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Sección número 34 de Antología del Cuento Fantástico. Esta grabación del eBriVox es de dominio público. Grabado por Victor Villarraza. El Canto de la Sirena, de Miguel Cane. No he conocido hombre más enérgico que Brod.

Era ruso, pero había venido de un año, y sólo uno que otro rasgo de su fisonomía recordaba su origen. Brod se había ligado a mí en el colegio, donde tan necesarias son esas alianzas íntimas, esas amistades estrechas que se auxilian y consuelan recíprocamente.

Tenía una cabeza admirablemente organizada, y era precisamente en los estudios que requieren sobre humana penetración en los que se distinguía. Brod desesperaba a nuestro profesor de filosofía, un distinguido francés que seguía humildemente las huellas de Cossens

en la escuela ecléctica. Estudiaba en Platón. Era delirio lo que experimentaba por el discípulo de Sócrates. Yo era más amante de los modernos, y entre ellos Descartes hacía mi delicia.

Un día, faltaría un mes, poco más o menos, para el examen del último año de reclusión. Habíamos estudiado diez horas seguidas mecánica racional. Me dolía la cabeza, las sienes me ardían. Y como era avanzada la hora, el pobre cuerpo me pedía reposo y tranquilidad.

Estaba reclinado en un sillón, mientras Brod, con su eterna seriedad, su inmutable serenidad de espíritu, resolvía en la pizarra una intrincada fórmula. Brod, ¿quieres dejar un momento? Estoy rendido y no me haría provecho el estudio,

le dije con voz lastimera. ¿Estás cansado? Bien, acuéstate. Yo no podría dormir. Voy a leer a Platón.

Me acosté. Y siguiendo la eterna costumbre, que no he perdido ni aún en mis noches de embriaguez profunda, tomé un libro para traer a mis ojos el fugitivo sueño. En el montón confuso y desarreglado de libros de todo género,

mi mano tomó al azar uno que me habían mandado ese mismo día y que Brod y yo solo conocíamos de nombre. Eran las obras de Edgar Pou. Lo abrí y mis ojos se detuvieron en la cita de un escritor inglés, que servía de epígrafe a uno de los originalísimos cuentos del sublime visionario.

Decía así, ¿qué canción cantaban las sirenas? ¿Qué nombre tomó Aquiles cuando se ocultó entre las mujeres? Cuestiones difíciles en verdad, pero no más allá de toda investigación. Brod, mira qué cita tan curiosa. Por lo que conozco del espíritu de Pou,

me parece que es el compendio de toda su obra. El que ha elegido este epígrafe debe tener una poderosa facultad analítica unida a una decisión inquebrantable. Brod tomó el libro silenciosamente. Leyó la cita, sonrió y volvió a su lectura.

Yo continué leyendo. Era el escarabajo de oro, si mal no recuerdo. El estilo tan enérgicamente bello y sencillo me empezaba a absorber cuando me fijé en Brod. Ya no leía.

El libro permanecía abierto sobre sus rodillas y su mirada, vagamente fija, revelaba un pensamiento tenaz arraigado en aquel cerebro. Estos éxtasis eran familiares en él y yo los respetaba siempre.

Ejercía la altura de su espíritu tal superioridad sobre mí que jamás tuve la idea de dirigirle una broma. Respetaba hasta sus mayores extravagancias, como él perdonaba mis más pueriles debilidades. Brod seguía profundamente ensimismado.

Por fin, sin variar de postura, sin mover un solo rasgo de su fisonomía, murmuró levemente estas palabras que parecían desprenderse de su idea. El canto de la sirena.

Tienes razón. ¿Por qué no? Voluntad, perseverancia. Así las armas. El tiempo.

He ahí el combate. La verdad. El triunfo. Brod, dije suavemente, ¿en qué piensas? No me contestó.

Resolví no hablar al hombre, sino a la idea. ¿Crees posible tal fantasía? ¿Posible dices? Respondió instantáneamente. Probable, hijo mío.

Me daba comúnmente ese nombre cariñoso. Pero ¿es posible, Brod, que te ocupes de semejante pequeñez? Toma a Platón, que es la verdad, y deja ese inglés que es el ensueño.

Poético, si quieres. Pero ensueño, al fin. Es un error, Daniel. Olvidaba decir que ese es mi nombre. Es un error.

En el fondo de toda leyenda, de toda tradición, hay siempre una base invariable de verdad. La leyenda es como la madre tierra. Quita las capas de arcilla,

greda y aún calcaria, y encontrarás la base granítica. El espíritu humano, que vive del universo, no puede crear más de lo que existe. Los pintores representan en todo la naturaleza

y lo que es posible ver, por lo menos en principio. El poeta, ese pintor aéreo, no puede encontrar en un algo que no existe en él las inspiraciones de su obra.

El sueño había desaparecido. Estaba desvelado, sufriendo la influencia de Brod. Era el magnetismo de la superioridad incontestable. ¿Extrañas teorías para un discípulo de Platón?

Contesté. Observa que una teoría, para ser buena, necesita sufrir con éxito el análisis de todas sus consecuencias. En la tuya sería cierto que la voz de Dios vibró sobre el Sinaí,

y que las aguas del Mar Rojo se abrieron ante la vara de Moisés. Son las adulteraciones, Daniel. La leyenda, la tradición a que me refería. ¿Por qué Moisés,

en uno de esos entusiasmos febriles que produce la excitación de la fe, no puede haber confundido la soberbia voz de la tempestad que hablaba a su alma estremecida con la Palabra Divina?

¿Por qué se ha de haber visto exento de la preocupación del milagro, impotente para darse cuenta de un fenómeno natural? No, Daniel. El germen de todo existe. Y en la elaboración infinita de los siglos,

bajo la influencia fatal de las fuerzas de la naturaleza, la materia va cambiando, y el espíritu, girando sobre sí mismo, ya opaco, ya brillante. Un imbécil de Platón

sería un talento de Gal, tal vez. Y la sandalia de Diógenes puede ser la blanca perla que hoy adorna el cuello de una hermosa dama. Nunca te he oído hablar así, Brod.

¿Qué tienes hoy? ¿Por qué esa sobreexcitación nerviosa? Vamos, calma. Vuelve al estudio sereno y reposa. ¿Temes por mi razón, pobre Daniel?

Es fuerte como una roca, pero encuentro un encanto indescriptible en la audacia admirable de ese hombre que dice que nada ha imposible para la investigación humana. Me siento con fuerzas

para lanzarme a un estudio profundo, a una observación de toda mi vida. ¿Sería capaz de traducir en notas el canto de la sirena? ¿Y por qué no? ¿Cómo?

¿Tú crees que han existido esas criaturas que detenían a los inexpertos navegantes en medio de los mares por el irresistible encanto de su voz armoniosa? ¿No te parece fuera de toda ley natural esa existencia híbrida, mitad pez, mitad mujer?

Tú sabes que nada hay que predisponga a la creación poética como la soledad de los mares en las noches de calma. Los marinos de entonces habrán sentido en su espíritu la fuerte impresión de la armonía de la naturaleza y en la imposibilidad de darse cuenta de ese fenómeno admirable,

han dado cuerpo al ensueño, vida a ese atributo armónico de lo creado, y formado esas deliciosas voces que salen del medio de las ondas espumantes para atraerlos a las grutas misteriosas de los senos del océano.

¿Y quién te dice que en otras épocas, tan lejos de la historia del mundo que el pensamiento no las alcanza, no hayan existido peces dotados por la naturaleza de órganos vocales? ¿No tienes hoy el pescado que vuela? ¿Por qué negar en absoluto la existencia del pez que canta?

¿Cuál sería el encanto de su voz cuando las imaginaciones juveniles como los rayos del sol en los primeros días de su formación han confundido un pescado con la diosa de los mares? ¡Oh! ¡El canto de la sirena!

Callé. Brother, me causaba espanto. Me parecía que la razón de aquel hombre era muy débil para contener el empuje de esa volcánica imaginación y de esa salvaje energía. Brother salió junto conmigo del colegio.

Al abandonar las aulas, sabía más que todos sus maestros juntos. Se había dedicado casi exclusivamente a la música, y pasaba días enteros inclinado sobre el violonchelo, que era su instrumento favorito. Jamás frecuentó la sociedad.

Vivía solo, aislado, de una módica renta que había heredado. La juvenil cabeza empezaba a encanecerse en la aurora de la vida, y el vigor del cuerpo parecía haberse refugiado todo en sus ojos, que brillaban de una manera pasmosa, febriciente. Era yo el único amigo que había conservado sobre la tierra.

Cuando le iba a ver, tendía su mano hacia mí, con una cariñosa mirada, y murmuraba con acento desesperado, ¡Nada aún! Luego no hablaba más, y parecía no escucharme. Lejos del mundo como vivía, jamás le hablé de él,

ni pretendí lanzarlo al torbellino social. Mis visitas eran retornos a los tiempos de estudio, de meditación y serenidad. Le hablaba de filosofía, historia, ciencias naturales, de los últimos descubrimientos,

de todo ese mundo intelectual que juntos habíamos recorrido. Me despedía sin haber obtenido más que un afectuoso apretón de manos. Un día, recibí una carta. Decía así, Daniel, has sido mi único amigo.

¡Nada aún! Parto, pero no desesperado. ¡Encontraré! Broth. Sentí un dolor agudo, pero cuando corría a detenerlo, era tarde.

Había partido, sin que nadie supiera a dónde. Broth era el hombre que más había admirado en la tierra. Tenía para mí una aureola de genio sobrehumano, que hasta en mis sueños creía ver. Su magnífica inteligencia,

aplicada a un solo objeto fantástico, averiguar cuál fue el canto de las sirenas, me había hecho una impresión terrible, que no podía borrar de mi alma. Poco a poco, el recuerdo de Broth

se fue convirtiendo en una de esas confusas reminiscencias que se conservan de la lectura de un cuento de Hoffman allá en la infancia. Seguí el torrente de la vida y el nombre de Broth quedó en mi memoria débilmente iluminado por el cariño de mi corazón. Habían transcurrido 15 años desde el día en que recibí la despedida de Broth.

Viajaba por Alemania, no ya con el entusiasmo del hombre joven, sino con esa observación serena que caracteriza la edad madura. La Alemania es la tierra de los poetas, como la Italia es la patria de los artistas. La poesía siempre es íntima y subjetiva,

vive en el fondo del alma, y los hombres que tienen ese huésped sublime viven lejos del mundo, bebiendo las inspiraciones en las sensaciones misteriosas de su seno interno. Los italianos abren su alma,

como las flores su cáliz al calor ardiente del sol. Los alemanes, como las modestas sensitivas, se expanden en el silencio de la noche. En Italia, el infinito es una forma. En Alemania, es una idea.

Un día fui invitado a visitar un manicomio en una de las más pintorescas aldeas que duermen a la sombra de los castillos feudales que vigilan eternamente el Rhin. Un distinguido médico cuidaba el establecimiento

que solo contenía veinte o treinta de mentes. Recorriendo el edificio, admirablemente dispuesto para su fin, mientras el profesor me explicaba diversas manías y los medios de curarlas,

oímos el eco lánguido de un violonchelo. Me estremecí, porque una idea, una de esas misteriosas adivinaciones del alma, había venido a sorprenderme. No me atrevía a preguntar.

Ese desgraciado que toca con tanta dulzura el violonchelo, me dijo el profesor, es el maniático más poético que he conocido. Es anciano ya, pero hay en sus palabras las pocas veces que habla cierta frescura juvenil.

Ha buscado durante toda su vida la solución de un problema curiosísimo. ¿Cuál habrá sido el canto de las sirenas? Dí un grito, y me apoyé contra un árbol para no caer.

La música seguía, tristísima y suave, como una de esas melodías que se cree en oír durante los sueños de las noches de verano. Era rara, no había oído nunca nada análogo.

Tenía algo de la balada de los pueblos primitivos, y al mismo tiempo, se parecía a algún murmullo oído en el silencio de la naturaleza durante las horas de reposo. Me sentía atraído,

y una nube de ideas arrebataban mi alma a otros tiempos, a otras sensaciones casi olvidadas. Era mi pobre amigo el que tocaba. Brod, nivia a la larga cabellera, vaga a la mirada,

abrazaba su instrumento, como la barca en que bogara en el delicioso mar del infinito. Oh, lágrimas corrían por mis mejillas, pero no las vulgares lágrimas del dolor.

Sentía un secreto placer. Creía que Brod era feliz, y allá, en lo íntimo de mi corazón, bendecía al cielo que tan dulce locura había enviado

al querido hermano de mi corazón. Me acerqué silencioso. Brod levantó su límpida mirada hacia mí, y casi sin mover los labios, sin conocerme,

sin alterarse en lo mínimo su límpida mirada, como si su alma estuviese en el cielo de las delicias, murmuró misteriosamente, haciendo un signo de silencio. ¡Calla! ¡Calla, por Dios!

¡Es el canto de la sirena! Fin de El canto de la sirena de Miguel Canet

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