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from 20000 Leguas de Viaje Submarino by Jules Verne — automated transcript, may contain recognition errors.

Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne, traducido por Vicente Guimera. Esta es una grabación de LibriVox. Todas las grabaciones de LibriVox están en el dominio público. Grabado por Víctor Villarraza. Capítulo 9. Las iras de Ned Land. Ignoro cuánto duró aquel sueño, pero debió ser muy prolongado puesto que reparó completamente nuestras fatigas.

Me desperté el primero. Mis compañeros no se habían movido todavía y permanecían tendidos como masas inertes. Apenas levantado de aquel lecho algo duro, sentí que mi cerebro estaba despejado y mi inteligencia clara. Entonces, comencé de nuevo el atento examen de nuestra celda. Ninguna de sus disposiciones interiores resultaba cambiada. La cárcel seguía siendo cárcel y los presos presos. Entretanto, el criado, aprovechándose de nuestro sueño, había levantado la mesa.

Nada se descubría pues que indicase una modificación cercana de nuestra situación. Y me ocurrió seriamente la idea de si estaríamos destinados a vivir indefinidamente en semejante jaula. Me pareció esta perspectiva tanto más penosa, cuanto que si mi cerebro se hallaba libre de las preocupaciones de la víspera, sentía una opresión singular en el pecho. Aunque ancha la celda, era evidente que habíamos consumido en gran parte el oxígeno que contenía.

En efecto, cada hombre gasta en una hora el oxígeno encerrado en 100 litros de aire. Y este aire, cargado entonces de una cantidad casi igual de ácido carbónico, se hace irrespirable. Era urgente pues renovar la atmósfera de nuestra prisión y sin duda también la de todo el barco submarino. Con este motivo me ocurría una cuestión. ¿Qué procedimiento seguía el jefe de esta mansión flotante?

Obtenía el aire por medios químicos, desprendiendo por el calor el oxígeno contenido en el clorato de potasa y absorbiendo el ácido carbónico con la potasa caustica. En este caso, debía haber conservado alguna relación con los continentes, a fin de proporcionarse las materias necesarias para esta operación. Se limitaba tan solo a almacenar el aire comprimido por altas presiones en receptáculos convenientes

y a distribuirlo luego según las necesidades de la tripulación. Tal vez. ¿Se contentaba siguiendo un procedimiento más cómodo y económico y por consiguiente más probable con ir a respirar a la superficie de las aguas o a un cetáceo renovando para 24 horas su provisión atmosférica? Cualquiera que fuese el método me parecía prudente emplearlo sin tardanza.

En efecto, tenía ya que multiplicar mis inspiraciones para absorber el poco oxígeno que contenía la celda. Cuando me sentí de repente refrescado por una corriente de aire puro y perfumado con emanaciones salinas. Era la brisa del mar, vivificante y cargada de yodo. Abría enchurosamente la boca y mis pulmones se saturaron con frescas moléculas. Al propio tiempo sentí una oscilación, un movimiento de amplitud regular y perfectamente comprensible.

El barco, el monstruo de hierro, acababa de subir evidentemente a la superficie del océano para respirar a modo de las ballenas. El sistema de ventilación del aparato quedaba por consiguiente perfectamente reconocido. Después que absorbí aquel aire con todos mis pulmones, busqué el conducto, el aerífero si se quiere, que daba paso al benéfico de fluvio. Y no tardé en encontrarlo. Sobre la puerta había un orificio de ventilación que dejaba pasar una fresca columna de aire, renovándose así la empobrecida atmósfera de la celda.

Mis observaciones llegaban aquí cuando Ned y Consejo se despertaron al mismo tiempo bajo la influencia de aquella ventilación vivificadora. Se restregaron los ojos, se desperezaron y se pusieron de pie en un instante. ¿Ha dormido bien el señor? me preguntó Consejo con su urbanidad cotidiana. Muy bien, mi buen muchacho, respondí. ¿Y vos, maese Ned Lann?

Profundamente, señor profesor, pero no sé si me engaño. Me parece que respiro así como cierta brisa de mar. Un marino no podía equivocarse y refería al canadiense lo que había pasado durante su sueño. Bien, dijo. Eso explica perfectamente aquellos mugidos que odíamos cuando el pretendido narbal se hallaba a la vista del Abraham Lincoln.

Perfectamente, señor Lann. Era su respiración. Solo que no tengo, señor Aronachs, idea alguna de la hora que es, a no ser que sea la de comer. La hora de comer, digno arponero, decid, al menos, la hora de almorzar, porque estamos de seguro en el día siguiente al de ayer. Lo cual demuestra, respondió Consejo, que hemos estado durmiendo 24 horas.

Así lo creo, respondí. No lo contradigo, replicó Ned Lann, pero sea comida o almuerzo, el criado será bienvenido cuando traiga lo uno o lo otro. Lo uno y lo otro, dijo Consejo. Precisamente, respondió el canadiense. Tenemos derecho a dos comidas y por mi cuenta haré frente a ambas.

Pues bien, Ned, aguardemos, respondí. Está claro que esos individuos no tienen intención de matarnos de hambre porque en este caso la comida de ayer no tendría significación alguna. A no ser que quieran cebarnos, repuso Ned. Yo protesto, repliqué. No hemos caído en manos de caníbales.

Un solo hecho no hace el hábito, contestó el canadiense. Quién sabe si estas gentes están privadas hace tiempo de carne fresca. Y en este caso, tres particulares sanos y bien constituidos, como el señor profesor, su criado y yo. Alejad esas ideas, amigo Lann, exclamé. Y sobre todo, no saquéis de ahí motivo para irritaros contra nuestros huéspedes, lo cual agravaría la situación.

En todo caso, dijo el arponero, tengo un hambre endiablada. Y comida o almuerzo, los manjares no vienen. Amigo Lann, es menester conformarse con el reglamento de bordo. Y supongo que nuestro estómago adelanta sobre la campana del cocinero en jefe. Pues bien, lo pondremos en hora, respondió tranquilamente Consejo.

En eso os conozco, amigo Consejo, dijo el impaciente arponero. Gastáis poco vuestra bilis y vuestros nervios. Siempre calmoso. Seríais capaz de decir algún chiste antes del gori gori y de morir de hambre sin quejaros. ¿Y de qué me serviría? preguntó Consejo.

¿Os serviría para quejaros? Algo es algo. Y si los piratas, digo piratas por respeto y por no contrariar al señor profesor, que prohíbe llamarlos caníbales. Si esos piratas se figuran que van a guardarme en esta jaula donde me ahogo,

sin aprender con qué especie de eternos sazono yo mi acaloramiento, se engañan. Vamos, señor Aaron Nax, hablad con franqueza. ¿Creéis que nos van a tener mucho tiempo en esta caja de hierro? A decir verdad, no tengo mejores noticias que vos, amigo Lann. Pero en fin, ¿qué suponéis?

Supongo que la casualidad nos ha hecho dueños de un secreto importante. Ahora bien, si la tripulación de este barco tiene interés en guardarlo y si este interés es más grave que la vida de tres hombres, creo que nuestra existencia está muy comprometida. En el caso contrario, a la primera ocasión, el monstruo que nos ha tragado

nos restituirá al mundo habitado por nuestros semejantes, a no ser que se nos reclute para la tripulación, dijo Consejo, y nos guarde así. Hasta el momento, replicó Ned Land, en que alguna fragata más rápida o más hábil que el Abraham Lincoln se apodere de este nido de filibusteros y envía a su tripulación y a nosotros a respirar por última vez en la punta de su verga mayor.

Bien pensado, amigo Land, dije yo. Pero todavía no nos han hecho proposiciones de ese género. Inútil es, pues, que discutamos el partido que debamos tomar en caso necesario. Os lo repito, aguardemos, tomemos consejo de las circunstancias y no hagamos nada, puesto que nada hay que hacer.

Al contrario, señor profesor, respondió el arponero, que no quería abandonar la discusión. ¡Es menester hacer algo! ¿Y qué, señor Land? ¡Escaparnos!

Escaparse de una cárcel terrestre suele ser difícil, pero de una cárcel submarina, eso me parece absolutamente impracticable. Vamos, amigo Ned, dijo Consejo, que responderéis a la objeción del señor. Yo no puedo creer que un americano tenga nunca sus recursos agotados. El arponero, visiblemente contrariado, callaba.

Una fuga en las condiciones en que la casualidad nos había colocado era absolutamente imposible, pero un canadiense es medio francés y Ned Land lo demostró bien con su respuesta. Así pues, señor Aronnax, repuso después de algunos momentos de meditación. ¿No acertáis lo que deben hacer unas personas que no pueden escaparse de la cárcel? No, amigo mío.

Pues es muy sencillo. ¿Es menester que se compongan de modo que puedan escaparse de la cárcel? No, amigo mío. Pues es muy sencillo. ¿Es menester que se compongan de modo que puedan quedarse en ella?

Diantre que sí, exclamó Consejo. Siempre vale más quedarse dentro que encima o debajo. Pero después de haber echado afuera a los carceleros, llaveros o guardas, añadió Ned Land. ¿Cómo? ¿Os ocurre seriamente la idea de apoderarnos de este barco? Muy seriamente, respondió el canadiense.

¿Por qué, señor? Puede sobrevenir una ocasión favorable y no veo qué es lo que podría impedirme aprovecharla. Si no son más que unos 20 hombres a bordo de la máquina, no nos harán retroceder, supongo. Era mejor admitir la suposición del arponero que contradecirla, así que me limité a responder. Dejemos venir las circunstancias, señor Land, y veremos.

Pero hasta entonces os ruego que contengáis la impaciencia. Solamente se puede obrar por astucia, y no será acalorándoos como daréis lugar a ocasiones favorables. Prometedme, pues, que admitiréis la situación sin encolerizaros demasiado. Os lo prometo, señor profesor, respondió Ned Land en tono que no inspiraba mucha confianza. No saldrá de mis labios una sola voz malsonante, ni me dejaré llevar de ninguna de man violento,

aún cuando el servicio de la mesa no se haga con toda la regularidad debida. Cuento con vuestra palabra, Ned, respondía el canadiense. Y enseguida quedó suspendida la conversación, entregándonos a la meditación cada uno de nosotros a par. Y lo que he dicho es que a pesar de las seguridades dadas por el arponero, no alimenté ilusión alguna, ni podía yo admitir tan poco las ocasiones probables que para escaparnos había supuesto.

El barco submarino no podía tener una buena maniobra sin una tripulación numerosa, y por consiguiente, en el caso de una lucha, tendríamos que combatir contra demasiada gente. Por otro lado, necesario era lo primero de todo que estuviéramos libres, y no lo estábamos. Ni me ocurría medio alguno para salir de aquella prisión de hierro tan herméticamente cerrada. Y a poco que el extraño jefe de aquel barco tuviese algún secreto que guardar,

lo cual era por lo menos probable, no nos permitiría obrar libremente a bordo. Pero, ¿se desembarazaría de nosotros por la violencia o nos dejaría en algún rincón de tierra? No podíamos atinarlo, mas las peores hipótesis me parecían plausibles, y era preciso ser arponero para abrigar la esperanza de recobrar la libertad. Comprendí, por otro lado, que las ideas de Ned se iban agriando con las reflexiones que acudían a su cerebro.

Y oía yo los juramentos que cual sordos gruñidos se producían en el fondo de su garganta, y sus ademanes iban adquiriendo carácter amenazador. Se levantaba, hacía giros cual una fiera encerrada en su jaula, golpeaba las paredes con los pies y con los puños. El tiempo en tanto transcurría, el hambre se dejaba sentir con fuerza, y esta vez el criado no venía. Esto era ya olvidar por demasiado tiempo nuestra posición de náufragos, si es que existían buenas intenciones hacia nosotros.

Nedland, atormentado por las famélicas ansias de su robusto estómago, se iba gradualmente acalorando, y a pesar de su promesa temía yo una explosión cuando se viese delante de alguno de los hombres de bordo. Esta ira de Nedland tuvo aún dos horas de crecimiento. Llamaba, gritaba, pero siempre en vano. Las paredes de chapa se mantenían sordas.

Ni siquiera se oía el menor ruido en el interior del barco, que parecía muerto. No se movía porque de seguro hubiéramos sentido los estremecimientos del casco bajo el impulso de la hélice. Sumergido sin duda en el abismo de las aguas, no pertenecía ya a la tierra. Todo este sombrío silencio era espantoso. En cuanto a nuestro abandono, a nuestro aislamiento en el fondo de nuestra celda,

no me atrevía a calcular lo que podía durar. Las esperanzas, concebidas después de nuestra entrevista con el jefe, se iban paulatinamente desvaneciendo. La dulce mirada de aquel hombre, la expresión generosa de su fisonomía, la nobleza de su actitud, todo desaparecía de mi memoria y se me presentaba el enigmático personaje tal como debía ser. Necesariamente despiadado y cruel.

Le consideraba fuera de la humanidad, inaccesible a todo sentimiento de compasión, enemigo implacable de sus semejantes, a quienes había debido consagrar un odio imperecedero. Pero ¿trataba ese hombre de condenarnos a la muerte por inanición? Encerrados en prisión estrecha y entregados a esas horribles tentaciones a que impede el hambre feroz, tan atroz idea adquirió en mi ánimo una intensidad terrible.

La duda de la imaginación me sentía acometido de un insensato espanto. Consejo permanecía sereno. Ned Land varamaba. En aquel momento se sintió un ruido exterior y sonaron pasos en el suelo de metal. Los cerrojos se corrieron, la puerta se abrió y apareció el criado. Antes de poder hacer el menor movimiento para impedirlo,

el canadiense se había arrojado sobre aquel desgraciado y derribándole, le tenía agarrado por la garganta. El steward se ahogaba bajo la presión de aquella potente mano. Consejo procuraba sacar de manos del arponero la víctima, medio estrangulada, y yo iba a añadir mis esfuerzos a los suyos,

cuando de pronto quedé atónito y paralizado por estas palabras pronunciadas en francés. Calmaos, señor Land, y vos, señor profesor, tened la bondad de escucharme. Fin del capítulo noveno.

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