acumulaban demasiados pensamientos.

Se amontonaban demasiadas cuestiones insolubles. Y eran demasiadas también las imágenes que mantenían mis párpados entreabiertos. ¿Dónde estábamos? ¿Cuál era la extraña potencia que nos conducía? Yo sentía, o más bien creía sentir, que el aparato descendía hacia las capas más hondas del mar.

Me asaltaban horribles pesadillas. Yo entrevía en aquellos misteriosos asilos todo un mundo de animales desconocidos, a cuyo mismo género parecía pertenecer el barco submarino. Viviendo, moviéndose, formidable, como ellos. Luego mi cerebro se fue aquietando, mi imaginación se fue desvaneciendo en un vago sopor.

Y bien pronto quedé entregado a un profundo sueño. Fin del capítulo octavo.

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