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Sección número 10 de Aventuras de Sherlock Holmes de Sir Arthur Conan Doyle. Esta grabación del IbriVox es de dominio público. El matrimonio del joven noble. El casamiento de Lord Simon y su curioso fin

han cesado desde hace tiempo de ser tema interesante en los elevados círculos en que vive el novio. Nuevos escándalos lo han eclipsado y sus picantes detalles han alejado la murmuración de ese drama que tiene ya cuatro años de representado.

Pero yo tengo, sin embargo, razones para creer que los hechos nunca han sido revelados por entero al público. Y como mi amigo Sherlock Holmes tuvo una considerable parte en la tarea de ponerlos en claro, creo que la historia de la vida de mi amigo no será completa

si yo no trazo un cuadro, un pequeño cuadro de tan noble episodio. Era pocas semanas antes de mi casamiento, cuando todavía compartía con Sherlock Holmes un departamento en la calle Baker. Una tarde, al volver de su paseo,

encontró una carta que le esperaba en la mesa. Yo me había quedado todo el día en casa, porque el tiempo se había puesto repentinamente lluvioso y la herida de bala que había traído en una de mis piernas como reliquia de mi campaña en Afganistán

me palpitaba con sorda persistencia. El cuerpo en un cómodo sillón y las piernas en una silla me había rodeado de una nube de periódicos hasta que, por fin, saturado de noticias del día,

los arrojé a ambos lados. Y me quedé quieto, contemplando la ancha corona y el monograma grabados en el sobre que yacía en la mesa, y preguntándome perezosamente

¿quién podría ser el noble que escribía a mi amigo? Aquí tiene usted una elegante epístola, le dije cuando entró. Las cartas que recibió usted esta mañana fueron, si no recuerdo mal, de un pescador y de un fondista.

Sí, mi correspondencia tiene, en verdad, el encanto de la variedad. Me contestó él sonriendo. Y las cartas de los más humildes son generalmente las más interesantes.

Este parece uno de esos malados llamamientos sociales dirigidos a un hombre para que se deje de fastidiar o para que mienta. Rompió el sobre y echó una hojeada a su contenido. ¡Oh, vamos!

Esto puede ser, al fin y al cabo, algo interesante. No es una invitación social entonces. No, un asunto perfectamente profesional y de un noble cliente. Uno de los de más elevado rango en Inglaterra.

Le felicito a usted, mi querido amigo. Le aseguro a usted, Watson, sin fingimiento, que la calidad de mi cliente es para mí un asunto menos importante que el interés del asunto que me trae. Sin embargo, puede ser que en esta nueva investigación

no deje de tener su importancia la condición del cliente. Últimamente ha leído usted los diarios con bastante aplicación, ¿no? Así parece. Dije, con una demanda de fastidio, indicando el montón que había en el rincón.

No he tenido otra cosa que hacer. Es una fortuna, pues va usted quizás a poder darme algún dato. Yo no leo en los diarios más que las noticias de crímenes y la columna de los extravíos. Esta es siempre instructiva.

Pero usted, que en estos días ha seguido los acontecimientos con tanta atención, debe haber leído lo concerniente al matrimonio de Lord Saint Simon. Oh, sí, con el mayor interés. Muy bien.

La carta que tengo en la mano es de Lord Saint Simon. Voy a leérsela a usted y en cambio, usted va a buscar en esos periódicos lo que se refiere al asunto y a hacérmelo ver.

He aquí lo que dice la carta. Mi estimado señor Sherlock Holmes, Lord Buckwater me dice que puedo tener implícita confianza en la opinión y en la discreción de usted, lo que me ha hecho pensar en ir a verle

para consultarle sobre un suceso muy doloroso que ha ocurrido relacionado con mi matrimonio. El señor Lestrade del departamento central de policía se ocupa ya en el asunto, pero me ha dicho que no se opone a la cooperación de usted

y que hasta considera que puede ayudarle en algo. A las cuatro de la tarde iré a casa de usted y le pido que si tiene usted para esa hora alguna otra cita, la posponga, pues este asunto es de suma importancia. De usted, atentamente, Roberto Sainz Simon.

Está fechada en la casa Grosvenor, escrita con una pluma de ave, y el noble Lord ha tenido la desgracia de mancharse de tinta el lado exterior de su dedo meñique de la mano derecha, dijo Holmes doblando la misiva.

Dice a las cuatro. Ahora son las tres. Dentro de una hora estará aquí. Entonces apenas tengo tiempo para, con la ayuda de usted, aclarar el asunto. Busque usted en sus periódicos

y arregle los extractos por orden de fechas, mientras yo recorro los datos sobre la persona de nuestro cliente. De una hilera de libros de informaciones que había al lado de la chimenea sacó un volumen de pasta roja. Aquí está, dijo sentándose y poniéndose el libro sobre la rodilla.

Roberto Walsingham de Berzantz Simon, segundo hijo del duque de Balmora. Armas. Azul. Tres torres en Campo de Gals. Nacido en 1846. Tiene 41 años. Edad suficiente ya para el matrimonio.

Fue subsecretario de colonias en la última administración. El duque, su padre, fue una vez ministro de relaciones exteriores. Heredan sangre de plantagenet en línea recta y de túdor por la colateral. Bueno, en todo esto no hay nada de instructivo.

Creo, Watson, que tengo que acudir a usted por algo más sólido. Poco trabajo me ha costado encontrar lo que busco. Dije, pues los hechos son bastante recientes y la cosa me llamó la atención por lo muy notable. No me atreví, sin embargo, a referírsela a usted porque

sabía que tenía usted una investigación entre manos y que no le gusta a usted mezclar un asunto con otro. ¡Oh! ¿Usted se refiere al pequeño problema de carro de muebles de la plaza Gross Venner? Eso ya está completamente aclarado y, para decir la verdad, desde el principio no ofrecía duda.

Ruego a usted que me de los resultados de su examen de esos periódicos. Aquí está la primera noticia que puedo encontrar. Está en la columna de anuncios personales de Morning Post y data, como usted ve, de varias semanas a. Se ha concertado un matrimonio, dice,

y se realizará muy pronto, si el rumor es correcto, entre Lord Roberto San Simon, segundo hijo del duque de Balmoral, y la señorita Hattie Doran, hija del señor Eloy Doran de San Francisco, California, Estados Unidos. Eso es todo.

¡Claro y muy al punto! Observó Holmes, estirando hacia el fuego, sus largas y flacas piernas. En uno de los periódicos sociales de la misma semana, hubo un suelto que ampliaba este.

Eloy aquí. Pronto habrá que pedir protección a los poderes públicos en el mercado de los casamientos, porque el actual principio del libre cambio parece ser perjudicial en extremo a nuestro producto nacional.

Una por una, el manejo de las casas nobles de la Gran Bretaña pasa a las manos de nuestras lindas primas del otro lado del Atlántico. Durante la última semana, se ha hecho una importante adición a la lista de los premios que han ganado

esas simpáticas invasoras. Lord San Simon, que durante 20 años se ha mantenido inaccesible a las flechas del pequeño Dios, anuncia ahora definitivamente su próximo enlace con la señorita Hattie Doran,

la fascinadora hija de un millonario californiano. La señorita Doran, cuyo gracioso talle y bellísimo rostro llamaron mucho la atención en las fiestas de Westbury, es hija única y nadie ignora que su dote será en mucho superior a seis números,

con esperanzas de más para lo futuro. Como es un secreto público el de que el duque de Valmoral se ha visto obligado en los últimos años a vender sus cuadros y que Lord San Simon no tiene otra fortuna personal que la pequeña propiedad de Birchmoor,

claro está que la heredera californiana no es la única que gana en una alianza que le permite efectuar una fácil y común transición de señorita republicana a dama noble británica. ¿Algo más?

preguntó Holmes bostezando. Oh sí, mucho más. Ahora viene otra noticia en Morning Post que decía que el casamiento sería absolutamente privado, que se celebraría en la iglesia de San Jorge,

en la plaza Hanover, que sólo serían invitados a él media docena de amigos íntimos y que los desposados y sus acompañados se dirigirían del templo a la casa que el señor Eloy Doran había tomado amueblada en Lancaster Gate.

Dos días después, es decir el miércoles último, aparece un corto anuncio de que el casamiento se ha realizado y de que los recién casados van a pasar la luna de miel en la propiedad de Lord Backwater cerca de Petersfield. Esas fueron todas las noticias publicadas en la iglesia

antes de la desaparición de la novia. ¿Antes de la qué? preguntó Holmes con un movimiento de sorpresa de la evaporación de la novia. ¿Cuándo se evaporó pues?

En el almuerzo de boda. ¡Hola! La cosa es más interesante de lo que prometía ser. Bastante dramática en verdad. Sí, a mí me causó la impresión de algo poco común.

Las muchachas suelen eclipsarse a menudo antes de la ceremonia y a veces durante la luna de miel, pero no recuerdo otro caso igual a este. Hágame usted el favor de decirme los detalles. Advierto a usted que son bastante incompletos.

Quizás conseguiremos hacer que lo sean menos. Tal como son, están todos en un artículo de un diario de la mañana de ayer. El título es Singular ocurrencia en una boda elegante. La familia de Lord Roberto Saint Simon

ha sido sumida en la mayor consternación por extraños y penosos episodios que han ocurrido en seguida de la boda de Lord Roberto. La ceremonia, como anunciaron brevemente los diarios de ayer, se verificó por la mañana del día anterior,

pero solo por el día anterior. Pero solo ahora ha sido posible confirmar los extraños rumores que han circulado al respecto con tanta persistencia. A despecho de todas las tentativas de los amigos de la familia

para impedir que se divulgue el asunto, la atención pública sigue tan directamente sus detalles que de nada serviría ya fingir ignorancia sobre lo que es tema común de las conversaciones. La ceremonia celebrada en San Jorge, plaza de Hannover,

fue de carácter privado, pues los únicos que estuvieron presentes en ella fueron el señor Eloy Doran, padre de la novia, la duquesa de Balmoral, Lord Buckwater, Lord Eustace y Lady Clara Saint Simon,

hermano y hermana del novio, y Lady Alicia Whitington, todos ellos con los novios se fueron después a la casa del señor Eloy Doran, en Lancaster Gate, donde les esperaba el almuerzo.

Parece que una mujer, cuyo nombre no ha sido averiguado, había causado alguna molestia tratando de entrar por fuerza en la casa detrás de los novios y sus acompañantes, y alegaba para ello que tenía ciertos derechos sobre Lord Saint Simon.

El portero y en la callo la expulsaron, pero solo después de una penosa escena que duró mucho rato. La recién casada, que felizmente había entrado en la casa antes de tan desagradable incidente, se sentó a almorzar con los demás cuando estos llegaron,

pero de improviso se quejó de una repentina indisposición y se retiró a su cuarto. Su ausencia se prolongó, lo que llamó la atención, y su padre fue a buscarla. La criada le dijo que su hija no había estado en el cuarto

más que un instante, para ponerse un sombrero y un manto de viaje y salir precipitadamente por el pasadizo. Uno de los lacayos declaró que había visto salir de la casa a una señora vestida con un manto de esa clase,

pero no había pensado que pudiera ser su señora. Desde que sabía que ésta estaba en el comedor con sus invitados, una vez convencido de que su hija había desaparecido, el señor Eloy Doran y con él Lord Simon Simon se pusieron inmediatamente en comunicación con la policía

y desde entonces se prosigue la pesquisa con gran actividad, lo que probablemente permitirá pronto poner en claro este singular asunto. Sin embargo, hasta una hora avanzada de anoche, nada había transpirado acerca del paradero de la dama desaparecida.

Corren rumores de un crimen y se dice que la policía ha arrestado a la mujer que causó el escándalo en la puerta de la casa, en la creencia de que, por celos u otro motivo, pueda haber producido en alguna forma

la extraña desaparición de la recién casada. Y eso es todo. Solo una noticia más, en otro diario de la mañana, pero está muy sugerente. ¿Cuál es? La de que la señorita Flora Miller,

la dama que perturbó la entrada de los invitados en la casa, ha sido arrestada. Parece que en un tiempo fue Dancer en El Alegro y que ha sido amiga del novio durante años. No hay más detalles.

Y ya está usted impuesto de todo el asunto, tal como ha aparecido en la prensa. El caso parece ser sumamente interesante. Si me dieran mundos para que lo abandonara, los rechazaría.

Pero la campanilla suena, Watson, y como el reloj señala unos pocos minutos más de las cuatro, no dudo de que el que llega sea nuestro noble cliente. ¿No sueñe usted con marcharse, Watson? Porque me agrada mucho tener un testigo.

Lord Roberto St. Simon anunció un pajecito abriendo de par en par la puerta. Entró un caballero de cara agradable y bien cuidada, nariz alta y mejillas pálidas, con algo quizás de petulancia en la boca

y con los ojos firmes, bien abiertos, de hombre que ha tenido la fortuna de mandar siempre y de ser obedecido. Sus ademanes eran vivos y, sin embargo, su aspecto general producía una indebida impresión

de edad avanzada, pues al andar inclinaba ligeramente los hombros y doblaba las rodillas. Sus cabellos también, al quitarse el sombrero de alas muy redondas, aparecieron grises en las sienes y escasos en la parte alta.

En cuanto a su traje, todo estaba cuidadosamente combinado para dar la última palabra de la moda. Cuello alto, levita negra, chaleco blanco, guantes amarillos, zapatos de charol y polainas claras. Avanzó lentamente adentro del cuarto,

volviendo la cabeza de izquierda a derecha y balanceando en la mano derecha el cordón que sostenía sus lentes de oro. Buenos días, Lord Saint Simon, dijo Holmes levantándose y saludando.

Sírvase usted sentarse en la mecedora. El señor es mi amigo y colega, el doctor Watson. Acerquése usted un poco al fuego y hablaremos del asunto. Un asunto por demás doloroso para mí,

como puede usted bien imaginarse, señor Holmes. Se me ha herido en lo más íntimo. Entiendo que ya ha tenido usted entre manos varios casos como este, señor. Aunque presumo que difícilmente

serían de la misma clase social. No, ahora desiendo, decía usted. Mi último cliente fue un rey. Oh, es posible. No tenía idea de ello.

¿Y qué rey? El rey de Escandinavia. ¿Qué? ¿Había perdido él también a su mujer? Usted comprenderá, dijo Holmes suavemente, que yo extiendo a los asuntos

de mis otros clientes el mismo secreto que le prometo para el suyo. Por supuesto, muy justo. Ruego a usted me disculpe. En cuanto a mi asunto,

estoy listo para dar a usted todos los datos que puedan ayudarle a formarse una opinión. Gracias. Yo conozco todo lo que se ha publicado en los periódicos. Nada más.

Presumo que puedo aceptarlo como correcto. Este artículo, por ejemplo, en que se refiere a la desaparición de la novia. Lord St. Simon le echó una hojeada. Sí, es correcto

en todo lo que alcanza a referir. Pero necesita una gran cantidad de datos suplementarios antes de que nadie pueda dar una opinión. Me parece que podré llegar más pronto a los hechos

si hago algunas preguntas. Sírvase usted a hacerlas. ¿Cuándo encontró usted por primera vez a la señorita Hattie Loran? En San Francisco, hace un año.

¿Viajaba usted entonces en los Estados Unidos? Sí. ¿En esa misma ocasión se comprometió usted a casarse con ella? No. Pero sus relaciones con usted eran amistosas. Su sociedad me divertía.

Y ella sabía que me divertía. Su padre es muy rico. Se dice que es el hombre más rico de la costa del Pacífico. ¿Y cómo hizo su fortuna en las minas?

Hace pocos años no tenía nada. Un día encontró un yacimiento de oro. Lo explotó y se hizo rico rápidamente. ¡A saltos! Ahora, ¿qué idea tiene usted del carácter

de la joven de su señora esposa? El joven noble sarandió un poco más ligero sus lentes y miró fijamente al fuego. Vea usted, señor Holmes, dijo. Mi esposa tenía

veinte años antes de que su padre fuera rico. Hasta entonces había corrido con toda libertad en un campo minero y había vagado por bosques y montes. De modo que ha recibido su educación

más de la naturaleza que del maestro de escuela. Es lo que se llama un marimacho. Tiene una naturaleza fuerte, voluntariosa y libre, sin el freno de tradiciones de ninguna

clase. Es... impetuosa. Volcánica, iba a decir. Es rápida para adoptar una resolución y no tiene el menor temor de llevarla a cabo. Pero, por otra parte, yo no

le hubiera dado el nombre que tengo el honor de llevar. El joven dijo esto con una tosesita. Si no hubiera visto en ella, si no hubiera visto en el fondo de todo eso

un noble corazón de mujer, la creo que no es la paz de sacrificarse heroicamente y que cualquier cosa deshonrosa la repugnaría. ¿Tiene usted su retrato? Lo he traído.

Abrió un medallón y nos enseñó un retrato de una mujer muy bella. No era una fotografía, sino una miniatura en marfil. Y el artista había hecho resaltar el completo efecto de los cabellos

y los grandes ojos de la boca exquisita. Holmes lo contempló largo rato y con mucha atención. Después cerró el medallón y lo devolvió a Lord Saint Simon. Entonces, la señorita vino

a Londres y usted reanudó su amistad con ella. Sí, su padre la trajo a Londres este año. Estuvimos juntos varias veces, nos comprometimos y ahora estamos casados.

Entiendo que su dote ha sido considerable. Una buena dote. No más de lo que se acostumbra en mi familia. Y esa dote, por supuesto, queda para usted una vez que el matrimonio

es un fe accompliu. Realmente no he averiguado el asunto. Es muy natural. Vio usted a la señorita Doran la víspera del casamiento. Sí, estaba de buen

humor. Nunca más que ese día habló constantemente de lo que haríamos en nuestra vida común. Hola, eso es muy interesante y en la mañana del casamiento estaba tan alegre

como es posible estarlo, por lo menos hasta que la ceremonia hubo terminado. Y ¿observó usted entonces algún cambio en ella? Para decir la verdad, en ese momento fue cuando

por primera vez desde que la conocía vi los primeros signos de que su carácter era un poco violento. El incidente, sin embargo, es demasiado trivial para referirlo

y no puede tener influencia ninguna en el asunto. Sea como sea, tenga usted la bondad de decírmelo. Oh, una niñería. Dejó caer su ramillete cuando nos dirigíamos

al vestuario. En ese momento pasábamos por delante de la tribuna delantera y el ramillete cayó adentro de la tribuna. Eso nos hizo detenernos un momento, pero un caballero que estaba en la

tribuna le devolvió el ramillete que parecía no haber sufrido nada en la caída. Sin embargo, al hablarle yo del incidente, me contestó bruscamente y en el carruaje cuando íbamos a la casa

observé que el incidente le había causado una absurda agitación. Hola, usted dice que en la tribuna estaba un caballero. Entonces había también personas ajenas al

grupo de invitados. Oh sí, es imposible excluir al público cuando la iglesia está abierta. Ese caballero no era amigo de la esposa de usted? No, no. Le llamo caballero

por cortesía, pero era una persona de aspecto vulgar. Casi no me fijé en él. Realmente, creo que nos alejamos mucho del punto central de la cuestión. Así pues,

Lady St. Simon volvió del casamiento en una disposición de espíritu menos amable que cuando iba a la ceremonia. ¿Qué hizo cuando entró en la casa? La vi en conversación con su doncella. ¿Y quién es

su doncella? Se llama Alicia. Es americana y ha venido de California con ella. Una criada de confianza. A mí me parecía que su señora le permitía tomarse libertades muy grandes.

Debemos tener en cuenta, sí, que en América se consideran esas cosas de diferente manera que aquí. ¿Cuánto tiempo estuvo hablando con esa Alicia? Oh, pocos minutos.

Yo, por mi parte, tenía otra cosa en qué pensar. ¿No alcanzó usted a oír nada de lo que decían? Lady St. Simon decía algo de saltar una mina. A menudo hablaba

en una jerga, así no tengo idea de lo que quería decir. La jerga americana es a veces muy expresiva. ¿Qué hizo la señora cuando terminó de hablar con su doncella? Entró en el comedor en que

estaba servido el almuerzo. ¿Tomó el brazo de usted? No, entró sola. Era muy independiente en las pequeñas cosas como esa. Después, cuando hacía unos diez minutos que estábamos

sentados, se levantó precipitadamente, pronunció algunas palabras en que pedía la excusaran y salió del comedor. Desde entonces no he vuelto a verla. Pero esa

criada Alicia declara, según entiendo, que la señora entró en su cuarto, se cubrió el traje de novia con un manto, se puso un sombrero y salió. Así es. Y luego se la vio en el Parque Hyde, a pie,

en compañía de Flora Miller, una mujer que está presa ya, y que esa mañana había ido a causar molestias en la casa del señor Doran. Ah, sí, desearía algunos datos sobre

esa joven y las relaciones que ha tenido usted con ella. Lord Simon se encogió de hombros y alzó las cejas. Nuestras relaciones han sido muy amistosas

durante algunos años. Puedo decir muy amistosas. Yo soy un artista del alegro. No la he tratado con poca generosidad y ella no tenía causa justa para quejarse

de mí. Pero usted sabe lo que son las mujeres, señor Holmes. Flora era una personita muy amable, pero por demás violenta de carácter, y se había enamorado mucho de mí.

Cuando oyó decir que iba a casarme, me escribió terribles cartas. Y diré a usted la verdad sobre el motivo de que el casamiento se celebrara tan en privado. Mi temor de que hiciera un escándalo

en la iglesia. Se presentó en la puerta de la casa del señor Doran apenas hubimos vuelto y trató de entrar en la casa pronunciando expresiones muy ofensivas para mi esposa. Y hasta amenazándola.

Pero yo había previsto la posibilidad de algo así y había dado instrucciones a los sirvientes, quienes la expulsaron enseguida. Cuando vio que nada sacaría produciendo

mayor escándalo, se quedó quieta. ¿Su esposa de usted oyó todo esto? No. Adiós gracias, nada oyó. ¿Y después la han visto con esa misma mujer? Sí. Eso es lo que el señor Lestrade

del departamento central de la policía considera muy serio. Se cree que Flora ha sacado de la casa a mi esposa con algún engaño y la ha hecho caer en algún terrible lazo.

Esa suposición cabe en lo posible. Usted también lo cree así. No he dicho que sea una suposición probable, ¿usted mismo cree tal cosa? No considero a Flora capaz de hacer daño

ni a una mosca. Sin embargo, los celos transforman de manera extraña los caracteres. Ruego a usted que me diga cuál es su teoría personal sobre lo que ocurrió. Pues realmente,

he venido aquí en busca de una teoría, no a exponer otra. Ya he dicho a usted cuáles son los hechos, pero ahora que me pregunta usted, puedo decirle que se me ha ocurrido

como posible que la sobreexcitación causada en mi mujer por su noviazgo, la visión clara del inmenso paso que ha dado en la escala social, le han producido algún pequeño

trastorno nervioso. En una palabra, ¿qué ha perdido repentinamente el juicio? Pues la verdad es que cuando considero que ha vuelto a las espaldas, no diré que a mí. Pero sí,

a lo mucho a que antes había aspirado sin éxito, no puedo encontrar otra explicación. Ciertamente, la hipótesis de usted es admisible,

y no es que la verdad sea que no se ha podido ver. Y ahora, Lord Simon, creo que ya tengo todos los datos que necesitaba. ¿Puedo preguntar a usted si estaban

sentados ustedes en la mesa de manera que pudieran mirar afuera por la ventana? Podíamos ver el otro lado de la avenida y el parque. Eso es, ahora sí, y ya tengo.

¿Qué dice usted? Ojalá tuviera usted la fortuna de resolver este problema, dijo nuestro cliente parándose. ¡Ya lo he resuelto! ¿Qué dice usted?

¿Dónde está mi esposa, entonces? Ese es un detalle que pronto le proporcionaré a usted. El cliente se perdió a cabezas aún más avisadas que la de usted y la mía,

dijo, y saludando con ceremoniosa y anticuada manera, se marchó. Es mucha la bondad de Lord Simon al honrar mi cabeza con ponerla al nivel de la suya,

dijo Holmes riéndose. Ay, creo que voy a ofrecerme y un cigarro después de todo este interrogatorio. Antes de que nuestro cliente entrara en este cuarto, ya me había formado mis conclusiones. Mi querido Holmes, tengo nota de varios casos semejantes, aunque ninguno, como he observado antes, sea tan rápido como este. Todo el interrogatorio ha

servido para convertir mi conjetura en certidumbre. La prueba circunstancial es a veces muy convincente, por ejemplo, cuando encuentra usted un elefante en una taza de leche, como dijo Zaró. Pero yo he oído todo lo que usted ha oído. Sin el conocimiento, fíjese usted en ello, de los anteriores casos que me han servido a mí. En Aberdeen sucedió algo parecido hace algunos años, y también en Múnich, un año después de la guerra franco-prusiana. Este es uno de esos casos. Pero, ¡hola! Aquí está

Lestrade. Buenas tardes, Lestrade. En el aparador encontrará usted un vaso y en esa caja hay cigarros. El detective estaba vestido con un saco de cuadros y una gorrita que le daban decididamente un aspecto de marino, y llevaba una valija negra en la mano. Saludó brevemente y se sentó, después de lo cual encendió el cigarro que se le había ofrecido. ¿Qué tiene usted, Lestrade? Le preguntó Holmes, guiñando un ojo. Parece usted descontento. Y estoy descontento. Es por

ese infernal asunto de Lord Sainz Simon. No puedo ir para adelante ni para atrás en semejante enredo. ¿Es posible? Me sorprende usted. ¿Quién ha oído hablar jamás de un embroyo parecido? Todos los indicios parecen deslizárseme por entre los dedos. Todo el día he estado ocupado en él. Y parece que lo ha mojado a usted mucho, dijo Holmes, poniéndole el dedo en un brazo del saco de cuadros. Sí, he estado dragando el canal Serpentine. ¿En el nombre del cielo? ¿Para qué?

En busca del cadáver de Lady Sainz Simon. Sherlock Holmes se echó hacia atrás en su silla y se rió ruidosamente. ¿Ha dragado usted también la taza de la fuente de la plaza de Trafalgar? Preguntó. ¿Cómo? ¿Qué quiere usted decir? ¿Qué tiene usted tantas probabilidades de encontrarla en un sitio como en el otro? Lestrade lanzó una colérica mirada a mi compañero. Supongo que usted ya conoce todo el asunto, dijo irónicamente. Pues solo he oído un relato de los hechos y ya

me he formado una opinión. Entonces usted cree que el Serpentine nada tiene que hacer con el caso. Me parece que eso no es creíble. Entonces quizás podrá usted explicar cómo hemos encontrado a allí esto. Abrió la valija al decir esas palabras y dejó caer en el suelo un traje de novia, de blanca seda, un par de zapatos blancos de raso y una corona y un velo de desposada, todo descolorido y empapado en agua. Y aquí tiene usted, agregó poniendo encima de la pila que hizo

con todos esos objetos un anillo de matrimonio enteramente nuevo. Aquí tiene usted una nuecesita que más karma, ese Holmes. Oh, es imposible, dijo mi amigo, lanzando al aire azuladas bocanadas de humo. ¿Todo eso ha sacado usted del fondo del Serpentine? No, un guarda del parque lo encontró flotando cerca de la orilla. Se ha comprobado que son ropas de Lady Saint Simon. Y a mí me parece que si las ropas estaban allí, el cadáver no debía estar lejos. Con ese brillante razonamiento,

el cadáver de cada persona debe estar cerca de su guardarropa. ¿Y querrá usted decirme a qué espera llegar con todo esto? A alguna prueba que señale a Flora Miller, como autora de la desaparición. Temo que eso le sea difícil a usted. Lo teme usted, ¿cierto? exclamó Lestrade con cierta acritud. Pues yo temo, Holmes, que usted no es muy práctico con sus deducciones e inferencias. Ha cometido usted ya dos errores en otros tantos minutos. Este traje acusa a Flora Miller. ¿Y cómo?

La falda tiene un bolsillo. En el bolsillo hay un tarjetero. En el tarjetero hay un papel escrito. Y el papel es este. Lestrade extendió un papelito en la mesa delante de él. Oiga usted, cuando todo esté listo me verá usted. Salga usted apenas me vea. F H M. Bueno, mi teoría ha sido desde el principio que Lady St. Simon fue llamada afuera con engaños por Flora Miller. Y que ésta, indudablemente auxiliada por otras personas, es culpable de la desaparición.

Aquí, firmado con sus propias iniciales, está el billete que sin duda le deslizó a la novia en la puerta. Muy bien, Lestrade, dijo Holmes riéndose. Usted es muy fino, ciertamente. Permítame usted ver eso. Tomó el papel distraídamente, pero algo llamó su atención de improviso y le arrancó un ligero grito de satisfacción. Esto es en extremo importante, dijo. Ahora lo cree usted. Sumamente importante. Lo felicito a usted con toda sinceridad. Lestrade se levantó triunfalmente e inclinó la

cabeza para mirar. ¿Qué? Grito. Está usted mirando por el lado donde no hay nada. Al contrario, este es el buen lado. ¿El buen lado? Está usted loco. Por aquí está lo escrito con lápiz de la novia. Y por aquí está un fragmento de una cuenta de hotel, la que me interesa profundamente. Nada de particular hay en ella. Ya la he examinado, dijo Lestrade. Eso es muy posible, pero así y todo, la cuenta es muy importante. Y lo que está escrito detrás

con lápiz lo es también. O por lo menos las iniciales. De modo que lo felicito a usted nuevamente. Ya he perdido demasiado tiempo, dijo Lestrade levantándose. Yo solo creo en la eficacia del trabajo serio y estoy aquí al lado del fuego divagando sobre teorías. Hasta la vista, señor Holmes. Ya veremos quién llega al fondo del asunto. Recogió las prendas de vestir de la novia, las metió en la maleta y se dirigió a la puerta. Una pequeña indicación puede servirle Lestrade,

dijo Holmes entre dos bostezos al desaparecer su rival en el corredor. Voy a decir a usted la verdad. Lady Simon es un mito. No existe ni ha existido tal persona. Lestrade miró con lástima a mi compañero. Luego se volvió hacia mí, se tocó la frente tres veces, meneó la cabeza y se alejó a prisa. No bien había cerrado la puerta tras de sí, Holmes se levantó y se puso su sobre todo. En lo que este sujeto dice de trabajo lejos de la

chimenea, hay algo desierto. Observó. Así pues, voy a dejarle a usted Watson durante un rato a solas con sus papeles. Cuando Holmes salió eran más de las cinco, pero no tuve mucho tiempo para estar solo, pues antes de una hora llegó un mozo de confitería con una caja chata y muy larga. La abrió con la ayuda de un muchacho que había llegado con él y con gran asombro mío. Empezó a disponer sobre nuestra humilde mesa de departamento amueblado una epicúrea serie de manjares fríos,

un par de cuartos de pavo asado, un faiçán, un pastel de paté de foie gras y un grupo de viejas botellas sucias de telarañas. Después de poner en la mesa todo este lujo de comida mis dos visitantes desaparecieron, como los genios de las mil y una noches, sin más explicación que la de que esas cosas habían sido pagadas por un señor que había dado la dirección de nuestra casa. Poco antes de las nueve Sherlock Holmes entró con paso vivo en el cuarto. Sus facciones tenían una grave expresión,

pero al mismo tiempo había en su mirada un resplandor que me indicaba que sus cálculos no habían sido fallados. De modo que ellos mismos pusieron la mesa, dijo restregándose las manos. Parece que tiene usted invitados, han puesto cinco cubiertos. Sí, me imagino que vamos a tener alguna visita, dijo. Me sorprende que Lord Simon Simon no haya llegado aún. Ah, creo que oigo su paso en la escalera. Era ciertamente nuestro visitante de por la mañana, el cual entró precipitadamente,

balanceando su lente con más vigor que nunca y con una expresión de gran turbación en sus aristocráticas facciones. Un mensajero lo encontró a usted, pues, le preguntó Holmes. Sí, y confieso que el contenido del mensaje me ha sorprendido más allá de lo creíble. Tiene usted razones fundadas para lo que dice, las mejores que sea posible tener. Lord Simon Simon se dejó caer en una silla y se pasó la mano por la frente. ¿Qué va a decir el duque? murmuró cuando sepa que uno de su familia

ha sufrido semejante humillación. No se trata más que de un mero accidente, yo no veo en ello humillación alguna. Usted contempla las cosas desde otro punto de vista. No alcanzó a ver un lugar de reproche para nadie, ni comprendo cómo podría la joven haber obrado de otra manera, aunque indudablemente hay que lamentar su brusco método de acción. Como no tiene madre, carecida de un consejero en semejante crisis, ha sido una ofensa, señor, una ofensa pública,

dijo Lord Simon Simon, replicando con los dedos en la mesa. Debe usted ser indulgente para con esa pobre joven, colocada en una posición tan poco común. No tengo por qué ser indulgente, mi enojo es muy grande, efectivamente, pues se me ha ofendido de una manera vergonzosa. Creo que tocan la campanilla, dijo Holmes. Sí, entra gente en el vestíbulo, ya que no puedo persuadir a usted de que considere la cosa con más benevolencia, Lord Simon Simon. He traído un abogado que quizás

obtenga mejor éxito. Diciendo esto, Holmes abrió la puerta e introdujo en el cuarto a una dama y un caballero. Lord Simon Simon, dijo, permítame usted presentarle al señor Francisco Hay Moulton y a su esposa. A la señora, creo que ya la conoce usted. Al ver a los recién llegados, nuestro cliente se había parado de un salto y estaba recto, con los ojos fijos en el suelo y la mano puesta en la abertura del pecho de su levita, imagen de la dignidad ofendida. La señora

dio un paso rápido hacia adelante y le tendió la mano, pero él se negó a alzar los ojos. Eso fue quizás mejor para que se fortaleciera en su resolución, pues la súplica pintada en la cara de la joven era difícil de resistir. Está usted enojado, Roberto, dijo ella. Cierto, tiene usted toda la razón para estarlo. Ruego a usted que no se excuse ante mí, le contestó Lord Simon Simon acrementé. Oh sí, reconozco que he tratado a usted mal y que debí hablarle antes de ir, pero estaba

realmente aturdida y cuando volví a ver a Francisco que está aquí, no supe ya lo que decía ni lo que hacía. Lo único que me asombra es cómo no me caí en redondo y me desmallé delante del altar. Tal vez, señora Moulton, desee usted que mi amigo y yo salgamos del cuarto mientras usted explica el asunto. Si yo puedo dar mi opinión, observó el caballero que había llegado con ella. Diré que ya hemos tenido demasiado secreto en el asunto. Por mi parte, quería que toda Europa y América

supieran la verdad. Era un hombre de pequeña estatura, robusto, de tés curtida por el sol, expresión viva en la cara y a demanes sueltos. Entonces, voy a contarles a ustedes nuestra historia sin ambagues, dijo la joven. Pancho y yo nos conocimos en el 81 en el campamento de Maguire, cerca de las rocallosas, donde papacito trabajaba un yacimiento. Éramos ya novios, Pancho y yo, pero luego un día papá tropezó con una veta rica y ganó mucho, mientras que

este pobre Pancho tenía un yacimiento que dio en agua y nada produjo. Más rico se hacía papacito, más pobre iba quedándose Pancho. Y por fin papacito no quiso oír hablar más de nuestro noviazgo y me llevó a San Francisco. Pancho no había, sin embargo, de renunciar a mí por eso. Me siguió, pues, y me veía sin que papá lo supiera. Si lo hubiera sabido, eso habría servido únicamente para enojarlo. Y lo mejor era arreglar la cosa entre nosotros. Pancho decía que

iba a volver al campo, a hacer también su fortuna, y que no volvería en mi busca hasta tener tanto como papá. Yo le prometía esperarle hasta entonces y me comprometía no casarme con otro mientras él viviera. ¿Por qué no nos casaríamos enseguida entonces? Dijo cuando le dije esto. Así estaré seguro de ti y no te reclamaré como tu esposo hasta mi vuelta. Bueno, pues, hablamos del asunto. Y él había arreglado la cosa tan lindamente, con un cura esperando y todo, que en el acto nos casamos.

Y Pancho se fue a buscar fortuna y yo volví al lado de papá. Cuando volví a oír hablar de él, fue para saber que estaba en Montana y luego se fue a explotar campos en Arizona y después me envió noticias suyas desde Nueva México. Después de eso se publicó en los diarios la historia de un ataque de un campamento de mineros por los apaches y el nombre de mi Pancho estaba entre los de los muertos. Al leerlo me desmashé y estuve muy enferma varios meses. Papá creyó que mi enfermedad tenía solo

causas físicas y me hizo ver con la mitad de los médicos de San Francisco. Pasó un año o más sin que me llegaran otras noticias, de modo que ni un instante dudé de que Pancho estuviera muerto. Entonces llegó a San Francisco Lord Saint Simon y nosotros vinimos a Londres y se arregló el matrimonio. Y papá se alegró mucho, pero yo sentía constantemente que ningún hombre en la tierra ocuparía nunca en mi corazón el lugar que había dado a mi pobre Pancho. Sin embargo,

si me hubiera casado con Lord Saint Simon, habría cumplido mis deberes para con él. Si no podemos disponer de nuestro amor, podemos gobernar nuestras acciones. Fui al altar con la intención de ser tan buena esposa suya como me fuera posible serlo, pero ustedes se imaginarán lo que sentí cuando, en el mismo momento de llegar a las gradas del altar, miré atrás y vi a Pancho parado en la primera tribuna y mirándome. Al principio pensé que era su fantasma, pero cuando volví a mirar,

allí estaba todavía, con una especie de pregunta en la mirada, como si me preguntara si tenía gusto o pena de volver a verle. Me admiro de no haberme caído allí mismo desmallada. Todo daba vueltas en mi alrededor y las palabras del sacerdote eran en mi oído como el zumbido de una colmena. No sabía qué hacer, interrumpiría la ceremonia y daría un espectáculo en plena iglesia. Volví a mirarle y él pareció adivinar mi pensamiento, pues alzó la mano y se puso los dedos en los labios para

indicarme que me quedara quieta. Luego le vi trazar unas líneas en un papel y comprendí que escribía algo para mí. Al pasar hacia afuera por delante de él, dejé caer mi ramillete adentro de su tribuna y él deslizó el papel en mi mano al devolverme el ramillete. No había escrito más que una línea en la que me pedía que fuera a unirme con él cuando me llamara por señas. Por supuesto que ni un instante dudé de que mi deber era ir a juntarme con él y resolví hacer todo cuanto me ordenara.

Cuando llegué a la casa le dije todo a mi doncella, la cual lo conocía desde California y había estado siempre en su favor. Le encargué que no dijera nada y que hiciera un paquete con varias cosas y me preparara mi manto de viaje. No se me oculta que mi deber era decir la verdad a Lord Saint Simon, pero aquello era demasiado terrible en presencia de su madre y de toda esa gente tan aristocrática. Decidí pues escaparme y explicarme después. No hacía diez minutos que

estábamos en la mesa. Cuando vi a Pancho por la ventana al otro lado de la avenida, me llamó por señas y luego empezó a pasearse por el parque. Salí del comedor, me puse el manto y un sombrero y fui en su busca. Una mujer se me acercó y se puso a decirme esto y aquello acerca de Lord Saint Simon. Me parece, por lo poco a que preste atención, que se trataba de un secretillo de Lord Saint Simon anterior al casamiento, pero conseguí desprenderme de la mujer y pronto

alcancé a Pancho. Subimos a un coche de plaza, el cual nos llevó a un departamento que mi marido había tomado en la plaza Gordon. Esa fue mi verdadera boda al cabo de tantos años de espera. Pancho había estado prisionero entre los apaches, se había escapado, había ido a San Francisco y al saber que yo lo había dado por muerto y me había venido a Inglaterra, me había seguido para encontrarme precisamente en el acto de mi segundo casamiento. Vi el anuncio en un diario, replicó el americano.

Allí estaban el nombre y la iglesia, pero no el domicilio de la novia. Después, prosiguió ella, hablamos de lo que debíamos hacer y Pancho se declaró por decir públicamente la verdad, pero yo tenía vergüenza y todo lo que deseaba era desaparecer y no volver a ver a nadie, dejando así unas líneas a papá para que supiera que estaba viva. Era para mí terrible pensar en todos esos lores y damas sentados en derredor de la mesa y esperándome para continuar el almuerzo.

Pancho tomó mis ropas y demás objetos de novia, hizo un atado de ellos y fue a arrojarlo lejos, en un lugar donde no se les hallara o, si se les encontraba, no pudieran desde allí servir para que se descubriera mi rastro. Probablemente habríamos salido para París mañana, pero este excelente caballero, el señor Holmes, fue a vernos esta tarde, aunque cómo dio él con nuestro paradero es cosa que no acierto a explicarme y nos demostró con la mayor claridad que yo no tenía

razón y Pancho la tenía y que haríamos muy mal si guardábamos nuestro secreto. Enseguida nos ofreció proporcionarnos una oportunidad de hablar a solas con Lord Sainz Simon y entonces vinimos aquí. Ahora, Roberto, ya lo ha oído usted todo y sepa usted que siento mucho haberle causado pena y deseo que no se forme usted una idea muy mala de mí. Lord Sainz Simon no había abandonado en manera alguna su rígida actitud. Con el entrecejo arrugado y los labios apretados había escuchado la extensa

narración. Dispense usted, dijo, pero no estoy acostumbrado a discutir mis asuntos más íntimos en esta manera pública. Entonces, ¿no me perdonará usted? ¿No me dará usted la mano antes de que me retire? Oh, seguramente. Si eso puede ser agradable a usted, extendió el brazo y tomó fríamente la mano que ella le presentaba. Yo había abrigado la esperanza, insinuó Holmes, de que nos acompañaría usted en una amistosa cena. Me parece que con eso pide usted demasiado, contestó el Lord. Puedo

verme obligado a aceptar la solución de estos sucesos, pero me parecería extraño que se esperara de mi parte manifestaciones de contento. Ahora, con permiso de ustedes, les deseo una buena noche. Nos incluyó a todos en una reverencia y salió dignamente del cuarto. Confío, dijo Sherlock Holmes, en que ustedes sí me honrarán con su compañía. Para mí es siempre un placer el encontrarme con un americano, señor Moulton, pues soy uno de los que creen que

la torpeza de un monarca y la insensatez de un ministro en años ya lejanos no impedirán a nuestros descendientes algún día ser ciudadanos del mismo país mundial bajo una bandera que será un conjunto de la Unión Jack y de las rayas y estrellas. El asunto ha sido interesante, observó Holmes cuando nuestros visitantes se hubieron marchado, pues ha servido para hacer ver con mucha claridad cuán sencilla puede ser la explicación de un caso que a primera vista parecía inexplicable.

Nada podría ser más inexplicable ni nada más natural que la serie de acontecimientos narrados por esta señora, ni nada más extraño que los resultados a que se llegaría, por ejemplo, con la manera de ver del señor Lestrade del departamento central de policía. Entonces, usted no se ha equivocado ningún detalle. Desde el principio dos hechos fueron obvios para mí, el uno que la dama se había manifestado perfectamente dispuesta al matrimonio,

el otro que se había arrepentido en pocos minutos al volver a su casa. Evidentemente, algo había ocurrido pues que la había hecho cambiar de idea. ¿Qué podía ser ese algo? No podía haber hablado con nadie afuera porque entonces estaba acompañada de su novio, había visto a alguien. En ese caso, el alguien debía ser una persona de América porque en el corto tiempo que hace que vive en este país no era creíble que nadie hubiera adquirido sobre ella

una influencia suficiente para hacerle cambiar de propósitos tan completamente con solo dejarse ver de ella. Ya ve usted que hemos llegado por un procedimiento de exclusión a la idea de que podía haber visto a un americano. ¿Y quién podría ser ese americano? ¿Y por qué había de ejercer tanta influencia sobre ella? ¿Podía ser un enamorado? ¿Podía ser su marido? Sabíamos que la joven había pasado su adolescencia en escenarios rudos y en extrañas condiciones. Hasta allí había

llegado yo antes que Lord Sainz Simon entrara en la segunda parte de su relato. Cuando nos habló de un hombre que estaba en una tribuna, del cambio en la actitud de la novia, de un ardí tan transparente para recibir un billete como el de dejar caer un ramillete, de su conversación con su criada de confianza y de su alusión tan significativa a saltar una mina, lo que en el lenguaje de los mineros significa tomar posesión de aquello a que otra persona tiene derechos anteriores,

el asunto apareció por entero con tanta claridad ante mi vista. La desposada se había escapado con un hombre y ese hombre era un enamorado o un esposo con más probabilidades de lo último que de lo primero. ¿Y cómo por todos los santos hizo usted para encontrarlos? Eso podría haber sido difícil, pero el amigo Lestrade tenía en sus manos ciertos datos cuyo valor no conocía. Las iniciales eran desde luego de la mayor importancia, pero de mucho más valor era aún el saber que en la

semana en curso había pagado una cuenta en uno de los hoteles más selectos de Londres. ¿Cómo dedujo usted que era un hotel selecto? ¡Por los precios selectos! Una libra sesenta peniques por una cama y 16 peniques por una copa de Jerez indicaban uno de los hoteles más caros. No son muchos los que en Londres cobran esos precios. En el segundo que visité, situado en la avenida de Northumberland, supe alojear el libro de huéspedes que Francisco H. Moulton, caballero americano, había dejado el

hotel solo la víspera y al examinar las anotaciones para las cuentas encontré los mismos artículos que había visto en el papelito. La dirección dejada por él para que le enviaran sus cartas era Plaza Gordon 227. De modo que allá me dirigí y tuve la fortuna de encontrar en la casa a la enamorada pareja. Me permití darle mis paternales consejos indicándoles que mucho mejor sería de todas maneras aclarar su situación tanto ante el público como ante Lord Sainte-Simon

privadamente. Los invité a venir a encontrarse aquí con él y como usted ha visto a él también le hice venir a la cita. Pero con no muy buen resultado, observé, su conducta no ha sido magnánima ciertamente. Ah, Watson, dijo Holmes sonriéndose, tal vez usted tampoco sería magnánimo si después de todas las molestias de enamorar a una mujer y casarse con ella, se viera usted privado en un momento de la esposa y de la fortuna. Creo que tenemos que juzgar a Lord Sainte-Simon con

mucha clemencia y dar gracias a los astros porque nunca nos han puesto en semejante situación. Ahora, acerque usted una silla y alcanceme mi violín porque el único problema que nos queda es el de pasar sin desagrado estas monótonas noches de otoño. Fin del matrimonio del joven noble.

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