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Segunda parte del capítulo noveno de las aventuras de Robinson Crusoe. Esta es una grabación de LibriVox. Todas las grabaciones de LibriVox están en el dominio público. Para más información o para ser voluntario, por favor visite LibriVox.org, grabado por Monse González. Aventuras de Robinson Crusoe, de Daniel Defoe. Traducido por José Alegret de Mesa. Permanecí en esa disposición durante un año entero, buscando tampoco la ocasión de atacar

a los salvajes que por espacio de aquel tiempo no subí una vez siquiera a la colina para procurar el divisarlos o por saber si habían desembarcado, por el temor de entrar en tentaciones y hallar alguna ocasión favorable para caer sobre ellos. Me limité a alejarme del sitio en que estaba la canoa que tenía en aquel lado de la isla, conduciéndola a la punta oriental y colocándola en una pequeña ensenada debajo de elevados peñascos, en donde sabía que por razón de

las corrientes nunca los salvajes tendrían la temeridad ni aún el pensamiento de abordar con sus piraguas. Con la canoa me llevé todos los aparejos que había dejado en ella, es decir, el mástil, la vela y a lo que yo daba el nombre de ancla, aunque no fuese ni ancla ni cloque, pero que únicamente me servía para amarrar la canoa o asegurarla, que era mi objeto. En fin, hice desaparecer hasta la menor apariencia de embarcación y de habitación humana en la isla.

Viví en adelante más retirado que nunca, no saliendo más que para lo preciso, a saber, para ordeñar mis llamas y cuidar a mi pequeño rebaño del bosque, que cerrado y oculto por el lado de la costa estaba enteramente fuera de peligro, pues los salvajes que llegaban a la isla no venían con la intención de buscar nada, por lo cual nunca se separaba de la costa. Y no tengo ninguna duda que después que la aprehensión de su llegada me había hecho tan circunspecto,

hubiese envuelto muchas veces como antes. No podía pensar sin estremecerme en la situación terrible en que me hubiera encontrado si hubiese dado con los salvajes cuando llegué a la isla o un poco tiempo después. Entonces estaba desarmado. No tenía para mi defensa más que una sola escopeta cargada con perdigones. Recorría entonces toda la isla en busca de alguna caza. ¿Cuál hubiera sido mi terror si en vez de una sola huella de un pie humano hubiese visto 15 o

20 salvajes que me habrían perseguido, alcanzado bien pronto por la velocidad extraordinaria de su carrera? Estos pensamientos me hacían algunas veces mucho mal y oprimían mi alma hasta tal punto que en mucho tiempo no podía recobrar la calma cuando pensaba en lo que hubiera sido de mí entonces. No solamente no hubiera podido resistirles, sino que no habría tenido la suficiente presencia de espíritu para usar de mis medios de defensa, muy superiores a los que tenía luego, gracias a mis

precauciones. A fuerza de pensar en todo esto, llegué a ponerme melancólico y muchas veces los accesos me duraban largo tiempo. Por último, traté de poner mi confianza en la providencia, que me había salvado de tantos peligros desconocidos y de tantas desgracias de las cuales hubiera sido yo incapaz de librarme ignorando hasta su existencia. Todo eso renovó en mi alma esta reflexión que había hecho con frecuencia cuando empecé a reconocer las misericordiosas disposiciones del

cielo con respecto a los peligros que nos rodean en esta vida. ¿Cuántas veces no somos milagrosamente salvados sin saberlo? ¿Cuántas veces llega un momento como vulgarmente se dice que estamos en la balanza vacilando si iremos por un camino o por otro? Un motivo secreto nos dirige hacia uno cuando nuestra inclinación, nuestro interés quizás nos impelen a tomar el otro. Nos sentimos arrastrados por un extraño impulso cuya causa nos es desconocida, como el poder que nos lo envía,

y reconocemos al momento que si hubiésemos tomado la dirección que en nuestra opinión nos representaba como la mejor, hubiésemos caminado a nuestra perdición. Por consecuencia de esas reflexiones y de algunas otras, me propuse seguir constantemente las órdenes de ese poder desconocido, siempre que estuviese incierto sobre el partido que debía tomar, aún cuando en aquel momento ninguna razón apoyara a aquel impulso secreto. Podía citar muchos ejemplos de las

consecuencias de esta conducta en todo el curso de mi vida, pero sobre todo en la última parte de mi estancia en la isla, sin contar muchas circunstancias a las cuales hubiera prestado más atención si las hubiese considerado del mismo modo que las examinaba actualmente. Pero para aprender nunca es tarde, y yo no puedo hacer más que invitar a todo hombre prudente, cuya vida esté expuesta como la mía a accidentes extraordinarios y aún a las más comunes vicisitudes,

a no despreciar semejantes advertencias de la providencia o de cualquier inteligencia No puedo raciocinar sobre este punto ni explicarlo quizás, mas esto es una prueba irrecusable del comercio y de la comunicación secreta de las inteligencias inmateriales con las que están unidas a las materiales, y tendré ocasión de confirmarlo por muchos ejemplos durante el resto de mi vida solitaria. No debe parecer extraordinario oírme

confesar que las inquietudes y los peligros en medio de los cuales vivía me habían hecho perder el espíritu de invención y todos los esfuerzos destinados a mi futuro bienestar. Ahora debía velar por mi seguridad más que por mi sustento. No me atrevía a clavar un clavo ni a cortar un trozo de leña por temor a hacer ruido, mucho menos disparar un arma por el mismo motivo, y sobre todo me inquietaba hacer fuego, temiendo que el humo visible a gran distancia me traicionase.

Por esta razón trasladé la parte de mis actividades que requerían fuego, como la fabricación de cacharros, pipas y otros objetos, a mi nueva morada del bosque, donde al cabo de un tiempo encontré para mi indecible consuelo una gran caverna natural en la que ningún salvaje habría osado entrar, aunque se encontrara en su entrada, ni nadie que no se encontrara como yo buscando un refugio seguro. La entrada de la cueva estaba al pie de una gran roca, donde por mera

casualidad, diría esto si no tuviese abundantes razones para atribuir todas estas cosas a la providencia, me encontraba cortando unas gruesas ramas de árboles para hacer carbón. Pero antes de proseguir, debo explicar la razón por la que hacía este carbón y que era la siguiente. Como ya he dicho, tenía mucho miedo de hacer fuego cerca de mi casa, sin embargo no podía vivir sin hornear mi pan y sin cocinar mi carne y otros alimentos. Así pues, quemaba la madera en el bosque como había

visto que se hacía en Inglaterra, la cubría con tierra hasta que se carbonizaba. Luego apagaba el fuego y llevaba a casa el carbón que utilizaba para todos los menesteres que requerían fuego, sin el riesgo del humo. Pero esto es solo incidental. Mientras estaba cortando madera, advertí una especie de cavidad detrás de una rama muy gruesa de un arbusto y sentí curiosidad por mirar en el interior. Cuando llegué a la entrada, no sin mucha dificultad, vi que era

muy amplia, es decir, que cabía de pie y tal vez con otra persona. Pero debo confesar que salí con más prisa de la que había entrado, pues al mirar al fondo que estaba totalmente oscuro, divisé dos grandes ojos brillantes. No sabía si eran de diablo o de hombre, pero parpadeaban como dos estrellas con la tenue luz que se filtraba por la entrada de la cueva. No obstante, después de una breve pausa, me repuse y comencé a decirme que era un tonto, que si había vivido veinte años

solo en una isla, no podía tener miedo del diablo y que en esa cueva no había nada más aterrador que yo mismo. Enseguida recobré el valor, hice una gran tea y volví a entrar con ella en la mano. No había dado tres pasos cuando volvía a asustarme como antes, pues oí un fuerte suspiro, como el lamento de un hombre, seguido por un ruido entrecortado que parecía un balbuceo y luego por otro suspiro fuerte. Retrocedí y estaba tan sorprendido que un sudor frío me recorrió todo

el cuerpo y si hubiese tenido un sombrero no habría podido responder por él, pues mis cabellos erizados lo hubieran elevado por el aire. Pero saqué valor de donde pude y me reanimé un poco con la idea de que el poder y la presencia de Dios estaban en todas partes y me protegerían. Volví a dar unos pasos y gracias a la luz de la tea que sostenía un poco más arriba de mi cabeza descubrí, tumbado en la tierra, un monstruoso y viejo macho cabrío que parecía a punto de morir de pura vejez.

Le agité un poco para ver si lograba sacarlo de ahí y el animal intentó levantarse más en vano. Me decidía dejarlo en la persuasión de que ya que él me había asustado, asustase a sí mismo a los salvajes si se encontraba alguno bastante osado para aventurarse a penetrar en aquel lugar mientras viviese. Y plenamente tranquilizado empecé a mirar alrededor de mí. Me pareció que aquella caverna que tenía unos 12 pies de extensión era de forma irregular, ni redonda ni cuadrada,

pues no se conocía allí más que la mano de la naturaleza. Note también en el hundimiento una segunda abertura, pero tan baja que me fue imposible entrar sin ir a rastra. No teniendo bastante luz, diferí mi empresa, pero resolví volver al día siguiente provisto de velas y de un eslabón que había sacado de uno de los mosquetes de la batería por medio de un artificio que había puesto en la cazoleta. En su consecuencia volví al día siguiente pertrechado de seis grandes velas

de mi fábrica, pues las hacía ya excelentes con grasa de llama. El pábilo estaba hecho groseramente de trapos usados, de viejos cabos de vela o con los filamentos de una hierba bastante parecida a la ortiga. Llegado que hubo el sitio estrecho, me vi obligado a andar a gatas durante el espacio de cerca de 15 pies, lo que a mi ver era bastante atrevimiento en mí, que ignoraba hasta dónde iba aquel pasaje y lo que podría hallar al fin. Cuando hubo pasado aquel desfiladero, me encontré bajo una

elevada bóveda de cerca de 20 pies y mi vista fue herida con el más bello espectáculo que hubiese jamás contemplado en aquella isla. Las paredes y el techo de aquella caverna reflejaban de mil maneras y reproducían con profusión la luz de mis dos velas. ¿Qué es lo que podía hacer aquella roca tan brillante? ¿Eran acaso diamantes, piedras preciosas u oro? Lo cual desearían obstante de buena gana. No sabré decirlo. Fuese lo que fuese, era la más deliciosa gruta que puede imaginarse, aunque

era muy oscura. El suelo era llano y seco, cubierto de una arena fina y ligera. Allí no se veían animales asquerosos, venenosos ni ninguna señal de humedad. La única cosa de desagradable que presentaba era la dificultad de la entrada. Pero esto mismo se convertía en una cosa útil, pues era uno de los motivos para que fuese más segura. Así, quedé sumamente gozoso con aquel descubrimiento y resolví trasladar a dicha cueva todo aquello cuya conservación me causase más

inquietud. Sobre todo mi pólvora y mis armas de reserva. Esto es, dos escopetas de caza, de tres que poseía y tres mosquetes. Contaba con ocho mosquetes. No dejé más que cinco en mi fortaleza, montados y asestados como cañones sobre mi fortificación exterior y pudiéndome servir también en caso de expedición. A causa de esa trasladación, se me ocurrió el abrir el barril de pólvora que había salvado del mar y que se había mojado. Vi que el agua había penetrado poco

más o menos a tres o cuatro pulgadas de profundidad y que la pólvora mojada, secándose, se había endurecido tanto que formaba una especie de corteza y había conservado el resto como una fruta dentro de su cáscara. De suerte que encontré cerca de 60 libras de excelente pólvora en el centro del barril. En aquel momento era un descubrimiento muy útil para mí. Dejé en mi fortaleza tres libras para defenderme en caso de sorpresa, llevando la restante a mi nueva gruta, juntamente con todo

el plomo que tenía de reserva para hacer balas. En esta situación me comparé a aquellos antiguos gigantes que vivían, según se dice, en cavernas o en las profundidades de rocas inaccesibles y estaba persuadido que aunque los salvajes fuesen a buscarme en número de 500, no podrían descubrirme y que además no se atreverían a atacarme en aquel sitio. El viejo macho cabrío que había visto expirante murió al día siguiente a la entrada de la caverna. Me pareció mejor, en lugar de sacarlo

fuera, el hacer una excavación en la gruta misma, en donde lo enterré a la mayor profundidad, a fin de que el hedor no me incomodase. Hacía ya 23 años que residía en la isla y estaba tan acostumbrado a mi manera de vivir que sin el temor a los salvajes hubiera accedido de buena gana a pasar en ella el resto de mi vida, aunque debiese morir en la caverna como el viejo macho. Había me proporcionado también algunas distracciones y diversiones que me hacían pasar algunos ratos más agradables que

antes. Primero enseñé a hablar a Paul, mi papagayo, articulaba tan distintamente y su lenguaje era tan familiar que me causaba un placer extraordinario. Creo que ningún pájaro haya podido hablar mejor. Conmigo estuvo 26 años, ignorando cuántos viviría después, pues he oído decir en el Brasil que dichos animales viven cerca de un siglo. Mi perro me fue muy útil y muy fiel amigo por espacio de 16 años, después de los cuales murió de vejez. Mis gatos se habían multiplicado de tal modo que

me había visto obligado a matarlos a tiros para impedir que me lo devorasen todos según tengo dicho. Cuando murieron los primeros que había salvado del buque me vi precisado a ahuyentar a los demás no dándoles de comer y fueron a parar al bosque, llegando a hacerse salvajes, excepto dos o tres favoritos los cuales había tenido cuidado de criar desde pequeñitos y que formaban parte de mi familia. Además tenía siempre a mi alrededor dos o tres llamas que estaban acostumbradas a comer

de mi mano y otros dos papagayos que pronunciaban mi nombre pero no con la perfección que me ponen. Es verdad que no me había tomado tanto trabajo para enseñarlos. Había domesticado también algunas aves acuáticas cuyo nombre ignoraba, las que había cogido en la playa y después las había cortado las alas. Anidaban y ponían sus huevos en la espesura del bosque formado por los pies que había plantado y que eran ya corpulentos árboles, lo que era muy conveniente para mí.

Por último repito que hubiera estado sumamente gozoso con aquella vida si hubiese podido desechar el miedo que me inspiraban los salvajes, mas el cielo lo tenía dispuesto de otro modo y quizás no sea inútil para todos los que lean mi historia al hacerles observar cuántas veces en el curso de nuestra vida sucede que el mal que procuramos evitar y que nos parece tan terrible cuando ya lo tenemos encima viene a ser la única áncora de salvación, el único recurso para salir

de trabajos. Podría citar muchos ejemplos en el transcurso de mi vida extraordinaria pero sobre todo en los últimos años de mi residencia en aquella desierta isla. Era el 23 de diciembre del año 23 de mi confinamiento en la época del solsticio austral pues no pude llamarle solsticio de invierno como era la estación de la cosecha me veía precisado a salir casi todos los días. Una mañana poco antes de salir el sol vi con sorpresa en la playa cerca de dos millas de donde

yo me hallaba el resplandor de un gran fuego hacia la punta de la isla en donde había ya percibido las huellas de los salvajes. Mi grande aflicción era porque estaban hacia el mismo lado en donde tenía mi morada. A su vista se apoderó de mí tal espanto que me quedé estático sin atreverme a salir de mi bosquecillo por miedo de ser sorprendido y aún no me consideraba tranquilo. Temía que mi grano segado o alguna de las obras de agricultura descubriese a algún salvaje que cortease por

la isla que ésta estaba habitada porque entonces no descansarían hasta encontrarme. Con este recelo me refugía a la fortaleza y habiendo dado a todo un aspecto tan agreste y natural como me fue posible llevé en pos de mí la escalera. Sin embargo hice mis preparativos de defensa. Cargué los mosquetes montados sobre mis nuevas fortificaciones y todas las pistolas resuelto a tener a raya al enemigo hasta el último extremo. No olvidé invocar a la divina providencia rogándole que me librase de

aquellos bárbaros. Permanecí en esta posición cerca de dos horas, muy impaciente por saber lo que pasaba afuera pero no tenía ningún espía para mandarle practicar un reconocimiento. Después de una larga indecisión sobre el partido que debía tomar no pude resistir al deseo de ir a ver si podía descubrir algo. Subía una especie de plataforma que había en la cima del peñasco con la ayuda de mi escalera la cual recogía a medida que iba subiendo a fin de que me sirviese de nuevo

y por último llegué a la cumbre. Entonces echando mano de mi anteojo que había tenido cuidado de llevar conmigo me eché boca abajo y miré con dirección a la playa. Vi nueve salvajes sentados alrededor de una hoguera no con objeto de calentarse pues hacía un calor excesivo sino como yo suponía para prepararse a algún horrible festín de carne humana que ellos hubiesen traído. Tenían dos canoas que habían halado sobre la arena y como entonces era el momento del flujo me parecía que

esperaban el reflujo para volverse. Es difícil imaginar el susto que me causó al principio su presencia en aquel lado de la isla pero cuando consideré que su desembarco tenía siempre lugar en el instante del flujo me tranquilicé un poco y calculé que podía salir en el momento del reflujo sin peligro alguno con tal de que no hubiese descubierto a nadie en la playa antes. Observación que me hizo continuar mi recolección con la mayor tranquilidad. Sucedió efectivamente

lo que yo había conjeturado desde que la marea empezó a bajar vi que los salvajes se metían en sus canoas y se alejaban a fuerza de remos. Olvidaba decir que una hora antes de embarcarse estuvieron bailando y que con mi anteojo pude distinguir hasta sus posturas y ademanes. Vi también que iban enteramente desnudos pero no distinguí si eran hombres o mujeres. Luego que divisé que se habían embarcado salí con dos escopetas sobre mis espaldas, dos pistolas en mi

cintura, mi largo sable sin vaina al costado y con toda la ligereza posible corría a la colina desde donde había visto los salvajes la vez primera. Tardé dos horas en llegar pues no podía caminar a prisa cargado como iba de armas y estando allí observé que también en aquel lado habían alado tres piraguas y ciertamente mirando el mar las distinguí que se dirigían con las otras hacia el continente. Enseguida bajé a la playa y un horroroso espectáculo se presentó a mi vista.

Este era los restos de su infame festín, huesos, sangre y desperdicios de carne humana que habían devorado en medio de la alegría y de los juegos. A la vista de aquellos horrores me llené de tal indignación que reflexioné de nuevo el caer sobre ellos cuando volviesen aunque fuesen en gran número. Sus visitas a la isla debían ser muy raras pues que se pasaron más de 15 meses antes que viniesen otra vez. Es verdad que en la estación de las lluvias no podrían abandonar su país a lo menos

para venir tan lejos. Sin embargo, yo no estaba tranquilo temiendo una sorpresa porque según he dicho ya la perspectiva del peligro es más penosa que el peligro mismo, sobre todo cuando uno no puede desechar el temor. Sin embargo, persistía en mis deseos de venganza, empleaba todo el día, del cual hubiera podido hacer mejor uso, en meditar planes de ataque para la primera ocasión en el caso de que encontrase sus fuerzas divididas como la última vez. No reflexionaba que matando por

ejemplo un día 10 o 12 salvajes y volviendo a hacer lo mismo al día, a la semana o mes siguiente acabaría por destruir más hombres que ellos podrían comer. Mis inquietudes amargaban mi vida sobre maneras. Esperaba un día u otro caer en poder de aquellos seres implacables y si me aventuraba a salir de mi retiro era con todas las precauciones posibles y dirigiendo sin cesar la vista sobre todos los objetos que me rodeaban. ¿Qué he dicha para mí el ser dueño de un rebaño

de llamas domesticadas? Pues no me atrevía a hacer uso de mi escopeta, sobre todo hacia el lado de la isla frecuentada por los salvajes, por miedo de alarmarles. Al principio hubieran huido al oír la explosión, pero estoy seguro que después volverían con 200 o 300 canoas quizás y entonces ya sabía la suerte que debía esperar. Sin embargo estuve un año y tres meses sin verlos, más al fin vinieron como veremos más adelante. Es muy posible que volviesen una o dos veces en

dicho intervalo, pero deberían permanecer muy poco tiempo cuando ninguna noticia tuve. Fue en el mes de mayo según mi cálculo y en el año 24 de mi estancia en aquellas regiones cuando tuve con ellos el singular encuentro del cual hablaré en su lugar. La perturbación de mi espíritu fue grande durante aquellos 15 o 16 meses. Dormía muy inquieto, tenía sueños horrorosos y con frecuencia despertaba sobresaltado. Durante el día una inquietud devoradora me oprimía y durante la noche

no pensaba más que en matar salvajes y buscaba motivos para excusar esta acción. Pero dejemos por un momento esto. Hacia mediados del mes de mayo hizo todo el día un viento impetuoso, acompañado de relámpagos y truenos y seguido de una noche espantosa. Estaba leyendo en la Biblia y hacía grandes reflexiones sobre mi situación cuando fui sorprendido por un ruido parecido a un cañonazo tirado en el mar. Esta sorpresa fue muy diferente de las que me habían

sobrecogido hasta entonces y me sugirió pensamientos muy diferentes. Salí con precipitación y en un momento apoyando mi escalera en el peñasco subí a la plataforma de que ya tienen noticia mis lectores. En este instante una súbita claridad me anunció un segundo cañonazo que oí en efecto como medio minuto después. El ruido parecía venir del otro lado del mar en el cual había sido arrojado por las corrientes michalupa. Juzgué al principio que sería algún buque que estuviese en

peligro y que daba la señal de apuro para pedir socorro a alguna otra embarcación que navegaba de conserva con él. Al momento reflexioné que si yo no podía prestarle ningún auxilio quizás él podría dármelo. En su vista recogiendo toda la leña seca que pude la subí a la colina e hice una grande hoguera. La leña estaba efectivamente tan seca que no obstante la violencia del viento se inflamó y tuve la certeza de que la embarcación si verdaderamente lo era

debía distinguir el fuego. Sin duda fue así porque apenas brilló la llama cuando oí un tercer cañonazo seguido de otros muchos siempre hacia el mismo lado. Conservé el fuego toda la noche y cuando ya fue de día y el cielo se había despejado descubrí algo en el mar al este de la isla. Era una vela o cosa parecida lo cual no pude distinguir bien a pesar de mi anteojo. La distancia era muy grande y el tiempo todavía no estaba muy bueno a lo menos en el mar. Tuve constantemente fija todo

el día la vista de aquella dirección y viendo que el objeto no cambiaba de sitio calculé que sería algún buque anclado. Deseoso de satisfacer mi curiosidad como no puede menos de pensarse tomé la escopeta y me dirigí a la parte meridional de la isla al pie de las rocas a donde las corrientes me habían conducido años antes. Trepé a la cima más elevada y habiéndose serenado completamente el tiempo vi distintamente con grande aflicción el casco de un buque que había venido a arrojarse

durante la noche sobre los escollos o rocas que estaban a flor de agua que yo había notado cuando mi excursión en la canoa y que motivaban aquel remolino o contracorriente que me salvó del mayor peligro que he corrido en mi vida. Lo que salva a uno puede ser quizás la pérdida de otro porque es muy fácil creer que la tripulación no teniendo ningún conocimiento de aquellos peñascos enteramente escondidos debajo del agua serían arrastrados durante la noche por un fuerte viento

este noreste. Si hubiesen divisado la isla lo cual no puedo suponer habrían regularmente probado el saltar a tierra con la chalupa. Los cañonazos que habían disparado probablemente al ver mi hoguera me dieron mucho que pensar. Tan pronto creía que habiendo visto la luz se habrían trasladado a su bote con el objeto de llegar a tierra. Tan pronto imaginaba que podían haber perdido su chalupa lo que sucede con frecuencia sobre todo cuando las olas entran en la embarcación. Los marineros se

ven obligados ellos mismos a hacerla a pedazos o a arrojarla al mar o bien que los buques que iban de conserva advertidos con las señales de la embarcación habrían salvado la tripulación. Otras veces por último reflexionaba que acaso estarían metidos en la chalupa y que dominados por la misma corriente que me había arrastrado habrían sido arrojados al seno del vasto océano en donde no tendrían otra esperanza que la muerte o se verían quizás reducidos a devorarse los unos

a los otros. Mas como esto no eran más que conjeturas no podía en mi posición más que afligirme de la desgracia de aquellos infortunados y lamentarme de su suerte. Todos esos pensamientos me hacían estar más reconocido a Dios cuya providencia había tan maravillosamente velado sobre mi existencia deplorable y había permitido que de dos tripulaciones perdidas en aquella costa fuese yo el único a quien había salvado. Esto me hizo también considerar que Dios no nos coloca

en una posición tan mala que no debamos aún darle gracias pues podemos aún encontrar muchos seres más desgraciados que nosotros. Era muy probable que no se hubiera salvado ni una sola persona de aquella tripulación a menos que no hubiese sido recogida por otro buque que navegase de conserva con el suyo. Mas como no veía ninguna apariencia de acontecimiento tan feliz no era más que una simple presunción mía. No encuentro palabras bastante enérgicas para expresar los ardientes

deseos de mi alma a la vista de aquellos restos del buque. Dios mío exclamé haced que uno o dos o a lo menos uno solo se haya salvado a fin de que tenga un compañero uno de mis semejantes con el cual poder hablar y pasar mi vida. Jamás en el largo transcurso de mi vida solitaria había deseado tanto la sociedad y había sentido tanto su falta. Cuando ciertos resortes secretos de nuestras pasiones son puestos en juego por un objeto visible acarreado por el poder de la imaginación,

sus impulsos arrastran el alma hacia aquel objeto con tal fuerza que la ausencia llega a ser insoportable. Tal era mi anhelo ferviente por la conservación de uno solo de aquellos hombres. Creo que repetí mil veces. ¡Oh! que uno solo haya escapado. Al pronunciar estas palabras mis sentimientos eran tan vivos que mis manos se retorcían, mis dedos se crispaban hasta el punto de romper todo lo que hubiese tenido entre ellos, mis dientes rechinaban y se apretaban unos contra

otros con tanta violencia que permanecía algún tiempo antes de poder separarlos. Que expliquen los fisiólogos semejantes fenómenos, yo me limito a exponer el hecho como fue en sí, del cual yo mismo me sorprendí sin poder comprenderlo y que sin duda era motivado por la violencia de los deseos que representaban tan vivamente a mi imaginación el consuelo que hubiera experimentado con la compañía de uno de mis semejantes. Mas este no era el parecer del destino de aquellas ni el mío,

pues que hasta el último año de mi morada en la isla ignoré si alguno se había salvado de aquel naufragio. Solamente algunos días después tuve el dolor de ver sobre la arena a la extremidad de la isla cerca del buque naufragado el cuerpo de un grumete ahogado. Su traje consistía en una chaqueta de marinero, unos pantalones de lienzo blanco abiertos hasta la rodilla y una camisa azul. Me fue imposible adivinar de qué nación podía ser, en sus bolsillos no tenía más que dos piezas de

18 y una pipa de un valor mayor para mí que el dinero. Sin embargo el mar estaba en completa calma y tenía grandes deseos de aventurarme a salir con mi piragua con el objeto de visitar la embarcación, seguro de que encontraría en ellas cosas útiles. Otra razón me decidía todavía más, esta era la idea que tenía de que a bordo podía haber aún a algún ser viviente a quien poder salvar, asegurándome así el más dulce consuelo. Este pensamiento se abrigaba de una

manera tan tenaz en mi corazón que no tuve reposo ni de día ni de noche antes de poner en ejecución mi designio. Sentíame arrastrado por un impulso al cual no podía resistir, era demasiado poderoso para no creer que venía del cielo y que sería culpable si lo rechazaba. Dominado por esta impresión volví apresuradamente a mi fortaleza con el objeto de prepararlo todo para mi viaje. Tomé una buena cantidad de pan, un gran cántaro de agua fresca, una brújula para dirigirme,

una botella de ron del cual tenía aún bastante provisión y una cesta de uvas. Cargado de todo lo que podía serme necesario me dirigí a mi canoa. Vaciando el agua que tenía dentro la boté al mar y deposité mi carga, volví enseguida a mi habitación a tomar otra, a saber, un saco de arroz, el quitasol para ponerme al abrigo tanto de la lluvia como del sol, otro cántaro de agua y dos docenas de panes o tortas de cebada, finalmente una botella de leche de llama y un queso. Puesto

todo esto, no sin mucha pena y trabajo en mi canoa, rogué a Dios que dirigiese mi viaje y me puse en camino. Remea a lo largo de la costa y llegué a la punta que estaba a la extremidad noreste. Allí era necesario decidirse a lanzarse en el océano. Las rápidas corrientes que reinaban siempre a alguna distancia de los dos lados de la isla me recordaron los peligros que había corrido y me parecieron todavía más terribles. Entonces empezó a faltarme el valor porque reflexioné que si tenía la

desgracia de caer en alguna sería arrastrado mar adentro y quizás perdería de vista mi isla. Y mi canoa, demasiado débil, zozobraría al menor golpe de viento, siendo mi pérdida inevitable. Estos pensamientos me quitaron los deseos que tenía de mi empresa. Después de haber conducido mi barca a una especie de ensenada, gané la orilla y me senté en el suelo sobre un pequeño cerro, todo pensativo e inquieto, indeciso entre el temor y el deseo de ejecutar mi viaje. Por último,

cuando ya estaba cansado de reflexionar, percibí que la marea cambiaba y que el flujo empezaba a hacerse sentir lo que hacía imposible mi partida por largo tiempo. Entonces resolví subir a la más alta eminencia que pudiese encontrar y observar qué rutas seguirían las corrientes durante el flujo, para juzgar si llevado por una de ellas estando en el mar, había alguna otra que pudiese arrastrarme con la misma rapidez. No bien hubo pensado esto cuando descubrí unas pequeñas colinas desde

donde se distinguían las dos orillas y desde la cual pude ver la dirección de las corrientes y de la marea. Me convencí que la corriente del reflujo salía del lado de la punta sur de la isla y que la del flujo entraba del lado del norte. No tenía pues más que dirigirme hacia el norte de la isla a mi vuelta. Animado por esta observación, resolví partir al día siguiente por la mañana a la hora que hubiese subido el flujo. En efecto, después de haber pasado la noche en mi piragua,

cubierto con uno de mis sobretodos, puse mi proyecto en ejecución. Me dirigí al principio un poco a lo largo hacia el norte, hasta que hubiese dado con una corriente que condujese al este y que efectivamente me llevó adelante sin dominarme sin embargo demasiado para impedir que dirigiese mi canoa, así como lo había hecho otra vez la corriente del sud, y ayudado de mis remos me fui derecho al buque naufragado que alcancé en menos de dos horas. Qué triste espectáculo

se presentó a mi vista. El buque que me pareció español, según su construcción, estaba como clavado entre dos peñascos. La popa y una parte del casco habían sido destrozados por el mar. Habiendo dado contra las rocas con violencia, se habían quebrado por el mismo pie el palo mayor y el trinquete. Mas el bauprés permaneció en buen estado y el esperón parecía también sólido. Luego que me acerqué apareció un perro sobre cubierta, el cual al verme venir se puso a ladrar. Desde el

momento que lo llamé saltó al mar y le ayudé a entrar en mi barca. Encontrándolo medio muerto de hambre y sed, le di un pedazo de pan que tragó como lo hubiera podido hacer un lobo hambriento que hubiese estado 15 días entre la nieve sin comer. Enseguida le hice beber un poco de agua fresca y si le hubiese dejado hubiera bebido hasta reventar. Subí a bordo. Lo primero que miró mi vista fue dos hombres ahogados cerca de la cocina sobre el alcázar de proa y que estaban

abrazados. Saqué en consecuencia de esta particularidad y efectivamente era probable que en el momento en que la embarcación se encontró en medio del temporal las olas serían tan altas y se sucederían con tanta rapidez que aquellos desgraciados no habían podido resistir y habrían sido agados sobre el mismo puente con el continuo choque de las olas como si hubiesen estado debajo del agua. Exceptuando el perro ningún viviente quedaba en todo el buque y todo el cargamento según entonces

pude ver estaba averiado. Vi sin embargo algunos toneles de licor de vino y de aguardiente echados en la cala y que el agua retirándose los había dejado en seco, pero eran demasiado grandes para que pudiese cargármelos. Había también algunos cofres que juzgué debían pertenecer a los marineros. Coloqué dos en mi canoa sin examinar lo que contenían. Si en lugar de la popa se hubiese destrozado sólo la proa estoy persuadido que hubiera hecho un excelente viaje pues a juzgar

por lo que había dentro de los cofres era de presumir que el buque iba cargado de muchas riquezas. Según la ruta que llevaba suponía que debía haber sido flotado en Buenos Aires o en el Río de la Plata o en la América del Sud al otro lado del Brasil o en la Habana o en el Golfo de México y de allí quizás para España. Sin duda alguna aquella embarcación encerraba grandes tesoros perdidos para el mundo. En cuanto a su tripulación ignoraba lo que habría sido de ella.

Además de los dos cofres encontré un pequeño barril que contenía cerca de 80 litros de licor. Lo deposité con mucho trabajo en mi canoa. Vi en la cámara muchos mosquetes y un gran frasco de pólvora que contendría unas cuatro libras. Los mosquetes no podían servirme pero me llevé el frasco de pólvora. Tomé también unas tenazas y una pala de lo cual tenía gran necesidad así como dos calderos de cobre, unas parrillas y una chocolatera. Luego así cargado y acompañado del

perro partí viendo venir la marea que debía conducirme a la isla a donde llegué muy fatigado y molido de mi viaje siendo la una de la madrugada. Pasé lo restante de la noche en mi canoa y por la mañana resolví trasladar lo que había adquirido a mi nueva gruta y no a mi fortaleza. Después de haber reparado mis fuerzas desembarqué mi cargamento y me puse a examinar cada cosa en particular. El barril contenía una especie de ron bien diferente del que se bebía en el Brasil y de

un gusto poco agradable. Mas en los cofres encontré muchas cosas preciosas para mí. Por ejemplo en el de uno una pequeña caja de una forma extraordinaria llena de excelentes cordiales, frascos que podían contener cerca de tres litros cada uno teniendo los tapones guarnecidos de plata. Vi también dos botes de exquisito dulce también cerrados que el agua no había podido deteriorar y otros dos que estaban completamente echados a perder. Había muy buenas camisas y docena y media de pañuelos

blancos y corbatas de color. Los pañuelos vinieron perfectamente pues nada podía serme más agradable que enjugarme el rostro en los grandes calores. Cuando llegué al fondo del cofre encontré aún tres talegos de piezas de a 8 que contendrían unas 1.100 piezas entre todo y además seis doblones en oro en un papel y algunas pequeñas barras de oro que pesaban cerca de una libra. En el otro cofre había algunos vestidos de poco valor. Juzgaba que habían pertenecido al oficial de

artillería aunque no haye más que dos libras de pólvora muy fina encerrada en tres frascos y conservada probablemente para tirar a los pájaros. En suma saqué poco provecho de este viaje pues con respecto al dinero no podía hacer uso de él por consiguiente lo tenía en la misma estima que el barro de mis zapatos. Hubiera dado de buena gana todo aquel oro en cambio de tres o cuatro pares de medias e igual número de zapatos ingleses de los cuales me veía obligado hacía mucho tiempo

a pasarme sin ellos. Cogí es cierto dos pares de dos marineros ahogados y encontré otros dos pares en uno de los cofres de lo cual me alegre mucho pues nada valían en comparación de nuestros zapatos ingleses ni por su comodidad ni por su duración eran más bien lo que llamamos comúnmente escarpines. En el segundo cofre encontré por valor de 50 piezas de a 8 en reales de plata pero nada de oro entonces calculé que pertenecía a un hombre rico mientras que el primero me pareció ser el de algún

oficial sin embargo conduje el dinero a mi gruta y lo dejé juntamente con el que había sacado de nuestro buque. Era una desgracia grande según he dicho que la otra parte del barco español no hubiese sido accesible hubiera podido sacar dinero suficiente para cargar muchas veces mi chalupa conservándolo en mi gruta con la esperanza de llevármelo si alguna vez volvía a Inglaterra. Después de haber puesto en seguridad todo lo que había desembarcado volví a mi canoa

y la conduje remando a su rada ordinaria dirigime con prontitud a mi morada en donde lo encontré todo tranquilo y ordenado volviendo entonces a tomar mis antiguas costumbres me ocupé de mis faenas domésticas durante algún tiempo nada turbó mi reposo sin embargo estaba en guardia más que de ordinario y salía rara vez si llegaba a hacer algunas excursiones dirigía siempre mis pasos hacia el este de la isla donde estaba casi seguro que no llegaban jamás los salvajes lo cual

me dispensaba de cargar con todo aquel atalaje de municiones y armas que llevaba siempre conmigo cuando me dirigía a otro lado viví cerca de dos años de ese modo solamente mi imaginación que parecía revelarse a cada paso estuvo durante todo ese tiempo llena de mil proyectos dirigidos todos a huir de la isla algunas veces quería hacer alguna nueva visita al buque naufragado aunque mi razón me demostrase que no encontraría nada que pudiese compensar los peligros de tal viaje

otras veces pensaba escaparme ya a un lado ya a otro y creo en verdad que si hubiese tenido la lancha con la cual me salvé de sale me habría aventurado a navegar sin saber a dónde hubiera ido a parar en todas las circunstancias de mi vida mi conducta puede servir de ejemplo a aquellos que están heridos de esta plaga común entre los hombres de donde procede a mi entender la mitad de sus desgracias quiero hablar de los que jamás están satisfechos de la posición en la cual Dios

y la naturaleza los han colocado pues que sin remontarme a mi condición primitiva ni recordar los excelentes consejos de mi padre que había despreciado con tanta tenacidad no era una locura de mi misma naturaleza la que me había arrojado en aquel triste desierto si la providencia que tan dichosamente me había colocado en el brasil me hubiera otorgado deseos más moderados tanto que me hubiera resignado a vivir tranquilamente hubiera sido entonces en el momento en que

permanecía abandonado de aquel modo en mi isla uno de los más ricos plantadores del país pues estoy persuadido que mi plantación con las mejoras que había yo hecho y con lo que se habría aumentado si no hubiese salido de allí sería en aquel instante en la más rica de todas qué necesidad tenía en verdad de dejar un establecimiento seguro una plantación mejorada y en vísperas de la mayor prosperidad para ir como comisionado a guinea a buscar negros hasta que la paciencia y el tiempo

hubiesen aumentado bastante mi capital para comprar desde mi puerta los esclavos negros a aquellos que hacen este negocio es cierto que me hubieran costado un poco más con todo esta diferencia valía la pena de no exponerse uno a pasar peligros y trabajos más esta conducta aventurera es la herencia de las cabezas jóvenes y la reflexión sobre la locura de semejantes empresas no viene sino a consecuencia de los años o de la experiencia costosamente adquirida esto es lo que me había

sucedido y sin embargo los caprichos habían echado raíces tan profundas en mi alma que no podía contentarme con mi condición y estaba sin cesar ocupado en buscar los medios de salir de ella antes de continuar mi historia será muy conveniente para mayor conocimiento de los lectores el entrar en algunos detalles de todos los planes ridículos que formé para salir de la isla y de las causas que lo motivaban supongaseme en la actualidad retirado en mi castillo después

del viaje al buque naufragado mi piragua desmantelada y puesta en seguridad en el sitio de costumbre mi condición finalmente era la misma de antes mi tesoro se había aumentado es verdad pero yo no era por eso más rico pues el oro era para mí tan inútil o más que a los habitantes del perú antes de la llegada de los españoles en una lluviosa noche del mes de marzo del año 24 de mi vida solitaria me hallaba en mi lecho o hamaca despierto pero gozando de perfecta salud no tenía ningún

cuidado ninguna indisposición ni de cuerpo ni de alma y sin embargo me era imposible conciliar el sueño así pase la noche me sería difícil expresar el gran trobel de ideas que se agolparon a mi imaginación me representaba en compendio y como en miniatura mi pasada vida tanto antes del naufragio como después de él reflexionando en lo que me había sucedido después de mi llegada a la isla entre en una afectiva comparación de los primeros años de mi confinamiento con los que pasaba entre

el miedo la inquietud y las precauciones después que había visto el pie de un hombre impreso en la arena los salvajes habrían tocado sin duda antes en la isla más de 100 veces pero entonces lo ignoraba y por esta razón nada temía era perfecta mi tranquilidad aunque el peligro fuese el mismo que en la actualidad la ignorancia en la cual vivía me permitía ser tan dichoso como si no hubiese existido peligro alguno todo lo dicho me hizo reflexionar maduramente reconocí sobre todo cuán

buena había sido la providencia con respecto al hombre imponiendo tan estrechos límites a su saber y previsión a favor de esta ceguidad permanece sereno y tranquilo con la ignorancia de los sucesos y peligros que le rodean después que las anteriores reflexiones me ocuparon algún tiempo vine a considerar formalmente los peligros a que verdaderamente había estado expuesto durante el largo número de años en aquella misma isla que había recorrido con una seguridad tan grande una

tranquilidad tan completa cuando acaso lo escarpado de una colina el follaje de un árbol o quizás la impensada caída de la noche se hubieran encontrado sólo entre mí y la suerte más horrorosa es decir el caer en poder de los salvajes que me habrían tratado como yo hacía con las llamas o las tortugas y me habrían asesinado y devorado sin pensar hacer más mal que yo comiendo un pichón o un chorlito me haría traición a mí mismo no diciendo que di las más sinceras gracias a dios cuya

protección me había preservado de tantos peligros desconocidos enseguida me puse a meditar sobre los principios de aquellos salvajes y me preguntaba cómo el sabio dispensador de todo lo criado podía haber sumido a algunas de sus criaturas a un estado de barbarietal que sobrepujaba a la misma brutalidad que llegaban a devorarse unos a otros pero como me empeñaba en consideraciones inútiles buscaba en qué parte del mundo vivían aquellos desgraciados porque se aventuraban a alejarse tanto

de sus moradas de qué especie de canoas se servían y finalmente si podría encontrar sus habitaciones así como ellos venían a mi isla no me cuidaba en pensar lo que allí me aguardaba cuál sería mi suerte si caía entre sus manos o cómo escaparía si me atacaban me preguntaba también cómo podría llegar a sus playas sin ser cogido por sus canoas por último si salía de este peligro cómo llegaría a procurar mis provisiones y hacia qué punto me dirigiría ninguna de estas ideas se

me ocurrió mi ánimo estaba enteramente preocupado con el pensamiento de pasar a tierra firme juzgaba mi posición actual tan desgraciada que no creía poder encontrar nada mejor que la muerte esperaba por otra parte hallar socorro dirigiéndome al continente costeando la ribera como había hecho en áfrica hasta que descubriese una tierra habitada en donde me quisiesen acoger además podía tener la suerte en mi travesía de dar con algún buque cristiano que me recogiese a bordo en fin

poniéndome en lo peor no podía hallar más que el término de todas mis desgracias es preciso notar que esta extraña resolución era el fruto de un espíritu turbado e impaciente excitado por una larga y continua inquietud habiéndome decidido la esperanza de encontrar a bordo del buque naufragado lo que deseaba tan ardientemente un hombre con quien hablar que me hubiese enseñado en donde me hallaba y cómo podría escaparme me vi de tal modo agitado por esos pensamientos que suspendieron

por un poco de tiempo la calma que me había dado otras veces mi resignación a la providencia y mi sumisión a la voluntad del cielo no estaba en mí el renunciar a aquel proyecto del viaje que se apoderó de mi espíritu con una impetuosidad irresistible durante dos horas fui arrastrado con tanta violencia por aquella pasión que mi sangre hervía y mi pulso latía como si hubiese tenido la fiebre más ardiente finalmente fatigado y aniquilado caí en un profundo sueño sin duda se creerá que

soñé con el proyecto que tanto me había ocupado pero no nada había que me lo recordase soñé que saliendo una mañana de mi castillo como tenía de costumbre vi sobre la costa dos canoas y 11 salvajes desembarcando un desgraciado que se preparaban a matar para comérselo cuando de repente el salvaje a quien iban a degollar saltó a tierra y se puso a huir para asegurar su vida me pareció en mi sueño ver que se refugiaba en la espesa arboleda que ocultaba mis fortificaciones

después viendo que estaba solo y que no se le perseguía me descubrí sonriéndome que se aproximase entonces se echó a mis pies como suplicándome que les ocurriese le mostré mi escalera le hice subir enseguida le conduje a mi bodega y llegó a ser mi criado luego me dije con este hombre quién me impide el arriesgarme al océano este compañero podrá servirme de piloto indicarme lo que habrá que hacer los sitios en donde encontraré provisiones y aquellos en que estaré

en peligro de ser devorado en fin dirigirme hacia los unos y hacerme evitar de los otros me desperté con esa idea y la expresión de alegría que me había causado la perspectiva de mi libertad era tan viva que cuando reconocí que aquello no había sido más que un sueño caí en un abatimiento extraordinario este sueño me hizo comprender sin embargo que el solo medio de salir con éxito con mi proyecto de evasión era el tener a mi disposición algún salvaje sobre todo a algún prisionero

condenado a ser comido y conducido a la isla con dicho fin más se presentaba una dificultad mi designio no podía ejecutarse hasta tanto que me aventurase a atacar una cuadrilla y destruirla toda tentativa desesperada que podía fácilmente frustrarse por otro lado había examinado escrupulosamente la legalidad de este acto y me repugnaba mucho derramar tanta sangre aunque fuese para salvarme no quiero repetir las contras de ese proyecto porque ya las he dicho más arriba a

pesar de que tenía otras cosas en mi favor aquellos hombres eran mis enemigos y me habrían devorado si hubiesen podido era pues trabajar en mi conservación el buscar los medios de aquella situación peor que la muerte era procurar por mi defensa lo mismo que si realmente me atacasen a pesar de que todas estas razones hablaban en favor mío no podía soportar la idea de derramar sangre humana con el fin de proporcionarme la libertad con todo después de haber reflexionado

bien después de muchas incertidumbres pues pese largo tiempo el pro y el contra mi pasión prevaleció a mi humanidad y resolví ampararme en uno de aquellos salvajes a cualquier precio que fuese se trataba de saber cómo lo lograría siendo una cosa difícil de decidir pero como no podía encontrarse ningún medio seguro resolví acechar a mis enemigos cuando desembarcasen y establecer entonces mi plan según lo exigiesen las circunstancias con dicha resolución fui tantas veces como me fue

posible hacia la costa con demasiada frecuencia sin embargo pues acabé por fastidiarme porque durante el intervalo de año y medio no dejé un solo día de ir a la punta oeste y a la sudoeste sin ver la menor apariencia de canoas ni salvajes esto me desalentaba mucho a pesar de todo mis deseos en vez de disminuir por el mal éxito como la vez primera parecían aumentarse más en una palabra estaba ansioso entonces de ver a los salvajes mientras otras veces los había evitado

pensaba al mismo tiempo que si cogía uno o aunque fuese en dos o tres lograría sujetarlos completamente a mis órdenes y quitarles para siempre los medios de perjudicarme acaricié esta idea durante algún tiempo pero nada se presentaba de nuevo y todos mis planes pararon ahí pues no divisé ningún salvaje fin del capítulo 9

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