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A mi madre
Rosalía de Castro
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- 01 - Cuan tristes pasan los días (I, II)
Sección 1 de A mi madre. Esta es una grabación de LibriVox. Todas las grabaciones de LibriVox están en el dominio público. Para más información o para ser voluntario, por favor visite LibriVox.org. A mi madre. De Rosalía de Castro. Cuán tristes pasan los días. 1. Cuán tristes pasan los días. Cuán breves, cuán largos son. Como van unos despacio y otros con paso veloz. Mas siempre cual vaga sombra, atropellándose
en pos, ninguno de cuantos fueron un débil rastro dejó. Cuán negras las nubes pasan, cuán turbios se ha vuelto el sol. Era un tiempo tan hermoso, mas ese tiempo pasó. Hoy, como pálida luna, ni da vida ni calor, ni presta aliento a las flores, ni alegría al corazón. Cuán triste se ha vuelto el mundo. Ah, por doquiera que voy, solo amarguras contemplo que infunden negro pavor. Solo llantos y gemidos que no encuentran compasión.
Que triste se ha vuelto el mundo. Que triste le encuentro yo. 2. Ay, qué profunda tristeza. Ay, qué terrible dolor. Tendida en la negra caja, sin movimiento y sin voz, pálida como la cera que sus restos alumbró. Yo he visto a la pobrecita, madre de mi corazón. Ya desde entonces no tuve quien me prestase calor. Que el fuego que ella encendía aterrido se apagó. Ya no tuve desde entonces una cariñosa voz que me dijese,
Hija mía, yo soy la que te parió. Ay, qué profunda tristeza. Ay, qué terrible dolor. Ella ha muerto y yo estoy viva. Ella ha muerto y vivo yo. Mas, ay, pájaro sin nido, poco alumbrará el sol. Y era el pecho de mi madre nido de mi corazón. Fin de la sección 1. Gravado por Luje Calderón.
- 02 - ¡Ay! Cuando los hijos mueren (I, II)
Sección 2 de A mi madre, de Rosalía de Castro. Esta grabación de LibriVox está en el dominio público. Hay cuando los hijos mueren. 1. Hay cuando los hijos mueren. Rosas tempranas de abril. De la madre el tierno llanto ve la su eterno dormir. Ni van solos a la tumba. Hay que el eterno sufrir de la madre sigue al hijo a las regiones sin fin. Mas cuando muere una madre, único amor que hay aquí. Hay cuando una madre muere, debiera un hijo morir. 2. Yo tuve una dulce
madre. Concediéramela el cielo. Más tierna que la ternura. Más ángel que mi ángel bueno. En su regazo amoroso soñaba sueño quimérico. Dejar esta ingrata vida al blando son de sus rezos. Más la dulce madre mía sintió el corazón enfermo que de ternura y dolores. Ay, derritióse en su pecho. Pronto las tristes campanas dieron al viento sus ecos. Muriose la madre mía. Sentí rasgarse mi seno. La virgen de las Mercedes estaba junto a mi lecho. Tengo otra madre en lo alto. Por eso yo
no me he muerto. Fin de la sección 2. Grabado por Luje Calderón.
- 03 - Ya pasó la estación de los calores (I-VIII)
Sección 3 de A mi madre, de Rosalía de Castro. Esta grabación de LibriVox está en el dominio público. Ya pasó la estación de los calores. 1. Ya pasó la estación de los calores, y lleno el rostro de áspera fiereza sobre los restos de las mustias flores, asoma el crudo invierno su cabeza. Por el azul del claro firmamento tiende sus alas de color sombrío, cual en torno de un casto pensamiento, sus alas tiende un pensamiento impío. Y gime el bosque y
el torrente brama y la hoja seca en lodo convertida, dale llorosa al céfiro a quien ama la postrera doliente despedida. 2. Errantes fugitivas misteriosas tienden las nubes presuroso el vuelo, no como un tiempo cándidas y hermosas, si llenas de amargura y desconsuelo. Más allá, más allá, siempre adelante prosiguen sin descanso su carrera, bañado en llanto el pálido semblante con que riegan el bosque y la pradera. Que enojada la mar donde se miran y oscurecido el sol que las
amó, sólo saben decir cuando suspiran, todo para nosotras acabó. 3. Suelto el ropaje y la melena al viento, cual se agrupan en torno de la luna, locas en incesante movimiento remedan el vaivén de la fortuna. Pasan, vuelven y corren desatadas, hijas del aire en forma caprichosa, al viento de la noche abandonadas, en la profunda oscuridad medrosa. Tal en mi triste corazón inquietas, mis locas esperanzas se agitaron y a un débil hilo de placer sujetas, locas, locas también
se quebrantaron. 4. Ya toda luz se oscureció en el cielo, cubrieron se de luto las estrellas, y de luto también se cubrió el suelo entre risas, gemidos y querellas. Todo en profunda noche adormecido, sólo el rumor del huracán se siente y se parece su áspero silbido, al silbido feroz de una serpiente. Cuán tenebrosa noche se prepara, más al abrigo del amoroso techo grato es pensar que la hórrida tormenta no ha de agitar la colcha de mi lecho. 5. Más,
que estridente y mágico alarido la ronca voz de la tormenta trae, triste, vago, constante y dolorido, cuál fuego ardiente en mis entrañas cae, cae y ahuyenta de mi lecho el sueño. Ah, cómo he de dormir, locura fuera, fuera locura y temerario empeño, que con gemidos tales me durmiera. Ah, cómo he de dormir, ese lamento, ese grito de angustia que percibo, esa expresión de amargo sufrimiento no pertenece al mundo en que yo vivo. 6. Donde el ciprés erguido se levanta,
allá en lejana habitación sombría, que al más osado de la tierra espanta, sola duerme la dulce madre mía. Más helado es su lecho que la nieve, más negro y hondo que caverna oscura, y el curo altivo que sus antros mueve, sacia su furia en él con saña dura. Ah, de dolientes saúces rodeada, de húmeda hierba y ásperas ortigas, ¿cuál serás madre en tu dormir turbada por vagarosas sombras enemigas? 7. Y yo, tranquila, he de gozar en tanto de blando sueño y lecho
cariñoso, mientras, herida de mortal espanto, moras en el profundo tenebroso. ¿Llegará a tanto el insensible olvido? La ingratitud del hombre a tanto alcanza que entre uno y otro lazo desunido ceda siempre al vaivén de la mudanza. 8. Odioso y torpe proceder de un hijo, a quien la dulce madre en su agonía con besos y caricias le bendijo, olvidando el dolor porque moría. 8. Nunca permita a Dios que yo te olvide, mi santa, mi amorosa compañera. Nunca permita a Dios que yo te olvide,
aunque por tanto recordarte muera. Venga hacia mí tu imagen tan amada y hábleme al alma en su lenguaje mudo, ya en la serena noche irreposada, ya en la que es parto del invierno crudo, y que en tu aislado apartamiento fiero, tan ajeno del hombre y su locura, velen mi llanto y mi dolor primero, al lado de tu humilde sepultura. Fin de la sección 3. Grabado por Luje Calderón.
- 04 - De gemidos quejumbrosos (I)
Sección 4 de A mi madre, de Rosalía de Castro. Esta grabación de LibriVox está en el dominio público. De gemidos quejumbrosos. 1. De gemidos quejumbrosos, de suspiros lastimeros, vagos suena en el espacio melancólico concierto. Son las campanas que tocan, tocan por los que murieron. Plañidero el metal vibra las regiones recorriendo, de los valles solitarios, de los tristes cementerios y también allá en la Hondura de las almas sin consuelo. Vas topar a muéslamía
como abrasado desierto, como mar que no se acaba y en ella un sepulcro tengo, más profundo que un abismo, más ancho que el firmamento y al eco de las campanas que en él se va repitiendo. Los esqueletos se rompen de mis pálidos recuerdos. Será cierto que pasaron y para siempre murieron. Es verdad que cuanto toco, cuanto miro y cuanto quiero, toda ilusión me parece, todo me parece un cuento. Y que tuve un tiempo, madre, y que ahora ya no la tengo. También un sueño parece, pero qué terrible sueño.
Ayer en sueños te vi, qué triste cosa es soñar y qué triste es despertar de un triste sueño, ay de mí. Te vi la triste mirada, lánguida hacia mí volvías, bañada en lágrimas frías, hijas de la tumba helada. Y parece que al mirarme, con tu mirada serena, todo el raudal de mi pena se alzaba para matarme. Y también me parecía que tu acento desolado, llegando hasta mí pausado, ya estoy muerta, repetía. Y al repetirlo, gimiendo el eco en el hondo abismo, de mi pecho iba a sí mismo, ya estoy muerta,
repitiendo. Y qué terror, qué quebranto aquel eco me causaba. Llegué a pensar que me hallaba en la región del espanto. Y aunque era mi madre aquella, que en sueños haber tornaba, ni yo amante la buscaba ni me acariciaba a ella. Allí estaba sola y triste, con su enlutado vestido, diciendo con manso ruido, te he perdido y me perdiste. Y llorábamos, qué horror, llorábamos de tal suerte, ella lágrimas de muerte, yo lágrimas de dolor. Todo en osco apartamiento, como si una extraña fuera o cual si herirme
pudiera con el soplo de su aliento. Y es que el sepulcro insondable con sus vapores infectos mediaba entre ambos afectos de un origen entrañable. Aún en sueños tan sombría la contemplé en su ternura, que el alma con saña dura la amaba y la repelía. A la dulce, a la sin par madre que me llevó el cielo. Ah, qué amargo desconsuelo debe su tumba llenar. Aquella a quien dio la vida tener miedo de su sombra. Es ingratitud que asombra la que en el hombre se anida. Mas tú que tanto has amado, tú que tanto has padecido, tú que
nunca has ofendido y que siempre has perdonado. A la que nació en tu seno sé que no guardas rencores, tú toda mieles y amores, aún de la tumba en el cieno. Ruega, ruega a Dios por mí, desde tu lecho de espinas, por donde al cielo caminas al alejarte de aquí. Y cuando al Dios de ternura llegues de gracia cubierta, dile no cierre su puerta a esta humilde criatura. Porque en Santa Paz unidas, donde no hay penas ni olvido, gocemos semblando nido las glorias desconocidas. Como en un tiempo dichoso fui al campo
por la mañana, que estaba hermosa y risueña, que fresca y galana estaba. Fuime al romper de la aurora cuando tocaban al alba, cuando aún los hombres dormían y los gilgueros cantaban, saltando de rosa en rosa, volando de rama en rama. Con su murmurio apacible solita la fuente estaba, bajo el castaño frondoso que tiernamente la guarda. Y estaba la verde hierba toda cubierta de escarcha, las tenues lejanas nieblas cual vaporosos fantasmas vagaban tristes y errantes sobre las altas montañas. El
lejano campanario sobre las nieblas se alzaba con sus graciosos festones, con su armoniosa campana, y en torno al humilde templo, bajo su sombra guardadas, véianse humildes chozas aún más que la nieve blancas. Cuanta pureza en la atmósfera, cuanta dulcísima calma, del cielo azul descendiendo en torno se respiraba. Mas yo vestida de luto y aún más enlutada el alma, bajo las ramas del bosque, bajo las ramas paseaba, soñando en sueños de muerte que nos rasgan las entrañas. Paseaba yo
silenciosa, paseaba yo solitaria, mientras las aguas del río camino del mar rodaban, en vano, en vano buscando al ángel de mi esperanza que con sus alas ligeras hacia los cielos tornara. Pobre ángel, pobre ángel mío, cuanto en la tierra te amaba, más como no amarte cuando tus alas me cobijaban, si fueron ellas mi cuna, la cuna en que me arrullabas, si fueron mi dulce aliento y el paño, ay Dios, de mis lágrimas. Ahora corren hilo a hilo, ahora mis mejillas bañan, bañan la tierra que
piso y en su amargura me empapan, más nadie viene ángel mío, ay nadie viene a enjugarlas. Ya el sol bañaba las cumbres, de las risueñas montañas, ya disiparan las nieblas, las brisas de la mañana, ya despertaran los hombres, ya no tocaban al alba, cuando torné de los campos paso tras paso a mi casa, dejara la silenciosa cuando salía la mañana y silenciosa a mi vuelta más que las tumbas estaba. En la solitaria puerta no hay nadie, nadie me aguarda, ni el menor paso se siente en las desiertas
estancias, más hay un lugar vacío tras la cerrada ventana y un enlutado vestido que cual desgajada grama pende en la muda pared cubierto de blancas gasas. No está mi casa desierta, no está desierta mi estancia, madre mía, madre mía, ay, la que yo tanto amaba, que aunque no estás a mi lado y aunque tu voz no me llama, tu sombra sí, sí, tu sombra, tu sombra siempre me aguarda. Muchos lloran y lloran y se quejan y entre quejas y llantos y suspiros, que hijos son del dolor, la ruda fuerza del dolor
mitigan, cantando al son del ira cariñosa con plañidera voz. Yo ni lloro ni canto ni me quejo, más en mi seno recogida guardo la hiel del corazón y por eso vivir vivo muriendo, que sentir nadie sin morir pudiera. Ay, lo que siento yo. Fin de la sección 4. Fin de A mi madre de Rosalía de Castro.